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– … y 1.084 pantallas. ¡Te he ganado! -dijo el que presidía la mitad de la Tierra.
– ¡Vale hombre, vale!, pagaré las 5.000 toneladas de alimentos, las desalinizadoras y la simiente, pero que conste, me he dado cuenta que jugabas ayudado por tus múltiples personalidades. Así gana cualquiera.
– Lo que tú quieras, pero perdiste.
Le ignoró. Volvió a su crónica.
Tarde plácida en la taberna del rincón. En la radio, una voz sigue balbuceando: «…los gérmenes del 2084 ya están aquí, el Hermano Mayor se ha insinuado entre nosotros mucho más sutil y más pérfido… Ya no tiene bigotes, ni retratos en las paredes… 1984… Orwell… 2084…«
Dos amigos saborean sus cervezas.
– ¿2084? Muy simple. ¡Cada uno en su burbuja! ¿Tienes frío? ¡Calenta sólo tu burbuja! ¿Tienes hambre? ¡Come en tu burbuja! ¿Quieres correr en el parque? ¡Pon una película y corre como un hámster en tu burbuja! ¿Música? ¡En tu burbuja! ¿Los chicos te irritan? ¡A su burbuja!
– Y ¿la mujer? ¿Cómo vas a… visitarla?… de noche, por supuesto.
– La mujer, je,je… pues la mujer… Las burbujas tendrán un código de acceso. Un código de barras… pero el descodificador voy a guardarlo yo, je, je…
– Y cuando ella empieza a hablar… ¡Paf! ¡A su burbuja!
– Y cuando quiere venir la suegra… ¡Paf! Una defección y la burbuja se pone opaca por una semana! Je, je…
– ¡Salud!
– ¡Viva el 2084!
A través del cristal – traseuntes autistas, deambulando en las aceras: hombres, mujeres y niños. Cada uno en su burbuja.
GEORGE ORWELL. 1984
Ocurrió allá por el año 2084, entre la población se propago un virus desconocido y muy contagioso cuyos síntomas alarmaron a las autoridades, que esta vez si, actuaron con diligencia declarándolo muy peligroso y potencialmente dañino para la salud. Cuentan que a los pocos días de su introducción los presos aparecían muertos en las celdas sin ninguna causa aparente, como el ave que no resiste el cautiverio, de forma que en apenas unos meses cerró la última penitenciaria del país.
Sin embargo, entre la población, después del desconcierto inicial, sobrevino una etapa de felicidad, creatividad y ganas de vivir como no se recordaban antes. Nadie sabe como llego, los expertos no se pusieron de acuerdo, que si una transmutación genética, un castigo divino… Lo que si consiguieron fue dar con la vacuna, y aunque la gente, no solo los niños, lloraba y pataleaba en los hospitales a la hora de administrársela, la epidemia desapareció. Al virus dudaron en llamarlo Libertad, como la estatua aquella que un día alguien se dio cuenta que ya no estaba.
Tengo frente a mí a un hombre desesperado. Ha huido de la prisión donde estaba siendo torturado y en la que iba a pasar el resto de sus días, y sabe que soy su último recurso si quiere escapar con vida. Lo he guiado hasta mí porque está dispuesto a venderme su alma por unas pocas monedas, y ahora estamos en la trastienda de un usurero que actúa de testigo y cuya presencia sirve para crear el escenario del pacto que todos esperan de mí. Del fondo de mi capa negra extraigo una pluma y un arrugado pergamino donde están escritas con tinta roja las cláusulas de la transacción. El hombre, con un puñal, se hace un corte en su muñeca izquierda, lo utiliza como tintero para poder estampar su firma en el contrato, coge su oro con mano temblorosa y se marcha precipitadamente.
Poco importa que escape y cruce la frontera. Descubrirá que el oro nunca es suficiente, se lamentará de cómo lo ha engañado el Diablo… ¡pero qué crédulos son los hombres!, y tendrá que sobrevivir, hasta que exhale su último aliento, con el infierno que me gusta crear a mis prisioneros. Sonrío mientras me quito el disfraz.
No puedo creer que mi mente confusa, no pueda hallar nada que decir sobre el número 2084, salvo claro está que esa es la cantidad de hojas A4 que llevo gastadas intentando escribir algo coherente. Busco en el tío Google a ver si me da alguna pista, no hay nada, pero hallé algo interesante, me voy a inscribir en un fantástico curso a distancia de “Parasicología”. Si logro descifrar Las runas, o el tarot o alguna manera de ganar dinero extra sin pensar mucho, ese será mi próximo trabajo y ya les estaré enviando mis predicciones. Éxitos en vuestras narraciones y ya nos comunicaremos.
Randy era el más viejo de todos; tenía escamas rojas por el cuerpo y las encías negras. A los dos nos gustaba asustar a las niñas, pero a Brenda la dejábamos que nos acompañara cuando íbamos al vertedero. Cada vez que encontrábamos un cachivache, Randy nos contaba historias de otros tiempos y yo soñaba con las luces multicolores de la ciudad, al otro lado del río. Uno de esos días empezó a llover y nos ocultamos entre la chatarra antes de que la lluvia nos dibujara de rojo la piel. Allí encontramos una cabeza de mujer fabricada con metal; la cara le colgaba a jirones y tenía cables saliendo por las cuencas de sus ojos. Randy la acunó entre sus brazos: —Una vez tuve una igual —dijo—. Cuando llegaba a casa del trabajo me recibía con un beso y me servía la cena. Luego veíamos la tele acurrucados en el sofá.
Alargué la mano para tocarla pero la retiré en cuanto noté su tacto. Brenda temblaba de frío en una esquina; me senté junto a ella y la rodeé con los brazos. Me quedé dormido sintiendo su aliento cálido sobre mi cuello.
Me he preparado concienzudamente. Las que se celebraron en el noventa y dos me sorprendieron demasiado inmaduro y a las que se organizaron en años posteriores no acudí, bien por mi dificultad para los idiomas, el miedo a volar o la aparición paulatina en parte de mi cuerpo de una incipiente y oronda barriga. Por ello, anima sobremanera que te digan aquello de que estas hecho un chaval o que por ti no pasan los años. Piropos que hacen que, a uno, poco acostumbrado a recibirlos, se le ruboricen las mejillas. La hermana Angustias se encarga de la planificación diaria y junto a Luisa, la cocinera, de mi alimentación. Serafín, el portero, hace las veces de utillero, proporcionándome todos los elementos necesarios para mi preparación. Los demás compañeros observan sentados al sol del mediodía. Siempre se halla alguna voz que se alza disconforme y quien me toma por un viejo chiflado. Son recios a creer lo que se comenta por los pasillos de la residencia; llegado el año 2084 se celebraran, de nuevo, los juegos olímpicos en España y por supuesto, pienso participar. Lo que no me queda claro es donde esconderé la maldita silla de ruedas.
Salgo de casa temprano; un técnico repara la cámara de vigilancia del portal. Me paro en el primer semáforo y mi cara somnolienta inicia un viaje que termina en no sé qué central de datos. Llego al trabajo, paso el arco, introduzco mis huellas dactilares, abro mi ordenador e inicio la videoconferencia de los lunes. Salgo a comer y dejo mi impronta en la cámara del cajero que me pilla de camino. Por la tarde chateo con los amigos y enseño a mi madre por Skype la blusa que me he comprado en las rebajas. Luego voy con Luis al centro comercial, donde decenas de cámaras nos observan curiosas al pasar. Entramos al cine y vemos una peli de un vigilante loco que espía las intimidades de todo un rascacielos. Ya en casa, tras la cena, encendemos la tele y aparece uno de esos programas donde la gente mete al periodista en casa y muestra con desparpajo sus miserias cotidianas. “No aguanto más” –le grito a Luis, fuera de mí. Y él coge el móvil y se pone a grabarme en plena crisis, para que el psicólogo, al otro lado, determine la gravedad del episodio.
Sábado de madrugada, paseando, solo con dirección a ningún sitio, le siguen brillantes como nunca esas estrellas que mira mientras cruza el parque.
En un banco junto a dos amigos y con los litros ya vacios, fumando rubio, cruza su mirada con uno de los tres chavales, de inmediato, su corazón empieza a latir velozmente, el miedo se apodera de él, vuelve a mirar al cielo y siguen brillando como aquella noche hace veinte años. Quiere correr, pero no puede, su corazón no se lo permite, pero sale del parque y se para, junto a un escaparate, se mira al reflejo y a pesar del alcohol, su mente vuelve 20 años atrás. El mismo cielo, las 2084 estrellas que arropaban el parque aquel día se lo querian decir, SI, no la volvió a ver, sábado, en el parque, bajo techo las estrellas, fueron testigos de lo que esa noche le mostraban, SU HIJO.
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