¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Asustado y confuso abrí el libro de cuentos de Andersen que tenía al lado, y ya en el índice mismo pude comprobar los cambios. El príncipe y el guisante, La patita fea, El rey de las nieves… Comprobé después, en el de los hermanos Grimm, que Blanca Nieves era quien besaba al príncipe envenenado por el padrastro, y que Cenicienta era la encargada de ponerle el zapato de cristal al desdichado que lo había perdido en el baile.
En todos los libros sucedía igual, héroes y heroínas intercambiaban labores; ellos sabían remendar calcetines y preparar suculentos guisos al amor de una lumbre, y ellas conocían el arte de la cetrería y herraban caballos; ellos leían hermosas historias a sus hijos al anochecer y ellas salvaban príncipes.
Mientras que el Ratoncito Presumido barría la puerta de su casa, Garbancita conseguía lo imposible. Rapunzel rescataba a un joven de su cautiverio en una altísima torre subiendo por su larga barba, y Las Tres Cochinitas se reían de una loba astuta.
Eso justificaba que yo, El Principito hasta ayer, hubiera experimentado esos cambios anatómicos que acababa de descubrir debajo de mi ropa. Pero me confundía todavía más.
De pie, en una pose algo forzada, Ana espera a que la princesa termine de dar su paseo por el jardín. No sabe por qué le ha venido a la memoria aquella canción de Sabina, que tararea sin abrir los labios…cuando eras mi princesa de la boca de fresa… mientras sus pies juegan sin permiso con el bordillo del bulevar, subiendo y bajando de él con parsimonia, como si sopesara el peso de su vida. Pantalones vaqueros ajustados, cazadora a juego, algo ceñida, la blusa abierta a dos botones, quizá demasiado maquillaje, demasiada compostura para dar un paseo con su perrita en un atardecer algo tibio, que ni frío ni calor, piensa, mientras esconde el rostro con un gesto de rubor tras la melena a media altura. Se pregunta si es la tarde al marcharse o la noche al llegar quien agita la fronda de los álamos. Levanta la mirada, y sus ojos se pierden en la distancia como si buscaran a alguien, alguien que viniera de la noche y pronunciara por ella esas palabras…
volvamos a casa, princesa.
Me zafé de la mano de mi madre atraída por la formidable boca de los deseos. Cuando estuve frente a ella, dudé si colar la moneda que me había dado la abuela, por la ranura. Si lo hacía, adiós al algodón de azúcar. Tenía que decidirme rápido y la deslicé sin pensarlo más. Los ojos de la imagen se iluminaron y una voz me conminó a bajar una palanca y pensar un deseo. Cerré muy fuerte los ojos porque así los deseos se cumplen mejor, y pedí con todas mis fuerzas ser un chico y librarme de esos lazos apretados que dejaban al descubierto mis enormes orejas, y de los ridículos zapatos de charol y la falda almidonada, y cuando estaba llegando a la cúspide de mi deseo, al punto largamente anhelado: que dejaran de llamarme princesa y convertirme en un ser libre como mi hermano, una mano familiar se posó sobre mi hombro y me alejó de allí. A mi espalda la máquina escupía un papelito con la respuesta a mi petición.
Ayer te vi pasar. Desde que volví a esta ciudad esperaba el momento, y al final, ya ves, ni me atreví a acercarme, soy así de tonto. Han sido muchos años, me dirás, pero qué quieres que te diga, para mí todo sigue igual. Me parece que te estoy viendo ahi sentada en la parada de autobus en aquella madrugada de 86, esperando. Ya se que hablamos de irnos juntos a la capital, de escaparnos para conocer el mundo….pero entonces me pareciste más niña que nunca, con esos calcetines blancos, ese pelo rebelde, esos quince años. No pude llevarte conmigo, una especie de compasión me lo impidió. Y me fui sin mirar atrás.
Ya pregunté por tí de vez en cuando, princesa, no te creas. Me contaron que estudiaste carrera, que te casaste y que tienes un par de críos. Qué te parece. Yo mientras me bebí la vida, quemé todos los cartuchos, esquivé muchos golpes y me metí en algún lío. Volví hace una semana esperando encontrarlo todo igual, encontrarte igual, princesa, en esa parada de autobus en la madrugada del 86 esperando. Y ya no estás. Sé que lloraste y creciste. Sé que ahora me voy para siempre.
Nuestro amigo EDWINE LOUREIRO continúa en su racha de éxitos por todos los rincones del mundo que admitan a «un brasileño con alma japonesa».
Os dejo sus palabras directamente:
La princesa de cristal es frágil y tierna como las huellas marcadas en la orilla del mar. Pasea por el palacio siempre de puntillas para despistar al sol, que la persigue con sus rayos afilados intentando dejar rastros de ceniza tras ella.
La princesa de cristal adivina los pensamientos cuando quieres jugar a la pelota o te paras a admirar su cuerpo. Sabe de palabras venenosas, de repisas vacías y de dedos sin joya.
Duerme la siesta sobre los nenúfares de aguas estancadas, ajena al protocolo y a la extravagancia, y sueña con un príncipe con el que pueda desvelar el color de su alma. Mientras, disfruta de las gotas de lluvia camuflándose en la piel y de las cabriolas espontáneas del viento.
A la princesa de cristal no le pasa nada pero si la haces enfadar, es ella quien busca al sol y te quema.
Buenas noches, princesa, te susurro mientras acaricio tu pálida mejilla. He esperado a que se apague la luz de tu alcoba para dejar de ser tu padre y convertirme en el furtivo ladrón que te roba un beso cada noche. La luna ilumina una habitación que ya no reconozco, un reino que he perdido sin darme cuenta. O quizás, sí. Quizás hubo un instante, casi imperceptible, en el que dejaste escapar un gesto de fastidio para decirme sin hablar, que ya no querías honores reales, que debías construir esta torre tan alta sólo para ti.
Pero a veces, bajas la guardia y entonces me parece reconocer a la niña que un día fuiste, a la princesa que vestida de rosa tul, corría a mi encuentro cuando regresaba del trabajo. Yo te esperaba con los brazos abiertos y te lanzaba al aire una y otra vez hasta que me suplicabas que parara. Luego nos echábamos al suelo abrazados y mientras tú reías, yo guardaba ese momento de flores y fresas en mi corazón.
Por eso no pierdo la fe. Por eso sigo esperando que un día vuelvas a lanzar tu larga melena por la ventana para dejarme subir a rescatarte.
Todavía resonaba en su cabeza el eco de la porra de los guardias contra los barrotes. El olor pestilente de las camaradas de celda, sus alientos infectos. Su vista aún no se había acostumbrado a la luz del sol y a mirar a lo lejos sin que se interponga un muro de argamasa lo suficientemente alto para encadenar su cuerpo fusionado a sus sueños.
Entonces miró el reloj, examinó su rostro en el espejo cochambroso de la habitación de la vieja fonda de su amiga La Paca. Se pasó el carmín por los labios. Ya habían llegado, era la hora, volvía a prisión.
Ella sabía que una vez que la infección del presidio irrumpe en su vida, ya no iba a desaparecer hasta carcomerle las entrañas. El bucle al que accedía, no tenía fin. Esta vorágine la tenía aterrada…
Su pavor llegó a tal extremo que le dolía vivir.
Por la mañana el guardia preguntó:
– ¿Qué le pasa a la princesa?
Y la reclusa de la celda de al lado contestó:
-¡Se colgó!
Su cuerpo se quedó allí, encarcelado, ese era su destino, pero sus sueños eran libres para siempre.
La princesa llora, está triste.
Acaba de perder la fe,
creía que existía alguien en el cielo,
se dio cuenta que así no es.
Un niño soñaba que Dios, con su magia,
el sufrimiento le haría desaparecer,
ella misma le creó la ilusión,
contándole cuentos de fantasía y color.
Un día, sus ojitos no se abrieron,
pero la luz de su alma
en el cielo, un arco iris formó,
reflejándose en el reinado,
dejando un paisaje multicolor.
http://resurgire.blogspot.com.es/2013/05/un-angel-entre-nubes.html
Y él le dijo:
Yo también te amo, pero es necesario que parta esta misma noche para demostrar mi valía y, así, hacerme digno merecedor de tu amor.
Así que salió en busca de hazañas para acometer. Sus ojos se llenaron de días; resistió tempestades; sufrió fríos, hambres; derrocó tiranos; enfrentó dragones con solo su espada y su broquel. Y, finalmente, cuando hubo considerado que era digno del amor de su princesa, volvió.
Pero su amada ya no era la misma que dejó al marcharse, ahora no le reconocía: el tiempo y la ausencia habían causado estragos. Él se entristeció en gran manera, pero confiaba que pasada la noche, cuando despuntara el alba y estuvieran juntos para los ejercicios matutinos que les imponían en aquel geriátrico, lo vería ahora convertido en héroe y le amaría.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









