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Esta mañana recibo una nota que me tengo que presentar en tribunales.Mi abogada me habia hecho una denuncia,porque yo le insistia sobre mi causa,y se sintio molesta…¡como puede ser!…¡si todo estaba a mi favor!…¡desvio la causa!…¡salio a favor de la delincuente!…donde yo me abri para no estar involucrada ante este personaje,tan siniestro.Me presento…¡y era tanta mi bronca!…que ya entre a tribunales con mis gritos de inocente.La policia no intervino,y los mediadores que estaban presentes, me daban el aliento para que yo no decaiga.
Mi abogada estaba alli,con su cabeza mirando al suelo,y me dice:¡no quiero ser tu enemiga!…preferiria no hacerlo.
¡pero yo en ese momento!…me iba acercando,muy despacio.Pero ella ahora se vio perdida entre todos,solamente le dije:¡abogada!…¡con las manos limpias!…¡Usted se vendio por dinero!…¡pero era tanto el revuelo!…que yo quede libre…y ella en su cautiverio.
En la vieja mecedora chirriaba como cada mañana el vaivén acompasado de sus pensamientos. Con la mirada perdida a través del deslucido cristal, observaba la espesa niebla vespertina de la calle. Mil veces se había dicho a sí misma – ¡Preferiría no hacerlo! Pero en el fondo de sus entrañas sabía que alguna vez tenía que afrontarlo… El tiempo apremiaba, su salud era delicada y debía enfrentar cuanto antes lo que llevaba posponiendo tantos años.
Finalmente tomó lápiz y papel, y de repente, como si de un volcán en erupción se tratara, las palabras fueron manando de su mente estampándose en el papel, una tras otra. Nunca pensó que este momento llegaría, pero era cierto, real, lo más intenso que había vivido en los últimos años. Pues la monotonía de la soledad no le permitía discernir entre lo real y lo imaginario.
Finalmente plegó los papeles en tres partes, los metió en un sobre, pegó el viejo sello que esperaba su turno paciente sobre la mesa y mandó enviar la carta.
Esperó respuesta mientras su corazón se sentía un poco más libre, pero nunca sabrá que su carta envejecería como ella en un rincón de la oficina de cartas muertas.
El día que Inés murió corrí con el cuerpo aún tibio al laboratorio del Augusto. Cuando me vio se puso pálido de terror. No quería hacerlo, pero no tenía alternativas. Yo sabía de sus investigaciones, de sus pruebas clandestinas con animalitos que quedaban inevitablemente huérfanos.
Augusto buscaba avances en el campo de la medicina y fuimos blanco fácil. El día que lo conocimos estábamos cansados de intentar ser padres.
Inés había pasado por prolongados tratamientos de fertilización: hormonas, análisis, pinchazos y punciones. Diez años peregrinando por instituciones médicas, curas sanadores, psicólogos y videntes.
Pero Augusto nos prometió que en seis meses como máximo, tendríamos el embarazo buscado. Era nuestra última posibilidad y accedimos ciegos de desesperación.
Todo parecía derrumbarse con la muerte de Inés, aunque quedaba una luz de esperanza.
Su cara de terror cambió con mis gritos: Augusto ¡se va! ¡Se apaga su vida! Tenés que hacerlo, por favor.
Me pidió que espere afuera y se puso a trabajar durante seis horas. Cuando me llamó estaba feliz. La salvamos, me dijo.
Por la puerta entre abierta pude ver a mi hija en una esfera de cristal. Se chupaba el dedo y nadaba suavemente. Estaba viva.
Despierta y una extraña sensación le embarga, ha dejado de llover y, aunque preferiría no hacerlo, se levanta y se asoma al balcón. A esa hora de la noche el parque desierto y el brillo de las farolas les producen cierto desosiego. Piensa en parejas acurrucadas en sus camas o en los parroquianos de los bares que apuran su último trago para volver a sus casas. Al otro lado de la acera algo interrumpe sus elucubraciones: ha notado un movimiento. Detrás del almendro de la esquina alguien asecha. Desvía la mirada, le parece haber oído que han abierto el portón de salida, presta atención. Ve a una figura avanzar, corriendo. La silueta en el almendro se le abalanza, trata de advertirle, pero no escucha, observa como le hunde un cuchillo en el vientre. Estupefacto, reacciona y baja las escaleras, intenta socorrer a la víctima, cruza la calle. Una sombra se interpone ante él, siente que perforan su estómago, cae herido, mira hacia su casa y repara en el hombre que desde el balcón, gesticula y grita algo que no logra oír.
Preferiría no hacerlo… sus labios no fueron capaces de articular palabra alguna. Intentando contener las lágrimas para verse digna en ese último momento, dejó el anillo de bodas sobre la mesa del restaurante y tomo los papeles que le entregaba, firmo con cuidado, manteniendo una caligrafía pulcra y estilizada.
Lo miró por última vez, buscando en su mirada la respuesta a la pregunta que en su mente danzaba, ¿cuándo? Pero nadie respondió solo un frió resentimiento matizado en ojos castaños que le indicaban que ya no quedaba nada de aquello que llaman amor.
Mis ojos imploran su comprensión, pero es inútil. Se mantiene firme y, con gesto imperativo, me indica que lo haga. Bajo la cabeza sin poder contener las lágrimas y noto que mi garganta se rebela cerrándose con angustia. Siento naúseas, porque imagino lo que va a suceder cuando me meta aquello en la boca. Debo intentarlo por última vez y susurro:
―Por favor, no me obligues. Preferiría no hacerlo.
No sirve de nada. Sus ojos echan chispas, me agarra de la nuca y me lo introduce a la fuerza antes de que yo pueda reaccionar. Mis alarmas se disparan, trato de zafarme, quiero gritar, creo que voy a vomitar… pero me sorprendo saboreándolo. No está tan mal. La verdad es que me gusta.
―Dame más ―le pido avergonzado.
―No, no puede ser; hasta dentro de ocho horas no te toca la siguiente dosis. Es para que te pongas bueno, no una golosina ―me explica mientras lo guarda en lo más alto de la alacena, donde yo no pueda alcanzarlo.
Tragué saliva. ¡Preferiría no hacerlo!… Arrastré la fregona casi sin respirar, evitando que la sangre avanzara por el desnivel del garaje hacia la calle. Emborroné de rojo el suelo, desbordé afluentes… Pero el cauce seguía creciendo, ramificándose entre las baldosas como un árbol genealógico… Me acojoné ante esa especie de cráter cansado, que escupía a trompicones mientras se desangraba…
Preferiría haber llegado tarde, cuando todo hubiera terminado… “Lo siento, lo siento”, me disculpé sin sentido, a media voz,… aunque ella no me entendiera.
La erupción cesó. Cerró los ojos. Yo atajé la desembocadura viscosa antes de que llegara al portón. Fue entonces cuando ella levantó su cabeza del suelo. ¿Me buscaba? Sé que no me sonreía, lo sé, pero yo imité su mueca de oreja a oreja. “¡Muy bien! ¡Continúa, sigue así!”. Y ella siguió empujando… y ¡salieron siete!: pequeños, como ratillas negras, brillantes, recién lamidos.
Ella se comió la placenta. Yo lloré. Ella ladró, yo abracé a la fregona… por abrazar algo.
¡Tienes los pies fríos, cariño! ¡¡Atiza ese fuego, dame calooor!! ¡¡¡Grggg!!!
Tres noches sin pegar ojo enturbian la mente a cualquiera, incluso al más avezado explorador. Surcando los más impetuosos océanos, Vincent es capaz de dormir hasta en litera, pese a los temporales y los envites de las olas en alta mar. Pero aquí, en su propio palacete, o mejor dicho, el de su acaudalada Cècile, le resulta imposible conciliar el sueño con ese eco insolente retumbando en su cabeza. «Parece que no ha sido suficiente con despedir al mayordomo», se dice. Entonces se incorpora y sigiloso se dirige al salón. Le tiembla un poco el pulso al acallar los gritos, «¡¡…dame calooor, aaaghh…!!». En el porche se sacude las plumas pegadas a sus manos y regresa a la cama junto a la loro infiel, que sigue roncando como si nada. Habría preferido no tener que sacrificar esa pieza por la que tantos doblones pagó. ¡Qué excelente ejemplar!
Cada amanecer te comía a bocados. Mis mañanas, con tu sabor dulce en mi boca, eran más fructíferas y alegres. Aún recuerdo aquel día que, de camino al trabajo, saboreé con fruición un trozo generoso de tus glúteos firmes. Aquel trasero color melocotón me duró una semana. Tus brazos endulzaron mi boca un mes, y, aquel apéndice largo y sonrosado me acompaño una larga y tediosa tarde de domingo.
Mis dientes arrancaron numerosos bocados dulces de tu cuerpo de colores vivos. Hoy, sin embargo, ya no me queda nada de ti. Ayer acabé con el último trozo. Intenté mantenerlo en mi boca por tiempo indefinido; pero se fue deshaciendo al roce de mi lengua, dejándome sumida en la duda: ¿tendría que volver a hacerlo? Si quería conseguir otro cuerpo como el tuyo, sí. ¡Menudo fastidio!
Hoy vuelvo a perfumarme para mi encuentro con Ángel, el confitero. Le gusta el olor a freesia y la ropa interior de encaje negro. Tras nuestro encuentro, él creará otro dulce para mí. Una gominola gigante que hará mis delicias durante un largo periodo de tiempo. Aunque tengo que pedirle que cambie de molde; estoy harta de comerme las dos versiones de su cuerpo.
Cuando los cubistas pidieron a Marcel que cambiara el título de su cuadro “ Desnudo bajando una escalera” por caricaturesco, él respondió: “preferiría no hacerlo”. Tomó el lienzo bajo el brazo y marchó a Nueva York.
En la exposición Internacional de Arte Moderno de 1913, en el Armory Show, la obra de Duchamp fue todo un éxito; admirada y aplaudida. Era el comienzo de una gran trayectoria dadá.
Fue mi padre el que llamó para decirme que la abuela había muerto. Ni me atreví a preguntarle cómo estaba mamá. Cuando entré en la sala del tanatorio la vi sentada, hablando con un matrimonio mayor, creo que eran familiares, no lo sé. Me acerqué y la abracé; se la veía tranquila. Es cierto que nos lo esperábamos, que con cada ictus la abuela huía de nuevo a ser niña, pero me impresionó igual, ver a mamá tan entera, tan aliviada. Entonces, me cogió la mano:
—¿Quieres entrar a verla? —me dijo.
Dije algo borroso y salí a fumar. La observé desde afuera: cómo entraba en la pequeña habitación y cómo salía. Empecé a sudar y entonces vi una luz anaranjada en el techo que apuntaba hacia mí. Tiré el cigarrillo al suelo y en cuatro zancadas me planté en el rellano de la pequeña habitación. Ahí me quedé, clavado, observando mi reflejo en el barniz de la puerta. Di la vuelta y salí a la calle, encendí un cigarrillo y me quedé mirando como el humo ascendía en bucles hacia el calefactor. Me recordaba tanto a su pelo que tuve la necesidad de alargar la mano… casi podía tocarlo.
Las dudas y temores, me dan imperiosas ganas de ir al baño.
¿Será de emoción por ser la primera vez?
No es que sea timorato, pero… tengo miedo. Preferiría no hacerlo.
Mis amigos aseguran que lo voy a disfrutar.
Necesito estudiar bien el asunto. Disimuladamente me hago el distraído y me acerco a la reja, a hurtadillas miro esa obsesiva figura… cálculo los riesgos… mido la altura…
ya vi donde está la puerta de salida….por las dudas que deba de ponerme a salvo.…
Me cuesta mucho decidirme, hay demasiada gente circulando alegremente por el predio.
Uy… ahí viene mi instigadora, en su mano agita un papelito azul.
¡Aquí está, vamos!
Satisfecha, sonríe, me empuja suavemente y en susurros, me alienta-
Ahora es el momento y estoy segura que te va a gustar.
Inútilmente trato de retroceder. Me siento como un condenado al cadalso. Cierro los ojos, me persigno y pido protección a mi ángel de la guarda, cruzo la reja y… valiente y audaz subo al brioso caballito de la calesita.
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