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El hombre arrojó una palada de tierra y recién entonces se dio cuenta de que la mujer conservaba los ojos abiertos. Sin pensarlo, clavó la pala en el suelo y descendió al pozo. Una, dos, tres veces, pasó su mano derecha por aquellos ojos que, en otras tantas ocasiones, volvieron a abrirse. Bufó. Durante veinte años ella nunca le había dado el brazo a torcer, y pese a las limitaciones de su nueva circunstancia, parecía dispuesta a seguir con su costumbre. El hombre, incapaz de resignarse a esta última derrota por pequeña que fuese, salió de la fosa raudamente. Tras desordenar media casa, regresó con el pegamento que su mujer le había encargado comprar. Leyó el prospecto, le cerró los ojos y, manteniéndolos apretados, los colmó de adhesivo. Cinco minutos después, al retirar la mano, la mujer volvió a abrir los ojos con el añadido de que se clavaron, viva e intensamente, en los suyos. El hombre profirió un alarido al tiempo que una palada de tierra golpeaba su rostro. Pensó que era eso lo que súbitamente le vedaba la visión, pero, tras recibir una segunda palada, la mujer dijo:
—Yo tampoco quería que te entrase tierra en los ojos.
— Aquí tiene, mi princesa. Ella extiende la mano y aguarda. Cuando palpa la suavidad del vestidito y de las alas que tiene en la espalda, responde.
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| CENICIENTA, foto de la exposición |
Hubo un tiempo de rosas y laureles, de corretear los prados como si de volar se tratara. Cuando él la abrazaba el mundo se hacia inmenso y diminuto a la vez. Jamás nada ni nadie le había dado la posibilidad de ser feliz. La llevó a Brujas en invierno para que patinara por los canales helados y a Benarés para que se remojara los pies en el Ganges. A Paris porque siempre hay que ir. Ahora mientras ella sangra y llora en un rincón de la cocina, él sigue llamándola “princesa” mientras le asegura que esta ha sido la última vez.
Soy príncipe. Hace años fui nombrado heredero de la corona. En la corte me rodean bellas damas. Soy rico y poderoso, y todos me dicen que soy guapo, lo que me convierte en alguien persuasivo. O por lo menos eso creía yo hasta que conocí a aquella princesa. No me hacía caso. Intenté acercarme a ella por todos los medios posibles: cartas, peticiones de audiencia, invitaciones a bailes y justas, mensajes a sirvientas… Pero no sirvió absolutamente para nada. No quería ni verme, la muy insolente. Yo no sabía por qué y le rogué, me arrastré. No obtuve respuesta. Dormía mal, me negué a comer y enflaquecí. En palacio se hablaba por los pasillos. Sentí que perdía autoridad y que crecían las voces, hasta que un día me harté y ordené que asesinaran a la princesa nada más principiar el día. Nadie me hizo caso, hubo burlas. Fui enojado a ver a mi padre y le expuse la preocupante situación. Le dije que necesitaba un gran caballo para limpiar yo mismo mi honor y el de la corona. Solo conseguí que se enfadara y me mandara a mi alcoba. Allí planifiqué el peligroso lance montado en mi caballito de madera.
La princesa Greed corregía coqueta la inclinación de su diadema ante su gran espejo de pared cuando Sir Wallbrige llegó. Invitado del Rey, era hijo de un difunto amigo, y su presencia revolucionó la fortaleza como pocas veces. Apuesto y embriagador, se convirtió en la comidilla de las muchachas de la corte. Alegró los días al monarca y vivió las noches de fiesta en fiesta. Pero Wallbridge cometió un error. Guiado por el alcohol y su afilado sentido del humor osó bromear sobre el ridículo Lord Bedfort, feliz prometido de la princesa. Las palabras altisonantes y los agarrones quedaron emplazados para la mañana siguiente, a pistola. El Rey, obligado por las normas de hospitalidad, se posicionó como padrino de Wallbribge mientras que el hombre de confianza de Lady Greed, capitán de su guardia personal, se ofreció a defender el honor del estirado Bedfort, que, medroso, no dudó en aceptar. Diez pasos contó cada uno antes de girarse y, tras soltar el aliento retenido, liberaron truenos sobre la mañana, despidiendo a los pájaros. Dos balas certeras para una tragedia. El Rey y su futuro yerno recibieron por extraño azar los disparos mortales, mientras la heredera no podía evitar sonreír.
El cartel del ascensor de mi edificio no pasa desapercibido. Está hecho por alguno de los vecinos, de su puño y letra mala no, malísima, casi ilegible. El educado vecino en concreto está muy mosqueado con el/la/los sujetos que se dedican a fumar dentro del ascensor. Explícitamente pone: «un poquito de por favor y fúmate el cigarro cuando llegues a la calle o a tu casa. No quiero que mi ropa apeste a tabaco. Gracias» Al abrirse las puertas del ascensor me encuentro con Merche, la vecina de arriba, que está de espaldas. Me llevo una sorpresa al percibir el intenso olor que desprende la pequeña superficie y obligada exclamo «¡cómo huele aquí!«. Mientras se cierran las puertas de la dichosa chimenea, Merche rubia de bote pollo se da la vuela y mirándome con el cigarrillo me dice: «¡como quieres que huela mi niña!¿a rosas?«… Le explico que está prohibido fumar en el ascensor pero como si hablara con un sapo Merche, sigue fumando. Es entonces cuando mis ojos se sienten atraídos por las letras brillantes de purpurina dorada impresas en su camiseta. «¿Qué le pasa a la princesa?» Me rio en mi interior. Da igual que clase de princesa se sea porque la enfermedad acabará siendo siempre la misma: manca-desdicha.
Había una vez una princesa que, como todas las princesas del mundo, no quería morir jamás. Pero, a diferencia de las otras princesas que querían ser inmortales, esta princesa dedicaba el día entero a buscar el modo de parar el tiempo para siempre. Lo probó todo: la magia, el láser, el ultrasonido de frecuencia corta, el milagroso bótox…, incluso –sin decir nada al rey ni a la reina–, se arriesgó a una complicada operación de estética. Desesperada y aturdida por los antidepresivos y los calmantes, una noche sin luna soñó la solución. A la mañana siguiente, comenzó a escribir un diario.
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