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PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
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RELATOS SELECCIONADOS (orden numérico)
Los relatos que tienen premio de finalistas, son candidatos al premio final y se aseguran aparecer en la publicación de la 3ª Edición son:
ABR63. FLORES PARA DULCINEA, de Arantza Portabales
ABR79. UN DÍA DE SUERTE, de Raúl Ariza
ABR98. ARBUSTOS, de Ana Fúster
ABR148. LA PROMESA, de Asun Gárate Iguarán
RELATOS MENCIONADOS (orden numérico)
Los relatos elegidos como «mencionados», que podrían ser incluidos en la edición final como finalistas mediante la repesca que realice el jurado de la final son:
ABR04. AEROGENERACIÓN, de Eva García Martín
ABR10. AMANECE, de Nieves Martínez Menaya
ABR28. LA ARMADURA, de Susana Revuelta
ABR44. NOMBRE DE CABALLERO, de Paz Alvar
ABR47. LO QUE CERVANTES NUNCA CONTÓ, de María Elena Sánchez
ABR59. EL PALADÍN, de Jesús Coronado
ABR87. LA DAMA Y LA MUERTE, de Dylan Martínez
ABR119. EL GUANTE, de Alfonso González Cachinero
ABR129. CAPITULACIÓN, de Alfonso Carabias Antúnez
ABR140. SEIS EUROS Y UN BOTÓN, de Érika González
– Diga su nombre completo.
– Mercedes Jiménez Rueda
– ¿Jura decir la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad?
– Por supuesto. Sinceridad siempre.
– Muy bien, Mercedes, ¿Podría usted decirnos qué ha estado haciendo durante las noches del mes de abril?
– Leer, pensar, comentar, valorar
– ¿Puede ser más explícita?
– Claro que sí. Verá, este mes pasado he formado parte del jurado de “Esta noche te cuento”, un blog de relatos breves. Cada noche, al llegar del trabajo, copiaba en un Word los relatos que se habían ido publicando ese día, eliminando el nombre de su autor. Dejaba sólo el número y el texto. Los textos deben hablar por si solos y es a su calidad a lo que nos hemos ceñido.
– ¿Y qué es lo que usted valora en un texto
– Para que se haga una idea le cito textualmente lo que le comenté a uno de mis compañeros de jurado:
<<Soy especialmente quisquillosa con la ortografía y la gramática. Me gustan los relatos bien documentados (por ejemplo, que no incurran en barbaridades geográficas e históricas flagrantes), adoro lo poético en un relato, pero sin que deje de ser un relato. Me gusta lo claro, que no lo simple; lo cómico, que no lo vulgar; lo dramático, que no lo lacrimógeno. Detesto especialmente la cursilería, valoro la elegancia y contención a la hora de tratar temas peliagudos: drogas, prostitución, maltrato, abusos sexuales…>>.
– Y finalmente… ¿Se siente usted satisfecha con el resultado final?
– Hombre, es inevitable que se queden atrás textos muy buenos, porque sólo hay sitio para unos pocos en el cuadro de honor, pero creo que, entre todos, hemos seleccionado una lista de excelentes relatos, de muy diferentes temas y estilos, que reflejan el nivel de calidad que, gracias a los autores que participan mes a mes, ha alcanzado “Esta noche te cuento”.
– ¿Desea añadir alguna cosa más?
– Ya que lo dice…me gustaría resaltar la estupenda labor que han realizado Rosa, Sergio, Antonio y Juan. Han sido todo un ejemplo de profesionalidad y entrega. Sus acertados comentarios me han ayudado en la siempre complicada tarea de elegir a los ganadores. Ha sido un placer compartir con ellos esta experiencia. Eso es todo.
– De acuerdo. Pues una vez tomada declaración a Doña Mercedes, no hay más preguntas por mi parte, Señoría.
“Un armiño te destruirá”.
Los labios de la princesa se curvaron dibujando una mueca grotesca, en la que se mezclaban la euforia y el desdén. Aquellas palabras ya no significaban nada. La boca que las pronunció se había consumido en la hoguera, y el único enemigo al que podían referirse había sido hecho desaparecer. En efecto, la expedición de castigo había regresado con buenas noticias: todos los miembros de la familia Versinia yacían asesinados. El único superviviente de la masacre se agitaba ahora, inquieto, en su regazo. Un armiño, el animal que presidía el escudo de armas de los Versinia.
La princesa acarició el lomo de su nueva mascota, intentando tranquilizarla. Después, dirigió la mirada hacia la ventana. El sol se estaba poniendo, transformando el horizonte en una fina y alargada pavesa. Imaginó entonces con deleite la aldea destruida, los campos sembrados de sal, el castillo arrasado por las llamas donde ardían las manos que habían jugado con aquel armiño. Y en ese preciso instante notó la picadura.
Pulgas. El maldito animal tenía pulgas, y parecían especialmente hambrientas. Un médico de nuestros días podría haberle explicado que suelen estarlo, cuando en sus entrañas anida la peste.
La novia no ha lanzado el ramo por los aires ni se ha despeinado el moño. Tampoco se ha mojado los labios en el brindis. Sonríe mostrando una dentadura blanquísima, como su vestido de organza y satén. Hoy es su gran día, se siente una auténtica princesa y muy complacida se deja acariciar por las miradas de los invitados. Su príncipe azul está muy elegante con el chaqué y aunque sus manos apenas si llegan a rozarse, solo tienen ojos el uno para el otro. Llevan así toda la noche hasta que el filo de un cuchillo se desliza entre sus rostros, desplaza el suelo y los hace caer en sendos platos de postre, cada uno con su porción de hojaldre.
¿Es la despedida? Eso parece cuando entran los camareros y empiezan a retirar el servicio, pero Noemí, la sobrina de ocho años, se les ha adelantado y con una risita traviesa envuelve a la pareja en una servilleta que esconde en el bolso de su madre.
Comienza la luna de miel.
Junto a la ribera de esta playita desierta esta joven contemplaba el mar con ojos tristes: su padre la había prohibido adentrarse en ella temeroso de que la pase algo…
¡¿Pero que la iba a pasar si hoy estaba el mar tan sereno?!… La gustaría tanto juntarse a las gaviotas que se dejaban mecer a lomo de estas olitas…
Así que decidió dar unos pocos pasos para que, por lo menos, la lamieran los pies…
Poco a poco se adentro un poquito más: sentía trenzarse manos invisibles alrededor de sus piernas y hasta algunas traviesas se elevaron para rozarla los senos tan pequeños ellos…
No sentía ningún miedo, al contrario presentía que una revelación la iba a ser acordada: fabulosas presencias habitaban estas aguas, y trémulos posibles oscilaban en la corriente…
Sintió que una ola se elevaba y que unos dedos invisibles acariciaban la concha dormida de su sexo virginal y, sin forzarla, la llevaron a gozar de estas caricias húmedas haciéndola desear ser para siempre: “la novia del mar”…
Siempre se preguntaron como pudo ahogarse, por calma chicha, esta jovencita a quien su padre llamaba cariñosamente: “la princesa del mar”…
La princesa está triste.¿Qué le pasa a la princesa? Que está esperando a su príncipe azul y está pensando en cómo le dirá que está embarazada.
En realidad, lo está de un amigo común.
Sin embargo, cuando el príncipe azul llega, la princesa le da un beso y, dulzemente,empieza a articular las palabras mágicas que cambiarán el destino de todo el mundo, excepto el de las perdices.
Siendo una niña la princesa se hizo una casita en el cuarto creciente de la luna donde vivía con un precioso búho gris que compartía su vida con ella y le acompañaba a todas partes. Por las noches, salían al porche y juntos se sentaban al fresco. Se quedaban embelesados mirando a la luna llena, con el corazón henchido de ilusiones, con la esperanza creciente en un mañana perfecto. Un mañana donde los árboles se vistieran con verdes ropajes, el dorado cubriera los sueños y la música sellara la felicidad de ese preciso instante entonando plegarias de nácar.
Despiertan los neones. Al final de la avenida crece un rumor de tacones furtivos. Una puerta chirría, cruje el cuero de un asiento. La princesita triste enciende otro cigarrillo y arranca por fin su BMW.
Rojo. Sobre el volante sus dedos tararean un blues sin título. Parpadeos eléctricos. Verde. Pisa a fondo el acelerador, siente el fluir del asfalto bajo los neumáticos. Pronto, los altos edificios se pierden a lo lejos y la noche va desembocando en la periferia.
Allí, alguien le hace un hueco en un colchón gastado. Ella acepta y, como siempre, recibe el alba en compañía anónima.
Porque aún sigue creyendo que las sábanas de las afueras no dejan marcas.
Que la vida en las afueras no deja marcas.
Aunque cada vez le resulte más difícil calcular la dosis exacta para enterrar el daño.
No encontró en la rana a su príncipe azul, pero sí en su charca la poesía.
Había una vez un país caído en desgracia. Una península al sur de Eutopa, llamaba Estaña. Poblado de habitantes asentados en un pasado vetusto por el caos de un gobierno en descredito y atrapados en una Torre de Babel. Dominado bajo el yugo de un país vecino godo, que arrastraba al pueblo hacia la miseria.
Un cazador de trompas que se caía, reinaba en un trono debilitado. Por consorte tenía una reina de sonrisa diplomática, que había aprendido a llevar en vez de corona, una diadema de cuernos de reno, para protegerse de los duros acontecimientos que agitaban la Corte.
Tenían tres hijos.
Una princesa triste ¿que no tendría la princesa? que minaba su inteligencia, puesta en duda por el pueblo; la otra, que acabaría desterrada a los confines del desierto por la traición al país de su esposo; y el único hijo varón, apuesto príncipe, esperanza de la monarquía, que contrajo matrimonio con una plebeya, que se convirtió en princesa desfigurada y quedó trasparente de pura delgadez.
Este país, caído en desgracia, un día resurgió, cuando el pueblo unido eliminó a los ineptos.
Colorín, colorado hasta aquí, el cuento del principado.
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