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Jamás pregunté su nombre. Yo la llamaba Princesa. Ella me contó que venía de lejos. De un lugar donde los cuentos tienen final feliz con el beso de un príncipe Compartíamos hueco bajo las farolas, las papeleras y contenedores. Tenía las manos rígidas, la voz cascada y el andar cimbreado. Los ojos dulces y la boca serena. Le gustaba peinar mi pelo, mientras veíamos caer la tarde. Me envolvía las sobras del restaurante de enfrente en hojas de revista. Las ropas abandonadas, las lavaba en la fuente y luego las secaba al sol del mediodía y bien dobladas las colocaba en mi carrito. Mirábamos juntos la televisión cuando las tiendas cerraban, y ella lloraba pegada a los cristales con las películas de amor. Iba pedirle que se casara conmigo, con la argolla de una lata de cerveza. Esta mañana, he sentido su cuerpo frío, y como sus príncipes la he besado. Ella nunca me dijo, que entre cartones no hay final feliz para los cuentos.
-¿Qué le pasa a la princesa? Se interrogaba de manera permanente el viejo mayordomo del Palacio. ¿Tendrá alguna enfermedad? ¿Un amor no correspondido? ¿Angustia por no poder ser ni hacer las cosas que las demás niñas a su edad hacen? No lo sé…,- solía contestarse.
La futura heredera al trono, pasaba largas horas recostada en la cama sin salir de su aposento. Evitaba el contacto con las demás personas de la Corte, incluidas sus Majestades.
Parecía que no hubiera nada que pudiera torcer este destino y a cada momento la desazón de la joven, se veía reflejada más y más en todo su cuerpo.
Quizás la clave del enigma se hallaba en la noticia que le fuera dada días atrás: no habría para ella fiesta de quince y por ende tampoco vestido de princesita al momento de entrar al salón.
¿Problemas económicos reales? ¿La crisis había llegado también hasta allí? No.
Sus malas calificaciones en la escuela sumadas a su rebeldía adolescente, fundamentaron la decisión a modo de escarmiento.
Termina la comida princesa, que debes crecer sana y fuerte. Que afuera las fieras acechan y gruñen, como mi estómago que tiene hambre y pena.
Resguardaré tu infancia como un tesoro, no conocerás la tristeza ni la hambruna. Algún día sabrás mi hermosa niña, que corremos la suerte del olvidado… pero almuerza tranquila, para eso falta.
Terminaré la comida madrecita, porque quiero crecer sana y fuerte para luchar con las fieras y calmar tu dolor y tu pena.
Conservaré mi hogar como una trinchera cuando el dolor invada esta existencia. Pero algún día sabrás que cambió la suerte. Construiré una fortaleza cómoda y segura en donde envejecerás en paz mi reina
Los reinos de Ocitaisa y Ognirg acordaron, para hacer las paces, casar a sus hijos, la princesa Enomía y el príncipe Yenom, pero éste se rebeló contra estos planes, estaba enamorado de la hermosa bruja Socir, y para evitar la boda, confabularon para que el rey invitara a la joven a pasar unos días en su palacio. Aprovechando que la doncella descansaba, la bruja preparó un conjuro que la convirtió en águila, haciéndola prisionera.
A Ocitaisa no llegaban noticias de Enomía, se sospechaba que algo malo le había ocurrido por lo que su padre pidió al mago de la corte indagar qué le pasaba a la princesa. Al descubrir el ardid de los amantes y para evitar que su señor se embarcara en una nueva guerra, no dijo nada. Auxiliándose de su magia más poderosa, partió hacia Ognirg donde, convertido en dragón, rompió el hechizo y rescató a la princesa. Al saberse descubierta, Socir escapó al bosque tenebroso, encerrando a Yenom en una burbuja negra con la promesa de sacarlo, algún día de su oscuridada. La princesa, quien quedó muy triste, logró que su padre permitiera al dragón vivir en el castillo, como su mascota.
Érase una vez en la ciudad.
Desde la terraza veremos el mar.
Llegaba y se iba siempre a la misma hora.
Llegué a pensar que era hija del relojero.
Vigilé la relojería mucho tiempo.
Volví al bar de los encuentros.
Esta vez al interior.
A la misma hora de siempre llegó y pude oírla.
Su voz me sonaba y mucho. En la radio, semanalmente y durante años.
¡Es ella, seguro!
El camarero me dijo que había publicado su segundo libro de poesía “Crujido”
Radio Nikosia era su inspiración.
Bipolar, jardinera y pronto psicóloga.
Dejé buena propina.
La Princesa Inca se llama.
¿Qué le pasa a la princesa?
¡Que quiere ser conocida por su poesía y no por su historial médico!
El librero solo tenía “La mujer-precipicio” su primera publicación.
Desde que estoy en paro debo conformarme con leer su poesía y ver su foto en el libro.
Me ahorro el café.
¡Buscad y hallareis!
Percibió su olor como un puñetazo en el estómago al abrir la puerta. No podía hacer mucho tiempo que había abandonado la estancia. Ramiro entraba y salía, y ella era tan incapaz de retenerlo como de evitar que se marchara. Dejó la compra en la mesa sin reparar en la botella vacía de ginebra. Se puso cómoda mientras sus tripas se debatían entre el pavor y el deseo de que él volviera. No era la primera vez que sentía la confusión también en su cuerpo. Decidió darse una ducha y se echó un rato en la cama deshecha.
El viejo papel decorado de su cuarto tomó vida en su ensueño. Aquellas formas comenzaron a susurrar las palabras que nadie podría repetir con la dulzura de Ramiro. Y, sin saber si seguía dormida, sintió sus brazos, sus manos, su boca. Todo él en ella. Hasta que el olor de su aliento le hizo abrir los ojos. El ritmo del amor se hizo violento. Volverá a hacerlo, se dijo. Quiso escapar pero él no la dejaría hasta volcar en ella toda su rabia. Sintió un chasquido en el cuello. Pediría la orden de alejamiento. ¿Qué le pasa a la princesa?. Respiras? No?
Elisa observa embelesada cómo su niña juega con la hija de la señora. Una rubia, con bucles de princesa; la otra enjuta, con ojos negros, enormes y atentos. Le encanta que se entiendan tan bien.
Se siente feliz de poder servir en esta casa en la que le dejan criar a su hija mientras controla con pulso implacable cacerolas, sábanas y corrientes de aire.
Las mira ilusionada, anhelante.
No podría desear mejor destino para su Adela-y se lo pide a Dios cada día-que todo siga su curso natural. Que ambas crezcan, asuman mansamente lo que se espera de ellas, y que por fin un día su princesa pueda ser la criada de esa niña rubita.
Cuando la encuentra, necesitando convencerse de la casualidad, nota una erección que le humilla como una bofetada. Es la “Princesa” contoneando el culo embutido en mallas rosas a la caza de clientes. Reduce la velocidad hasta que sus ojos se encuentran. ¡Dios, es tan jodidamente guapa! Las pestañas artificialmente kilométricas enmarcan unos ojos azules del color de las piscinas de los ricos, y sus labios de fresa -le vienen entonces a la mente esos versos que estudiaba en el colegio- se fruncen en un beso de reconocimiento.
–Hola calvito -le dice con su voz ronca- ¿vas a querer hoy compañía?
Con una mueca de desprecio aprieta el acelerador y antes de que su boca le traicione con una afirmación, escupe entre saliva y amargura:
–¡Degenerado! ¡Maricón!
“Maricón”, va repitiendo para convencerse a sí mismo y negarse esa atracción inconfesable.
“Mañana se va a enterar esa escoria cuando vengamos mis camaradas y yo con los bates”, murmura mientras sube la ventanilla y el volumen de la radio para dejarse devorar por las fauces oscuras de la noche.
Ella nunca quiso ser princesa, no le gustaban las cenas de gala, ni los bailes benéficos. Su sueño era ser trapecista e ir por los caminos. De jovencita empezó su periplo, se lío con unos guaperas y se metió a cantante pop. Luego se cansó, volvió un tiempo al redil y como dicen, el roce hace el cariño, se enamoró de su guardaespaldas, el cual le correspondió y, en contra de la voluntad de su padre, fundó su pequeña familia. Pero el chulazo le salió rana y le engañó miserablemente. Se consolaría al brazo de otro gañan que tampoco la satisfizo.
Hasta que por fin llegó su hora, se prendó de un domador de circo . Fue un tiempo realmente feliz, con “la roulotte” a cuesta, de pueblo en pueblo, rodeada de animales, de niños y de gente del camino.
Al enterarse de que su padre había enfermado, regresó a palacio y durante meses cuidó de él, arrepintiéndose de sus locuras.
Y volvió a asistir a cenas y bailes… Ya no es la hermosa joven que encandilaba, su mirada la delata, ya no tiene el brillo de antaño.
“La princesa está triste…¿ qué tendrá la princesa?”
Al solaz de la acogedora sombra del fresno, reposa con su amado junto a las cristalinas aguas. A este locus amoenus concurre el sol, que refulge como recién pulido, una mansa colina, alguna libélula espontánea, y las nubes no enturbian ni la apacibilidad de la tarde ni los ojos de su galán, que reposan en los suyos amorosos y entregados.
Entonces la puerta del castillo se abre. De su interior cruza el foso una adolescente flaca y de tez pálida, ataviada con un vestido rosa chicle y una ostentosa diadema sobre sus amarillos tirabuzones. Calza bailarinas y anda ligera, a saltitos, decapitando flores. Se acerca a ellos, que traspuestos en éxtasis de amor, o quizás sorprendidos por su intromisión irreverente, no logran reaccionar a su presencia. Los mira.
A partir de aquí, los acontecimientos se precipitan. La soleada tarde, que recordará el lector memorioso se iniciaba con una bellísima estampa de ella y su amante, finaliza abrupta y trágica como esta frase. La muchachita rubia alza a su adorado batracio en la palma de su mano, lo besuquea contra natura, y así, así, así, ante la pobre ranita que croa impotente, convierte a su príncipe sapo en un repugnante humano.
Qué le pasa a la princesa, que ni ríe ni llora. Qué le pasa a la princesa cuando está sola.
Por el camino que rodea los muros del monasterio, hoy en ruinas, pasea la niña de ojos vivos y alegres. Se detiene un rato y otro también a recoger flores silvestres que colorean el verde que la rodea como pinceladas impresionistas. La tarde es fresca, de esas que anuncian cambio repentino en la primavera. Las nubes avisan de la lluvia próxima, pero la niña ajena al cielo sigue entretenida.
Risueña mira su ramillete ya completo y marcha con la tonadilla en sus labios de nuevo, camino a su casa. Qué le pasa a la princesa, que ni ríe ni llora. Qué le pasa a la princesa cuando está sola.
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