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-A esta temperatura el souffle se te quema, no conseguirás el punto de nieve y el plato volverá a ser un fracaso ¡Joder!- Vocifera el Master Chef cuyo apellido rima con zipote.
– ¿Eres medio tonto o tonto entero?-Creo que cuando me dice esto, hecho una bestia endemoniada, no me está preguntando, quiero creer, en todo caso, que es un didáctico toque de atención y no se lo tengo en cuenta.
El souffle se me viene abajo, la salsa de sangre encebollada emana de los poros de la masa que no llega a subir y lo encharca todo de un rojo abizcochado y viscoso. Me cago en la cocina francesa yo quería hacer cabrito al horno o chorizo al infierno pero solo soy un aprendiz.
En su aposento, la princesa llora inconsolable; de pronto, una mensajera toca a la puerta y dice:
Me abandonó el sueño y empecé a contar los minutos. Uno detrás de otro. Intenté matar el silencio a puñaladas, a gritos, con todas mis fuerzas. También desnucar la oscuridad. Matarlo todo a golpes secos, a ritmo de olvido. Encendí la luz, pero los muertos no duermen, se sientan al borde de la cama y te miran con sus ojos vacíos. Luego deambulé por la casa, me acerqué a la ventana; llovían palabras que cuarteaban los cristales: víctima, soledad, culpa. Vocablos que infectan las heridas. Me asfixiaba, abrí las puertas, las ventanas, los cajones. Se habían acabado las pastillas. Quise huir y volar con una escoba, planear entre las nubes; ni siquiera tuve agallas. Chillé. Conté otra vez los minutos, los segundos, pero el tiempo nunca se acaba. Ese ruido metálico seguía carcomiéndome las entrañas. La casa olía a goma quemada. Franqueé la puerta de la habitación y mi pequeña sonreía, vestida de princesa, desde una foto colgada en la pared. Me hablaron los juguetes. Luego cerré los ojos y escalé montañas, para acabar tirada en el suelo.
Sigo aquí, inmóvil. Todo está lleno de lodo.
No frené a tiempo, eso fue lo único que ocurrió.
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Cuando la princesa Violeta nació, los astrólogos le pronosticaron un don extraordinario para la música. Para desarrollarlo, el rey y la reina contrataron a los mejores maestros. Pero el arpa aburría a la pequeña Violeta y desafinaba ante el inflexible clavicémbalo. Recién estrenada su adolescencia, escapó del palacio: ansiaba conocer la auténtica música del mundo, sin academicismos refinados. Perdida en los pasillos del metro, escuchó una melodía arrebatadora. Guiada por ese ritmo que arrastraba sus emociones, encontró a un músico negro que extraía íntimos sones de jazz a un saxofón.
Se ha cansado de ser heredera del reino de los muertos. Tiene que tratarse de eso, dice uno, mientras los demás asienten frente al sepulcro de Jane. Lo cierto es que le hemos dado mil vueltas y no se nos ocurre otro motivo posible. Descartamos mal de amores sin dudarlo; apenas hace unas semanas celebraron sus bodas de cuarzo negro henchidos de felicidad. Dieciocho años desmembrando sueños en compañía y sosiego. Su familia permanece unida, más ahora que arrecian las primeras críticas por el modo de gobernar la necrópolis. La gente pretende que cualquiera que fallezca, sea quien fuere, pueda hacerse un día con las riendas del camposanto. Amigas no le faltan; tan azarosa fue esa década al otro lado. Parecen no quedar demasiadas opciones.
-Nena, podrás ser mi princesa.
Al mirar por la ventanilla del avión, a medida que ascendemos, veo la terminal aérea de Toronto empequeñecer. Karl, mi amigo por internet, quedó allí. No pude evitar que se escapase una lágrima cuando se despidió:
Amanecía. Nunca deseó tanto ver la claridad que daba color al horizonte, perfilando poco a poco las siluetas de los montes circundantes. Pudo contemplar la dimensión de sus heridas. Si esperaba que todo hubiera sido un sueño, ahora tenía la prueba de su realidad. Pero estaba a salvo, aquel árbol tenía un hueco donde había pasado la noche, entre aullidos y la lucha por controlar la sangre que manaba de sus heridas. Los aullidos habían cesado. Asomó la cabeza unos centímetros. Le llegó una ráfaga tibia de nauseabundo aliento, acompañada de un gruñido bestial y la última imagen que vería en vida: unos enormes colmillos que la atravesaron con implacable rapidez.
Amedrantada, la niña vino a pedirme ayuda. Le di cobijo. Exhausta y febril se acostó en una pequeña habitación, donde guardaba mis recuerdos de infancia. Al poco tiempo, desde la cama empecé a oír unos bramidos espeluznantes. Fui al cuarto de la nena. Al abrir, el rojo carmesí de sangre, repartida por todas las paredes cegó mis sentidos. No vi a la muchacha. El espacio rebosaba de pequeños monstruos de hedor insoportable. Luchaban entre sí por hacerse un sitio en la ubre de la bestia estirada en la cama. No daba abasto a amamantar a las decenas de crías que había traído al mundo. Me miraron todas a una. Cerré y eché a correr, sin mirar atrás ni una sola vez.
Aquelarres y conjuros, presagiaban la desgracia.
La madrugada de difuntos, disfrazada de deseos ocultos, dispuestos al desenfreno, se apoderó de los habitantes de la aldea. Todos acordaron dar muerte a la raposa.
Enmascarados y ahogados por el orujo, corrieron tras la bestia, adentrándose en el bosque. Piedras y palos golpearon el cuerpo del animal, que yacía ensangrentado exhalando sus últimos suspiros.
La raposa, como la madre que la gestó, fueron víctimas de las supersticiones.
Cuentan, que el canalla que la forzó, la obligó a beber. El brebaje equivocó los efectos. Siete meses, hasta el día del alumbramiento. Catarina murió y el engendro vio la luz.
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