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Parecía que la reunión había ido bien. Buena conversación, buena compañía,… Planes de futuro se abrían ante ella.
El gorjeo del agua, el sabor a sal, sus manguitos de princesas. Cuando cierra los ojos puede oler hasta el rumor del mar.
Ahí estaba el reflejo de aquel desconocido, puntual como cada mañana, con su mirada vacía y su rostro cansado. De repente apareció el otro misterioso reflejo igual de puntual, los dos se agacharon hacia el lavabo y abrieron el grifo, el agua resbalo por ambos rostros se secaron con las toallas y sus rostros reflejaron su humanidad.
¿De dónde salen las palabras? ¿Lo sabes tú? Sí, te lo pregunto a ti, no me mires así. Pero tú qué vas a saber, a ti sólo te gustan las imágenes, eres un burdo imitador de la vida, reflejas, copias, muestras, no eres nada original. Tan altivo, tan desafiante. Te crees brillante pero eres un opaco y nadie adivina lo que escondes tras de ti.
Creo que fue el niño de los Maldonado el que descubrió, jugando, que pulsando tres veces el seis, el espejo del ascensor se licuaba y podía ser traspasado. Al principio nadie se atrevió a pasar más que la punta de los dedos, pero poco a poco la curiosidad fue yendo a más.
Tengo un imitador. Un sosías. Un otro que soy yo y no, al mismo tiempo. Un alguien que replica mis movimientos, que repite en simultáneo mis gestos. A ése me lo encuentro a cada rato. En los baños, en el hall de casa, en las vidrieras, en los charcos que quedan en las calles después de las tormentas, en los lagos cristalinos que aparecen tras los cerros cuando pretendo eludirlo por un rato.
Le gustaba travesear por calles con fama de ser transitadas por diversos malandrines. Una noche iba sin prisa, mirando complacida espejear su silueta en los charcos de agua. De repente de un abollado sombrero negro saltó un hombre, apodado el Gato, quien bufando improperios, se le tiró encima y le estampó un apasionado beso con su hocico frío. Alicia se quedó tambaleante y con un inacabable sabor de helado de mariscos en la boca.
Al ocaso, el reloj marcó las seis tres veces. La campana tañó seis, seis, seis. Campanadas y campanadas.
La última fue un gong descuartizado, que se prolongó hasta el infinito de nuestro último orgasmo. Creí que se me abría la cabeza, desde dentro.
Los gusanos brotaban del vacío de tus cuencos orbitales. Deposité flores de borraja sobre la lápida de tu tumba. Allí dentro habíamos fornicado a sus espaldas, tus gritos le despertaron. El cielo rojo se abrió en dos, como mi cabeza. Y me dolía, no en el cráneo, sino en las falanges de los dedos meñiques, como si los retorcieran con alicates. Pensé que iba a perderte. Del universo acababa de borrarse la palabra paz.
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