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PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
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Le ha costado mucho trabajito decidirse este mes, pero finalmente, Marta Calderón, desde su librería SANCHO PANZA en Cabezón de la Sal, mantiene su colaboración ofreciendo un libro como regalo (que se podrá elegir entre tres títulos cercanos a la obra homenajeada) a uno de los relatos del mes anterior que cumplan esa condición.
ABR81. DON QUIJOTE EN LA BIBLIOTECA, de Juana Mª I…
ABR24. ELOGIO DE LA LOCURA, de Ana de UráN
ABR44. NOMBRE DE CABALLERO, de Paz Alvar
ABR76. EN LONTANANZA, de Héctor Hernández
ABR78. QUE TRATA DEL DESCUIDO DE SANCHO Y DE SU PO…
ABR96. EPÍLOGO, de Beatriz Carilla Egido
ABR104. DUELOS Y QUEBRANTOS, de Mei Morán
ABR124. DON ANSELMO Y SANCHO, de María Sergia Mart…
ABR138. PERDIDO ENTRE HOJAS, de Antonia Garcia Lag…
Gracias a tod@s.
Fue inesperado, toda una sorpresa para la preciosa princesa, sentada en el parque bordando Una bonita mariposa de varios colores. Apareció él, todo un caballero medieval montado en su caballo. Sus miradas se cruzaron, aunque ninguno de ellos dijo nada. El siguió su camino con paso tranquilo, ella recogió todos sus hilos de colores, y marcho a palacio. Una gran tormenta se desató, la nubes se pusieron muy negras, algún rayo que otro se iluminaba en el cielo, ella miraba desde la ventana, cuando volvió a ver de nuevo a lo lejos al caballero. Sus pensamientos revolotearon como parajillos encima de su cabeza, tenía dudas, no sabía nada de él, y tampoco sabía porque pensaba en él. Pasaron los días, y se volvieron a ver. Aquel mercadillo medieval los volvió a juntar. La princesa se acercó a ver lápices de colores, y allí estaba el “su caballero” El mismo se los mostró, e incluso se los regaló. Ella ruborizada, no sabía porque, el –Dijo, sé que los utilizara, sabiendo que yo te los regalé. La princesa en ese mismo momento, supo las dudas de sus pensamientos. Sintiendo en su estómago la mariposa, que ella misma aquella tarde bordo.
Aún no había anochecido cuando Irene decidió no dejar de sentirse princesa. Estremeciéndose le descubrió que no la tendría más; ni sería la reina de su casa; suspirosa le devolvió la llave. y recitó…
Fue todo demasiado típico, como el guión de una película que ya has visto. Nos conocimos hace hoy veinte años, cuando él paró su motocicleta en el arcén de la autovía. Le dije que no sabía cambiar la rueda y me ayudó. Tenía unos ojos preciosos. Yo ese mismo día estrenaba vestido y acababa de cortarme el pelo, pero no se lo conté. Me invitó a cenar y me enamoré. Nos casamos al cabo de unos meses. Vivimos en una casa grande, para los niños casi un castillo. Con el tiempo he descubierto que tiene celdas que nadie más conoce. Cada aniversario me encierro en una de ellas y, envuelta en un ovillo de remordimiento, lloro en silencio. Me siento una farsante, una intrusa del destino. No soy la princesa de ningún cuento. Sigo siendo la misma chica que cambió de nombre hace ya veinte años. La que no paraba de temblar al ver al policía pararse junto a mi coche. Y mi cuento se difuma cada vez que imagino a mi marido llevando su mano a la culata de la pistola, mientras me pregunta qué hay debajo de la manchada lona del maletero.
El hombre arrojó una palada de tierra y recién entonces se dio cuenta de que la mujer conservaba los ojos abiertos. Sin pensarlo, clavó la pala en el suelo y descendió al pozo. Una, dos, tres veces, pasó su mano derecha por aquellos ojos que, en otras tantas ocasiones, volvieron a abrirse. Bufó. Durante veinte años ella nunca le había dado el brazo a torcer, y pese a las limitaciones de su nueva circunstancia, parecía dispuesta a seguir con su costumbre. El hombre, incapaz de resignarse a esta última derrota por pequeña que fuese, salió de la fosa raudamente. Tras desordenar media casa, regresó con el pegamento que su mujer le había encargado comprar. Leyó el prospecto, le cerró los ojos y, manteniéndolos apretados, los colmó de adhesivo. Cinco minutos después, al retirar la mano, la mujer volvió a abrir los ojos con el añadido de que se clavaron, viva e intensamente, en los suyos. El hombre profirió un alarido al tiempo que una palada de tierra golpeaba su rostro. Pensó que era eso lo que súbitamente le vedaba la visión, pero, tras recibir una segunda palada, la mujer dijo:
—Yo tampoco quería que te entrase tierra en los ojos.
— Aquí tiene, mi princesa. Ella extiende la mano y aguarda. Cuando palpa la suavidad del vestidito y de las alas que tiene en la espalda, responde.
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| CENICIENTA, foto de la exposición |
Hubo un tiempo de rosas y laureles, de corretear los prados como si de volar se tratara. Cuando él la abrazaba el mundo se hacia inmenso y diminuto a la vez. Jamás nada ni nadie le había dado la posibilidad de ser feliz. La llevó a Brujas en invierno para que patinara por los canales helados y a Benarés para que se remojara los pies en el Ganges. A Paris porque siempre hay que ir. Ahora mientras ella sangra y llora en un rincón de la cocina, él sigue llamándola “princesa” mientras le asegura que esta ha sido la última vez.
Soy príncipe. Hace años fui nombrado heredero de la corona. En la corte me rodean bellas damas. Soy rico y poderoso, y todos me dicen que soy guapo, lo que me convierte en alguien persuasivo. O por lo menos eso creía yo hasta que conocí a aquella princesa. No me hacía caso. Intenté acercarme a ella por todos los medios posibles: cartas, peticiones de audiencia, invitaciones a bailes y justas, mensajes a sirvientas… Pero no sirvió absolutamente para nada. No quería ni verme, la muy insolente. Yo no sabía por qué y le rogué, me arrastré. No obtuve respuesta. Dormía mal, me negué a comer y enflaquecí. En palacio se hablaba por los pasillos. Sentí que perdía autoridad y que crecían las voces, hasta que un día me harté y ordené que asesinaran a la princesa nada más principiar el día. Nadie me hizo caso, hubo burlas. Fui enojado a ver a mi padre y le expuse la preocupante situación. Le dije que necesitaba un gran caballo para limpiar yo mismo mi honor y el de la corona. Solo conseguí que se enfadara y me mandara a mi alcoba. Allí planifiqué el peligroso lance montado en mi caballito de madera.
La princesa Greed corregía coqueta la inclinación de su diadema ante su gran espejo de pared cuando Sir Wallbrige llegó. Invitado del Rey, era hijo de un difunto amigo, y su presencia revolucionó la fortaleza como pocas veces. Apuesto y embriagador, se convirtió en la comidilla de las muchachas de la corte. Alegró los días al monarca y vivió las noches de fiesta en fiesta. Pero Wallbridge cometió un error. Guiado por el alcohol y su afilado sentido del humor osó bromear sobre el ridículo Lord Bedfort, feliz prometido de la princesa. Las palabras altisonantes y los agarrones quedaron emplazados para la mañana siguiente, a pistola. El Rey, obligado por las normas de hospitalidad, se posicionó como padrino de Wallbribge mientras que el hombre de confianza de Lady Greed, capitán de su guardia personal, se ofreció a defender el honor del estirado Bedfort, que, medroso, no dudó en aceptar. Diez pasos contó cada uno antes de girarse y, tras soltar el aliento retenido, liberaron truenos sobre la mañana, despidiendo a los pájaros. Dos balas certeras para una tragedia. El Rey y su futuro yerno recibieron por extraño azar los disparos mortales, mientras la heredera no podía evitar sonreír.
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