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Ahora, durante la crisis de los cuarenta, mi vida está llena de avatares y cambios personales. Me pasa como al increíble Hulk, pero en rojo. Me enfado por cualquier cosa y, cuando no puedo contener mi ira, mi blanca figura toma ese color endemoniado. Cuando estoy con gente es lo peor. Debo esconderme en cualquier sitio, normalmente un lavabo, y aguantar como mi cuerpo se llena de varices asquerosas y nódulos que supuran un líquido lechoso. En cuestión de minutos mis músculos se hinchan de tal manera que destripan mi ropa y me quedo con cara de tonta con lo único puesto que ha aguantado el empuje de mi transformación: mis braguitas elásticas de punto de cruz.
Puedo asegurar que mi espejo no es mágico, ni siquiera especial. No es capaz de decirme quién es el más bello del reino, ni tan sólo el de mi comunidad de vecinos. Permanece inerte cuando le consulto sobre mi pronosticable porvenir. Nunca me muestra furtivas imágenes fantasmagóricas a mi espalda que se desvanezcan al girarme. Jamás quiso entreabrir la puerta a mundos tentadores; impávido, me refleja uno que no me agrada para nada: lleno de áridos amaneceres entre legañas, ojeras e insurgentes cabellos. Me hace sentir el protagonista, que no quiero ser, de una intrascendente película en blanco y negro. Las señales horarias que suenan en radio me exigen celeridad, y, como siempre, me apresuro a sacarle brillo a mis cuernos, ajusto el aro en mi hocico y arrastro mis apáticos pasos de minotauro a un absurdo mundo de minotauros.
Azrael siempre había temido ese momento. Hacía cuarenta días que había caído la última hoja a los pies del trono de Dios, y esta era la última alma que acompañaría a los reinos inferiores. Por fin dejaría de sufrir este ambiente sulfuroso, calcinante, y podría abandonar el cinismo mefistofélico en sus razonamientos.
—Ángel de la Muerte —le espetó entonces Luzbel—, ¿estás preparado para tu propia inexistencia?
Aunque durante eones había sopesado todas las almas, Azrael no tenía respuesta. Y mientras Luzbel le sonreía, él seguía preguntándose: «Y si soy el último de los vivos, ¿quién será mi valedor?; ¿quién rodeará mi nombre en el Libro con un círculo de luz?»
Le duele vivir, sus culpas cada día pesan más, se siente sola y perdida. Sigue con sus obligaciones cada día de forma autómata, con sus ojos tristes, la mirada ausente. Intenta cada mañana entender qué la ha traído hasta este punto, qué ha hecho mal… Siente los pensamientos críticos de la gente por la calle aunque en realidad nadie la mira, pasa inadvertida. Duda entre tomarse pastillas o tirarse desde el balcón, pero en el fondo tiene miedo y nunca reúne el valor suficiente para hacerlo. Tiene diecisiete años, ya es mayor, pero necesita tanto alguien que la cobije que la quiera y que le diga que no es tan mala, alguien que crea en ella. Después de un matrimonio de dieciocho años de auténtica tortura, su padre se ha vuelto a enamorar y no hay sitio para ella en su nido de amor. ¿Y su madre? ¡Ay su madre!
Se mira en el espejo, odia lo que ve. Observa lo que le una madre esquizofrénica ha hecho de ella: un monstruo. La culpó por haber nacido y a partir de ese momento le hizo pagar cada día, la responsabilidad de una enfermedad que nadie sabe cómo llegó…
Apenas se despierta en su cunita, despuntan la aureola y las alas; también esas zarpas que me ocasionaron desgarros en su descenso sangriento por el canal uterino. Y en la superficie de sus ojos abiertos orbita el número de la bestia: 999, 666…, como en una sopa de letras. Solo yo puedo ver las señales; el médico dice que son alucinaciones, y la solución, las pastillas. Pero hoy no las tomé. Le oprimo la carita con la almohada. Saca las garras. Después de un rato de lucha, una pluma reposa estática en su nariz.
La sentencia fue benigna. En el siquiátrico me reciben como una heroína: las otras infanticidas saben que salvé al Infierno de un arcángel de luz.
Me he mirado en el espejo grande del salón y parecía otra. No, era otra. Hicieron el cambio en el quirófano del hospital en donde, al parecer, me confundieron con una señora que se acababa de hacer una operación de estética. Cuando vino a recogerme mi marido, (quiero decir, el suyo), me miró brevemente; dijo: “No estás mal” y continuó escuchando no sé qué programa de la radio. Mi hijo, (quiero decir, el suyo), no estaba en casa y, cuando llegó de madrugada, fue derecho al baño y después se encerró en su habitación. El único que pareció darse cuenta del cambio fue Boby, el perro, que me enseñó los dientes y me gruñó hasta que le di un bombón de licor de los que me habían regalado las visitas en el hospital. Lo malo es que se ha aficionado al alcohol y ahora me pide una copita de coñac todas las noches
Por un momento deseé atravesar la superficie de plata hacia aquel mundo inverso, besar tu nuca y acariciar la piel desnuda, sin tirante, de tu hombro. Como antes. Pero cerré los ojos aferrándome al lavabo frío y a la triste realidad, donde ese gesto ya no resultaba natural ni tenía sentido. Cuando los volví a abrir nada había cambiado; no aprecié huellas en mi rostro de las cicatrices del alma y tú habías desaparecido dentro del albornoz cobalto que compramos en Portugal.
Bici estática, velocímetro 40 km, pulsómetro 110, en el espejo una rubiaca de 40, tetas nuevas, camiseta vieja, malla amarilla, calentadores, mi culotte a reventar, ahora a 60 km y 190 pulsaciones, saltan las alarmas, el monitor viene y me desenchufa.
Árzur ya apuntaba maneras. Desde aquella mañana de domingo en la que el párroco dejó caer el crucifijo que se estampó a la vista de unos atemorizados feligreses, su vida no volvería a ser la misma. Tras sentir un leve cosquilleo en su piel erizada, sus ojos se rindieron fascinados ante lo que había sido la evidente obra del Maligno. El cura dijo que tentaba a las noches, estando uno en la cama, y decidió esperar a aquella sombra que provenía de alguna parte del pasillo. Pero él no iría a combatirlo con luces ni peluches y escondió la ballesta. Cuando la madre encendió la luz, el cuarto se tiñó de rojo y el termómetro saltó por los aires. Descanse en paz.
En este lugar, los escaparates reflejan distintas zonas del mismo rostro. Al norte, la zona luminosa de la frente, llena de lujosas urbanizaciones. Al sur, la zona hundida del labio superior, formada por las barriadas grises de la periferia. En el centro emerge ostentosa la nariz, una colina donde se alza el viejo castillo de la ciudad.
Desde la lejana aventura de su niñez, Alicia vivía feliz en el mundo de la reina de corazones. Había alcanzado cierto estatus y su amistad era muy valorada por todos los habitantes del universo paralelo que ahora constituía su hogar. Algo le faltaba. Se percató aquella noche de insomnio cuando paseaba por la estancia, su puerta de entrada a aquel sorprendente lugar. El espejo mostraba desde este lado un marco liso sin barniz, muy distinto a las hermosas molduras de nogal de su antigua casa. Se quedó fascinada al ver la imagen de aquel joven en un espacio desconocido. Nada más descubrirlo, le cautivó de inmediato su porte altivo y majestuoso, la palidez de su rostro y esos ojos tan profundos. Él no podía verla. Paseaba irritado frente al espejo desde cuyo reverso nada tenebroso tan solo Alicia podía observarlo. De pronto, la joven extendió el brazo a través de su única ventana al mundo en que nació para tirar con todas sus fuerzas del borde de la elegante capa de su amado que, por primera vez, disfrutó del amanecer sin sobresalto alguno, preguntándose cómo sería la vida de un vampiro en el país de las maravillas.
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