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Fui, seguramente, alguien radicalmente distinto a quien me hubiera gustado ser y absolutamente diferente a quien vosotros creísteis que era.
Pero la vida es así y no nos queda otro remedio que trenzarla con los mimbres de los que disponemos, alejándonos paulatinamente de nuestros sueños y deseos.
Ahora que pretendo resumir, puedo decir que me sentí un par de veces como una heroína y algunas más como una miserable, pero el resto del tiempo, casi todo el tiempo, “fui” sin complicarme mucho más.
Y no sabiendo ahora definir en lo que el tiempo me ha convertido, puedo hablaros de mi única certeza; vivir lo es todo, no hay tiempo que perder.
«-¿Quién es ése del retrato?\»- Se preguntaba Josefa al mirar insistentemente cada tarde luego de merendar, un pequeño rectángulo de madera colgado en la pared que exhibía la foto en blanco y negro de un apuesto joven.
«-¿Será alguien de la familia? ¿Un amigo especial? – Meditaba la niña.
Interrogantes con una respuesta concreta pero esquiva para quien la aguardaba, ya que ni su madre ni sus abuelos, querían siquiera mencionar el tema.
Oídos sordos a la requisitoria, un seco «no lo sé» o «yo a tu edad no hacía esa clase de preguntas«, era todo a lo que Josefa podía aspirar como contestación.
Varios años después, el hallazgo fortuito en un cajón del escritorio de una carta amarillenta y ajada dirigida a su madre, pareció darle pistas al respecto, sobre todo el final… cuyo texto decía: «hoy partiremos al atardecer, espérame en el puerto, cruzaré el océano para reencontrarme contigo”. Pepe.
Con sus ahorros, sobornó a un policía migratorio. Obtuvo documentos falsos y una salida debajo del límite fronterizo.
Antes de atravesar, se detuvo dudoso por lo que dejaba a sus espaldas. Pero en el otro lado se vislumbraban las pinceladas de ríos, campos fértiles y sonrisas; bodegones abiertos de par en par repletos de hogazas, quesos maduros, frutas.
Solo, y con una maleta, cruzó debajo de la cerca de madera; su familia tendría que esperar dentro del retrato.
Cumplio su condena el dia que lo trasladaban a tribunales, le saque algunas fotos. El juicio fue a la tarde, un dia de invierno, donde el frio y ver el rostro del criminal, parecia que el invierno era mas cruel. Lo primero que hice, tome una foto del criminal y la coloque como el retrato caracterizado del terror. Donde mis sentimientos y mis pensamientos no podia imaginarme nunca que el retrato iba a ser decorativo para mi habitacion.
¡Quedara sellado ahi!… en la pared para el resto de mis dias, por ser el asesino de mi padre, que por su descontrol en la calle, envuelto en sus vicios malignos le arranco la vida. ¡Ahi esta!…¡no lo contemplo!… como maravilla de la naturaleza. Pero la desconfianza me lleva a esto, a tenerlo ahi.¡Porque no soportaria!…que volviera hacer lo mismo, que haga daño nuevamente. De esta forma no olvidare jamas su rostro porque solo se de mi existir de aqui en mas…en esta vida.
Cuando robamos aquel cuadro, jamás hubiéramos imaginado lo que poco después nos acabaría pasando.
Ahora, desde la cárcel y bastante lejos de la influencia de esa maldita obra de arte me dispongo a escribir en pocas líneas lo que ocurrió.
Yo formaba parte de una banda que se dedicaba a cometer pequeñas fechorías, hasta que nos enteramos de que nuestra ciudad albergaría una importante exposición, donde la joya de la misma era: «El retrato de la muerte«, un cuadro valorado en una gran fortuna.
Uno de mis compañeros propuso robarlo y todos estuvimos de acuerdo. Tras elaborar un minucioso plan, sustrajimos el famoso cuadro la segunda noche tras la inauguración y después de ser conscientes de que teníamos esa fortuna entre nuestras manos que nos haría retirar de ese mundillo, decidimos venderlo en el mercado negro, pero no transcurrió ni un día tras el robo, cuando de forma misteriosa y desagradable, que no voy a explicitar en esta carta para no perturbar la tranquilidad del destinatario, sea quien sea, uno a uno, mis compañeros fueron muriendo. Y ahora a unos días de mi ejecución, confieso que soy inocente y estoy seguro que fue ese cuadro maldito quien los mató.
Al principio sólo fueron sospechas. Me pareció que la imagen de ese pequeño retrato esperaba, expectante, que me detuviera para transmitirme su mensaje; pero en los últimos días se ha intensificado mi angustia con la impresión de que soy el objetivo de persistentes e inesperados destellos de sus ojos vidriosos, de pozo profundo.
El exacto parecido de su rostro con Michelle, la difunta mujer de mi marido, y la aparición del cuadro sobre mi tocador el mismo día que celebramos el funeral del tercer aniversario, me pareció de mal gusto, pero un asunto tan delicado tenía difícil discusión.
Ahora ha despertado en mí la obsesión de sentirla viva, vigilándome desde el interior de ese marco dorado; reclamando a mi conciencia haber ocupado su lado de la cama, aún tibio.
Subo las escaleras, desesperada, y entro al despacho.
-Oscar, tienes que deshacerte del retrato de Michelle, lo siento.
-¿Qué retrato?
-El de marco oval de hojas de acanto que has mandado colgar sobre mi tocador.
-Yo no he traído retrato alguno…
Le tomo del brazo y tiró de él para mostrárselo; pero en la pared sólo encuentro un pequeño espejo que me devuelve mi imagen, desconocida, en un llanto amargo.
Oscar Wilde, EL RETRATO DE DORIAN GRAY
Se levantó decidido a empezar una nueva vida. Se sentía solo y fracasado. Esa misma mañana encontró trabajo. Pasó la jornada serio y concentrado.
De regreso a casa hizo tres llamadas. Su madre le dijo que ya no tenía excusas para no ir a comer con ella los domingos. Su ex-mujer se mostró dispuesta a ofrecerle otra oportunidad y quedaron para salir el sábado. Su mejor amigo consideró que había que celebrarlo tomando unas cervezas el viernes.
Cenó, vio un rato la televisión y se acostó temprano. No podía conciliar el sueño y estuvo mucho tiempo dando vueltas en la cama, mirando la oscuridad. Pensó que aquel día había conseguido escribir el microrrelato más triste del mundo: «Cuando despertó, el escritor no estaba allí«. Y tan corto como el más famoso.
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