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– ¿Que tal va la noche princesa?-pregunta el rajao a la lola a la luz de la farola en el parque.
-La cosa va mal rajao, la crisis, ya sabes no hay clientes.
-Eso no es lo que me dicen tus compañeras,al parecer te traes todos de calle.Vamos princesa, que yo no soy tonto, dame mi parte- le increpa al tiempo que le retuerce un poco el brazo.
-Suelta mala bestia que me haces daño y si me rompes el brazo no podré trabajar, y eso no nos conviene a ninguno de los dos.
-Ha llegado a mis oidos princesa que tienes uno fijo y al parecer es todo un potentado.
_Habladurías, solo habladurías y mucha envidia.
_No me calientes princesa, no me calientes que me conozco-grita retorciendole esta vez mas fuerte el brazo.
_No tengo nada para tí, ya te lo he dicho, quizás mañana..
_Tú lo has querido princesa, de mí no se ríe nadie.
Acto seguido le retuerce el brazo hasta que un grito de dolor infinito sale de la boca de lola y se desmaya,
_Ahora si que es cierto, ya no puedes trabajar princesa.
Ella, inundada en un río de lágrimas. Él intentado acercar su barca a ella. Pero una extraña corriente le arrastra en dirección contraria.
Ven, mi princesa, sube a mi barca, la invita. Remaremos juntos.
Si me subo, nos hundiremos. Ella le rechaza. Búscate a otra princesa que reme contigo.
Su rechazo le confunde, la mira interrogante, y deja de remar unos momentos.
Su barca gira en círculos, pierde un remo, intenta maniobrar… Pero un remolino se lo traga.
Su mano pidiendo auxilio es lo último que la princesa ve de él.
Vuelve a mi orilla… la princesa lo llama, y sigue llorando, haciendo que la corriente del río sea más profunda y peligrosa. La barca desaparece en las profundidades.
Ya no hay nada que hacer. Lo ha perdido para siempre.
“Es ella, sin duda.”Gastón observaba atentemente, desde el balcón, la escena del cabaré, por el lente de su monóculo. Su olfato de detective nunca le había engañado. La hijastra de sangre azul, horrenda y cruel, que su padre había traído a casa veinte años atrás y que había huído antes de cumplir los catorce, estaba aquí. “El misterio de los crímenes acabará dentro de poco.”
Aplausos frenéticos saludaron la aparición de la magnífica Enmascarada, envuelta en seda roja. Su cuerpo escultural despertaba deseos ocultos en la fantasía de los clientes de aquel lugar de perdición. Su voz de contralto estremecía la máscara de encaje negro que cubría su rostro. Cada noche, la Enmascarada ofrecía una rosa encarnada a uno de sus admiradores, que recibía el privilegio de acompañarla. Los elegidos volvían locos, enmudecidos. Algunos nunca volvían. Flotaban en las oscuras aguas del Sena.
Porque la reina había dado a luz una hija, no un esperado heredero real, y porque la princesa era fea, muy fea, el rey Louis había declarado muerta a la cría. Su padre, el doctor, tuvo que resolver discretamente el problema…
“Es ella, sin duda alguna”, pensaba Gastón: “Todos los ahogados son feos. Muy feos.”
De camino hacia la cama por el pasillo, me crucé con la abuela, que salía del baño, como cada noche, brillando entre reflejos intermitentes de luz sobre los pliegues de su camisón de raso que, más que anzuelo de sueño, me parecía a mí lo único que, en justicia, debería envolverla: su vestido de princesa; A mí no podía engañarme.
Una tarde corrí a sentarme en su regazo y le enseñé el diente que se me había caído.
– ¡Mira, abuela!, seguro que viene el ratoncito Pérez.
Ella lo sostuvo entre las manos cruzadas de venas de sangre azul: Era evidente que se disfrazaba de abuela por el día y por la noche olvidaba el embuste, y –supuse- sería por el estrés de fingir ser quien no era por lo que, de un día para otro, había dejado de reír y el llanto le había cosido los ojos con hilo rojo.
Pero aquella noche -feliz porque Pérez me indemnizaría por mi reciente pérdida, optimista por todas las venideras-, vi el vaso sobre la mesilla de la abuela con sus dientes en remojo y entendí su tristeza: ¿cómo iba a ilusionarse, si a ella ya le había devuelto todos los suyos?
El cartero no sabía leer, ni falta que le hacía. Le bastaba el olor del sobre y el acontecer de sus paisanos.
Se llamaba Benjamín. Lo conocí al bajar de la camioneta que me llevó a mi primer destino. De rostro atezado y ojos negros, velaba su rozagante cuerpo con pantalón de pana, camisa blanca y boina negra. Intercambió las sacas de correos. Acercó la burra para que me subiera, mas no supe por dónde. Fue su primera sonrisa. Tras una hora de campos amarillos, olivos, jaras y tomillos, divisé la aldea de barro oprimido. Al quedarme sola, a la luz del candil, empecé a llorar y no paré hasta Navidad. Fueron las únicas vacaciones tristes de mi vida.
Allí estaban Benjamín y Petra, esperándome, cuando en enero retorné para siempre. Y al llegar la primavera, pasaban más tiempo conmigo que en sus quehaceres.
Le leí el tallo seccionado, me escribió injertos. Le nombré las estrellas, me leyó las nubes. Le enseñé pasos de baile, aprendí a leer los abrazos. Leímos en nuestros labios y escribimos en nuestras pieles. Descubrimos el amor entre los trigales. Aprendió a leer. Me enseñó a distinguir los olores y a subir a Petra.
Al despertar sintió como si su cuerpo no le perteneciera. Con la sensibilidad a flor de piel tuvo sensaciones desconocidas e inquietantes. El fluir de los jugos de su estómago, las palpitaciones del corazón en sus ojos, el galopar del oxígeno entrando en sus músculos y hasta las comunicaciones de sus fibras nerviosas. Sintió miedo y mucho frío pero lejos de amedrentarse se puso en pie de un salto y buscó su traje amatista, despeinó sus rizos con sus manos y se calzó sus zapatos esmeralda.
El sol la acompañó mientras, sentada debajo del roble centenario donde tantas veces le leyera su esposo, rememoró besos y versos que salieron de sus bocas. Se recreó en la ensoñación de su rostro, ahora ausente, perdido en algún lugar no cartografiado, librando batallas, acatando designios de la vida.
Un golpe brusco, insolente, del aldabón sobre la vasta puerta, la sacó de su ensimismamiento. Detrás de un criado con librea, un emisario de sombrero emplumado portaba una misiva sucia y lacrada.
La sensibilidad se acrecentó en ella y todas las sensaciones extrañas que tuviera en la mañana se concentraron en una carcajada nerviosa y cantarina.
Tanto papiro y una sola y mágica palabra: MAÑANA
Me siento traicionada, mi propio esposo me había ninguneado y ahora era el hazmerreír de toda la corte. Ahora entiendo los cuchicheos y risitas en mi presencia, esas miradas burlonas, que el excusaba, no solo ha profanado nuestro matrimonio con cualquier doncella que se le pusiera a tiro, sino que además había usado mi nombre para lucrarse y facilitarle el mantenimiento de su harén personal.
Pero esto se acaba aquí, le dije a mi joven acompañante, mientras sus dos bajaban por mi espalda y se detenían en mis nalgas.
– Mañana mando que le corten la cabeza.
– Si mi princesa, pero esta noche es nuestra.
La princesa de mis ojos yace postrada sobre la urna de cristal que su padre el Rey Jorge, apodado, el melancólico, mando construir para alojar el cuerpo inerte de la joven, aquejada de una extraña dolencia que la apartó de la vida en palacio. Arropada entre suaves paños de delicada seda transcurren las horas, los días… las siembras. La belleza de su rostro no la empaña tan siquiera ni ese yerto gesto, ni ese rictus espectral que la envuelve en un halo de desconcertante quietud solo alterada por el leve e imperceptible resuello que marca su acompasada y débil respiración. Cierro mis ojos y sueño que corro a su lado por los jardines de palacio, sonriendo en cada rincón de mi desolado ser y que acaricia mi rostro con el tenue aleteo de sus ahora cerradas pestañas. La miro fijamente desde hace varias décadas y vivo obsesionado con ver el mínimo signo de vejez en su imperturbable cara. Ansío, con toda mi alma, que su dolor me pueda, que su verdad amarga endulce mi última hora para rondarla eternamente en el reino de la esperanza.
Tras siete años secuestrada por el malvado Gobernador de los Reinos Oscuros, finalmente la princesa es rescatada por el Caballero Blanco, que ha matado a tal cruel ser, ha cogido rápidamente a la princesa, la ha montado en su caballo y la lleva de vuelta a su palacio, mientras el resto de guerreros arrasan lo que queda de Sombrasiempre.
El Reino de Floraeterna le aclama a su llegada. Se celebra una fiesta en su honor. Sin embargo, ella no parece estar bien.
-¿Qué le pasa a la princesa?- Preguntan constantemente sus súbditos.
La contestación más generalizada es que está cansada, agotada, tras siete años bajo la sumisión de un tirano.
Echada, en la que antes era su cama, la princesa llora y recuerda vagamente, como si de un sueño se tratara, aquel día, siete años atrás, en el que propuso a su amado Gobernador fingir su secuestro, para poder estar juntos.
El cónsul pide otra botella de champán. La recepción sería infinitamente aburrida si no fuese por la dama sentada frente a él, cuyos palpitantes labios encarnados dan cumplida cuenta de la copa que vuelve a llenarle. Inclinándose hacia ella desde la silla dorada e incómoda a que los han condenado, ese hombre de maneras mundanas recién llegado a París le aclara que es cónsul solo honorariamente. Cuando la mujer descubre que es el poeta de la nueva América, intenta sobreponerse a los vapores espirituosos que velan sus ojos glaucos y se lanza vanamente en pos de la libélula irisada e inconstante de sus sentimientos, que se cree obligada a compartir con su interlocutor. Pero a este no le interesa su historia; le parece prosaica, adocenada y tremendamente vulgar la enumeración de sus congojas matrimoniales, la exposición de sus cercenaduras morales, la plana metáfora de una mansión devenida jaula de oro. Es sencillamente una cuestión de forma. Y mientras en el regio salón algún invitado toca la Sonatina en sol mayor de Beethoven, el ritmo profano de los alejandrinos que envolverán esa historia ronda ya la cabeza del maestro, en la absoluta certeza de que el Arte supera a la Naturaleza.
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