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No correspondía a la misma época que el resto de los cuadros y su figura casi infantil, envuelta en los delicados tonos de la seda, desentonaba entre aquellos militares de casacas chillonas y sables al cinto. Sin embargo, el director fue inflexible: había que liberar espacio y Una muchacha con mantón debía instalarse en la sala XIX. Procuré tranquilizarla con palabras y caricias furtivas, pero cuando a las ocho terminó mi turno su carita pálida seguía deformada por el miedo.
El estruendo debió ser horrible, solo la maldita costumbre de llevar auriculares tapando los oídos explica que el vigilante de noche no lo oyera. Lucharon por ella como lobos en celo. Al reincorporarme el rojo sangre salpicaba los lienzos de los vencidos y el triunfador se erguía en el suyo con el aire arrogante de quien conquista un territorio. Las prisas por recuperar su lugar le habían hecho olvidar el arma sobre un banco y llevaba desabrochada la bragueta. Después la vi a ella. Aún no se había puesto la camisa. Las mejillas se le habían coloreado y una sonrisa satisfecha borraba de su cara la inocencia antigua. De los demás soy inocente, los dos últimos sablazos, esos sí fueron míos.
En el lienzo agreste de los días consecutivos, derramó noches que se diluyeron en mañanas de nieblas grises y amaneceres fríos desayunando luna. Acomodadas sobre la piel de sus pasiones, las varias mujeres de sus vidas fueron escribiendo sudores de carmín y cicatrices de uñas en repetidos placeres carnales. Caricias furtivas que se hicieron trazos, dibujaron garabatos de rencor en manchadas distorsiones de recientes presentes ya recordados.
Su mirada, inconsistente, se miraba con desprecio en cada gesto, con unos ojos prisioneros y jueces de sí mismos. Las pupilas, del negro más oscuro, eran ese inevitable pozo en que sumergir sus cotidianos secretos. Espejo de sus reproches, tramoya de una alma condenada a no soportarse, rasgó los despojos de sus días al encadenar sucesivos naufragios entre las olas de azul dejadas por los pinceles de su memoria.
Cuando se atrevió a existir, dejó de pintarse para comenzar a verse.
La fantasma atraviesa una de las paredes del estudio, se sienta en el aire con las piernas cruzadas y le solicita al artista que le haga un retrato. El pintor, tras reponerse del susto inicial, acepta y se entrega con frenesí al trabajo. Varias noches después, mientras charlan animadamente durante una pausa, el hombre se proclama agradecido de que la vanidad de las mujeres se prolongue más allá de la vida, a lo que la modelo responde: «Se equivoca, amigo mío, no es vanidad: gracias a su arte podré finalmente decirle adiós a esta condición espectral… Cuando eso suceda, ¿me va a extrañar?». Al pintor se le caen pinceles y colores, y, mientras los recoge, alega que ya es muy tarde y que está cansado. A solas consigo mismo comprende que se ha enamorado. Entonces se le pasa por la cabeza la idea de fingir un siniestro, y, aunque llega a encender unos diarios, sabe que no sería justo y los apaga. Y maldice y solloza y gime. Ignora que la fantasma lo ha estado observando desde una de las paredes y que, apenas él le eche llave al recinto, ella se las arreglará para provocar un cortocircuito.
Mientras pedía un cortado y ojeaba distraídamente el retrato del general Millán-Astray del bar del Congreso, Matías (diputado de un partido no de izquierdas) empezó a rumiar sobre la creación del Universo, los planetas, la Tierra, el origen de la vida y todo eso. Resumió mentalmente todo aquello que la Ciencia había podido explicar hasta ahora. Y se emocionó solo, al verse inmerso dentro de esta maquinaria biológica tan perfecta.
Poco después, le echaba la gran bronca al joven camarero porque no le había traido el azucarillo.
Su retrato nació amparado en la melancolía que desprendía aquella frágil muchacha.
La encontré una noche de lluvia. Las calles vacías. Oscuridad. Sin estrellas ni luna en el cielo azabache; sólo alguna solitaria farola aportaba a la escena una trémula luz tan triste como ella. Y lloraba, como el resto del mundo, lágrimas de lluvia.
No había niños jugando, ni apenas gente; sólo coches que salpicaban sin piedad, con el barro que arrojaban sus neumáticos, a los dos únicos transeúntes a la vista: ella y yo.
Entonces, pensando en la melancolía de aquella frágil muchacha…
Nació su retrato.
Delante de mi retrato, recién acabado, ¡pensaba en ti y recordaba tus palabras! Me alerté. Respire, y dejé de cavilar. El pintor me inmortalizaba en Esfumato en un lugar hermosísimo. Un rio de aguas torcidas y serpenteantes miraba al Este. Regaba, a su paso, frondosos manzanos, perales y naranjos. Después, se dividía para formar cuatro ríos y atravesar un bosque de trigo salvaje. Me atraía ese sitio suavizado por colinas que me circundaba.
Agiles gacelas y multitud de pájaros viajeros ascendían y descendían por el cielo. Bellos animales reunidos en un huerto natural jugaban en sus lagos celestes. Al fondo, un querubín con flameante espada, custodiaba dos árboles frondosos. Podía respirar los frutos y el frescor del agua. El lienzo rezumaba perfumes a fruta madura… Eso me alarmó. También mi sonrisa. Escondida en ese paisaje idílico alentaba los movimientos sinuosos de un reptil. Recordé, y tus palabras hablaron. Las escuche de nuevo. –“Si no puedes darle días a tu vida, dales vida”.- Sentía escalofríos Adán. Llena de dudas fotografié el cuadro. Te envié las fotos por el móvil y enseguida me llegó tu mensaje.
–Sí, ahí vivíamos. Sin pecado ni muerte; solo jardín y delicias ¡Qué tiempos Eva! –
Las luces de la feria comienzan a iluminarse, todo un mundo de ilusión ante sus ojos. Ha estado preparando este momento toda la tarde, delante del retrato que le hizo Enrique el año pasado. A través de él puede ir renovando su alegría, pues tiene impregnado en sus ojos un brillo de plata único. Hace días la llegada de la feria le podía haber parecido una cruel monotonía, pero a través de su retrato todo cobraba sentido. Enrique, la alegría, el brillo en los ojos.
En el momento de entrar a las calles iluminadas, recuerda el momento en que el retrato surgió. Todo maravilla, tener para siempre el recuerdo de Enrique a través de su arte, su inspiración.
-Ana -le dijo Enrique-, te dejo el retrato, pero piensa que solo es una pequeña sombra de toda la alegría que me has dado.
Ahora, aunque ya no puede ver a Enrique, el retrato le estimula, le alienta, le da vida. La feria vuelve a ser una alegría, el olor a churros con chocolate, el calor de los niños al montar en las atracciones.
Se vio en el espejo pero no se reconoció. Esa mujer de rostro ajado, de mirada cansada y de grandes surcos sobre la piel no podía ser ella.
Se puso un sujetador que realzaba sus pechos. Dejó caer desde su cabeza un nuevo vestido de Carolina Herrera, se ceñía a su cuerpo como un guante. Un cinturón de piel con las letras D&G puso la guinda. Se colocó los pendientes de oro blanco a juego con la gargantilla, el anillo de casada y una gran pulsera en la que estaba grabado el nombre de su hijo. Se arregló el cabello recogiéndolo en una coleta. No olvidó el ligero maquillaje que estilizaba sus pómulos, el lápiz de labios color rojo pasión, ni el toque de rímel.
Se miró de nuevo, se paseó y se recreó en lo que veía. Ahora sí se reconocía. Ahora sí que veía a la mujer que todos elogiaban, e incluso admiraban. Esa de la que todos esperaban algo. Esa mujer de rostro aterciopelado, de piel tersa y de mirada…cansada.
La exposición ya estaba colgada y no quedaban eventos promocionales que le ahogaran el tiempo. Ahora podía dedicarse al retrato que sentía que le debía a su madre y que comenzaba a urgir. El velero que surcó los mares de la consciencia, con tanta destreza, empezaba a navegar entre ocultas lagunas.
Preparó un lienzo de 90×60 y comenzó a pintar de memoria. Ya el primer día estaba el bosquejo completo. En dos días concluido el retrato. Había sido tan fácil como entrañable, pero algo le causaba desazón: ¡La mirada! Era demasiado triste y cansada. No podía dejarla así, y a pesar de sus capacidades, se gastó una semana entre toques y retoques hasta estar satisfecho y conseguir que sus verdes ojos fueran como una visión de las selvas amazónicas donde perderse.
Eufórico, llamó a su hermana para asegurarse de que estaban en casa y llevarlo inmediatamente. Clara le dio la vuelta al calcetín en apenas unos segundos. Según ella, “mamá”, parecía haber perdido la vista en apenas una semana. Dorian colgó el auricular con una mano sudorosa mientras la otra ya alcanzaba los pinceles.
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