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Cuando robamos aquel cuadro, jamás hubiéramos imaginado lo que poco después nos acabaría pasando.
Ahora, desde la cárcel y bastante lejos de la influencia de esa maldita obra de arte me dispongo a escribir en pocas líneas lo que ocurrió.
Yo formaba parte de una banda que se dedicaba a cometer pequeñas fechorías, hasta que nos enteramos de que nuestra ciudad albergaría una importante exposición, donde la joya de la misma era: «El retrato de la muerte«, un cuadro valorado en una gran fortuna.
Uno de mis compañeros propuso robarlo y todos estuvimos de acuerdo. Tras elaborar un minucioso plan, sustrajimos el famoso cuadro la segunda noche tras la inauguración y después de ser conscientes de que teníamos esa fortuna entre nuestras manos que nos haría retirar de ese mundillo, decidimos venderlo en el mercado negro, pero no transcurrió ni un día tras el robo, cuando de forma misteriosa y desagradable, que no voy a explicitar en esta carta para no perturbar la tranquilidad del destinatario, sea quien sea, uno a uno, mis compañeros fueron muriendo. Y ahora a unos días de mi ejecución, confieso que soy inocente y estoy seguro que fue ese cuadro maldito quien los mató.
Al principio sólo fueron sospechas. Me pareció que la imagen de ese pequeño retrato esperaba, expectante, que me detuviera para transmitirme su mensaje; pero en los últimos días se ha intensificado mi angustia con la impresión de que soy el objetivo de persistentes e inesperados destellos de sus ojos vidriosos, de pozo profundo.
El exacto parecido de su rostro con Michelle, la difunta mujer de mi marido, y la aparición del cuadro sobre mi tocador el mismo día que celebramos el funeral del tercer aniversario, me pareció de mal gusto, pero un asunto tan delicado tenía difícil discusión.
Ahora ha despertado en mí la obsesión de sentirla viva, vigilándome desde el interior de ese marco dorado; reclamando a mi conciencia haber ocupado su lado de la cama, aún tibio.
Subo las escaleras, desesperada, y entro al despacho.
-Oscar, tienes que deshacerte del retrato de Michelle, lo siento.
-¿Qué retrato?
-El de marco oval de hojas de acanto que has mandado colgar sobre mi tocador.
-Yo no he traído retrato alguno…
Le tomo del brazo y tiró de él para mostrárselo; pero en la pared sólo encuentro un pequeño espejo que me devuelve mi imagen, desconocida, en un llanto amargo.
Oscar Wilde, EL RETRATO DE DORIAN GRAY
Se levantó decidido a empezar una nueva vida. Se sentía solo y fracasado. Esa misma mañana encontró trabajo. Pasó la jornada serio y concentrado.
De regreso a casa hizo tres llamadas. Su madre le dijo que ya no tenía excusas para no ir a comer con ella los domingos. Su ex-mujer se mostró dispuesta a ofrecerle otra oportunidad y quedaron para salir el sábado. Su mejor amigo consideró que había que celebrarlo tomando unas cervezas el viernes.
Cenó, vio un rato la televisión y se acostó temprano. No podía conciliar el sueño y estuvo mucho tiempo dando vueltas en la cama, mirando la oscuridad. Pensó que aquel día había conseguido escribir el microrrelato más triste del mundo: «Cuando despertó, el escritor no estaba allí«. Y tan corto como el más famoso.
A pesar de su piel clara, no usó protección solar ni siquiera en forma de crema foto protectora resistente al agua. No se puso un sombrero de ala ancha para proteger su rostro y tampoco hizo uso de gafas oscuras de sol.
Y sin embargo había oído hablar del daño que ejercían los rayos solares en la piel y el posible cáncer cutáneo como consecuencia de las repetidas y acumulables radiaciones solares.
Después de un duro y largo invierno, su cuerpo pedía absorber todo el sol que hasta ese momento le había sido imposible disfrutar. Quería un bronceado total pretendiendo dar a entender que gozaba de buena salud.
Boca abajo y sobre la arena amarilla se tumbó hacia las 10h a.m. aproximadamente. Se dejó llevar. Durmió, soñó y sintió la caricia abrasadora del rey astro. Repentinamente alguien le hizo volver en sí, más o menos sobre las 15h p.m. El esbozo de un palmeral tropical entre rojizo y rosa claro quedó estampado a lo largo y ancho de su torso, sus nalgas y sus piernas cuando despertó.
Se desperezó. Su cuerpo crujió como una carraca. Quizás había pasado demasiado tiempo tumbado. Quiso ver cómo iba el mundo y orientó la antena para ver si conseguía una buena señal. No le hicieron falta más de treinta minutos para concluir que todo permanecía igual. Que la pobreza se esparcía desordenada, imparable y más cruel cada día. Que la riqueza, adicta a su particular régimen, seguía adelgazando en extensión mientras aumentaba en estatura. Que el poder no dejaba de apestar a podrido. Que el futuro te esquivaba la mirada y la esperanza callaba tacaña. Que el cielo dolía y que el suelo, inclemente y obstinado, atraía por igual los objetos y las miradas.
Le estaba costando aceptar que todo permaneciera igual por tantos años. Era absurdo. Inexplicable. Odiaba en extremo ser testigo permanente de aquel terrible cáncer. Y comenzó a considerar si, en el fondo, la muerte no sería una brillante invención. Irritado, volvió a acostarse y se dijo: la siguiente vez sí, la decimotercera tiene que ser la vencida! Y decidió que esta vez serían por lo menos 50. O mejor, 80 años. Puso el despertador para el año 2010 y, tras un inédito acceso de hipo, se durmió.
Trató de dormir pero…
Como siempre, el insomnio, el recuerdo torturando aún después de tanto tiempo.
Entonces, la vio, blanca, etérea, irradiando paz, en silencio con una sonrisa.
Se enderezo en la cama sorprendido, los ojos desmesuradamente abiertos, sus labios musitaron;
-¿Volviste? Pero si vos…
Recordó aquel momento, el intenso dolor, cuando quiso retenerla no pudo. Debió dejarla partir, ya nada podía hacer. Como en trance con un hilo de voz susurró:
-Sabias que te amaba, que aún lo hago, quise irme contigo, no me dejaron, quedé llorando tu partida. Cerraba mis ojos y los tuyos tristes me susurraban un adiós.
Aunque ha pasado tanto tiempo, no ha menguado mi dolor, ahora estas aquí, vuelvo a sentir tu presencia, dándome paz.
Lo envuelve una rara letanía.
Siente que algo suavemente lo recuesta mientras va perdiendo conciencia hasta quedar dormido.
Cuando despertó, ella no estaba allí, el sol asomaba por los intersticios de las cortinas, pronunció su nombre y se sintió feliz.
Desde la pared la imagen fotográfica deteriorada por el paso de los años aún le sonreía.
Emma intentaba alcanzar los peces de colores con las manos una y otra vez, pero siempre se le acababan escurriendo entre los dedos. Estuvo muy cerca de atrapar uno verde, achatado y con cara simpática, que fue el más grande de cuantos su imaginación acertó a inventarse en las últimas semanas. A decir verdad, ella no tenía mucho sentido del tiempo. Sus amigos del agua le acompañaban en sus juegos diarios mientras allá, en la lejanía, sentía voces, canciones y susurros que comenzaban a sonarle familiares…¿serán a mi?
Un día cayó envuelta en una extraña y desconocida espiral. Tanto torbellino terminó por abrumarla, no podía identificar esa sensación de vértigo, de abismo, de oscuridad…¿y los peces? ¿dónde están?
Cuando despertó, su pequeño universo había cambiado sensiblemente. Descubrió que las voces, ahora ya cercanas, sí que se dirigían a ella. Y sí, habían vuelto los peces de colores dispuestos a atrapar sus sueños en lo alto de su cuna y en la oscuridad de las noches.
Bienvenida al mundo, pequeña Emma.
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