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“¿Qué le pasa a mi princesita?”, dijo esa voz entrecortada que saliendo de la penumbra de aquel cuarto intentaba atropellar la huída de la niña.
Érase una vez, en un quimérico lugar, una joven princesa de ojeras pronunciadas. La vida de Helene no era de cuento, los príncipes soñados siempre angustiaban sus noches: inicialmente eran encantadores, pero el paso del tiempo los enlodaba, los desvanecía tan rápido como sus sueños.
Cuando el mozo de cuadras veía a la princesa enfrascada en sus miserias, observaba, angustiado, como una nube negra cubría su cuerpo. La princesa no sabe ser feliz sola, pensó aquel hombre, y, solícito, acudió en su ayuda. Enseñar la importancia del olvido y el amor propio nunca fue fácil, aunque el tiempo fue testigo del cambio de Helene: los príncipes pasaron a un segundo plano. Ella era la protagonista de su vida, escribía su guión y atraía sus escenas. El reino se cubrió de colores insospechados, el brillo de Helene traspasó fronteras. Los candidatos se contaban por miles; los que antes no quisieron prometerse pasaron a suplicarle matrimonio…, Helene pasó de soñar a ser soñada. Triunfó.
El cansado mozo veía a su señora cubierta de luz, el hombre detrás del empleado la amaba; pero nuestro final tampoco será de cuento: Helene jamás reparó en él. La princesa siempre quiso un príncipe en su historia.
Las revistas del corazón no publican noticias de la nobleza del hemisferio Sur. Yuri, princesa de los herero, no es diferente de las demás personas que se agolpan en la patera. Sus ojos, tan grandes y tan oscuros, como los de todos los pasajeros de la embarcación, escudriñan la oscuridad del mar con el miedo a ser descubiertos o de zozobrar en cualquier momento. Ninguno de ellos reconoce la grandeza del rango de la heredera. Los acompañantes de Yuri quedaron en el camino, retenidos en aduanas, asaltados por bandidos o enfermos en campamentos de refugiados.
Yuri está triste. Reza por el hijo que espera para que no se ahogue en el estrecho como su padre. Es nieto de reyes, pero nunca reinará y no podrá conocer su pueblo. Pero una princesa no puede mostrar sus sentimientos y, tiritando de frío, sonríe.
Aún me lacera el recuerdo de aquel beso en su mejilla demacrada y fría, salado de impotencia, de nostalgia, de desesperación…de culpabilidad.
No recuerdo cuándo empecé a añorar sus abrazos, cuándo la arropé por última vez, cuándo se trocaron en densos silencios las risas felices que inundaban los pasillos.
Pero cuando el brillo de su mirada se apagó, entre ojeras azules, y su aura perdió la luz, yo ya no supe salvarla.
El día que registré su cuarto, para buscar bajo el colchón el guisante que le impedía dormir, descubrí que sus muñecas y peluches ya no estaban, sus vestidos rosas se habían teñido de negro y unos enormes auriculares habían sustituido al micrófono con el que inventábamos canciones. De los cuentos que le leía por las noches, sólo quedaban brujas malvadas y monstruos acechando desde una pantalla gris.
Me perdí, como ella, sin encontrar la respuesta en su mundo.
Extraña y ajena, etérea y sombría, no quiso tampoco contestarme esa noche; la fresa marchita de sus labios musitó algo parecido a una despedida, antes de deslizarse, liviana, hacia la puerta.
Horas después, me resistí a reconocer, en aquel bulto cubierto por una sábana blanca, a mi pequeña princesa.
Nació en pleno corazón de Buenos Aires, Argentina. En un país donde la monarquía existe solamente en los cuentos y en la imaginación de los niños, ella soñaba y jugaba con ser reina. La niña creció y se transformó en una interesante y atractiva mujer, ya no jugaba con ser reina, pero soñaba con encontrar a su príncipe azul. Hasta que un buen día, le presentaron a un príncipe verdadero.Se conocieron en Nueva York, se enamoraron y se casaron.Fueron a vivir al país del príncipe, un lugar de ensueños, plagado de leyendas, molinos,ríos y puentes pintorescos. La reina Madre se preguntaba ,¿ Que tendrá la princesa, que está triste? y,… la alegre respuesta llegó con el nacimiento de las hijas,… de su hijo. Hoy, la princesa está a un paso de cumplir su sueño de niña, ser reina de ,…¡Holanda!
Erase una vez en un reino muy lejano donde vivía una triste princesa. Sus padres habían hecho todo lo posible para animarla: le habían traído gotas de lluvia de donde nunca llovía, le regalaron la única flor del desierto más grande, reunieron a los bufones de todos los reinos… pero nada lograba borrar la tristeza de su rostro.
– ¿Qué le pasa a la princesa?- preguntaban aquellos que se cruzaban con ella, pero nadie tenía una respuesta para aquella pregunta.
El día que cumplía su mayoría de edad, el reino proclamó tres jornadas de fiestas ininterrumpidas. Esta desde su habitación, tras haber escrito una pequeña nota, observaba como todos aquellos ciudadanos necesitados estaban pendientes de ella, se levantó, se dirigió hacía el balcón y allí tomó la drástica decisión, se tiró por él, cayendo contra el delicado suelo de mármol.
Uno de los presentes se acercó al cuerpo, observó que en la mano tenía un papel, lo cogió y no pudo evitar leerlo:
– Mientras hacíais todo lo posible para verme reír, otros lloraban y vosotros no lo quisisteis ver.
Y desde entonces nada fue igual en aquel lejano reino. Colorín colorado, este triste cuento se ha acabado.
No hay nada que lo asuste ya. Se muestra impasible ante todo. Ni la mirada hierática de los leones le hace desistir de sus peripecias caballerescas. Se ha propuesto emular a su ídolo, sin un ápice de duda. Cada nuevo episodio le reafirma en su índole salvadora, aunque las lenguas viperinas le tilden de pusilánime. Ya ocurrió con su idolatrado caballero en su época, y nunca cejó en el empeño y su fama sigue perviviendo ahora, aunque lo llamaran loco.
Su entrada es seguida por centenares de ojos, llenos de rencor, de rabia. Incluso de envidia. Son monstruos traicioneros, de dientes afilados, ávidos de su sangre, con el deseo de hacer leña cuando consigan que caiga. Pero no les dará el gusto. La lógica y la elocuencia no son su punto fuerte, pero tiene artimañas para contrarrestar la mediocridad de sus actos. La de los demás, no la propia. Pero el disimulo esconde esa versión.
Saluda correctamente, disimulando también el odio recíproco que les tiene; le basta su condición de mesías de su patria. Con su discurso, el caballero Mariano les dará una lección de buena política, tirando por los suelos sus críticas de déficit, de paro, de recortes, etcétera…
http://deomises.blogspot.com.es/
RELATO FUERA DE CONCURSO
En las eternas mañanas de verano, palo de escoba en ristre, yelmo de cartón, espada de lamas de persiana atada a la cintura y escudo de tapadera de tambor de detergente colgado del antebrazo, es el primero en tomar la calle. Reinos todavía no conquistados, dragones rebosantes de fulgor, crueles generales al mando de ejércitos sin escrúpulos y preciosas doncellas deseando ser cautivadas, esperan, aún vírgenes, la llegada de un valeroso caballero que derribe sus murallas, que apague sus llamas, que aniquile sus tropas y que enamore sus párvulos corazones. Su madre desde la ventana ejerce de un invisible Merlín que solo aparece circunstancialmente como suministradora de bálsamos contra los inevitables golpes o restauradora de rodillas ensangrentadas. Mientras, el sol continúa su ascenso, las calles comienzan a recibir sus primeros pobladores y otros niños se reúnen y deliberan sobre a qué van a jugar hoy, su sombra se acorta cada vez más y replegado sobre sí, retoma impaciente su camino a casa. El reposo del guerrero, metido en su concha, le proporcionará nuevos bríos para reconquistar el mundo en un próximo amanecer.
En el sepulcro de la vieja catedral, reposan los huesos del último caballero, Don Enrique de Mendoza. Sus hazañas difundidas por todos los confines de la Cristiandad, hablan de asedios interminables, de heroicas batallas, de infranqueables murallas derribadas por sus valerosas huestes. De sus duros enfrentamientos con la morisma siempre salió victorioso y las crónicas de la época narran que su gallardía y noble porte hacían que el enemigo emprendiera la huída con su sola presencia en el campo de batalla. Un día de mayo, plagado de mil fragancias, se abre camino Don Enrique por verdes florestas llegando a una frondosidad del bosque donde escucha el rumor producido por un salto agua y observa, entre la transparencia que proyectan las sombras, unos negros ojos sarracenos que parecen no apercibirse de la mirada cautiva que, en la distancia, se ha prendado de ellos. Don Enrique, sigiloso, desmonta su corcel e impaciente se aproxima a las inmediaciones del lugar presto a cruzar el umbral que separa el abismo de angustia que la lejana visión ha provocado en su desbocado corazón. Incauto y perdido por el ímpetu de la insensatez… en su epitafio aun puede leerse: “Caído por Dios ante el infiel”
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