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No hay nada que lo asuste ya. Se muestra impasible ante todo. Ni la mirada hierática de los leones le hace desistir de sus peripecias caballerescas. Se ha propuesto emular a su ídolo, sin un ápice de duda. Cada nuevo episodio le reafirma en su índole salvadora, aunque las lenguas viperinas le tilden de pusilánime. Ya ocurrió con su idolatrado caballero en su época, y nunca cejó en el empeño y su fama sigue perviviendo ahora, aunque lo llamaran loco.
Su entrada es seguida por centenares de ojos, llenos de rencor, de rabia. Incluso de envidia. Son monstruos traicioneros, de dientes afilados, ávidos de su sangre, con el deseo de hacer leña cuando consigan que caiga. Pero no les dará el gusto. La lógica y la elocuencia no son su punto fuerte, pero tiene artimañas para contrarrestar la mediocridad de sus actos. La de los demás, no la propia. Pero el disimulo esconde esa versión.
Saluda correctamente, disimulando también el odio recíproco que les tiene; le basta su condición de mesías de su patria. Con su discurso, el caballero Mariano les dará una lección de buena política, tirando por los suelos sus críticas de déficit, de paro, de recortes, etcétera…
http://deomises.blogspot.com.es/
RELATO FUERA DE CONCURSO
En las eternas mañanas de verano, palo de escoba en ristre, yelmo de cartón, espada de lamas de persiana atada a la cintura y escudo de tapadera de tambor de detergente colgado del antebrazo, es el primero en tomar la calle. Reinos todavía no conquistados, dragones rebosantes de fulgor, crueles generales al mando de ejércitos sin escrúpulos y preciosas doncellas deseando ser cautivadas, esperan, aún vírgenes, la llegada de un valeroso caballero que derribe sus murallas, que apague sus llamas, que aniquile sus tropas y que enamore sus párvulos corazones. Su madre desde la ventana ejerce de un invisible Merlín que solo aparece circunstancialmente como suministradora de bálsamos contra los inevitables golpes o restauradora de rodillas ensangrentadas. Mientras, el sol continúa su ascenso, las calles comienzan a recibir sus primeros pobladores y otros niños se reúnen y deliberan sobre a qué van a jugar hoy, su sombra se acorta cada vez más y replegado sobre sí, retoma impaciente su camino a casa. El reposo del guerrero, metido en su concha, le proporcionará nuevos bríos para reconquistar el mundo en un próximo amanecer.
En el sepulcro de la vieja catedral, reposan los huesos del último caballero, Don Enrique de Mendoza. Sus hazañas difundidas por todos los confines de la Cristiandad, hablan de asedios interminables, de heroicas batallas, de infranqueables murallas derribadas por sus valerosas huestes. De sus duros enfrentamientos con la morisma siempre salió victorioso y las crónicas de la época narran que su gallardía y noble porte hacían que el enemigo emprendiera la huída con su sola presencia en el campo de batalla. Un día de mayo, plagado de mil fragancias, se abre camino Don Enrique por verdes florestas llegando a una frondosidad del bosque donde escucha el rumor producido por un salto agua y observa, entre la transparencia que proyectan las sombras, unos negros ojos sarracenos que parecen no apercibirse de la mirada cautiva que, en la distancia, se ha prendado de ellos. Don Enrique, sigiloso, desmonta su corcel e impaciente se aproxima a las inmediaciones del lugar presto a cruzar el umbral que separa el abismo de angustia que la lejana visión ha provocado en su desbocado corazón. Incauto y perdido por el ímpetu de la insensatez… en su epitafio aun puede leerse: “Caído por Dios ante el infiel”
Anoche estuve (con algun amigo más de ENTC) escuchando a Luis Mateo Díaz, Jose María Merino y Juan Pedro Aparicio (tres leoneses con casta) defender el relato en su distancia más corta (lo relacionaban con las reuniones de filandón en las que la gente de los pueblos se reunían alguna tarde a contar historias al calor de la lumbre) y de paso, escuchar alguno de los que ellos tienen publicados en sus libros. Fue un verdadero placer ver lo sencillo que puede ser un texto si está bien escrito.
Esta mañana, hojeando (tenía un vago recuerdo de ello) lo último que leí de Merino, he encontrado el micro que, sin saberlo, escribió para este mes… y quiero compartirlo como cierre de este mes.
JOSE MARÍA MERINO. La glorieta de los fugitivos, Páginas de espuma.
A pesar de la calma nocturna, las aspas del molino se cimbreaban como sí quisieran girar con una inercia antigua. Una grieta se extendía desde la base hasta uno de los ventanucos, tan marcada y profunda que podía verse incluso en medio de la lúgubre luz del primer albor. Don Alonso Quijano hizo una seña a su noble escudero Sancho, y éste desmontó de su pollino, abrió las alforjas y sacó de ellas unos retales hechos de sábanas gastadas, remendadas a lo largo. Con cierta maña y no pocas penurias, fueron subiendo a las aspas, una por una, cubriéndolas con aquellas lonas improvisadas, que sujetaron a la madera con cuerda de cáñamo.
Una vez concluida la labor, regresaron al lugar donde aguardaban sus rocines. Sancho aprovechó entonces para equilibrar el peso de las alforjas. Don Alonso se alzó en su montura y, lanza en ristre, esperó a que el aire del amanecer hiciera el resto.
De paseo en una lejana y solitaria playa, hallé un recipiente antiguo casi completamente sepultado. Contenía un rollito, que traducido al español actual creo que dice:
“Hace como treinta años que me deshice de mi armadura y demás implementos. Intento olvidarlo, pero cada vez que paso por este camino de Castilla, encuentro a estos dos tontos. No tienen la más mínima idea de lo que es ser caballero.
“Llego a casa y consigo a mí esposa echada, llorando, inconsolable.
–¿Qué ha sucedido? ¿Dónde está Patricia? –Pregunto.
–Esos tres bandidos se la han llevado.
“Lo primero que pienso es en mis gestas como guerrero y en dar alcance a aquellos que recién he visto. Es sorprendente, me ayudan a calzarme una nueva armadura y voy tras los delincuentes.
“Al conseguirlos, los ataco desesperado y justo cuando van a liquidarme aparece ese dúo. De no ser por ellos, estaría muerto, ahora son mis héroes. Patricia luce muy triste, así que trato de consolarla:
–Tranquila cariño, pronto estaremos con mami.
–No quiero ir a casa, amaba a uno de ellos –declara causando mi asombro.
“¡Qué amargura para los padres que ignoramos los sentimientos de nuestros hijos!”
Fabricó su espada con dos trozos de madera tosca de brezo. La tapa del viejo caldero de aluminio hizo las veces de escudo. Y el propio caldero, tiznado por las sucesivas brasas de leña y carbón, protegía su cabeza a modo de casco. Su yegua alazana permanecía amarrada al tupido cañaveral. Ahí, en ese viejo cañaveral, encontró tan bello animal que le serviría para sus andanzas personales y guerras imaginadas. Respetó su larga cola de hojas que limpiaría los caminos polvorientos cuando se paseaba montada a su grupa. Las riendas las había hecho con restos de badana trenzada. Y cada vez que le decía ¡arre! o le decía ¡so!, la potranca acudía a su voz de mando. Tenía todo el dominio del animal. Tanto si corría, como si iba al trote o simplemente de paseo, formaban un tándem imposible de separar.
Cabalgo, cabalgó y cabalgó. Se empeño en recorrer caminos polvorientos, algunos trechos pedregosos y muchas veces llenos de barro. Sin más armas que las suyas: flaca, desgarbada e hiperactiva, no cabía duda de que su infancia transcurrió vital y muy cercana a la naturaleza. De cabellera rubia, a veces coronada con dos trenzas, ella terminó siendo su propio caballero.
Alberto saludó a María, la enfermera del primer piso. Subió un tramo de escaleras y entró en la habitación. Saludó en voz alta esperando una respuesta. Desde el baño se escuchó una voz acatarrada que le dijo que esperara mientras se miraba en el espejo y se afanaba en recoger sus cabellos lacios, largos y encanecidos en un moño sin gracia. Se ajustó el corsé y la falda, y dio gracias por estar tan sumamente delgado. Después repasó con un pintalabios sus labios agrietados y entonó sus mejillas con algo de color. Por fin salió para abrazar a su hijo y preguntó:
—¿Aún no te has puesto la armadura?
Tras dos horas, Alberto, con el abrigo puesto, descendió las escaleras hasta la primera planta.
—¿Cómo ha encontrado a su padre? —preguntó María.
—Mucho mejor. Intercambiar los papeles le ha quitado un gran peso de encima.
—Dice que ya se sabe veinte capítulos de memoria.
—Sabe cuarenta y… por si acaso, ¿podrían retirarle todos los libros de caballerías? ¡temo por sus vidas!
—No se preocupe. El barbero y el cura han muerto, y al ama y a la sobrina les quitamos las cerillas.
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