¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


![]() |
| CENICIENTA, foto de la exposición |
Hubo un tiempo de rosas y laureles, de corretear los prados como si de volar se tratara. Cuando él la abrazaba el mundo se hacia inmenso y diminuto a la vez. Jamás nada ni nadie le había dado la posibilidad de ser feliz. La llevó a Brujas en invierno para que patinara por los canales helados y a Benarés para que se remojara los pies en el Ganges. A Paris porque siempre hay que ir. Ahora mientras ella sangra y llora en un rincón de la cocina, él sigue llamándola “princesa” mientras le asegura que esta ha sido la última vez.
Soy príncipe. Hace años fui nombrado heredero de la corona. En la corte me rodean bellas damas. Soy rico y poderoso, y todos me dicen que soy guapo, lo que me convierte en alguien persuasivo. O por lo menos eso creía yo hasta que conocí a aquella princesa. No me hacía caso. Intenté acercarme a ella por todos los medios posibles: cartas, peticiones de audiencia, invitaciones a bailes y justas, mensajes a sirvientas… Pero no sirvió absolutamente para nada. No quería ni verme, la muy insolente. Yo no sabía por qué y le rogué, me arrastré. No obtuve respuesta. Dormía mal, me negué a comer y enflaquecí. En palacio se hablaba por los pasillos. Sentí que perdía autoridad y que crecían las voces, hasta que un día me harté y ordené que asesinaran a la princesa nada más principiar el día. Nadie me hizo caso, hubo burlas. Fui enojado a ver a mi padre y le expuse la preocupante situación. Le dije que necesitaba un gran caballo para limpiar yo mismo mi honor y el de la corona. Solo conseguí que se enfadara y me mandara a mi alcoba. Allí planifiqué el peligroso lance montado en mi caballito de madera.
La princesa Greed corregía coqueta la inclinación de su diadema ante su gran espejo de pared cuando Sir Wallbrige llegó. Invitado del Rey, era hijo de un difunto amigo, y su presencia revolucionó la fortaleza como pocas veces. Apuesto y embriagador, se convirtió en la comidilla de las muchachas de la corte. Alegró los días al monarca y vivió las noches de fiesta en fiesta. Pero Wallbridge cometió un error. Guiado por el alcohol y su afilado sentido del humor osó bromear sobre el ridículo Lord Bedfort, feliz prometido de la princesa. Las palabras altisonantes y los agarrones quedaron emplazados para la mañana siguiente, a pistola. El Rey, obligado por las normas de hospitalidad, se posicionó como padrino de Wallbribge mientras que el hombre de confianza de Lady Greed, capitán de su guardia personal, se ofreció a defender el honor del estirado Bedfort, que, medroso, no dudó en aceptar. Diez pasos contó cada uno antes de girarse y, tras soltar el aliento retenido, liberaron truenos sobre la mañana, despidiendo a los pájaros. Dos balas certeras para una tragedia. El Rey y su futuro yerno recibieron por extraño azar los disparos mortales, mientras la heredera no podía evitar sonreír.
El cartel del ascensor de mi edificio no pasa desapercibido. Está hecho por alguno de los vecinos, de su puño y letra mala no, malísima, casi ilegible. El educado vecino en concreto está muy mosqueado con el/la/los sujetos que se dedican a fumar dentro del ascensor. Explícitamente pone: «un poquito de por favor y fúmate el cigarro cuando llegues a la calle o a tu casa. No quiero que mi ropa apeste a tabaco. Gracias» Al abrirse las puertas del ascensor me encuentro con Merche, la vecina de arriba, que está de espaldas. Me llevo una sorpresa al percibir el intenso olor que desprende la pequeña superficie y obligada exclamo «¡cómo huele aquí!«. Mientras se cierran las puertas de la dichosa chimenea, Merche rubia de bote pollo se da la vuela y mirándome con el cigarrillo me dice: «¡como quieres que huela mi niña!¿a rosas?«… Le explico que está prohibido fumar en el ascensor pero como si hablara con un sapo Merche, sigue fumando. Es entonces cuando mis ojos se sienten atraídos por las letras brillantes de purpurina dorada impresas en su camiseta. «¿Qué le pasa a la princesa?» Me rio en mi interior. Da igual que clase de princesa se sea porque la enfermedad acabará siendo siempre la misma: manca-desdicha.
Había una vez una princesa que, como todas las princesas del mundo, no quería morir jamás. Pero, a diferencia de las otras princesas que querían ser inmortales, esta princesa dedicaba el día entero a buscar el modo de parar el tiempo para siempre. Lo probó todo: la magia, el láser, el ultrasonido de frecuencia corta, el milagroso bótox…, incluso –sin decir nada al rey ni a la reina–, se arriesgó a una complicada operación de estética. Desesperada y aturdida por los antidepresivos y los calmantes, una noche sin luna soñó la solución. A la mañana siguiente, comenzó a escribir un diario.
Conocedora de tres verdades fundamentales –primero, que la insatisfacción es parte consustancial a la naturaleza humana y, segundo, que hasta la belleza más generosa termina por llenar de hastío al que la recibe cada noche–, la princesa de Hedeby, única heredera de su estirpe, se encargó de rechazar a cuantos pretendientes la cercaban antes de ascender al trono. Después, levantó en su palacio un renombrado harén, prolijo en varones de las tribus a las que sometía. Cuentan que allí pasaba todas sus noches, cuando no la ocupaba alguna expedición. A diferencia de próceres y guardianes de buenas costumbres, ella sentía un grave desinterés por la sucesión a la corona. Nadie en Hedeby era tan consciente como la propia princesa de que, tercero: hasta el bastardo o la hija espuria más insignificante del reino puede adquirir sangre azul, si así lo dicta quien manda.
Desde que ha descubierto un castillo bajo el bonsái que le regaló su tío sus días son menos tediosos. Las horas vuelan mientras alimenta con migajas a los minúsculos (aunque voraces) cocodrilos que habitan el foso. Hoy, una bandada de colibrís magenta ha anidado en una almena. A veces juega a estornudar para espantarlos, y ríe cuando le hacen cosquillas en la nariz con su frenético revoloteo. En el interior hay un príncipe. Es delicado y solitario, y al atardecer suele bailar claqué sobre el puente levadizo, aunque su danza posee una cadencia triste. Ella sueña con el día en que termine de menguar (cada día se nota más liviana) y, ya diminuta, puedan ser amigos y jugar a adivinar el animal en el que tornará una nube, o el color que adquirirá el sol justo antes de perder el horizonte. “Pero eso tendrá que ser mañana. Ahora debes descansar, pequeña”. Dice la enfermera, cogiendo su arbolito y dejándolo junto a la ventana. Y ella protesta débilmente, porque allí no puede verlo bien. Apenas consigue vislumbrar los multicolores fuegos de artificio que escupen ya las esbeltas torrecillas, todos en su honor, dándole la bienvenida.
En la tele han dicho que en Canadá, que un laboratorio de Canadá, han descubierto unas pastillas que evitan que te sientas solo. Mi novia está segura de haber oído la noticia, así, de pasada.
Eso es imposible, Charo. Le digo yo entre incrédulo y preocupado. Que te juro que lo dijeron, cariño. Es más, dijeron que han sacado el producto en pastillas y en aerosol, por si tienes problemas de estómago. Me contesta ella con un punto de euforia sospechoso.
Llevo dos semanas que no vivo. Apenas duermo. La veo rara, como inquieta y mucho menos atenta conmigo. No estarás pensando en pedir las pastillas esas. Le pregunto nervioso. Que sabes que yo te quiero a rabiar, princesa mía. Le digo casi en un balbuceo. Ay, no seas tonto. Sonríe, me acaricia y me rehúye poco convincente. Y luego se despide de mí diciendo que tiene que ir al centro a hacer unos recados para su madre. Pero al rato veo a su hermana Isabel y, disimulando mi desazón, le pregunto si ha visto a Charo y me dice que sí, que le ha dicho que tenía prisa, que tenía que ir a Correos, porque anda esperando un envío.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









