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¡Ahí está!, embutida en un traje corto y generoso de escote. Y él con la mirada en su culo.
Mi Manolo me quería. Cuando fallecí, sacó mi fotografía y la puso sobre el televisor. Desde aquí veo la mesa, el sillón y, encima, el Sagrado Corazón en su vitrina. He sufrido al verlo padecer con el Betis y cenar sardinas en lata.
Una noche bajó la vecina que tendía la ropa chorreando. Se desabrochó tres botones de la blusa y al poco apareció él con el salero.
Sólo habían pasado siete años cuando Manolo empezó a salir los domingos. No se lo reprocho, yo me encuentro más ajada y él tan fresco, pero esta mañana me extrañó que limpiara por primera vez el polvo, sacase la imagen de la vitrina, la colocara mirando hacia la pared (cuando sabe que así se puede vencer), y que pusiera la mantelería de Lagartera.
Ahí están, comiéndose un pollo frito. No paran de reír, pero… ¡Será golfa!, pues no va y se tumba despatarrada en el sillón, ¡cacho pendón! y… ¡Ah!, ¿pero qué haces Manolo?, ¿adónde me llevas? ¡No!, ¡otra vez al cajón de la cubertería, no!
¡Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío!
Sabina caminaba resuelta por la calle Alcalá. Caminaba con paso seguro aunque se miraba los pies cada dos pasos. La razón de prestarse tanta atención es que estrenaba zapatos nuevos. Y no se los miraba porque fuesen bonitos, sino porque le hacían un daño terrible. Desde que llegó a Madrid del pueblo se había tenido que acostumbrar a los zapatos de señorita, frente a las tradicionales alpargatas que se usaban en su pueblo y que eran mucho más cómodas.
Subió al estudio del fotógrafo y se repintó los labios en el espejo de la entradita. Quería salir guapa en la foto porque era la que le iba a mandar a su novio del pueblo, que la esperaba desde hacía un año allí. Se carteaban y se decían cosas bonitas, siempre dentro de la decencia, claro está. A ella le costaba mucho escribir y leer, por eso le ayudaba la hija de la señora donde trabajaba.
El fotógrafo la colocó frente a un papel pintado que representaba un palacio, la sentó en un banco y preparó la foto. Sabina sonrió pese al dolor de pies y a las ganas de que esto acabase pronto para poder echar la carta al correo.
Podría inventar una justificación para su retrato. Escribir, por ejemplo, acerca de momentos pasados que aventurasen motivos sobre lo que hacía, o imaginar aquello que no explicaría lo que nunca sucedió o tal vez no se supo.
Ella mataba.
Quizás mató siempre, desde antes de matar, cuando nació y la vida le fue impuesta, cuando empezó a negar el mundo sin saberlo, dulcemente, sin prisa ni odio premeditado.
Poniéndose el delantal lloraba siempre. Después calmada y resuelta seguía la misma receta, los mismos ingredientes y una nueva víctima: harina, huevos, leche, levadura, veneno, cacao y chocolate líquido para un delicioso y mortal bizcocho de chocolate.
Amasaba, descubriéndose a sí misma cada nueva vez.
Mezclaba, repitiendo en susurros inaudibles el nombre del siguiente.
Horneaba, imaginando el bocado de placer y la explosión de chocolate desparramándose en la boca con fecha de caducidad.
La lista no paraba de crecer. Desde el maltratador del sexto hasta el banquero hijo de puta que sólo habitaba en el segundo por temporadas. Esta vez la invitación a merendar de la inocente y risueña vecina pastelera sería para el pederasta que vivía en el cuarto.
La muerte más dulce posible en el mundo más cruel imaginable.
Ya veo que tú no eres diferente de los demás. También te asusta mi rostro. Odio que me miren con los ojos desorbitados como si vieran un ser repugnante. Me asquea que no se atrevan a tocarme. O que lo hagan, cuando se lo ordeno, con las yemas de los dedos, suavemente, como si el roce les fuera a herir sus delicadas manos. Y cuando me acerco, se hunden, espantados, en el fondo del sillón. Vosotros, hombres considerados, cultos, que veneráis mi retrato, su voluptuosidad, su incitación al placer y os sumergís en su perfección; que suspiráis por el rostro que os muestra el deseo supremo de la belleza y el goce de la inmortalidad, me amáis hasta que esta confusa maldición que vive dentro de mí os arranca el velo de los ojos y me veis tal como soy.
Podéis llevároslo, no lo quiero contemplar nunca más. Detesto ver cómo me consumo en vida, mientras él rejuvenece en cada uno de vuestros desprecios.
Poesía. Poesía es lo que reflejan mis ojos al verme. Sensaciones. Sensaciones que no se pueden describir con palabras, ya sean escritas o dichas. Mis ojos retienen la vida, el tiempo y su misterio. Me miro y no puedo desear otra cosa que no sea la profundidad de esa mirada. Tiemblo ante el silencio de mis jóvenes labios. Imagino un beso y suspiro ( ). Mis contornos, mis arrugas, son huellas trazadas por un artístico pincel sobre la eternidad de un blanco y anónimo lienzo. Vivo y, sin embargo, muero. Poco a poco, casi sin tiempo para deleitarme con mi propia belleza. Mi corazón no late con la misma intensidad que antes. Podría decir que ya no me pertenece. Se quedó atrapado entre el volumen y la textura de los colores que conforman mi retrato. Mi vida ha dejado de existir. Así lo he decidido. No soportaba tanto dolor causado. No podía seguir así. Mi imagen dibujada tiende a dispersarse, a nublarse, casi a desaparecer, como el tic-tac de un reloj de bolsillo. Como el primer amor. Vuelvo a suspirar. Esta vez, sé que es el definitivo. Unos pasos se acercan. Una puerta se abre. Detrás, sólo aparece mi nombre.
Aquel día me encontraba dando un paseo por el recientemente renovado parque de la ciudad, el aire transportaba un agradable aroma a césped recién cortado y el sol parecía llenar de vitalidad todo el lugar. Había hecho bien en seguir la recomendación del doctor sobre tomar frecuentes paseos, el clima estaba sentando bien a las recientes cicatrices de la operación y a mi agotado ánimo de convaleciente.
Al pasar junto a un pequeño jardín vino a mi un olor proveniente de algún tipo de flor que no supe identificar, en ese momento me arrepentí de no haber prestado nunca atención a las flores o haberme molestado en aprender a diferenciarlas… era una de esas cosas de las que te arrepientes cuando te impiden poder disfrutar verdaderamente de algo. Mientras estaba perdido en estos pensamientos oí tras de mi una voz llamando a un tal Hank, me giré cuando noté su mano posándose en mi hombro.
-¡Hank!, ¡Cuanto tiempo!… pareces algo cambiado…
-No… no… -Me disculpé- Se equivoca de persona… debo de tener una de esas caras…
En ese momento recordé las palabras del vendedor de prótesis de cara cuando me advirtió de los posibles inconvenientes de un modelo tan barato.
Mucho trabajo ha costado descubrir la identidad de La Gioconda a historiadores y expertos en arte, cuyas numerosas investigaciones ya fueron compiladas en un excelente ensayo (1). Sin embargo, la polémica sobre qué provocó su enigmática sonrisa, tan magistralmente plasmada en el lienzo por Leonardo da Vinci, todavía sigue generando diversos debates. ¿Por qué sonríe de esa peculiar manera? ¿Qué es lo que la hace tan intrigante y al mismo tiempo tan cercana? Ya apunté algunas soluciones a este misterio en uno de mis anteriores estudios (2), y ahora vengo a confirmar esas primeras impresiones y a desvelar quizá de forma definitiva su secreto. Efectivamente, ese pícaro brillo en los ojos, la luz que emana de su rostro, el leve matiz que dibuja el perfil de sus labios… todo ello nos lleva a la evidente conclusión de que se la estaba pegando a su marido. ¡Si lo sabré yo! ¡La de veces que habré visto esa misma expresión a mi mujer!
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(1) Karl Bowaransky, Der Ehemann der Gioconda, Geweih Verlag GmbH & Co., Dormagen, 2002. [Hay traducción española: El marido de La Gioconda, Ediciones Las Ventas, Madrid, 2002.]
(2) Claudio Calzazoni, Donne e cortigiane nel Rinascimento italiano, Corno Editore SpA, Torino, 2004.
Soy hombre de rostro suave. De líneas femeninas imperturbables al paso del tiempo. Soy hombre de labios que piden besos y demandan deseos. De finura esculpida por las manos sabias de un dios inspirado. De mirada familiar, cariñosa y aparentemente buena. Soy hombre de gestos cadenciosos, sonrisa amiga y abrazos prontos. Alguien a quien seguro es fácil querer. Soy paradigma.
Pero soy hombre. Y por tanto, crío miedos, dudas y necesidades. Y tengo por debilidad la belleza, mi propia belleza, y por pecado la envidia. Porque envidio cada instante que consumo. Yo me quiero joven. Solo joven. Y además tengo un pasado inimaginable, quizá sombrío, que habla de aquel día que me despreciaste. Viejo marica, me llamaste en un desaire. Y luego señalaste burlón un par de arrugas en mi rostro.
Que dónde escondo mi alma. Si quieres verla tendrás que bajar conmigo al sótano, cerrado siempre bajo siete llaves. Allí, entre cachivaches infantiles, herrumbres de la memoria y los agusanados pedazos de tu cadáver desmembrado, la tengo tapada bajo una sábana. Para guardarla del polvo.
Los pequeños golpecitos se sucedían una y otra vez. Con cada sutil pinchazo podía sentir la tinta surcando su piel, tatuando ese rostro extraño sobre el suyo. Se despertó en el suelo del baño. Su cara estaba tan ensangrentada y rota como el espejo que la había dibujado.
Después de tanto tiempo ausente, en agosto decidí irme unos días al pueblo: ¿Tendría allí alguien noticias de Gustavo? Una tarde, en la plaza, un hombre mayor, que parecía conocernos a los dos, me dijo que Gustavo ejerció en Madrid; que se jubiló hace quince años: los mismos que lleva veraneando en el pueblo ―añadió―; que permanece soltero porque ―afirmó―, desde que se marchó a estudiar medicina, mantiene viva la esperanza de encontrarme y decirme lo que tantas veces le impidió su timidez durante el último curso de instituto: Que está enamorado de mí. Aseguró saber que todavía se le acelera el pulso al contemplar un retrato mío que guarda en la cartera. Yo le conté que también trabajé en Madrid, y que, como Gustavo, sigo soltera porque él era el chico que me gustaba, y continúo albergando la esperanza de encontrarlo algún día.
Al despedirnos, de sus labios asomó el silencio y, de sus ojos, dos lágrimas. Fui yéndome despacio, pensativa: ¡Era casi tan tímido como Gustavo! Y casi tan alto. ¿Será…? ―dudé―. Caminando, contemplé el retrato que llevo siempre en el bolso: No, Gustavo ―hablaba sola―: Ese hombre tendrá unos ochenta años, y nosotros todavía somos jóvenes.
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