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Le palpita el corazón en la puerta del Renoir y teme que a consecuencia de ello se le pueda arrugar el vestido de gasa blanca. Por eso utiliza sus manos para alisar el atuendo mientras sus ojos se iluminan con las escenas de amor que se dedican las parejas que también esperan. Pronto estará entre ellas, piensa y se deja llevar por la imaginación. Cuando él llegue le realizará una reverencia, le agarrará la mano y se la besará como un caballero. Ella, aunque trate de disimular, le corresponderá con una mirada apasionada como la de las películas y se derretirá a sus encantos. Y a partir de ese momento sabe que no podrá decirle que no a las proposiciones de su príncipe azul y que protagonizarán el idilio más bello nunca antes contado. Pero el reloj implacable no se detiene y otra vez le golpea en sus sueños para devolverla como cada tarde durante estos quince años a la aciaga realidad. Aturdida por el coscorrón se resigna a que la soledad sea su única compañía y no puede evitar el llanto al cerciorarse que tampoco hoy se presentará a su cita la fantasía que la desvela.
Cómo cada noche siente la necesidad de asomarse a la ventana. Al hacerlo, sin poder evitarlo, su mirada se dirige hacia el piso once de la torre de enfrente. Una luz difusa ilumina la estancia y entre los visillos de organdí puede adivinar su diminuta silueta de larga melena. La princesa en su atalaya, piensa. De su corazón emana un callado buenas noches. Mañana, en su castillo, se volverán a encontrar, revivirán las aventuras del día anterior y juntos surcarán un mar de problemas. En algún momento él atrapará su mirada y ella le dedicará una franca sonrisa. Guardará ambas junto a las demás, en el cofre de su memoria, en donde también se encuentran celosamente escondidas, esa suave voz al pronunciar su nombre y la fragancia que despide al acercarse. El tiempo parece cautivo, pero sin embargo, a la misma hora de cada día se deshará el hechizo y entre el tumulto de la clase, mientras se desvanece su armadura de cristal, buscará un último contacto con la mano de su dama, que, una vez más, se soltará indiferente y correrá alegre a colgarse del cuello de su papá.
Iba a comenzar mi jornada de guardia cuando los del retén nocturno me dieron la noticia: en unas horas la más pequeña de las princesas partiría para siempre. Era mi preferida y lloré profusamente al ponerme el uniforme. Ella solo manifestó un deseo: despedirse de todos nosotros, así que organizamos un gran baile de disfraces.
Vinieron príncipes a lomos de sillas de ruedas, hadas buenas con pañuelos en la cabeza en vez de tiaras, niños-ranas sin pelo y con bombonas de oxígeno, caballeros con arneses de titanio, astronautas llenos de tubos, genios con lámparas de goteo, bandoleros con mascarillas, piratas de pata-muletas, sirenas de piel escamada… no faltó nadie. Cantamos a coro y brindamos en copas de plástico. Después dejamos que nuestra princesa durmiese para siempre.
Como tantas veces, pegué una tirita más en mi alma y salí de trabajar con estrellas de agua en la mirada y una sonrisa revoloteando en mis labios. Al salir del ascensor, no pude evitar mirar atrás “Planta 8: Oncología”, aunque a mí, particularmente, me gusta más el cartel de colores donde en letras infantiles se lee “Onco-landia: país de gnomos, hadas y duendes”.
En la habitación del fondo a la derecha de una pensión de mala muerte, hay un hombre sentado al borde de la cama. Como atrapado en un cuadro de Hopper, deja pasar un tiempo indefinido que apenas acontece. Recuerda vagamente esa voz que hace un rato le ha dicho: «o tocas o bebes», y a ella, como en un túnel: «me voy con el bajista». Esa noche de agosto el aire es casi sólido y tras la ventana, una luna de luz indiferente se adhiere a los tejados con reflejos de piedra. En la penumbra, ella, como una musa inmóvil, sabe que en su océano de alcohol hay restos de un naufragio y en silencio le observa. Él entonces la toma y la tiende despacio encima de una colcha que apesta a historias viejas. Recorre con sus dedos su larga cremallera, sintiendo a cada instante que la deja desnuda y en un profundo abrazo ambos danzan descalzos un tango envenenado. Ceñida por el talle, su voz estremecida le regala un gemido que será el estribillo de su mejor canción: «Lo siento, lo siento, lo siento, nena…». Hoy «Princesa» está triste y una vez más lamenta ser solo una guitarra.
–No, tía, paso de sleep a pierna suelta y de que me despierten a kisses. Etapa quemada, y tranquila que al morenazo del magic carpet le he dejado por el face. Tenías razón; era un tipo de altos vuelos y con demasiado genio… Bueno, calla, que te cuento: Martes, la party del siglo, lo pasamos de súper fábula. Volví a la house sin zapatos, o sea ¿te lo puedes creer? Me puse hasta arriba y tuve que llamar a tele-taxi; no era plan de que en un control me hicieran soplar… ¿Los exámenes? Mal. Muchas calabazas. El sapo del profe me la tiene jurada… Si vieras, aún no lo sabe nadie, anoche dormí con siete y, aunque estoy muerta, no he faltado al shopping de los viernes… Nada de especial, toque de rímel y coleta. Guapísima; confirmado por el espejo… Si papá pudiera verme… Seguro que la bruja de su esposa le estará malmetiendo, pero él adora a su princesita. ¡Jó, tía! I’am princess… ¿Sabes? Me prometo formalmente… Un machoman, inmejorable familia, forrado, cariñoso y, además, una bestia en la cama…
–¿Princesa? Lo que tú eres es las cuatro letras…
–¡Eh!, no me ralles, tía, que yo crecí con Disney.
Tengo que inyectarme y ponerme unos labios más carnosos«, dijo Princesa Uno. cuando se esterilizaba las manos poco antes de entrar al quirófano para la primera intervención de la mañana. «Me ha quedado bien el botox que me han hecho en la cara«, pensó Princesa Dos al arreglarse el pelo poco antes de entrar en antena. «Tengo que ahorrar algo de dinero para levantar mis glúteos«, se decía cada día Princesa Tres cuando abandonaba su turno en la fábrica de estampación en la que trabajaba. «De este año no pasa que me haga unos arreglos en nariz y ojos«, se repetía Princesa Enésima cuando caminaba de un aula a la siguiente dentro de su jornada laboral. Ante el cúmulo de coincidencias en las preocupaciones vitales de tanta cantidad de princesas, «¿Qué les pasa a las princesas en este principio secular del cuento del cuento de hadas?», se preguntaba animado el narrador del mismo.
Un rayo de luz, como un aguijonazo, la despertó. Levantó la cabeza sobresaltada. De nuevo se había quedado dormida toda la noche sobre la mesa, entre los brazos derrotados que ahora señalaban las marcas del sueño. El cansancio la había vencido encima del vestido que estaba terminando de coser y que debía entregar esa misma mañana.
Miró el reloj del aparador: las ocho. Debía darse prisa en plancharlo para poder entregarlo a tiempo. Su confección le suponía una cantidad aceptable que iría a parar, como casi todo lo que cobraba cosiendo, a la cuenta corriente de su pequeña.
Las diademas, los zapatos, los vestidos y los complementos estaban cada vez más caros. Se acercaba la final del concurso. Sabía que el jurado era muy exigente y la competencia terrible.
Una vocecita infantil la reclamó imperiosa desde el fondo de la casa. La niña quería su vaso de leche con cacao.
Con el cuerpo entumecido y los ojos pesados, se levantó corriendo. Suspiró. Todo era poco para su pequeña Miss Sunshine.
Me pinto como una puerta, la pintura de mi cara disimula las ojeras y lo demacrada que estoy, lo que no puedo tapar son los dientes que me faltan.
Ya me quedan pocas medias sin agujeros, estas que llevo son bastante tupidas me vendrán bien para soportar el frío invernal de la oscura noche.
Mi pelo es moreno hasta la cintura, me hago una cola de caballo, así no me molesta cuando trabajo.
Me miro al espejo de mi diminuto cuarto, mis ojos verdes se reflejan tristes, como los de un galgo abandonado.
Salgo a la calle con pocas ganas, me da asco lo que hago, pero no me queda otra.
Sólo unos pocos se vienen conmigo, gente sin escrúpulos, a los que les da morbo que una fulana sin dientes, les haga marranadas, por tan solo unos miserables euros.
Cada día me levanto con la esperanza de tener fuerzas, para dejar de consumir.
Pero ese dinero que cae en mis manos, me lo fundo tan rápido como se funde el aluminio.
Recuerdo cuando era pequeña me escondía en el armario, asustada, con lágrimas en los ojos y soñaba con que algún día sería una princesa.
Cada mes, sin fallar uno, el rey enviaba algún infortunado pretendiente a liberar a su hija de las garras de Irégore, la nívea dragona que habitaba las cumbres de Monte Soledad.
Al principio le hacía gracia descuartizar a aquellos mequetrefes. Disfrutaba descubriendo el pánico en sus ojos cuando se sabían perdidos. Primero se le acercaban con una mezcla de desconfianza y de alivio. Sus primeros zarpazos les devolvían a la realidad, la lucha era por sus vidas. Le gustaba perseguirlos hasta acorralarlos y una vez desarmados, alargar esos últimos momentos, como el gato que juega con su presa arrinconada. Por último, cuidadosamente, los separaba en pedazos, no más grandes que un puño, para la cena. Siempre guardaba algunos para su prisionera. Mas con el paso de las estaciones empezó a hartarse, cada vez los aspirantes a hidalgos eran menos interesantes, la mayoría alfeñiques que subían tan asustados que, antes de llegar a media ladera, ya se podía reconocer en sus calzas el olor de la derrota. Pero aun así no dejaban de llegar.
Llegó a la conclusión que jamás lograría la paz en aquellas serranías, montó a su dragona y ambas marcharon, en majestuoso vuelo, a la caza del sol.
Asustado y confuso abrí el libro de cuentos de Andersen que tenía al lado, y ya en el índice mismo pude comprobar los cambios. El príncipe y el guisante, La patita fea, El rey de las nieves… Comprobé después, en el de los hermanos Grimm, que Blanca Nieves era quien besaba al príncipe envenenado por el padrastro, y que Cenicienta era la encargada de ponerle el zapato de cristal al desdichado que lo había perdido en el baile.
En todos los libros sucedía igual, héroes y heroínas intercambiaban labores; ellos sabían remendar calcetines y preparar suculentos guisos al amor de una lumbre, y ellas conocían el arte de la cetrería y herraban caballos; ellos leían hermosas historias a sus hijos al anochecer y ellas salvaban príncipes.
Mientras que el Ratoncito Presumido barría la puerta de su casa, Garbancita conseguía lo imposible. Rapunzel rescataba a un joven de su cautiverio en una altísima torre subiendo por su larga barba, y Las Tres Cochinitas se reían de una loba astuta.
Eso justificaba que yo, El Principito hasta ayer, hubiera experimentado esos cambios anatómicos que acababa de descubrir debajo de mi ropa. Pero me confundía todavía más.
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