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Al acercarse la fecha, el pueblo estaba expectante: algunos pronosticaban la llegada de Asmodeo, otros descreían alegando bondad intrínseca y un tercer grupo, sostenía que no pasaría ni lo uno ni lo otro; según ellos, el tiempo, celoso juez de la Historia, daría su veredicto posteriormente. Todo era debates, discusiones y rojos enfurecimientos con el fin de convencer a los demás de que la propia postura era la correcta.
De manera democrática o autoritaria, poco importa ya, se impuso el primer grupo, aquéllos que aseguraban la venida de las tinieblas.
En un ámbito distinto las preocupaciones diferían, pues para los médicos ese día, una mujer daría a luz.
Ese montoncito blanco que reposa en la superficie y se refleja en ella parece un monte sagrado cubierto de nieve por completo. La estampa es idílica. Ahora se derrumba, y las inundaciones se lo tragan todo, pero pronto se pone orden en el desastre, y aparecen líneas tan rectas como si las hubieran cortado con cuchilla. La postal parece inquietante tanto arriba como abajo.
Todo indica que algo debe ocurrir, sin embargo nadie observa movimiento a ambos lados del espejo. De pronto surgen mis narices y mis billetes enrollados, y en un segundo todo deja de ser blanco, aunque sigue brillando como el amanecer en un cristal.
El escritor había notado que los sueños y los espejos eran dos temas recurrentes en la mayoría de las obras de los autores que había leído. Influenciado por algunas de las historias que abordaban estos dos elementos como tema de inspiración, escribió el siguiente relato:
La lluvia arrecia y millones de gotas enfurecidas caen impactando contra la tierra que espera. Nacen pequeños riachuelos que se precipitan con sus dedos igual que las raíces buscando el lugar, recorren los rincones serpenteando para llegar al final de las callejuelas. Los nubarrones acomodados impiden la luz ocre que tímida logra traspasar; las pequeñas cocinas lanzan a través de las chimeneas bocanadas al cielo variados aromas: A café, maíz tostado, albahaca, y algún guiso.
Me miro al espejo cada mañana. Desnuda. De frente. De perfil. Me pongo de puntillas, me agacho, me arqueo. Primer bostezo de la mañana. Rutina diaria. -¡Aliciaaaaaa, vámonos ya o te corto la cabezaaaaaa!
Atardece y su piel es tan blanca. Me excita. Sus frágiles manos juegan con las aguas cristalinas del estanque. El sol, vencido, irisa su negro pelo. Sus pechos incipientes reaccionan al frescor de la tarde. Negro pelo, blanca piel. Todo está en ella, se lo voy a arrebatar. Me acerco muy despacio. Jadeo. Apenas rozo su pelo, su espalda, su vestidito blanco. No hay nada tan brutal y hermoso como destruir la perfección. Oprimo su cuerpecito contra mi brasa enloquecida. Ahogo su miedo con mis manos. Saboreo la deliciosa fruta. Apenas un gritito ante tanta inmensidad. Mientras la poseo, en un estertor que se confunde con el deseo, su corazón deja de latir. Atroz.
Últimamente estoy fatal. Miro mi imagen en el espejo y le pregunto:
A veces nos visita. Y aunque no se queda mucho tiempo, apenas una noche, cuando se marcha, los niños, horrorizados, no quieren salir del rincón, y ella… ella ni habla, porque la Bestia se ceba con ella, y deja su cuerpo maltrecho, mezcla de rojos y morados. A mí me queda como una tontera, como si todo lo sucedido en mi casa solo fuera una pesadilla. Después noto su rechazo, me echan la culpa.
Hoy al entrar en el ascensor, un escalofrío ha recorrido mi espalda. La Bestia estaba allí esperándome, reflejada en el espejo.
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