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Aurora incendiada la de la mañana en que llegó al valle sufriente, tras 6 meses de calor de infierno y sequía agostada, un ser pequeño, hostil y rezumante de rabia.
Sin cruzar palabra con nadie alcanzó la casa de la Petrona, la mujer más vieja de la comarca, la que nos había visto nacer a todos. Su voz de trueno escupió 666 exigencias y convocó al rayo que mató y arruinó a todos los habitantes del valle.
Ardieron árboles, se quemaron cultivos y se calcinaron hombres, cerdos, vacas y gallinas. Aquel demonio rojo no calculó que bajo los escombros quedarían larvas, huevos, promesas de vida. ¡Pobre diablo, pensó que acabaría con todo y no era más que un aprendiz!
Me gusta mirarme en los espejos, en los escaparates y vidrieras. Aquella vez fue distinto. Tengo un espejo de pie alto. En él finalizo siempre mi repaso. Ese día sonó el teléfono y, mirándome en el espejo, lo cogí. Me quedé observando fijamente. El aparato lo sujetaba con la mano derecha pero en el espejo era la izquierda, llevaba el reloj en la izquierda pero “la otra” no. Mis piernas estaban cambiadas. ¿Por qué, si se trataba de un simple reflejo, se comportaba al revés que yo?
Cada veinticuatro de junio frente al espejo se hacía la misma pregunta, ¿quién soy? Su mirada de mujer olvidada le respondía con otra desconcertante interrogante, ¿por qué?
Cinco minutos… ¿Listas, chicas?…
Un día desaparecieron. Todos los espejos se fundieron a negro y nunca volvimos a ver nuestros reflejos. Los buscamos en los cristales de los escaparates, en el agua del estanque, en las grandes pupilas de los niños… Pero desde aquel día, nada brilla, todo es mate. Y nosotros vagamos arrastrando la silenciosa ausencia de aquella gente idéntica —pero inversa— que tenía el corazón a la izquierda.
Me desperté con una sensación rara, como de vacío interior. No sabría exactamente como describirla, pero cuando bajé la vista y vi aquella pata peluda, di un grito que resonó por toda la estancia.
Cogió el martillo y golpeó con cuidado. Con el mismo cuidado con el que vivía. Cuidado de no enfadar a papá, de no provocar una queja en clase, de no molestar a los vecinos —sus impecables trenzas y su dulce mirada se reflejaban receptivas—. Cuidado en el trabajo, en el matrimonio: mejor callar que dar un escándalo —sus labios rojos y su espalda recta reverberaban complacencia—. Cuidado durante el embarazo, por la salud del bebé —dejó de trabajar, de quedar con las amigas…, engordando sola ante el espejo— ¡Cuidado cómo vistes, cuidado con lo que haces y dices!… Golpeó más fuerte, sin modales. ¡A cara descubierta, con su legítima sonrisa! Otro martillazo, otro y otro. ¡Rompiendo aquella imagen! Con fuerza, sin cuidado. Hasta que el pasado aprendido se quebró en un espejimo de esquirlas.
Hastiada de la realidad, atravesé el espejo con la esperanza de encontrar un mundo mejor que el mío. Encontré en él una réplica exacta de mi habitación, pero simétrica. Mi reflejo me recibió con alegría: “Te estaba esperando, verás cómo esto te gustará”. Sin darme tiempo a reaccionar, salió fuera del espejo y me dijo adiós con la mano; yo le respondí como una autómata. Desde entonces solo existo cuando ella se encuentra en el dormitorio. Esclava de sus caprichos, por la mañana he de maquillarme con esa nueva barra de labios que ha comprado y me pintarrajeo con sombras de ojos chillonas, vulgares. Abre la puerta y desaparece tras ella, e instantáneamente, me desintegro en la nada. Cuando cada noche regresa y se acerca a mirarme con sonrisa triunfal, cómo le envidio esa vida que yo no supe saborear. Me acuesto cuando me contagia sus bostezos, aunque yo no tenga ni pizca de sueño. Ayer volvió con los ojos enamorados y no lo pude resistir más. Le pregunté a qué sabían los besos. Se acercó a mis labios y los besó. Yo solo sentí el frío del cristal y un estremecimiento de soledad y rabia rompió el espejo.
No soporta ver su escuálida figura reflejada en el espejo. Ya no se arregla, se muestra descuidada y huidiza en el trabajo. Todos los días recorre los pasillos del hospital arrastrando los pies y los pacientes ni siquiera levantan la vista para verla pasar. Se dirige como siempre a la sección de neonatos, del mismo modo que un adicto acude a por sus dosis. Se acurruca en una esquina y observa durante horas a los recién nacidos. No se atreve a tocarlos, ni siquiera se acerca a ellos. Simplemente observa sus movimientos, el ruido de su respiración, el alegre sonido de sus primeros gorjeos…. Y siente un escalofrío de vitalidad que le recorre todo el cuerpo.
Sale de allí mareada, confusa. Se mezcla entre el gentío de la abarrotaba ciudad y vuelve a casa sin fijarse en el camino que toma. Se desploma en su sillón favorito y se cubre con un manto de silencio. En un rincón reposa su oxidada guadaña.
Su relación estaba condenada al fracaso. Él no la trataba bien, siempre se reía de ella sin motivo aparente y disfrutaba menospreciándola, por las mañanas sobre todo, y al acostarse, sin proporcionarle una tregua, su único propósito era mofarse de las pintas con las que se enfilaba a la cama. Ella, tan susceptible, sucumbió a sus artimañas y empezó a evitarlo. Dejó de vestirse para él: abandonó sus alegres prendas floreadas que la distinguían como la hija de la primavera y se instaló en la oscuridad del invierno; rehuyó su desnudez y la escondió para sí, avergonzada por esos kilos de más que se adquieren por la buena vida y los efectos naturales del paso del tiempo. ¡Qué tonta con lo hermosa que tú eres!, le replicaba cuando se desahogaba y compartía conmigo su pesar. Y como la quiero tanto y sus lágrimas son mi cruz, decidí poner el punto final a su tormento. Me presenté ante él, me lo cargué al hombro y lo bajé a la calle para que el primer camión de recogidas de escombros hiciese mi trabajo. Desde entonces, no más espejos que se interpongan en nuestra felicidad.
Como una reina de corazones se sabe bella y presume como una duquesa en sus fiestas de anfitriona. Acaricia al gato, compañero en sus largas noches de soledad, donde triste añora las que tuvo de pasión desbordando el río del amor. Un conejo blanco aparece por detrás invitándola a seguirle. Duda, no sabe qué hacer. Va tras él. Se pierde en túneles de asfalto donde suena la música de algún garito sórdido. Una puerta se abre y sale un sombrerero quien con un guiño levanta su chistera y una explosión de color a modo de confites inunda el escenario como si de un mago se tratase. Edificios grises adornan las calles vacías donde la naturaleza asoma en forma de desnudas ramas de famélicos árboles que danzan abrazados con el viento. El rey de la noche sale a su paso ofreciéndola un vaso de aguardiente que le quema la garganta. Se queda muda, un grito se ahoga en su interior. Quiere gritar más fuerte, no puede. El gato salta de sus brazos en busca de un mejor refugio. Se mira al espejo y comprueba que todo sueño ha sido.
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