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La lluvia arrecia y millones de gotas enfurecidas caen impactando contra la tierra que espera. Nacen pequeños riachuelos que se precipitan con sus dedos igual que las raíces buscando el lugar, recorren los rincones serpenteando para llegar al final de las callejuelas. Los nubarrones acomodados impiden la luz ocre que tímida logra traspasar; las pequeñas cocinas lanzan a través de las chimeneas bocanadas al cielo variados aromas: A café, maíz tostado, albahaca, y algún guiso.
Me miro al espejo cada mañana. Desnuda. De frente. De perfil. Me pongo de puntillas, me agacho, me arqueo. Primer bostezo de la mañana. Rutina diaria. -¡Aliciaaaaaa, vámonos ya o te corto la cabezaaaaaa!
Atardece y su piel es tan blanca. Me excita. Sus frágiles manos juegan con las aguas cristalinas del estanque. El sol, vencido, irisa su negro pelo. Sus pechos incipientes reaccionan al frescor de la tarde. Negro pelo, blanca piel. Todo está en ella, se lo voy a arrebatar. Me acerco muy despacio. Jadeo. Apenas rozo su pelo, su espalda, su vestidito blanco. No hay nada tan brutal y hermoso como destruir la perfección. Oprimo su cuerpecito contra mi brasa enloquecida. Ahogo su miedo con mis manos. Saboreo la deliciosa fruta. Apenas un gritito ante tanta inmensidad. Mientras la poseo, en un estertor que se confunde con el deseo, su corazón deja de latir. Atroz.
Últimamente estoy fatal. Miro mi imagen en el espejo y le pregunto:
A veces nos visita. Y aunque no se queda mucho tiempo, apenas una noche, cuando se marcha, los niños, horrorizados, no quieren salir del rincón, y ella… ella ni habla, porque la Bestia se ceba con ella, y deja su cuerpo maltrecho, mezcla de rojos y morados. A mí me queda como una tontera, como si todo lo sucedido en mi casa solo fuera una pesadilla. Después noto su rechazo, me echan la culpa.
Hoy al entrar en el ascensor, un escalofrío ha recorrido mi espalda. La Bestia estaba allí esperándome, reflejada en el espejo.
Hoy me levanté muy temprano, ya que no pude descansar muy bien por la noche porque se me venia la imagen de mi madre, que falleció. Estoy envuelta de recuerdos, pero lo más importante lo que me dejó con su ejemplo. ¡Acá estoy!… en el espejo, donde ella se arreglaba y se sentia feliz… ¡y como lo cuidaba a este espejo!… porque ella decia, que nuestro corazon tenia que ser…¡así radiante!… transparente… sin manchas.
Lezama, 1957; yo estrenaba mis ocho años de edad.
Segundo almorzaba en su mesa de zapatero remendón. Untó un trozo de pan en la yema del huevo frito y me lo ofreció. No lo rechacé.
Persiste en mi cerebro reptilesco el sabor, tenuemente azufrado, de aquella untada.
Segundo Pomposo, hombre de tres oficios, trajinaba por tres cuartos diferentes de su casa. Con blusón azul atendía en la vinatería, con blanco la barbería y con un mandil de cuero claveteaba en la zapatería.
Terminado su “hamaiketako”, me anudó al cuello la sábana de barbero.
Mientras Segundo pelaba mi nuca, yo buscaba, con cierta angustia, el fin de aquella sucesión, profunda e interminable, de cara y cogote, que producían los espejos enfrentados de la peluquería. Mi cuerpo, una “gruesa” de veces repetido, desaparecía perdiéndose finalmente en una curva hacia la izquierda.
Otros clientes, esperaban sin prisa, comentando los acontecimientos del año: El mallot amarillo de Loroño, los triunfos del memorable Athletic de Carmelo y Gaínza; la catastrófica riada de Valencia, que costó 400 vidas; la silenciada guerra de Ifni y aquella gran nevada que cubrió bosques, campos y tejados, cuando ya la añosa mimosa del patio había reventado en amarillo de terciopelo.
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