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—Winston y Julia fueron los primeros, pero a lo largo de los años hubieron otros como ellos.
—Continúe, comandante.
-—Por supuesto siempre nos encargamos de ubicarlos y reacondicionarlos; en algunos casos se tomaron medidas… extremas. Sin embargo, meses antes de nuestra derrota, hubo una pareja que huyó hacia la frontera, a la zona de guerra, donde era imposible que sobrevivieran.
—¿Has escuchado, abuelo? Hablaban de ti y de la abuela Ann.
—Así es, ¿dónde encontraste esa grabación?
—En el archivo público mientras buscaba información para mi clase de Inculturas. Con el lenguaje tan limitado de aquellos días, debió haber sido complicado expresarte, ¿cierto?
—Gracias a la historia ahora sabes que únicamente los líderes de aquel extinto estado conocían el idioma por completo. En cambio, los pobladores comunes solo disponíamos de 284 palabras. Comunicarme con tu abuela fue difícil y no. Eres joven aún, pero algún día comprenderás que de la misma manera en que se cometen actos innombrables, así mismo el amor no necesita de un nombre o de palabras para existir y darse a entender.
Hace dos días que he desaparecido socialmente, es decir, que no me encuentro registrado en ninguno de los controles denominados “socializadores”. He huido de sus dominios. Lo peor de esta situación es que en 48 horas me insertarán en ella, quiera o no. Debo evitarlo, pero ya les aseguro que no es tan fácil como esfumarse. Existen dos variables para evitar la reintroducción social y romper el chip insertado en mi córtex cerebral. Una es el amor. Enamorarme de otro desaparecido y dejarnos engullir por las sensaciones perdidas, por la añoranza de los besos y por el vago recuerdo de un te quiero enredado en suspiros. Demasiado poco tiempo para no convertirse en calco carnal del mundo que he abandonado. Pocos huidos han obrado el milagro y evitado la reincorporación por este camino. El otro es pura literatura. Arrojarse a la Parca, esperar su abrazo y dejarse arrastrar hasta el mar infinito, al que las crónicas denominan Libertad. Aquí el problema es el valor que se le dé a la siguiente pregunta: ¿desaparecer para siempre o aceptar la reinserción social para continuar huyendo?. Y al contestarla, comprendes que tu vida es una controlada farsa de un inexistente futuro.
Mientras me cepillaba los dientes descubrí que tenía tatuado el número 2084 en la frente. Tras enjuagarme apenas la boca, salí del baño a las zancadas para enseñárselo a mi mujer. Ella me miró seria, luego se rió, me besó con ternura en la frente y me preguntó qué quería desayunar. «Un té de tilo», le dije, y regresé al baño. El número, pese a la incredulidad de mi señora, aún persistía de lo más orondo; sin embargo ya no se trataba estrictamente del mismo: había mudado a 2083. Entonces tuve una intuición: cerré los ojos durante un instante, y al abrirlos, el número había vuelto a menguar. Con el correr de las horas, además, establecí que no sólo mi esposa era ciega al tatuaje… Esto en parte me tranquilizó. Pero recién pude retomar mi habitual sosiego algunos días después, cuando, en coincidencia con la aparición del número 1984 en mi frente, el hallazgo en un baño público del libro homónimo se convirtió en una especie de señal para abstenerme de los espejos.
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RELATO FUERA DE CONCURSO, YA QUE SU AUTOR ES JURADO ESTE MES
Querida Alicia:
El día que tú naciste, allá por el 2084, hacía ya muchos años de la muerte del último conejo blanco que ya nunca llegaría tarde a ninguna parte. Todos sabíamos que ya no quedaban sirenas ni vida en los mares, que para ver un bosque había que ir a un museo y que comerse unos buenos huevos fritos con chorizo de pueblo era solo el recuerdo de otros tiempos. Era el precio de la evolución, o eso decía la mayoría. Tu abuela nunca lo creyó. Ella insistió en que tuvieras un nombre de los de antes, y no esa combinación de letras y números que tanto se había popularizado. Además, me hizo prometer que, cuando fueras mayor, te entregaría la caja que guardó media vida bajo su cama. Te confieso que no pude evitar la curiosidad, ni mi sorpresa al descubrir una colección de semillas cuidadosamente catalogadas y con meticulosas instrucciones. Desde entonces, cada vez que puedo, visito el Jardín Botánico y, aunque esté prohibido, me guardo en los bolsillos puñados de tierra. Ahora tienes dos cajas. La de la abuela y la mía. El futuro está en tus manos.
Su abuela le había contado que, hacía sólo unos años, el agua de lluvia no se recogía en centrales hidráulicas, sino que se dejaba correr libre por calles y campos formando ríos que con fuerza desembocaban en el mar, y que el agua fluía libremente en las casas por unos artilugios llamados grifos. Le había dicho también que la gente se bañaba, introduciendo su cuerpo en el preciado líquido, dentro de algo llamado bañera y que allí dentro los niños como él jugaban con barcos de papel y burbujas de jabón…
Todo esto no podía ser verdad, pensaba para sí mientras los iones de oxigeno le hacían cosquillas por el cuerpo a la vez que lo aseaban. Le encantaba la sesión de limpieza mensual en las cabinas oxigenadas. Podía cantar, reír y sobre todo, pensar en las cosas que le contaba la abuela.
Seguro que los niños del pasado, en su bañera, no disfrutaban como él.
Con instinto incontrolado Elsa posó su mano en el vientre. No hubo acusación alguna a ese gesto prohibido por parte de las mujeres que compartían la cámara automatizada para la gestación.
La muerte de las miradas y la salvaje escisión de los sentimientos habían por fin abolido a los traidores. Los supervivientes ya no opusieron resistencia y todos los habitantes se rindieron al nuevo sistema. Todos.
La Madre Naturaleza no hizo más que sentir esa vaga tristeza de los perdedores y esperar el momento del desplome del nuevo mundo. Y como un hilo de esperanza observó los dedos de ella acariciar el pálpito de las patadas del embrión fecundado.
¡El dos¡
¡El cero¡
¡El ocho¡
¡El cuatro¡
Unos niños con uniforme levantan los cartones. En ellos se leen los números recién cantados. El sonsonete de su cantinela me machaca el cerebro desde hace noches. Un sueño recurrente que me persigue hasta llegar al Ministerio del Pensamiento. Es algo del pasado, un recuerdo de mi infancia, quizás, pero que muere en cuanto atravieso el umbral y los inhibidores hacen mella en las neuronas. El número me resulta indiferente. Sin embargo, ese sonsonete…
En los Dos Minutos del Odio he cruzado mi mirada con una mujer, una de esas de la Liga Juvenil Antisexo. Y el recuerdo ha regresado como un flash. Puede que haya sido un fallo del inhibidor. He intentado mantener la compostura ante la telepantalla y canalizar mi desconcierto, en forma de odio, hacia el rostro de Goldstein, el traidor.
Al finalizar los dos minutos, tras la frase de La Ignorancia es la Fuerza, la mujer se ha detenido un instante junto a mí. Ha cantado la cifra en mi oído y ha añadido algo sobre unos niños. La he mirado sorprendido porque ya no sé qué ha querido decir.
Desde mi burbuja, veo transitar con calma a la gente. Poca gente, en realidad. Deben guardar sus reservas.Todo el mundo conoce la fecha del primer pago, pero nadie sabe exactamente cuándo empezó a escasear. Probablemente nos avisaron durante mucho tiempo, pero no les creímos.
Tampoco yo sé por qué, precisamente ahora, me pongo a pensar en ello. Debo estar perdiendo lucidez. Hoy no pude pagar.
Hace ya un par de horas que mis amigos me han dejado solo, cansados de tanto buscar, sin embargo, sé que en cualquier momento lo encontraré.
Todo empezó por la mañana con la primera excursión de la primavera. A la hora del almuerzo paramos en un campo repleto de dientes de león y en lo que algunos descansaban, ella revoloteaba entre la hierba y mi corazón, tirando deseos al aire. Antes de irnos, se acercó a mi oído y me dijo “seguro que te gusta lo que pedí.” Estaba claro que no podía dejar las cosas así, tenía que volver a por su diente de león aunque a mis amigos no les gustara la idea.
Ahora, con la Luna pisando mi sombra y a punto de desistir, veo a una de esas pelusas atrapada en la rama de un árbol. Trepo hasta alcanzarlo y lo huelo, sin duda es el suyo. Nervioso, lo abro con cuidado… 2084 dientes de león tuve que coger para averiguarlo, ¡pero cómo ha valido la pena!
– Piénselo una vez más, Señor Viceministro. Una vez ejecutado el procedimiento, no habrá manera de reversarlo.
– Ya lo he pensado demasiado. Hazlo.
Su estoicismo se vio quebrado por unos segundos al contemplar el rostro de su amada inconsciente y anegado en lágrimas.
– Procedimiento de laser-lobotomía-ultrasónica selectiva 867-marzo-18-2084 completado exitosamente.
– Hecho, no lo recordará ni a usted, ni ningún momento en el que usted participara. Igualmente fueron eliminadas todas las ideas subversivas contra el régimen.
– Bien. En cuanto hayan cruzado la frontera, házmelo saber.
Tres meses después el Señor Viceministro recibe la nota “La caja de música deleita a quienes la rodean. No ha hecho preguntas”.
Ahora ella tendrá la oportunidad de ser feliz, de realizar sus sueños de una familia, de una casa hermosa con jardín.
Mientras quemaba la misiva, entran dos oficiales, cada uno sosteniendo un arma que le apuntaban directamente.
– ¡Siempre sospeché que la resistencia tenía informantes infiltrados dentro del régimen, pero nunca imaginé que fuera alguien de alto rango!
El estruendoso estallido de un arma inundó la habitación y quien acababa de hablar caía agonizante.
El oficial tras de él le corregía.
–No es a un informante a quien apuntas, sino a nuestro líder.
Anneka caminaba por la playa de arena color antracita cuando, semienterrado, vio un objeto brillante que recogió entre sus manos enguantadas. Parecía una vieja botella de vidrio cuyo interior dejaba apenas entrever una nota, que no se decidió a extraer, por miedo a resultar intoxicada: mejor llevarla al laboratorio gubernamental.
En el interior del recinto el aire era puro y se despojó del casco. Puso el objeto encima de una mesa-escáner, donde un pequeño robot abrió la botella hasta vaciar su contenido. Doblada entre un plástico, apareció una inscripción. La tinta estaba borrosa, apenas era legible. La mesa tradujo la nota automáticamente. Sustituyó los espacios vacíos por palabras que daban sentido al mensaje: “ Miami, mayo 15/ 2084. Me llamo Martin, tengo doce años. Sé que estos mensajes pueden viajar durante mucho tiempo impulsados por las corrientes. Me gustaría decir, a quien lea esta nota, que nuestros bosques están desapareciendo, la mayoría de los animales están en peligro de extinción, los gobiernos no hacen nada. Tal vez, ustedes puedan encontrar una solución”.
Instintivamente, Anneka levantó la mirada hacia el monitor donde se podía leer: Alesund (Noruega) enero 10/ 2227. “No sabía que en el año 2084 quedaran árboles todavía… “.
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