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Despierto tras un extraño sueño, un poco agitado; cuando me levanto aún gravita sobre mis ojos su imagen, un ser débil y de gesto apocado, prisionero de una desolada mirada.
Un acólito de la tristeza que no aprovechó su talento y jamás llegó a lo que prometía ser; un idiota enamoradizo y fantasioso que se dejó derrotar por sus sentimientos y no tuvo arrestos para luchar por lo que quiso.
Un inadaptado incapaz de comprometerse con nada, que se recrea en la derrota y se precipita una y otra vez en las frágiles manos de las Erinias.
Golpeo con rabia su cara y el espejo se rompe en pedazos. Salgo de casa sin rumbo fijo, nervioso observo mi mano herida, camino aturdido hasta llegar a un parque en el que reconozco el rincón donde perdí la razón entre música de colores y placenteros humos dulces.
Enciendo un cigarrillo y más tranquilo presiento que ha llegado el día de saber de quién es el rostro y quizás de verme en su vacío, aunque sé que será inútil la lucha. Miro al cielo, amanece un Sol ennegrecido, aspiro con fuerza el humo del cigarrillo, decido regresar al sanatorio, nunca he faltado al desayuno.
El príncipe de una pequeña isla vivía en una torre, entre infolios y crisoles de marmol, escudriñando el cielo con su catalejo. Cierto día, un ave desconocida soltó de su pico un medallón en que había el retrato de una joven tan bella que parecía irreal. Un ferviente amor invadió súbitamente su alma. ¿Quién era aquela maravillosa mujer? ¿Dónde hallarla? El príncipe decidió construir un navío para recorrer los mares, en busca de su amada.
El mismo día, el rey murió y el príncipe fue coronado en su lugar. Cerró la torre, tomando consigo solo el retrato, y bajó para encontrarse con su pueblo. El viaje fué aplazado. Pasaba todos los días en la corte, reorganizando la justicia, el comercio o el ejército, mientras las noches soñaba con la dueña de su alma.
Pero un rey tiene que casarse y tener hijos, herederos del trono. Fue elegida la hermana del rey de la isla vecina, la más adecuada para su rango. El tiempo pasó, inexorable. Tuvieron hijos y vivieron con dignidad una vida dedicada a los otros. El retrato fue perdido y el rey nunca recordó su decisión, ni la torre, ni las estrellas que solía contemplar desde su mirador.
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Entré en el hall alumbrado por una linterna que me había prestado el vigilante del palacio. Descendí por una escalera que conducía a los sótanos, y al penetrar en un espacio abovedado respiré la humedad que exudaban las paredes excavadas en la roca. Unas sábanas enmohecidas cubrían tres lienzos expuestos en caballetes. La estancia cobró vida al encender unos candelabros muy antiguos, y al retirar las sábanas amarillentas, una mirada esmeralda se clavó en la mía: de frente, de perfil izquierdo y derecho.
Era la imagen de Lady Chaterlay, una de las musas del pintor Basil Ward. Pinturas abandonadas, perdidas, y sin ningún valor artístico. Me apresuré a desplegar mi maletín quirúrgico para operar en el primer rostro con precisión científica. Me sentía como un astuto arqueólogo mientras borraba sus labios. Si estaba en lo cierto, sería muy famoso. Tras siete días de trabajo intenso, el rostro de un joven de proporciones perfectas apareció ante mí. ¡El auténtico Dorian Gray!, exclamé, ¡sin ninguna duda! ¡el que inspiró la novela! Y cuando me alejé para su contemplación, el óleo comenzó a agrietarse perpetuando las arrugas del tiempo en su rostro, mientras, Lady Chaterlay, me sonreía de perfil con una mueca macabra.
Fue durante unas vacaciones en Irlanda. Era un tour en autocar. Embutidos en los asientos, recorrimos pueblos, castillos y valles llenos de ovejas. Pero sin mercados ambulantes. Dada mi profesión de anticuaria no puedo evitar visitarlos. El último día, en el mostrador de recepción del hotel, encontré el anuncio de una feria local. Pregunté al empleado y me contó que podría ir fácilmente en taxi, pues estaba cerca. Tras informar a la guía, salí disparada al lugar.
Deambulé por los puestos sin encontrar nada interesante. No era un mercado importante. Mucho material casero: recuerdos, fotos, porcelanas. Y entonces lo ví. Era un cuadro al óleo de una joven rubia. Pintado de medio perfil, jugando con las luces y las sombras. El exquisito arco de las cejas, tantas veces alabado, la curva despejada y suave de los pómulos. La línea y las proporciones finas de la nariz. Sentí un escalofrío pese a que el sol apretaba con fuerza. ¡Era mi propio retrato! De repente, todas las preguntas que me hiciera desde la niñez tuvieron una brusca respuesta. Me palpé el costado izquierdo allá donde tenía la pequeña señal rosada. Donde había estado mi otro yo, una hermana gemela.
Nicolás Arce era de la opinión de que borracho adquiría una dimensión sobrenatural de sus obras. Pintaba sereno, o eso decía, pero le gustaba titular sus lienzos cuando llevaba unas cuantas copas encima.
La noche del martes recordó que tenía un nuevo hijo al que bautizar. Apuró el quinto gin tonic y se despidió de la escasa concurrencia del bar de la esquina, que le recriminó su temprana huída cuando solo eran las dos y veinte de la madrugada.
Subió tambaleándose las escaleras que le llevaban al taller y acertó a encajar la llave en la cerradura después de tres o cuatro minutos. Encendió la luz y observó la imagen de la mujer muerta recostada sobre un viejo sofá verde, con los ojos perdidos y la sangre manando de su dulce y largo cuello.
“La musa muerta”, sentenció satisfecho expirando el humo del cigarro. Fijó la vista en la ceniza que caía sobre el charco de sangre del suelo y oyó cada vez más cerca el sonido de las sirenas de la policía. Y tuvo por fin la certeza de haber logrado su ansiada obra maestra.
Me confesaste su secreto un día en que ya sólo quedaba de ti una tupida barba blanca. El retrato te lo regaló un pintor buen amigo tuyo que te robaba las novias dijiste mientras esbozabas una sonrisa pícara porque te enamorabas de sus musas. Ésta es para ti, te dijo, y ésa fue para ti. Te presentó a la dama, una soltera muy pretendida, un imposible, si, ésa fue la palabra que usaste para referirte a ella, un imposible, tu abuela a la que Dios tenga en su gloria era un imposible, tan hermosa que no podía ser que fuera para ti, pero lo fue, lo fue cada mañana, cada noche de vuestras vidas, lo fue hasta que un dios envidioso decidió que ya había sido suficiente y la quiso a su lado. Un día que observabas el retrato te lo dijo, tenía que irse, tú ya lo sabías, te dijo que siempre estaría allí, posando para ti como aquél día en el estudio del pintor amigo tuyo al que se lo encargó deseando que lo vieras, que te gustara, que la cortejaras, que pidieras su mano.
Los cosacos han vuelto. Como cada noche, han salido de la maldita nieve para acuchillar a los centinelas y robar sus pertrechos. Después se han marchado. Casi ni nos hemos dado cuenta. Estamos demasiado congelados para luchar. Hambrientos y derrotados, bastante hacemos con andar. Quién sabe cuánto tiempo más. No somos más que unos peleles en retirada por la estepa rusa. Nosotros, la Gran Armada, que hace meses colgábamos el retrato del emperador en el palacio del zar. Nosotros, que saqueamos Moscú los primeros como premio a nuestra valentía. Ahora, arrastramos nuestros harapos por una helada llanura en donde no hay tregua para nuestras pobres sombras. En mi zurrón ya no quedan sino cuatro trozos de queso rancio, media botella de alcohol y un lienzo cuidadosamente enrollado en unos paños.
El marco hace tiempo que lo quemamos.
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