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«No se ve el mar. Te dije que quería una habitación que se viera el mar. Pero cuándo has atendido cualquier cosa que me haga bien… ¿Me escuchas, María? Estúpida mujerzuela, soberbia y obstinada. Voy a cumplir mi palabra; te advertí que si volvías a disgustarme iba a hacerte mucho daño, y me da igual que te escondas en un sitio apartado como este y que me pongas cara de afectada y arrepentimiento. Has dejado un hogar destrozado, y a mis tres hijos sin madre. Si sigues sin contestarme voy a entrar al baño a buscarte para destrozarte la cara contra el espejo.
He olvidado el neceser. Y tendría que haberme traído un bañador para la playa, y las tijeras de pedicura, pero con la medicación me tiembla mucho el pulso. ¿Me estás escuchando, loca de los cojones?»
Todo sería distinto si la habitación 101 fuese la de un hotel, y si las palabras de María no estuviesen rebotando, asustadas, en un cuarto vacío.
RELATO, POR SUPUESTO, FUERA DE CONCURSO
Balanceaba las piernas, primero las dos a la vez y luego una tras otra. Celia esperaba sentada en el hall de la segunda planta del Colegio Hijas de María y no vamos a engañarnos, estaba un poco nerviosa. Frente a ella, en la sala de profesores, podían verse las siluetas de las monjas agitándose a través del cristal pavonado. Parecían sombras chinescas, como ésas que le había llevado a ver el domingo su tía Marta. Estaba casi segura de que no la descubrirían pero habían llamado a declarar a muy pocas niñas y eso le preocupaba. Ahora interrogaban a Ángela y daba un poco de miedo porque se oía gritar a Sor Isabel. Sí, la misma que le recordaba una y otra vez que mientras en aquellas medias verdes siguieran haciéndose rosquillas y mientras esos zapatos no brillaran como el sagrario de la iglesia, no sería digna de ser Hija de María. Entre tanto, una novicia intentaba borrar el bigotito recién nacido en el retrato de la Madre Fundadora. Celia ocultó una sonrisa maliciosa con la mano y una mancha de carboncillo se posó traicionera en sus labios mientras la puerta se abría y era requerida severamente a comparecer.
Estoy con el retrato de mi Madre entre mis manos y mis ojos empiezan a llenarse de agua bendita y comienzan limpidamente a tomar forma corpórea mis recuerdos. Me veo aferrada de la mano de mi Madre, caminando por el parque, entre un remolino de plumas y picos, que esperaban ansiosas las miguitas de pan que revoleavamos al aire. Las palomas, los niños y los padres, son como un cuadro universal de las plazas, no hay lugar en el mundo donde este ritual no se repita. Situada en la mitad del paseo, estaba el juego que más alegría da a los chicos,… y, a su vez es el que causa más nostálgia a los grandes,…la calesita o carrousel . Una vez montada en mi caballito de madera fileteada y pintada con vivos colores, trataba de asir la sortija ,que el calesitero finteaba con su mano en alto, (» mi Madre siempre le daba propinas para que me dejara tomar la sortija»). La alegría transformaba mi rostro y,…en los ojos de mi Madre encontraba una mirada con tanta ternura derrochada, …que me inunda hasta hoy, que tengo su retrato entre mis manos.
Desde hacía tres meses y con la llegada de la primavera Pablo decidió sacarle partido a su faceta de pintor . No disponía de un lugar fijo para trabajar, aunque las dos últimas semanas la plaza de Olavide era su escenario favorito y hoy no iba a ser distinto. Allí los niños correteaban jugando al escondite mientras los adultos charlaban. Le gustaba ese lugar porque estaba cargado de humanidad, voces, gritos, empujones, risas, chismorreos. Cada vez que retrataba a alguien sentía como si todo lo externo a él proviniese de otra realidad, tenía que centrarse mucho los primeros minutos para envolverse ante la persona que estaba a su frente.
Cada retrato representaba un gesto, una actitud, un alma ante la vida.
Nací entre manglares, pronto aprendí a caminar sobre las aguas, nadie me enseño a hacerlo sobre la tierra pero cuando la bruma cubre la laguna camino también sobre las nubes. Solo una vez vi una sirena, hace tanto tiempo, sin embargo todos los días me acuerdo de ella y pensativo miro a lo lejos, por ver si vuelve. No se si es hermosa, nunca tuve elementos de comparación, para mi lo feo es hermoso, y lo hermoso es hermoso. A veces intento verme a mi mismo reflejado en las aguas, pero las ondas que produzco en mi caminar impiden toda claridad al respecto. Creo que ha llegado el momento de buscar otro lugar en el mundo.
Ayer evidenciaban instantes de felicidad, pequeñas teselas de los últimos años vividos en el grupo: el cumpleaños de Javier en el que tuviste un encuentro furtivo con su hermana, la fiesta de Halloween, con todos ubriacos, como decía aquel italiano tan gracioso que se nos acopló sin conocerle nadie, el descenso del Sella compartiendo petaca y risas con propios y extraños.
Hoy, la alegría obscena de esas fotos, contrasta con las caras largas de los que te conocimos; desde estos malditos sillones de escay me pierdo en tu retrato, y a ratos me preguntó por qué motivo hemos sido tan idiotas. Sin despegarse de él, tu madre busca entre nosotros a quién poder subir a su cadalso, y el parpadeo del fluorescente nos ofrece una tregua violeta, permitiendo que más imágenes vuelvan a la memoria.
No tardará en aparecer alguno en la sala reconviniendo que, de vez en cuando, tienen que pasar estas cosas para que los demás aprendan. Que pudimos ser cualquiera. Que hay que cambiar y tirar para adelante.
Y yo digo que quién sabe al final lo que es lo correcto. Que éramos iguales. Que nunca se sabe. Y que qué feliz fuiste, vaya.
Cada noche de fin de semana, Carmelo volvía a altas horas de la noche y pretendía que sus padres no percibieran su tardío regreso. La casa, que era una herencia familiar, no era inmensa, mas si confortable y muy bien adornada. Solo un detalle no armonizaba en la sala principal: en la pequeña pared situada a la izquierda de la puerta de acceso estaba centrado un gigantesco retrato con una figura desconocida. Carmelo procuraba ignorar el cuadro cuando ingresaba a la cómoda morada. Solo algunas veces era pillado por su padre.
– ¿Cuántas veces he repetido que éstas no son horas de regresar a tu hogar? ¿Acaso es un secreto lo peligroso que se ha tornado el vecindario? –le reprendía el señor Alberto.
–Lo sé papi, la próxima estaré aquí más temprano –contestaba el joven de 18 años.
–La próxima me las arreglaré para que no salgas.
Sin embargo, Carmelo continuó con sus escapadas de fin de semana y extremó las medidas para que su entrada pasara desapercibida. En ocasiones pensaba: “nadie notó mi regreso”, pero recordaba los ojos del retrato que parecían fijos en él, por muy silenciosos que fueran sus pasos.
La boda fue fastuosa: portadas en revistas, programas del corazón. Ella era joven y bella, él, rico y poderoso podía haber sido su padre
Llamaron al retratista Era el pintor más renombrado de la provincia. Captaba el espíritu de las personas, su interior, su idiosincrasia.
Quedaron plasmados de la manera más perfecta. Parecían una copia viviente, casi se les veía respirar.
Al tiempo el retrato se fue transformando. A ella le empezaron a aumentar los pechos, a marcársele más los pómulos, su nariz se hizo más perfecta. A él, si se le miraba con detenimiento, empezaban a brotarle en las sienes unas protuberancias blancas, que recordaban los cuernos de un becerro
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