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Durante las vacaciones estivales, mi hermano y yo pasábamos un par de días en casa de tía Clara. Nos gustaba su casa y nos gustaba ella. Siempre nos deleitaba con mil historias que nos fascinaban, hasta que ella con una palmada nos devolvía a la realidad.
Las habitaciones, estaban llenas de objetos que la tía había ido acumulando a lo largo de su vida. Pero lo que nunca olvidaremos, era un imponente retrato que presidía el salón, en el que aparecía un apuesto muchacho de mirada triste. Recuerdo que en un par de ocasiones le preguntamos por la identidad del joven, pero comprobamos como se ensombrecía su rostro y aparecía un rictus de dolor en su boca, con lo que rápidamente cambiábamos de tema. Pasaron los años y nos hicimos adultos. Un día recibimos la noticia de la desaparición de Clara, de la que nadie supo darnos pistas, y decidimos presentarnos en su casa. Curiosamente todo estaba como lo recordábamos, pero de repente vi a mi hermano que observaba fijamente el retrato, seguí su mirada y horrorizaba comprobé, como aquel rostro había mudado el semblante, y como detrás de él, una figura desdibujada pero familiar nos sonreía.
Leonardo no tenía suerte con los encargos de retratos. Casi siempre los clientes salían descontentos. No lo podía evitar, por más que quisiera, su mano y su pincel no paraban hasta dibujar seres deformes , totalmente distintos al modelo.
Un día, se acercó al estudio un hombre con un aspecto deplorable, con un rictus extraño en la cara y una enorme joroba a su espalda. En primer lugar Leonardo se negó a retratarlo; el jorobado insistió diciendo que no se asustaría al ver su retrato, además le pagaría muy bien. Leonardo claudicó, pues la necesidad de dinero era imperiosa, sólo acumulaba deudas.
Desde los primero brochazos, iba tomando forma un ser de luz de una belleza sublime.
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“Ya no me extraña”, oí que me dijo mientras tomo mi café y observo la luz que se enciende en el teléfono móvil que he dejado sobre la mesa. “Ya ni siquiera me dedicas una mirada, durante algún tiempo estuve tranquila, yo fui todo tu pensamiento. Tu rostro frente al mío evitaba que me desvaneciera en el oscuro túnel donde se pierden las almas que nadie recuerda”. Su tono de reproche laceraba mi conciencia y poniendo a un lado la taza con la aromática bebida, alcé mi cabeza, posé mi mirada en sus grandes y hermosos ojos, caminé hacia ella y descolgué su retrato. Le estampé un último beso y lo coloqué, junto con los otros, en el cajón donde guardo mis secretos. Leo de nuevo el mensaje en el celular: acepto tu oferta, me voy a vivir contigo.
Aquel fosforescente cartel “Damos vida a tus años” me llamó la atención. Fue cuando la vi salir. Me pareció una Cabbage Patch Kids, hinchada como un globo a punto de elevarse. Pensé que le habrían asegurado, tras un intenso tratamiento estético, que luciría ojos rasgados, pómulos y labios luminosos, cuello erguido, tetas concupiscentes y culito respingón, para resaltar su belleza.
Sentí pena al verla. Me pareció una patética presa humana, en la espiral sin medida, hacia la ansiada “eterna juventud”.
Estuve a punto de recomendarle al pintor Basil Hallward para que hiciera un pacto, como hice yo, con el diablo, y nunca envejecer.
Recapacité. Para qué iba a desearle tanto mal.
Ella, tarde o temprano moriría por ley de vida, sin embargo yo, desde hacía siglos, atrapado en un cuerpo imperecedero, seguía consumiéndome vivo en la lujuria y corrompido en el vicio y los placeres inmorales.
Me sentí solo, sin familia, sin amigos. En aquel instante quise morir.
Al llegar a casa, apuñalé el retrato y me fui con los míos.
Mi primer novio era mexicano. Le gustaba cantarme una ranchera a voz en grito bajo su enorme bigote, cuando me veía a lo lejos: ¡tu retratito lo llevo en mi cartera!
Yo, roja como un tomate, a veces me escabullía sin dirigirle la palabra. Él reía fanfarrón y echaba a correr para reunirse conmigo y decirme aquellas ridículas picardías melosas que sólo recuerdo cuando veo a mi marido en el sofá.
Al llegar a casa del cole todas las tardes me encontraba sola. Habían pasado ya años de la ausencia de mi padre, y siempre transcurría un buen rato hasta que mamá llegara del trabajo. Sujeto el pan con chocolate a mi mano, me dedicaba a curiosear rincones prohibitivos de nuestra casa, así descubrí la foto. Casi la rompo de coraje… No lo podía creer: ¡Mamá abrazada a un hombre vestido de soldado! No sé qué sentí en la cabeza… no fui capaz de ver otra cosa que la ofensiva cara de felicidad de mamá retratada en color sepia. Con el berrinche tampoco oí nada. Solo mi corazón que tamborileaba en las sienes y un galope en la garganta. Temblorosa lloré, y apunto estuve de arrugar el retrato poseída por la rabia. De pronto escuché la apacible voz de mamá detrás de mí que dijo: “Está guapo tu padre de uniforme en esa foto ¿verdad?”
Cuando tuve un dinerito ahorrado, decidí comprar un retrato que presidiera mi salón, porque -me dije- el retrato de la señora, da tono a una casa. Me recomendaron a un pintor moderno que se había labrado una reputación. Yo, como no tengo ni idea de arte, acepté la sugerencia y me puse en sus manos. Encima de que me iba a costar un ojo de la cara, me impuso como condición no poder ver la obra hasta que estuviese acabada. “Vale, vale, Picasso” le dije.
Cuando acabó el retrato casi me da un pasmo. De perfil, un ojo estaba por encima del otro, la nariz parecía una berenjena espachurrada y la boca, el pico de un pato. “
-Ese esperpento no se parece nada a mí, le solté.
-No se preocupe, señora, si el retrato no se parece a Vd., Vd. acabará pareciéndose al retrato.
Y se quedó tan ancho.
Digo yo que debía tener visión de futuro, porque después de 15 años y tres operaciones de estética, todo el que viene a casa comenta: “Hija, Belén, hay que reconocer que el pintor ese te supo coger muy bien el aire”.
Fui, seguramente, alguien radicalmente distinto a quien me hubiera gustado ser y absolutamente diferente a quien vosotros creísteis que era.
Pero la vida es así y no nos queda otro remedio que trenzarla con los mimbres de los que disponemos, alejándonos paulatinamente de nuestros sueños y deseos.
Ahora que pretendo resumir, puedo decir que me sentí un par de veces como una heroína y algunas más como una miserable, pero el resto del tiempo, casi todo el tiempo, “fui” sin complicarme mucho más.
Y no sabiendo ahora definir en lo que el tiempo me ha convertido, puedo hablaros de mi única certeza; vivir lo es todo, no hay tiempo que perder.
«-¿Quién es ése del retrato?\»- Se preguntaba Josefa al mirar insistentemente cada tarde luego de merendar, un pequeño rectángulo de madera colgado en la pared que exhibía la foto en blanco y negro de un apuesto joven.
«-¿Será alguien de la familia? ¿Un amigo especial? – Meditaba la niña.
Interrogantes con una respuesta concreta pero esquiva para quien la aguardaba, ya que ni su madre ni sus abuelos, querían siquiera mencionar el tema.
Oídos sordos a la requisitoria, un seco «no lo sé» o «yo a tu edad no hacía esa clase de preguntas«, era todo a lo que Josefa podía aspirar como contestación.
Varios años después, el hallazgo fortuito en un cajón del escritorio de una carta amarillenta y ajada dirigida a su madre, pareció darle pistas al respecto, sobre todo el final… cuyo texto decía: «hoy partiremos al atardecer, espérame en el puerto, cruzaré el océano para reencontrarme contigo”. Pepe.
Con sus ahorros, sobornó a un policía migratorio. Obtuvo documentos falsos y una salida debajo del límite fronterizo.
Antes de atravesar, se detuvo dudoso por lo que dejaba a sus espaldas. Pero en el otro lado se vislumbraban las pinceladas de ríos, campos fértiles y sonrisas; bodegones abiertos de par en par repletos de hogazas, quesos maduros, frutas.
Solo, y con una maleta, cruzó debajo de la cerca de madera; su familia tendría que esperar dentro del retrato.
Cumplio su condena el dia que lo trasladaban a tribunales, le saque algunas fotos. El juicio fue a la tarde, un dia de invierno, donde el frio y ver el rostro del criminal, parecia que el invierno era mas cruel. Lo primero que hice, tome una foto del criminal y la coloque como el retrato caracterizado del terror. Donde mis sentimientos y mis pensamientos no podia imaginarme nunca que el retrato iba a ser decorativo para mi habitacion.
¡Quedara sellado ahi!… en la pared para el resto de mis dias, por ser el asesino de mi padre, que por su descontrol en la calle, envuelto en sus vicios malignos le arranco la vida. ¡Ahi esta!…¡no lo contemplo!… como maravilla de la naturaleza. Pero la desconfianza me lleva a esto, a tenerlo ahi.¡Porque no soportaria!…que volviera hacer lo mismo, que haga daño nuevamente. De esta forma no olvidare jamas su rostro porque solo se de mi existir de aqui en mas…en esta vida.
Cuando robamos aquel cuadro, jamás hubiéramos imaginado lo que poco después nos acabaría pasando.
Ahora, desde la cárcel y bastante lejos de la influencia de esa maldita obra de arte me dispongo a escribir en pocas líneas lo que ocurrió.
Yo formaba parte de una banda que se dedicaba a cometer pequeñas fechorías, hasta que nos enteramos de que nuestra ciudad albergaría una importante exposición, donde la joya de la misma era: «El retrato de la muerte«, un cuadro valorado en una gran fortuna.
Uno de mis compañeros propuso robarlo y todos estuvimos de acuerdo. Tras elaborar un minucioso plan, sustrajimos el famoso cuadro la segunda noche tras la inauguración y después de ser conscientes de que teníamos esa fortuna entre nuestras manos que nos haría retirar de ese mundillo, decidimos venderlo en el mercado negro, pero no transcurrió ni un día tras el robo, cuando de forma misteriosa y desagradable, que no voy a explicitar en esta carta para no perturbar la tranquilidad del destinatario, sea quien sea, uno a uno, mis compañeros fueron muriendo. Y ahora a unos días de mi ejecución, confieso que soy inocente y estoy seguro que fue ese cuadro maldito quien los mató.
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