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Cansado de una larga vida de gestos repetidos, planeó su escapatoria. La siguiente vez que lo vio asomarse, se dejó guiar como era lo habitual y cuando por fin estuvo a su alcance, lo haló de los hombros y cambió de lugar. Orgulloso de su éxito, reía a carcajadas, sin darse cuenta que su emoción era sólo un reflejo de la que sentía su rival.
Al amanecer sonaron las trompetas. Evaristo miró por la ventana y vio el cielo del rojo intenso que precede a la guerra. Abrió un poco un batiente y le llegó más nítido el tararí lejano acercándose. Pensó en las sesiones del cine parroquial y luego en las fiestas patronales, sólo que era setiembre y no comienzos de verano. El sueño predominó sobre la curiosidad, así que cerró la ventana y se volvió a dormir.
Las trompetas le despertaron de nuevo, mucho más pertinaces y vibrantes. Se vistió y bajó a la calle. Una voz profunda exhortaba a la conversión bajo un “666” rojo y enorme. Los botellines eran gratis, así que díjose Evaristo: “voy a probar por una vez”.
Nació en el lado oscuro de espejos de luna pulida cristañola, contemplando la inmundicia de quienes se miraban en ellos. Incluso las almas bondadosas eran susceptibles de ser corrompidas.
Juan, pareja de Ana, había muerto.
Ahora la contemplaba una vez más. Enganchado a ella, como si no existiera otra en el mundo, ni lugar donde observarla cada madrugada. Instruirla, indicarle aquello que tenía que hacer lo satisfacía de tal manera que siempre acababa masturbándose al apagar el ordenador. Obsesionado con ella desde que la descubrió por primera vez semidesnuda, ahora le excitaba el control que tenía sobre ella y la candidez con la que le obedecía. Unos doce años que, en ocasiones, le habían llevado a imaginarse, dónde y cómo sería su madre.
Hoy, lloraba mientras se masturbaba delante de la webcam. Eso a él lo excitaba más. Cogió el micrófono del portátil y le dijo: “Haz…”
Ayer, sentí un miedo casi sobrenatural, las carnes se me granularon y el rojo intenso de mis venas se convirtió en fumet incoloro.
En la cafetería del barrio, discutían acaloradamente y en voz baja una pareja. La mujer, menuda y con ojos vivos increpaba al hombre que estaba sentado a su lado; él,
la mandaba callar colocando su dedo índice de la mano izquierda sobre los sus labios, simulando un moscardón.
Con la parsimonia de un depredador, mostró su brazo derecho, una zarpa peluda de tres dedos con uñas afiladas y gruesas. Clavó la pezuña en el costado de la muchacha con un giro de muñeca ensayado. Después, se levantó y escondió su mano con una sonrisa fugaz.
Te despiertas de madrugada, empapada en sudor, sin recordar lo que estabas soñando y con sensación de descolocada. Afuera, el viento de invierno ulula, amenazando. Los dioses duermen. Tu cabeza no asimila el cambio, no sabe qué está pasando. De camino hacia el aseo, has percibido que detrás del espejo hay alguien, alguien que no eres tú. Las fotos que llenan el pasillo están cambiadas, y no solamente de lugar. Ella ha desaparecido en todas las imágenes; donde antes estaba su retrato, ahora solo se escucha el viento. Comprendes lo que ocurre cuando ves subir su mano hacia la boca y, con la mirada rota, apretar el gatillo. El ruido es sordo, del otro lado: ningún dios abandona su letargo. Su presencia se va difuminando en el cristal, mezclada con esa niebla de madrugada que emana de tu mente. Saltas a tiempo a la otra parte para ver como del espejo intacto brota un hilo de sangre que resbala hasta el suelo, formando charco. En este lado.
pequenastretas.blogspot.com.es
No me refiero al de la mermelada de ENTC, que no he tenido el placer de probar (y no miro a nadie), sino al que me ha quedado en el paladar después de un mes entero saboreando vuestros relatos. Los ponía encima de la mesa a la hora del desayuno, la comida y la cena, y disfrutaba del amplio menú. Armada con cuchillo y tenedor troceaba los textos y me los llevaba a la boca. Algunos estaban fríos y otros más calientes. Los había dulces, salados y picantes. Unos eran tiernos y casi se deshacían en la boca, y otros, duros y tenía que masticarlos despacio. Mi lengua reconocía viejos sabores y descubría muchos nuevos. Qué placer.
ASUN GÁRATE
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