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Oscar Wilde, EL RETRATO DE DORIAN GRAY
Se levantó decidido a empezar una nueva vida. Se sentía solo y fracasado. Esa misma mañana encontró trabajo. Pasó la jornada serio y concentrado.
De regreso a casa hizo tres llamadas. Su madre le dijo que ya no tenía excusas para no ir a comer con ella los domingos. Su ex-mujer se mostró dispuesta a ofrecerle otra oportunidad y quedaron para salir el sábado. Su mejor amigo consideró que había que celebrarlo tomando unas cervezas el viernes.
Cenó, vio un rato la televisión y se acostó temprano. No podía conciliar el sueño y estuvo mucho tiempo dando vueltas en la cama, mirando la oscuridad. Pensó que aquel día había conseguido escribir el microrrelato más triste del mundo: «Cuando despertó, el escritor no estaba allí«. Y tan corto como el más famoso.
A pesar de su piel clara, no usó protección solar ni siquiera en forma de crema foto protectora resistente al agua. No se puso un sombrero de ala ancha para proteger su rostro y tampoco hizo uso de gafas oscuras de sol.
Y sin embargo había oído hablar del daño que ejercían los rayos solares en la piel y el posible cáncer cutáneo como consecuencia de las repetidas y acumulables radiaciones solares.
Después de un duro y largo invierno, su cuerpo pedía absorber todo el sol que hasta ese momento le había sido imposible disfrutar. Quería un bronceado total pretendiendo dar a entender que gozaba de buena salud.
Boca abajo y sobre la arena amarilla se tumbó hacia las 10h a.m. aproximadamente. Se dejó llevar. Durmió, soñó y sintió la caricia abrasadora del rey astro. Repentinamente alguien le hizo volver en sí, más o menos sobre las 15h p.m. El esbozo de un palmeral tropical entre rojizo y rosa claro quedó estampado a lo largo y ancho de su torso, sus nalgas y sus piernas cuando despertó.
Se desperezó. Su cuerpo crujió como una carraca. Quizás había pasado demasiado tiempo tumbado. Quiso ver cómo iba el mundo y orientó la antena para ver si conseguía una buena señal. No le hicieron falta más de treinta minutos para concluir que todo permanecía igual. Que la pobreza se esparcía desordenada, imparable y más cruel cada día. Que la riqueza, adicta a su particular régimen, seguía adelgazando en extensión mientras aumentaba en estatura. Que el poder no dejaba de apestar a podrido. Que el futuro te esquivaba la mirada y la esperanza callaba tacaña. Que el cielo dolía y que el suelo, inclemente y obstinado, atraía por igual los objetos y las miradas.
Le estaba costando aceptar que todo permaneciera igual por tantos años. Era absurdo. Inexplicable. Odiaba en extremo ser testigo permanente de aquel terrible cáncer. Y comenzó a considerar si, en el fondo, la muerte no sería una brillante invención. Irritado, volvió a acostarse y se dijo: la siguiente vez sí, la decimotercera tiene que ser la vencida! Y decidió que esta vez serían por lo menos 50. O mejor, 80 años. Puso el despertador para el año 2010 y, tras un inédito acceso de hipo, se durmió.
Trató de dormir pero…
Como siempre, el insomnio, el recuerdo torturando aún después de tanto tiempo.
Entonces, la vio, blanca, etérea, irradiando paz, en silencio con una sonrisa.
Se enderezo en la cama sorprendido, los ojos desmesuradamente abiertos, sus labios musitaron;
-¿Volviste? Pero si vos…
Recordó aquel momento, el intenso dolor, cuando quiso retenerla no pudo. Debió dejarla partir, ya nada podía hacer. Como en trance con un hilo de voz susurró:
-Sabias que te amaba, que aún lo hago, quise irme contigo, no me dejaron, quedé llorando tu partida. Cerraba mis ojos y los tuyos tristes me susurraban un adiós.
Aunque ha pasado tanto tiempo, no ha menguado mi dolor, ahora estas aquí, vuelvo a sentir tu presencia, dándome paz.
Lo envuelve una rara letanía.
Siente que algo suavemente lo recuesta mientras va perdiendo conciencia hasta quedar dormido.
Cuando despertó, ella no estaba allí, el sol asomaba por los intersticios de las cortinas, pronunció su nombre y se sintió feliz.
Desde la pared la imagen fotográfica deteriorada por el paso de los años aún le sonreía.
Emma intentaba alcanzar los peces de colores con las manos una y otra vez, pero siempre se le acababan escurriendo entre los dedos. Estuvo muy cerca de atrapar uno verde, achatado y con cara simpática, que fue el más grande de cuantos su imaginación acertó a inventarse en las últimas semanas. A decir verdad, ella no tenía mucho sentido del tiempo. Sus amigos del agua le acompañaban en sus juegos diarios mientras allá, en la lejanía, sentía voces, canciones y susurros que comenzaban a sonarle familiares…¿serán a mi?
Un día cayó envuelta en una extraña y desconocida espiral. Tanto torbellino terminó por abrumarla, no podía identificar esa sensación de vértigo, de abismo, de oscuridad…¿y los peces? ¿dónde están?
Cuando despertó, su pequeño universo había cambiado sensiblemente. Descubrió que las voces, ahora ya cercanas, sí que se dirigían a ella. Y sí, habían vuelto los peces de colores dispuestos a atrapar sus sueños en lo alto de su cuna y en la oscuridad de las noches.
Bienvenida al mundo, pequeña Emma.
Una mañana cuando despertó, Frank noto que un libro estaba fuera de lugar de su pequeña biblioteca personal. Intrigado lo tomó, miró el título “La metamorfosis” y lo acomodo en donde debería de estar.
Esto sucedió en varias ocasiones, hasta que un día el ejemplar apareció tirado en el piso. Cuando se acercó a recogerlo observó atónito que una especie de coleóptero se escondía debajo del librero. Sentir que lo miraba fijamente fue patético. Aunque más patética fue su locura al pensar que se trataba del joven Gregorio Samsa.
Por días le proporciono alimento y agua antes de irse a trabajar. Cuando regresaba, el enorme escarabajo se asomaba, lo miraba con agradecimiento y se volvía a ocultar. Pero una noche, al llegar de su jornada laboral, no se asomó. Lo buscó por todos lados sin encontrarlo. Había desaparecido, al igual que la obra de Kafka.
Trató de ser realista y razonable. Pensó que se trataba de un caso de psiquiatría, pero al día siguiente al salir de su hogar, se le acercó un joven de aspecto raro. Le entrego su libro y le agradeció su tolerancia y relativismo. Para después alejarse agitando, para despedirse, uno de sus cuatro brazos…
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