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Sé que no debo disculpar mi conducta bajo ningún concepto, pero trabajar como doble para las princesas de cuento va a acabar conmigo. Todo empezó con un inocente pinchacito de rueca por aquí, una manzana envenenada por allá… Sin embargo, esto se les está escapando de las manos. Ahora ya no son sólo escenas de riesgo, sino momentos vergonzosos como besar a un sapo en los labios o bajar unas escaleras corriendo con unos zapatitos de cristal. Vamos a ver, ¿no era suficiente con pasarme dormida décadas? No le quiero contar lo que supone estar veinte años recostada en la misma postura, y esperando a que venga el príncipe de turno en su corcel blanco. Sé que es un trabajo, pero además de mal pagado, exige dedicación completa. Si por lo menos fuese la princesa protagonista, aún. Por eso me he decidido a contratar sus servicios. No quiero nada ostentoso ni tradicional. Que sea algo creativo, nada de dragones que las acaben carbonizando. Entonces, ¿tenemos u
n trato?
Ahí están ambos, florete en ristre, dispuestos a matarse. El elegido por su paternal Majestad para ella le había sorprendido con el más apuesto entre sus brazos. Su padre terció que el ganador desposaría con ella. ¡Ahora que los tres estaban de acuerdo en quién les gustaba más!
A pesar de su semblante triste, sigue siendo bella. Tan bonita como el día que posé mi mirada en sus largas trenzas doradas y sus ojos pardos.
Éramos solo unos chiquillos, pero en ese instante supe que la amaría toda mi vida y que nunca encontraría otra como ella.
Y ahora, sentada en la mecedora junto a la ventana, con la vista perdida en algún punto de su memoria y un gesto serio en el rostro, la miro con ternura y me pregunto ¿Qué le pasa a mi princesa?, y al no obtener respuesta que me alivie de esta pena, reprimo el deseo de abrazarla a sabiendas de que no seré correspondido, mientras una lágrima furtiva resbala por mi mejilla e intento consolarme pensando, que al menos una vez nos amamos.
Me fascinó el relato del espejo. Contó que hubo un camellero llamado Hassan, cuya vida transcurría monótona conduciendo reatas entre las dunas. Un mediodía, un destello repentino hirió sus ojos, y al aproximarse descubrió sobre la arena un espejito de plata pulida. Sintiéndose bendecido con el regalo, Hassan lo envolvió en un turbante y lo guardó en una alforja. Ya en el oasis, mientras lo abrillantaba, le pareció que emanaba de él un murmullo de agua. Su asombro no tuvo límites cuando reflejado en su superficie vio el mar, que no conocía y del que tanto le habían hablado. Contempló sirenas, escualos, la silueta espectral de una trirreme hundida, ostras que exhibían perlas, medusas fosforescentes… Al día siguiente, una caravana de beduinos encontró el cuerpo de Hassan bajo las palmeras. Tenía las ropas cubiertas de algas y sal, y sus ojos se habían vuelto azules.
Cuando concluyó su relato, aún no había amanecido: esa vez había terminado la historia demasiado pronto. Sabedora de su destino, una lágrima desbordó el kohl que enmarcaba sus ojos. Pero ya nunca más habría de temer por su vida, pues el relato del espejo por fin enamoró a mi amo perdidamente de Scheherezade.
En la 207 está nuestra particular Bella Durmiente. Vicky se pasa el día colgada. Se mete toda la mierda que consigue en este antro. Si vas de ese palo, la de la 212 es tu chica. Nuestra Blancanieves tiene toda la pura ídem colombiana que te puedas permitir. La negra de la 209 es Tiana. Su príncipe le salió rana, como a todas. Y ella lo devolvió a la charca con dos puñaladas en el estómago que la han traído directa a este castillo. La de la 206 es Bella. Como nuestra Tiana, se casó con la Bestia. Sólo que no tuvo tantos huevos como ella. Está aquí por delito contra la salud púbica y le pide al abogado de oficio que no la saque. Sabe que la verdadera cárcel está fuera. Y luego estás tú. Una linda Cenicienta de ojos azules. ¿Rumana?. No entiendes ni papa, ¿verdad?. Mi querida y dulce Cenicienta. Después de media noche echarás de menos a tu hada madrina. Bienvenida a la celda 211. A mí me llaman Reina de Corazones.
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Cuando mi cara cultivaba acné juvenil y ella empezaba a pintar canas con pasión, se empeñaba en contarme el final de las películas del día anterior. Yo me enfadaba; mis hormonas tenían asuntos más interesantes que discutir y mi encefalograma plano no distinguía lo esencial de lo intrascendente.
Hoy, hace diez años que mi madre dejó su trabajo a jornada completa de Cuentacuentos y yo daría cualquier cosa por oír de sus labios como me llamaba “princesa” y repasar con ella el final de una película más; cualquiera, excepto la del mal bicho que se instaló en su hígado y, en cosa de un mes, se la llevó.-
Princesa, me parece que no me hago entender, como siempre. Me liaba al hablarte, antes y ahora, y no es fácil explicarte lo que siento, ni lo que pienso. Te horroriza que te llamase princesa, pero esta vez lo hago porque simboliza, expresa, comunica todo el amor que a veces se ha quedado a las puertas de mostrarse. Con esa palabra digo todo lo que me he dejado sin decir a lo largo de los años. Ahora ya es tarde para saber el por qué de tu molestia en la palabra, pero que sepas que con ella no digo que seas pasiva, que no pases a la acción. Ahora es el tiempo de las princesas guerreras y valientes, tú eres la primera en ese estilo. No me hubiera cansado nunca de ser el porteador de tus paquetes, el que te ayudara a llevar el carcaj de tus flechas, el soldado que te prestara toda su acción en tu lucha contra el mal y la incomprensión. Ahora no quiero olvidar todo ese espíritu, me lo llevo de vuelta cada noche, nunca lo olvido. Debo marchar, mañana te veré, he de volver al cementerio y el guarda tiene que cerrar.
La escritora está triste… ¿Qué tendrá la escritora?
Las ideas se escapan de su mente creadora.
Que ha perdido su musa, que ha perdido la inspiración.
La escritora espera en su silla rodada,
ahora está mudo el teclado de su ordenador.
Pero en la pantalla aún parpadea un mensaje revelador
—Admito el trato, escritora —responde el diablo—;
raudo y veloz como el rayo, en tu camino me hallo,
en el cinto doscientas palabras y en la mano un título sugerente,
feliz caballero me siento, como un genio benevolente,
y que llega desde el infierno, aceptando el trueque:
tu alma a cambio de un cuento susurrado a tu mente.
Como en jaurías de lobos hambrientos y llevadas por el odio. persiguen a la bella Sofía, por hermosa, por celos y por «quita hombres«. Sofía es perseguida, sus hechos no tienen nombre, piensan las que la persiguen, mientras la hoguera van preparando y la visten con el traje de «ramera«, al sonido de los gritos y al retumbar de las piedras. Sofía se cubre la cara, nadie hace caso de sus lágrimas ni de sus gritos de inocencia, las mujeres «como lobas» tan solo quieren su sangre, su muerte y… ¡su belleza!
No, ella no es princesa.
– ¿Que tal va la noche princesa?-pregunta el rajao a la lola a la luz de la farola en el parque.
-La cosa va mal rajao, la crisis, ya sabes no hay clientes.
-Eso no es lo que me dicen tus compañeras,al parecer te traes todos de calle.Vamos princesa, que yo no soy tonto, dame mi parte- le increpa al tiempo que le retuerce un poco el brazo.
-Suelta mala bestia que me haces daño y si me rompes el brazo no podré trabajar, y eso no nos conviene a ninguno de los dos.
-Ha llegado a mis oidos princesa que tienes uno fijo y al parecer es todo un potentado.
_Habladurías, solo habladurías y mucha envidia.
_No me calientes princesa, no me calientes que me conozco-grita retorciendole esta vez mas fuerte el brazo.
_No tengo nada para tí, ya te lo he dicho, quizás mañana..
_Tú lo has querido princesa, de mí no se ríe nadie.
Acto seguido le retuerce el brazo hasta que un grito de dolor infinito sale de la boca de lola y se desmaya,
_Ahora si que es cierto, ya no puedes trabajar princesa.
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