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Entre la espesa niebla londinense emerge la oscura silueta de un hombre. Levita, chistera y bastón. El rítmico caminar rompe el silencio de la noche hasta alcanzar WhiteChapel donde las prostitutas vocean. Él, inmune a sus ruegos, provocaciones e insultos prosigue su ruta hasta que un –cómeme toda por una chelín- le detiene en seco. La madame le ofrece una jovencita, Alice, apenas una niña. El caballero introduce la mano en su chaqueta y roza su amuleto de pata de conejo. -Es el destino- se dice extendiendo un billete de libra esterlina.
Saciado su instinto, coloca sobre las aún calientes vísceras un naipe Kent: la reina de corazones. Se encamina a su mansión, dejando atrás los silbatos y gritos de –¡Le han cortado la cabeza!-. Aprieta el paso, la humedad cala los huesos y necesitará un buen té.
En el aparador de la entrada cuelga su chistera y se detiene a contemplarse ante el espejo. Sonríe, atrás quedan sus tiempos de gatito ronroneante, ahora ya es todo un depredador.
– Espejito, espejito ¿quién es la más bella de este reino? – Preguntó la hermosa Blancanieves como solía hacer todos los días al levantarse.
Mi padre decía que conducir era lo que más le gustaba hacer. Ponerse al volante y mirar la carretera sinuosa que le llevaba a un lugar que sólo él conocía. El silencio, más allá del zumbido del motor gasoil, la mirada perdida en una situación que dominaba por placentera, y el brazo apoyado en la ventanilla, es una imagen que mi retina guarda en la memoria infantil.
Cansado de una larga vida de gestos repetidos, planeó su escapatoria. La siguiente vez que lo vio asomarse, se dejó guiar como era lo habitual y cuando por fin estuvo a su alcance, lo haló de los hombros y cambió de lugar. Orgulloso de su éxito, reía a carcajadas, sin darse cuenta que su emoción era sólo un reflejo de la que sentía su rival.
Al amanecer sonaron las trompetas. Evaristo miró por la ventana y vio el cielo del rojo intenso que precede a la guerra. Abrió un poco un batiente y le llegó más nítido el tararí lejano acercándose. Pensó en las sesiones del cine parroquial y luego en las fiestas patronales, sólo que era setiembre y no comienzos de verano. El sueño predominó sobre la curiosidad, así que cerró la ventana y se volvió a dormir.
Las trompetas le despertaron de nuevo, mucho más pertinaces y vibrantes. Se vistió y bajó a la calle. Una voz profunda exhortaba a la conversión bajo un “666” rojo y enorme. Los botellines eran gratis, así que díjose Evaristo: “voy a probar por una vez”.
Nació en el lado oscuro de espejos de luna pulida cristañola, contemplando la inmundicia de quienes se miraban en ellos. Incluso las almas bondadosas eran susceptibles de ser corrompidas.
Juan, pareja de Ana, había muerto.
Ahora la contemplaba una vez más. Enganchado a ella, como si no existiera otra en el mundo, ni lugar donde observarla cada madrugada. Instruirla, indicarle aquello que tenía que hacer lo satisfacía de tal manera que siempre acababa masturbándose al apagar el ordenador. Obsesionado con ella desde que la descubrió por primera vez semidesnuda, ahora le excitaba el control que tenía sobre ella y la candidez con la que le obedecía. Unos doce años que, en ocasiones, le habían llevado a imaginarse, dónde y cómo sería su madre.
Hoy, lloraba mientras se masturbaba delante de la webcam. Eso a él lo excitaba más. Cogió el micrófono del portátil y le dijo: “Haz…”
Ayer, sentí un miedo casi sobrenatural, las carnes se me granularon y el rojo intenso de mis venas se convirtió en fumet incoloro.
En la cafetería del barrio, discutían acaloradamente y en voz baja una pareja. La mujer, menuda y con ojos vivos increpaba al hombre que estaba sentado a su lado; él,
la mandaba callar colocando su dedo índice de la mano izquierda sobre los sus labios, simulando un moscardón.
Con la parsimonia de un depredador, mostró su brazo derecho, una zarpa peluda de tres dedos con uñas afiladas y gruesas. Clavó la pezuña en el costado de la muchacha con un giro de muñeca ensayado. Después, se levantó y escondió su mano con una sonrisa fugaz.
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