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Al padre se le antojaba cosa de brujería. La madre rogaba que no fuera eso.
Ignoraban cómo solucionar el problema, pero su hijo no era el mismo. Hacía meses que sus ojos eran pozos oscuros, imposible distinguir sus pupilas entre tanta negror.
Los intentos para dialogar con él resultaban fallidos. El espanto de los padres aumentó. Su hijo apenas hablaba con ellos. Parecía un robot.
Aunque irracional, la decisión del exorcismo los convenció. La sorpresa fue cuando llegó el sacerdote y vio al hijo.
— ¡El fuego del infierno te abrasará! ¡Eres el estafador de las preferentes!— dijo al entrar en la casa. — ¡No necesita un exorcismo, sino que lo encierren en Alcatraz!
Amparo, la niña de mi vecina, vino al mundo un seis de Junio. Siempre he creído que es “la hija de la bestia”
La tarde en que nació, una tormenta primaveral teñía el cielo de sangre. Yo estaba en el hospital, y cuando cogí a la recién nacida, me sonrió con cuatro dientes. Su madre me explicó: “a veces pasa” pero no pude evitar cierto estremecimiento. Al año hablaba correctamente el castellano y saludaba en francés. A los dos –rubia y gordita- parecía, chapurreando el alemán, la “mini-yo” de Ángela Merkel.
Mi vecina, que es soltera, no quiere desvelar la identidad del padre, y yo me pregunto: ¿con qué tipo de diablo se liaría para engendrar una niña tan precoz?
A la bestia no le da miedo el fuego.
La bestia no tiene nombre.
La bestia no tiene forma y a su vez miles de ellas.
La bestia no avisa, simplemente aparece.
La bestia no se esconde, simplemente no la ves.
La bestia no mata, envenena.
La bestia es tan mortal como los temores.
La bestia se mueve entre las sombras.
La bestia no te hace sangrar, pero te desgrana las esperanzas.
La bestia no es un espejismo, es tan real como la vida misma.
La bestia aparece en la vida al menos una vez.
La bestia te empequeñece hasta hacerte creer que es gigante.
La bestia no es fruto de una religión, ni está marcada por números simbólicos.
La bestia vive dentro de ti, vive feliz.
Se quitó la vida sin pensarlo demasiado. Según dicen, ocurrió porque estaba harta de que la llamara «princesa». Las princesas nunca habían sido un modelo para ella. Más bien las detestaba. Aparentemente tan bonitas, elegantes y sin problemas gordos que un buen bolsillo no pudiera solucionar, le resultaban estúpidas en su inmensa mayoría, bobas hasta la extenuación. Ella no era una princesa. Fea, desgarbada, pobre y sucia, se cansó de que, encima, se rieran a su costa por la vía de los contrarios. En el más allá, no sentiría y poco le iba a importar ser la princesa de los muertos. El mundo era una inmundicia para su presunto y futuro reinado sobre los harapos y las legañas, y la muerte prometía el no ser absoluto. Princesa de los muertos, princesa de las sombras, princesa al fin y al cabo, se internó en el camino sin retorno, en la senda sin futuro, en el reino sin trono ni corona.
“Al oír la señal deje su mensaje”. De nuevo esa voz cansina. Cinco días llamando y ni rastro de ella. Lo tenía decidido, de aquella noche no pasaría. Salí dispuesto a acabar con el demonio que me acorralaba, la bestia para la que ni siquiera el astra semiautomática de mi abuelo, me sería útil. Cuando llegué, el bar aun estaba abierto. Crucé la puerta alterado. Sentí mi propia sangre a borbotones.
Luego me lancé directo hacia la barra. Cogiéndola por los hombros, la miré fijamente y grité:
-Te quiero Margarita- el monstruo había desaparecido, la bestia que me impedía decirle lo que sentía por ella había muerto, había vencido al miedo, por fin había sido capaz.
Abrí y allí estaba ella, como perdida, desorientada, entre riquezas dando vueltas sin parar. Vistiendo un flamante tutú, ¿qué ocurría? ¿dejó su reino por el baile? Los juglares cantaban que de un príncipe se hubo de enamorar, y a un lugar secreto se fueron a encontrar, dónde hermosas melodías se podrían escuchar… o algo así. No entendía nada. Apenas le fui a preguntar, cuando me di cuenta de que no estaba sola, junto al espejo, luciendo vanidad. ¡¿Una galleta?! Raudo me corrige, pomposo. «¡¡Soy el heredero del reino de Beckelar!!«. Atónito cierro el joyero, les dejo intimidad.
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