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A la entrada de la cripta figura una extraña inscripción. Cientos de expertos en las más arcaicas lenguas que jamás hubieran podido imaginar, no son capaces de descifrar los símbolos que aparecen esculpidos en las colosales columnas de ónix, grabadas con aberrantes bajorrelieves, que custodian el acceso a esa especie de santuario donde se erige un ara en la que, por las reliquias halladas, debieron celebrarse cultos en honor a unos seres anteriores a cualquier edad. Un hedor de algo que lleva descompuesto en el aire evos y evos de eternidad penetra los sentidos de los presentes provocando una terrible nausea que preludia el advenimiento de un tiempo atroz.
A la tía le gusta tomar la siesta, a veces me recuesto a su lado para que me cuente algunas de sus historias. La que más me gusta es la de la cacería de venados. Comenzaba al atardecer, cuando el incipiente crepúsculo se mostraba tímido, proseguía entusiasmada al observarme muy atenta, acurrucada a su frío pecho.
Los animales corrían despavoridos, unos permanecían detrás de los cristales de los pubs y, otros se refugiaban en el metro, pero aún así pocos lograban escapar. Sigue tía, sigue.
Ella sonreía al ver mi carita blanca como el mármol, expectante. Antes de pudiera acabar, yo quedaba dormida sintiendo el putrefacto aliento de la bestia, entonces, la paz.
Al domador no le remuerde la conciencia y empieza la tarea. El nuevo ejemplar es joven y saludable, perfecto para aprendizaje, clava la estaca y comprueba que ha quedado fuertemente empotrada. Ata su pata y observa al animal, deberá estar así por un buen tiempo. Con choques eléctricos le obligará a guardar en su memoria todos los movimientos que, a fuerza de dolor, le enseñará. Algún día se convertirá en una enorme bestia que ataviada con su arnés rojo impresionará a todos el que lo vea. Él, orgulloso mostrará su obra para recibir los aplausos de los padres y sus hijos que en el circo, tranquilamente, observan la función mientras comen sus palomitas de maíz.
Allí, donde todo es tan lejano que la huida se antoja imposible, el anochecer se plaga de chirridos de puertas que se atrancan.
Las calles velan vacías mientras en el interior de los hogares se sienten a salvo.
La ofrenda diaria ya esta en la plaza.
Al amanecer, los acólitos limpian la sangre del animal y revisan la cuerda.
El tiempo transcurre tranquilo hasta la ofrenda del sexenio, cuando el sacerdote echa las rulas para escoger un niño menor de seis años.
Un dolor profundo se entrelaza con un triste alivio: Okeand les dará seis buenas cosechas.
No hay tiempo para preguntarse de donde vienen esos acólitos tan bien nutridos, hay que trabajar mientras haya luz.
Abrí la puerta; al cerrarla reparé en la rojiza yema de un huevo, resbalando pringosa por la jamba. Noté un tenso silencio solo roto por el raspar de los trozos de unos platos rotos sobre el suelo de la cocina al ser escobados al recogedor.
A mi padre, le habían negado el ascenso. El pasado político de la familia, pesó en el juicio del vesánico tribunal. Y salió la bestia de sus entrañas, aquella misma que tubo que contener cuando con 18 años cruzaba Irún con sus tres hermanos y recibió los golpes de la hebilla de las correas.
─Ahora vas a recibir aquello de lo que te libraste por irte de España en plena guerra.
Tardó mucho tiempo en llegar a mi casa la paz.
Andaba ordenando juguetes viejos y muebles desvencijados, cuando creyó oír un ruido procedente de la otra parte del desván. Creyendo que se trataría de algún pequeño roedor, o del gato del vecino, decidió olvidarse y acometer de nuevo su tarea.
Pretendía entregar a una ONG los trastos viejos para que le dieran alguna utilidad, al tiempo que convertía ese espacio en su estudio. Pero al darse la vuelta se encontró de frente con un ser monstruoso, con una mirada sedienta de sangre.
Apenas sin darse cuenta, su mirada, antes vivaz, fue volviéndose vidriosa, entre los brazos de la bestia, mientras esa mujer abandonaba su vida, infeliz.
No acostumbro a mirarme en el espejo y cuando lo hago es para apreciar mis defectos, que alguno tengo, e intentar pulirlos. Es un acto de introspección y también de representación; es bueno mirarse para adentro, hacia lo que no se ve, porque luego acaba por reflejarse. No acostumbro a mirarme en el espejo, y aunque sea invidente, debería hacerlo más a menudo.
Apagado el día, cuando el cielo cambia del rojo sangrante al negro impenetrable, nadie se atreve a internarse en la selva. No se menciona su nombre, pero todos saben que Ella está fuera acechando. Por la noche se escuchan sus estridentes gritos, sus inquietantes lamentos. Y todo en riguroso directo. Cuando alguien pregunta por los ruidos se hace un incómodo silencio. Al día siguiente suelen aparecer entre el follaje guiones mordisqueados, incluso algún cadáver desfigurado, la mayoría de productores de televisión. A pesar de todos los intentos, nadie ha logrado atraparla. Y es que desde que fue injustamente expulsada de su programa, es imposible vivir en paz.
Aún no ha sucedido, pero el trágico final está ya muy próximo. El joven toma el hacha y se acerca a la cama de su hermano. Una oscura fuerza lo guía desde su interior hasta su víctima, que ignora cómo la horrible muerte se aproxima con lentitud. El filo cortante se alza sobre la almohada y de pronto el inocente despierta y mira con una sonrisa los ojos de su asesino. Se escucha un grito horrible y un vómito de sangre empapa a los muchachos que se abrazan risueños, mientras un ser extraño se aleja entre aullidos, rayando el suelo con sus colmillos y sus garras, sucio de espumarajos y eternamente desgraciado porque su derrota siempre se repite, una y otra vez.
Nada más levantarse le ve. Mira al cristal de la ventana y ahí está. Cierto que es su única compañía. Pero también un acecho continúo. Qué este acoso siga el resto de la vida es lo inaguantable. Emprendió un viaje en barco, para huir de él, sin resultado; lo vio flotando, saludándole con su misma sonrisa, con la huella del tiempo en el acartonado rostro. De no ser por el temor a la guasa de sus conocidos, le hubiera puesto una denuncia por persecución nada más llegar a tierra. Un domingo por la tarde, ya hastiado por el acorralamiento, se fue a la feria de las afueras de la ciudad. Y allí también lo encontró, multiplicada su imagen en el pilar poligonal del tío-vivo. Viejo, descaradamente mirándole, con la corbata de flores que le regaló su ex para buscar trabajo. Entonces fue cuando se dio cuenta que él llevaba la misma.
Tras comprobar que no hay nadie a la vista, Matías se cuela sigiloso en la habitación de sus padres y se para frente al enorme espejo que hay detrás de la puerta del armario. “¡Soy el rey de los piratas!” exclama. “¡Soy el rey de los piratas!” sentencia una voz carrasposa, y en su reflejo aparece un hombretón tuerto con casaca de terciopelo negro, camisa entreabierta y un ancho fajín para las dagas. “¡Soy el terror de los mares!” pregona el niño. “¡Soy el terror de los mares!” oye decir a ese que, con gesto hosco y aguerridas maneras, blande desde el espejo la espada. “¡Soy el más alto y fornido!” declara el pequeño Matías, y frente a él asoma un pirata robusto y musculoso. “¡Soy el más alto y fornido!” repite el periquito que viene a posarse en su hombro para verse, majestuoso y gigante, como un guacamayo rojo.
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