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Recuerdo que mi hermano Julio se quejaba de que le picaba la camisa, que mi padre decía que iba a echar otro cigarro, mientras mamá me regañaba por haberme despeinado y, con su propia saliva, me dejaba el flequillo como el de Clark Kent. Recuerdo al fotógrafo, que era un hombre cuarentón, algo grueso, con manchas de sudor en su camisa blanca, diciendo que nos situáramos en posición. Recuerdo las falsas sonrisas y la repetición de tomas, con ese característico: \»solo una más, para asegurarnos\». Recuerdo que había que esperar unos días para ver los resultados y que mamá siempre colgaba el retrato en el salón, cada año, como parte de un ritual familiar.
Sin embargo, no recuerdo el momento en que dejamos de hacernos aquella foto todos juntos. Puede que fuera algo repentino, como el cáncer que acabó con mamá.
Sus ojos se hundían en los míos. Me seguían, profundamente abiertos. Protagonista y dueña de aquel desnudo espacio, ella hablaba en silencio con su gesto.
Los primeros martes de cada mes yo acudía puntual y volvía a encontrarla. La contemplación de aquella mirada producía en mi un estado fugaz de catalepsia. La gente permanecía ajena a sus indicaciones y ese sordo murmullo que emitían, sin duda, iba a enojarla. También ellos me observaban.
Inquieto, comencé a pasear de un lado a otro del pasillo, obsesionado con aplacar las voces de mi interior, que con un ritmo trepidante, habían comenzado a hostigarme. Un sudor frío recorrió mi frente. En ese preciso instante en que la cabeza iba a estallarme, salió una enfermera y su voz me devolvió a la realidad: “Don Fulgencio Pastrana, Sala de Psiquiatría. Consulta nº 12. Schsss! por favor, se ruega silencio.”
Es ella! Ella es la enfermera del retrato! “ Hoy sí he sido bueno, verdad señorita?”
Entre tanta antigüedad y objeto valioso del castillo, su retrato nunca ha dejado de darme problemas. Un cuadro indiscreto. No de esos que te siguen con la mirada, te pongas donde te pongas, por efecto de la cuidada técnica del artista creador ni de esos otros que, directamente, te persiguen porque tienen un malo detrás espiándote por obra de dos orificios practicados en el lienzo. Qué va. Es curioso, curioso de verdad. Una noche lo presentí observándome en mi habitación a través de la cerradura. No llegué a tiempo. Escapó atropelladamente, pude oír el repiqueteo del marco labrado pasillo adelante, lo imaginé en su huida anadeando como un pato torpe en el fango. Es rápido. Listo. Organicé una improductiva güija para invocar el espíritu del tío Florian y ver si el retrato se delataba, pero nada. Durante la velada permaneció impertérrito, donde siempre, bajo el blasón, las patillas prusianas y los pulgares en los bolsillos del chaleco. Llevamos meses jugando al ratón y al gato.
He dejado mi puerta entreabierta. Querrá saber qué escribo. Cuando huela su barniz estará tan cerca que ya no tendrá escapatoria. Me responderá entonces a unas cuantas preguntas. También yo soy curioso. Vendrá de familia.
Aquella noche Fabián se despertó sobresaltado por culpa de unos gemidos que no supo adivinar su procedencia, asustado encendió la luz, pero al no ver nada, volvió a dormirse.
Pasaron los días y de nuevo el silencio de la noche se vio interrumpido, pero ahora no eran gemidos, sino gritos aterradores. Muerto de miedo, cogió una pequeña linterna que guardaba entre sus juguetes y vacilante se encaminó hacia la habitación de sus padres.
Gracias a que el camino lo conocía sobradamente, pudo llegar hasta el dormitorio, no sin antes pasar por un calvario de vicisitudes. Su temor aumentaba, los gritos claramente procedían de allí. Cuando llegó, las palabras no salían de su boca, había enmudecido, quería gritar, pedir ayuda, pero le fue imposible. Se armó de valor y entreabriendo la puerta y con la pequeña luz de la linterna sorprendió a su padre desnudo, sobre el cuerpo de su madre, también desnudo, sujetando sus brazos mientras ella gritaba y él se contorsionaba.
Corrió hacia su habitación maldiciendo a su padre. Sin piedad cogió la foto de papá, dibujando sobre su perfil. El ojo quedó desierto, la nariz afilada y escribió: El seis y el cuatro la cara de tu retrato.
De los cuatro retratos femeninos de la exposición de Leonardo ella fue la que me impacto. Fue su mirada la que se clavó en mí y me hizo estar incómodo.
Yo venía a la exposición a admirar la obra del autor y la belleza de las modelos, pero ella consiguió traspasarme sus pensamientos y emociones nada más entrar en la sala y me hizo reflexionar sobre su vida y sus circunstancias, me hizo sentir que era una mujer fuerte víctima de su tiempo y posición. Angustiada por estar presa en una vida que no podía cambiar pero que no aceptaba.
Todo esto me hizo sentir su fuerte mirada, el arte había cumplido su principal cometido, el de ir mas allá de la simple belleza estética.
Cuando pienso en él, mis recuerdos vuelan lejos…..
El olor de la biblioteca a décadas pasadas, los libros mordidos por el polvo, una atmósfera densa llena de virutas blancas que bailaban suspendidas en el aire, fotografías cuyos rostros me miraban desde otro lugar y otro tiempo y su imagen ocupando gran parte de la estancia.
Sentía respeto y algo de miedo al observar su retrato visto desde la inocencia de mi infancia.
Al mirarle siempre descubría algo nuevo. El color de sus ojos cambiaba dependiendo de los haces de luz que se colaban a través de las ventanas, mirada profunda, enigmática y misteriosa. Sus manos alargadas y huesudas a punto de extenderse para cogerme entre sus brazos.
Columpiándome sobre el sillón de terciopelo rojo, levantaba tímidamente mi vista de vez en cuando para encontrarme con su figura, alto, esbelto y altivo. Se había alejado dejando tras de sí solo el sonido del silencio. Muchas preguntas en el tintero y ninguna respuesta.
Hasta que llegó mi madurez, en ese momento su rostro ya me contemplaba a treinta años de distancia, mis heridas ya se habían cicatrizado y solo quedaba eso…. un retrato sin alma.
El azar, siempre enredando con las cosas de los humanos, consiguió que después de un viaje en avión, volviera a casa con una maleta ajena, idéntica a la mía. Así que, casi sin darme cuenta, me colé en una intimidad desconocida.
Aquellos objetos dejaron de ser planos y me fueron dibujando un retrato: era ordenado y riguroso, de gustos sencillos y medios suficientes pero no sobrantes, era buen lector y adoraba el campo, de cierta edad (medicamentos) pero no demasiada (preservativos) y bastante generoso (¡menudos regalos!).
Estas conclusiones, seguramente erróneas dispararon mi curiosidad y me obligaron a preguntar en la compañía aérea si era posible conocer la identidad del otro damnificado. Contestaron, por supuesto, con una airada negativa.
Así que aquí estoy; deshaciendo mi aburrida maleta y pensando que tal vez he perdido la ocasión de encontrar a mi media naranja.
Aún sin saber muy bien porque sigue colgando de la pared del salón lo cierto es que su sola presencia es como un analgésico para mi maltrecha conciencia, un espejismo, un retazo de lo que fui y ahora no soy; y un anhelo de esperanza en la desencantada existencia por la que deambulo.
Cuando lo veo recuerdo lo que era, una persona con un camino bien trazado que decidí abandonar, como un barco bien dirigido que quedo varado y se hunde sin remisión.
Movimientos autómatas me ajustan la corbata mientras repaso la agenda del día. Despedir personas hace años que no me produce remordimiento alguno; da igual su situación, hijos, edad. La escarcha que desde hace tiempo rodea mi corazón hace que cualquier sentimiento de culpa resbale y me sea indiferente; casi ni oigo sus lamentos. Supongo que por eso soy bueno en este trabajo.
Al salir, antes de cerrar la puerta, otro automatismo en forma de última mirada, dejando lo mejor de mí, lo único bueno, dentro, colgando de ese retrato de lo que una vez fui y nunca más seré.
En el desconchado espejo del baño común del albergue para fracasados y despojos humanos veo fugazmente mi rostro. No soporto la visión de mi imagen ajada, mi espíritu extenuado, el peso de la desolación y el desconsuelo sobre mi cabeza.
Retiro dolido y avergonzado la mirada sobre mí mismo.
Sin embargo el destino se empeña en echar sal sobre mis heridas. Hago un terrible esfuerzo por no volver a levantar la vista hacia lo que ya no quiero mirar. Pero miro.
Por un momento percibo el brillo de mis ojos en ese reflejo, intuyo recuerdos de lo que fui y ya no soy. Escucho brevemente las risas e ilusiones de antaño. Veo el amor.
Pero de inmediato cae sobre todo ello la lápida de la derrota, la traición, el fracaso…
Sí. El espejo es cruel conmigo. La vida es cruel conmigo.
¡Me siento tan cansado!
Echo una última mirada a mi retrato, a la imagen de la decepción, de la tristeza y finalmente de mi rendición sin condiciones.
Dos regueros rojos y cálidos caen de mis muñecas al sucio y roto lavabo llevándose todas mis miserias y frustraciones por el agujero del desagüe.
Sólo unos dulces instantes.
¡Ahora soy libre!
La música envuelve y mima mi mente. La luz del sol refleja sobre el lienzo, donde intento florecer el brillo de tu mirada. Acaricio cada pincelada sobre tu rostro, el que está tomando forma en este retrato.
La melodía parece dar vida a tu pupila acaramelada, mi mano está poseída dibujando tu sonrisa, algo me atrapa, me retiene y me deja caer en el abismo del tiempo.
Mis perceptibles yemas reemplazan el pincel, te recorro entero por ese rostro perfecto, modelo las expresiones de tu cara enamorada, me observo en el destello de tu iris, me busco desesperada. Palpita mi corazón, minuto a minuto, los latidos se aceleran cada vez más y más… Intento con las destrezas de mis manos entre colores y texturas, estremecer tu pulso. Deseo sentir tu piel en mi tacto, revivirte, traerte, acercarte y besarte desgarradamente.
El silencio de pronto, me devuelve a la realidad; desangro por dentro y tu retrato, inerte, oscuro y desfigurado.
http://resurgire.blogspot.com.es/2013/02/la-imagen-que-vive-en-mi-alma.html
-Espejo, espejito, dime cuan delgada estoy- le suplicaba todas las mañanas. Pero el espejo seguía obstinado en devolverle la misma imagen, con grandes pechos y caderas anchas, que ella tanto odiaba.
“Espejo, espejito”, repitió muchas mañanas, pero ella solo se veía más rellena cada día.
Acabó tan debilitada, que no podía sostenerse en pie, pero aún insistió ante el espejo,” Dime espejito, ¿Quién es la más delgada?”. Y el espejo, horrorizado ante el aspecto que mostraba, estalló en mil pedazos.
La desesperación entró por las retinas de la joven, que ahora veía su imagen devuelta en mil espejos, tan gorda como siempre. Y no pudiendo resistirlo, cogió uno de los fragmentos y dejó que su sangre corriera lentamente por todos ellos.
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