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A la bestia le gusta esconderse en ese espacio interior, debajo de las viejas alfombras de nuestras entretelas.
Los espejos me atormentan desde hace años, pues cada vez que me miro veo a otra. Odio esa imagen. Me asquea su belleza. Sus cadenas me perturban. Deseo su espada. He intentado evitarla: en mi casa no hay espejos. Sin embargo ella se cuela en los charcos, los escaparates… ¡No la soporto! ¡No quiero que irrumpa en mi vida!
Esta mañana descargo mi rabia haciendo limpieza. Tirando lo que no uso apaciguo mi mente. Cuando mis dedos se topan con un pequeño espejo siento la extraña necesidad de abrirlo. Sé que si lo hago la veré. Mis rodillas tiemblan mientras me siento. Cansada cierro los ojos. No puedo más…
Mis manos me desafían abriendo el espejo. No puedo evitar mirarme; mirarla. Quiero abandonarme a esa imagen, fundirme con ella. Ahora me muevo y se mueve conmigo. Mis manos dan vida a sus manos. Ahora somos una y no puedo parar: juntas tomamos la espada y rompemos las cadenas; corremos en busca de un reflejo distinto. Sonreímos. Despertamos los sueños dormidos. Buscamos a ese amor rechazado mil veces. Vivimos… El ruido del espejo cayendo sobre el suelo me despierta. Mi pecho se agita. Lo recojo tímidamente y… lo abro.
Era el primer año que mis padres no me llevaban a las festivas atracciones, ¡por fin iba solo!
Ana cerró la puerta con un ¡Me voy! Dos palabras que lo resumían todo. Se acabaron los insultos, los maltratos, el miedo. Subió al ascensor, al fín sería libre. Pero la expresión de su cara,la de la bestia que llevaba dentro, le hizo saber al abrir la puerta que no iba a ser tan fácil. Juan bajó la escalera como el mismo diablo pistola en mano y esperó. Esta vez no la insultó, simplemente le puso el cañón en la frente y disparó a bocajarro. Y mientras la veía caer como una muñeca rota envuelta en rojo carmesí cínicamente le dijo «por fín eres libre pero no te hagas ilusiones no será por mucho tiempo» puso el revolver en su boca y disparó por segunda vez.
La mesa está preparada y el menú promete ser tan insípido como de costumbre. Por el rostro de mis padres y hermano , sé que algo no marcha bien. Sus rostros graves de miradas huidizas intentan un inicio de conversación, basada en las noticias que el locutor va desgranando con voz monocorde en el televisor. Me parece verlo todo con distancia, como espectadora de un teatrillo de malos actores que intentan dar naturalidad a la escena que se desarrolla. En un momento de ésta, mi hermano hace un comentario aparentemente banal con voz crispada y mi madre se echa a llorar desconsolada, mientras mi padre aprieta los dientes y agarra la servilleta con tal fuerza que veo sus nudillos blancos. Voy detrás de mi madre que se ha refugiado en el baño,y la descubro mirándose en el espejo en el que veo reflejado su rostro macilento y ojeroso. Conmovida, la abrazo muy fuerte, pero ella parece que no puede sentirme ni verme desde hace unos días, yo tampoco veo mi imagen reflejada en el espejo…
En un gran lago helado, más allá del verano, un hombre de negro se deslizaba. Llevaba puesta una especie de levita antigua, que debía de haber conocido épocas de gloria en los grandes salones de baile de San Petersburgo.
Era el espectáculo preferido por los niños del lugar: como una extraña ave zancuda, sobre una pierna y hasta el anochecer, Nikolai Ivanovich patinaba sobre el inmenso espejo.
Tengo cerca de medio centenar de fragmentos recogidos de autores de la literatura universal con interesantes matices sobre «el espejo» (Borges, Cortázar, Millas, Merino, Capote, Gª Márquez…)
No os quiero cansar, así que iré presentando alguno periódicamente.
Hoy, como entrada os dejo unas breves perlitas…
En esa época, en aquel pequeño país, las cosas no andaban bien. La inflación aumentaba, no había empleo y la falta de oportunidades era una constante. El pueblo, creyendo aún en la buena fe de quienes los representaban, votó esperanzado buscando un cambio.
Al acercarse la fecha, el pueblo estaba expectante: algunos pronosticaban la llegada de Asmodeo, otros descreían alegando bondad intrínseca y un tercer grupo, sostenía que no pasaría ni lo uno ni lo otro; según ellos, el tiempo, celoso juez de la Historia, daría su veredicto posteriormente. Todo era debates, discusiones y rojos enfurecimientos con el fin de convencer a los demás de que la propia postura era la correcta.
De manera democrática o autoritaria, poco importa ya, se impuso el primer grupo, aquéllos que aseguraban la venida de las tinieblas.
En un ámbito distinto las preocupaciones diferían, pues para los médicos ese día, una mujer daría a luz.
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