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No acostumbro a mirarme en el espejo y cuando lo hago es para apreciar mis defectos, que alguno tengo, e intentar pulirlos. Es un acto de introspección y también de representación; es bueno mirarse para adentro, hacia lo que no se ve, porque luego acaba por reflejarse. No acostumbro a mirarme en el espejo, y aunque sea invidente, debería hacerlo más a menudo.
Apagado el día, cuando el cielo cambia del rojo sangrante al negro impenetrable, nadie se atreve a internarse en la selva. No se menciona su nombre, pero todos saben que Ella está fuera acechando. Por la noche se escuchan sus estridentes gritos, sus inquietantes lamentos. Y todo en riguroso directo. Cuando alguien pregunta por los ruidos se hace un incómodo silencio. Al día siguiente suelen aparecer entre el follaje guiones mordisqueados, incluso algún cadáver desfigurado, la mayoría de productores de televisión. A pesar de todos los intentos, nadie ha logrado atraparla. Y es que desde que fue injustamente expulsada de su programa, es imposible vivir en paz.
Aún no ha sucedido, pero el trágico final está ya muy próximo. El joven toma el hacha y se acerca a la cama de su hermano. Una oscura fuerza lo guía desde su interior hasta su víctima, que ignora cómo la horrible muerte se aproxima con lentitud. El filo cortante se alza sobre la almohada y de pronto el inocente despierta y mira con una sonrisa los ojos de su asesino. Se escucha un grito horrible y un vómito de sangre empapa a los muchachos que se abrazan risueños, mientras un ser extraño se aleja entre aullidos, rayando el suelo con sus colmillos y sus garras, sucio de espumarajos y eternamente desgraciado porque su derrota siempre se repite, una y otra vez.
Nada más levantarse le ve. Mira al cristal de la ventana y ahí está. Cierto que es su única compañía. Pero también un acecho continúo. Qué este acoso siga el resto de la vida es lo inaguantable. Emprendió un viaje en barco, para huir de él, sin resultado; lo vio flotando, saludándole con su misma sonrisa, con la huella del tiempo en el acartonado rostro. De no ser por el temor a la guasa de sus conocidos, le hubiera puesto una denuncia por persecución nada más llegar a tierra. Un domingo por la tarde, ya hastiado por el acorralamiento, se fue a la feria de las afueras de la ciudad. Y allí también lo encontró, multiplicada su imagen en el pilar poligonal del tío-vivo. Viejo, descaradamente mirándole, con la corbata de flores que le regaló su ex para buscar trabajo. Entonces fue cuando se dio cuenta que él llevaba la misma.
Tras comprobar que no hay nadie a la vista, Matías se cuela sigiloso en la habitación de sus padres y se para frente al enorme espejo que hay detrás de la puerta del armario. “¡Soy el rey de los piratas!” exclama. “¡Soy el rey de los piratas!” sentencia una voz carrasposa, y en su reflejo aparece un hombretón tuerto con casaca de terciopelo negro, camisa entreabierta y un ancho fajín para las dagas. “¡Soy el terror de los mares!” pregona el niño. “¡Soy el terror de los mares!” oye decir a ese que, con gesto hosco y aguerridas maneras, blande desde el espejo la espada. “¡Soy el más alto y fornido!” declara el pequeño Matías, y frente a él asoma un pirata robusto y musculoso. “¡Soy el más alto y fornido!” repite el periquito que viene a posarse en su hombro para verse, majestuoso y gigante, como un guacamayo rojo.
Ahora, durante la crisis de los cuarenta, mi vida está llena de avatares y cambios personales. Me pasa como al increíble Hulk, pero en rojo. Me enfado por cualquier cosa y, cuando no puedo contener mi ira, mi blanca figura toma ese color endemoniado. Cuando estoy con gente es lo peor. Debo esconderme en cualquier sitio, normalmente un lavabo, y aguantar como mi cuerpo se llena de varices asquerosas y nódulos que supuran un líquido lechoso. En cuestión de minutos mis músculos se hinchan de tal manera que destripan mi ropa y me quedo con cara de tonta con lo único puesto que ha aguantado el empuje de mi transformación: mis braguitas elásticas de punto de cruz.
Puedo asegurar que mi espejo no es mágico, ni siquiera especial. No es capaz de decirme quién es el más bello del reino, ni tan sólo el de mi comunidad de vecinos. Permanece inerte cuando le consulto sobre mi pronosticable porvenir. Nunca me muestra furtivas imágenes fantasmagóricas a mi espalda que se desvanezcan al girarme. Jamás quiso entreabrir la puerta a mundos tentadores; impávido, me refleja uno que no me agrada para nada: lleno de áridos amaneceres entre legañas, ojeras e insurgentes cabellos. Me hace sentir el protagonista, que no quiero ser, de una intrascendente película en blanco y negro. Las señales horarias que suenan en radio me exigen celeridad, y, como siempre, me apresuro a sacarle brillo a mis cuernos, ajusto el aro en mi hocico y arrastro mis apáticos pasos de minotauro a un absurdo mundo de minotauros.
Azrael siempre había temido ese momento. Hacía cuarenta días que había caído la última hoja a los pies del trono de Dios, y esta era la última alma que acompañaría a los reinos inferiores. Por fin dejaría de sufrir este ambiente sulfuroso, calcinante, y podría abandonar el cinismo mefistofélico en sus razonamientos.
—Ángel de la Muerte —le espetó entonces Luzbel—, ¿estás preparado para tu propia inexistencia?
Aunque durante eones había sopesado todas las almas, Azrael no tenía respuesta. Y mientras Luzbel le sonreía, él seguía preguntándose: «Y si soy el último de los vivos, ¿quién será mi valedor?; ¿quién rodeará mi nombre en el Libro con un círculo de luz?»
Le duele vivir, sus culpas cada día pesan más, se siente sola y perdida. Sigue con sus obligaciones cada día de forma autómata, con sus ojos tristes, la mirada ausente. Intenta cada mañana entender qué la ha traído hasta este punto, qué ha hecho mal… Siente los pensamientos críticos de la gente por la calle aunque en realidad nadie la mira, pasa inadvertida. Duda entre tomarse pastillas o tirarse desde el balcón, pero en el fondo tiene miedo y nunca reúne el valor suficiente para hacerlo. Tiene diecisiete años, ya es mayor, pero necesita tanto alguien que la cobije que la quiera y que le diga que no es tan mala, alguien que crea en ella. Después de un matrimonio de dieciocho años de auténtica tortura, su padre se ha vuelto a enamorar y no hay sitio para ella en su nido de amor. ¿Y su madre? ¡Ay su madre!
Se mira en el espejo, odia lo que ve. Observa lo que le una madre esquizofrénica ha hecho de ella: un monstruo. La culpó por haber nacido y a partir de ese momento le hizo pagar cada día, la responsabilidad de una enfermedad que nadie sabe cómo llegó…
Apenas se despierta en su cunita, despuntan la aureola y las alas; también esas zarpas que me ocasionaron desgarros en su descenso sangriento por el canal uterino. Y en la superficie de sus ojos abiertos orbita el número de la bestia: 999, 666…, como en una sopa de letras. Solo yo puedo ver las señales; el médico dice que son alucinaciones, y la solución, las pastillas. Pero hoy no las tomé. Le oprimo la carita con la almohada. Saca las garras. Después de un rato de lucha, una pluma reposa estática en su nariz.
La sentencia fue benigna. En el siquiátrico me reciben como una heroína: las otras infanticidas saben que salvé al Infierno de un arcángel de luz.
Me he mirado en el espejo grande del salón y parecía otra. No, era otra. Hicieron el cambio en el quirófano del hospital en donde, al parecer, me confundieron con una señora que se acababa de hacer una operación de estética. Cuando vino a recogerme mi marido, (quiero decir, el suyo), me miró brevemente; dijo: “No estás mal” y continuó escuchando no sé qué programa de la radio. Mi hijo, (quiero decir, el suyo), no estaba en casa y, cuando llegó de madrugada, fue derecho al baño y después se encerró en su habitación. El único que pareció darse cuenta del cambio fue Boby, el perro, que me enseñó los dientes y me gruñó hasta que le di un bombón de licor de los que me habían regalado las visitas en el hospital. Lo malo es que se ha aficionado al alcohol y ahora me pide una copita de coñac todas las noches
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