Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

FEB103. MUERTE POR CHOCOLATE, de Félix Valiente

Podría inventar una justificación para su retrato. Escribir, por ejemplo, acerca de momentos pasados que aventurasen motivos sobre lo que hacía, o imaginar aquello que no explicaría lo que nunca sucedió o tal vez no se supo.
Ella mataba.
Quizás mató siempre, desde antes de matar, cuando nació y la vida le fue impuesta, cuando empezó a negar el mundo sin saberlo, dulcemente, sin prisa ni odio premeditado.
Poniéndose el delantal lloraba siempre. Después calmada y resuelta seguía la misma receta, los mismos ingredientes y una nueva víctima: harina, huevos, leche, levadura, veneno, cacao y chocolate líquido para un delicioso y mortal bizcocho de chocolate.
Amasaba, descubriéndose a sí misma cada nueva vez.
Mezclaba, repitiendo en susurros inaudibles el nombre del siguiente.
Horneaba, imaginando el bocado de placer y la explosión de chocolate desparramándose en la boca con fecha de caducidad.
La lista no paraba de crecer. Desde el maltratador del sexto hasta el banquero hijo de puta que sólo habitaba en el segundo por temporadas. Esta vez la invitación a merendar de la inocente y risueña vecina pastelera sería para el pederasta que vivía en el cuarto.
La muerte más dulce posible en el mundo más cruel imaginable.

FEB102. NARCISO ENGAÑADO, de Elena Casero Viana

Ya veo que tú no eres diferente de los demás. También te asusta mi rostro. Odio que me miren con los ojos desorbitados como si vieran un ser repugnante. Me asquea que no se atrevan a tocarme. O que lo hagan, cuando se lo ordeno, con las yemas de los dedos, suavemente, como si el roce les fuera a herir sus delicadas manos. Y cuando me acerco, se hunden, espantados, en el fondo del sillón. Vosotros, hombres considerados, cultos, que veneráis mi retrato, su voluptuosidad, su incitación al placer y os sumergís en su perfección; que suspiráis por el rostro que os muestra el deseo supremo de la belleza y el goce de la inmortalidad, me amáis hasta que esta confusa maldición que vive dentro de mí os arranca el velo de los ojos y me veis tal como soy.
Podéis llevároslo, no lo quiero contemplar nunca más. Detesto ver cómo me consumo en vida, mientras él rejuvenece en cada uno de vuestros desprecios.

FEB101. DORIAN, de Òscar Pareja Bañón

Poesía. Poesía es lo que reflejan mis ojos al verme. Sensaciones. Sensaciones que no se pueden describir con palabras, ya sean escritas o dichas. Mis ojos retienen la vida, el tiempo y su misterio. Me miro y no puedo desear otra cosa que no sea la profundidad de esa mirada. Tiemblo ante el silencio de mis jóvenes labios. Imagino un beso y suspiro ( ). Mis contornos, mis arrugas, son huellas trazadas por un artístico pincel sobre la eternidad de un blanco y anónimo lienzo. Vivo y, sin embargo, muero. Poco a poco, casi sin tiempo para deleitarme con mi propia belleza. Mi corazón no late con la misma intensidad que antes. Podría decir que ya no me pertenece. Se quedó atrapado entre el volumen y la textura de los colores que conforman mi retrato. Mi vida ha dejado de existir. Así lo he decidido. No soportaba tanto dolor causado. No podía seguir así. Mi imagen dibujada tiende a dispersarse, a nublarse, casi a desaparecer, como el tic-tac de un reloj de bolsillo. Como el primer amor. Vuelvo a suspirar. Esta vez, sé que es el definitivo. Unos pasos se acercan. Una puerta se abre. Detrás, sólo aparece mi nombre.

FEB99. UNA DE ESAS CARAS, de Sergio Raposo Diégue

Aquel día me encontraba dando un paseo por el recientemente renovado parque de la ciudad, el aire transportaba un agradable aroma a césped recién cortado y el sol parecía llenar de vitalidad todo el lugar. Había hecho bien en seguir la recomendación del doctor sobre tomar frecuentes paseos, el clima estaba sentando bien a las recientes cicatrices de la operación y a mi agotado ánimo de convaleciente.
Al pasar junto a un pequeño jardín vino a mi un olor proveniente de algún tipo de flor que no supe identificar, en ese momento me arrepentí de no haber prestado nunca atención a las flores o haberme molestado en aprender a diferenciarlas… era una de esas cosas de las que te arrepientes cuando te impiden poder disfrutar verdaderamente de algo. Mientras estaba perdido en estos pensamientos oí tras de mi una voz llamando a un tal Hank, me giré cuando noté su mano posándose en mi hombro.
-¡Hank!, ¡Cuanto tiempo!… pareces algo cambiado…
-No… no… -Me disculpé- Se equivoca de persona… debo de tener una de esas caras…
En ese momento recordé las palabras del vendedor de prótesis de cara cuando me advirtió de los posibles inconvenientes de un modelo tan barato.

FEB98. LA SONRISA DE LA GIOCONDA, POR EL PROF. CLAUDIO CALZAZONI, de Rafa Heredero

Mucho trabajo ha costado descubrir la identidad de La Gioconda a historiadores y expertos en arte, cuyas numerosas investigaciones ya fueron compiladas en un excelente ensayo (1). Sin embargo, la polémica sobre qué provocó su enigmática sonrisa, tan magistralmente plasmada en el lienzo por Leonardo da Vinci, todavía sigue generando diversos debates. ¿Por qué sonríe de esa peculiar manera? ¿Qué es lo que la hace tan intrigante y al mismo tiempo tan cercana? Ya apunté algunas soluciones a este misterio en uno de mis anteriores estudios (2), y ahora vengo a confirmar esas primeras impresiones y a desvelar quizá de forma definitiva su secreto. Efectivamente, ese pícaro brillo en los ojos, la luz que emana de su rostro, el leve matiz que dibuja el perfil de sus labios… todo ello nos lleva a la evidente conclusión de que se la estaba pegando a su marido. ¡Si lo sabré yo! ¡La de veces que habré visto esa misma expresión a mi mujer!

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(1) Karl Bowaransky, Der Ehemann der Gioconda, Geweih Verlag GmbH & Co., Dormagen, 2002. [Hay traducción española: El marido de La Gioconda, Ediciones Las Ventas, Madrid, 2002.]

(2) Claudio Calzazoni, Donne e cortigiane nel Rinascimento italiano, Corno Editore SpA, Torino, 2004.

FEB97. ALLÍ DONDE LO ESCONDO, de Raúl Ariza Pallarés

Soy hombre de rostro suave. De líneas femeninas imperturbables al paso del tiempo. Soy hombre de labios que piden besos y demandan deseos. De finura esculpida por las manos sabias de un dios inspirado. De mirada familiar, cariñosa y aparentemente buena. Soy hombre de gestos cadenciosos, sonrisa amiga y abrazos prontos. Alguien a quien seguro es fácil querer. Soy paradigma.
Pero soy hombre. Y por tanto, crío miedos, dudas y necesidades. Y tengo por debilidad la belleza, mi propia belleza, y por pecado la envidia. Porque envidio cada instante que consumo. Yo me quiero joven. Solo joven. Y además tengo un pasado inimaginable, quizá sombrío, que habla de aquel día que me despreciaste. Viejo marica, me llamaste en un desaire. Y luego señalaste burlón un par de arrugas en mi rostro.
Que dónde escondo mi alma. Si quieres verla tendrás que bajar conmigo al sótano, cerrado siempre bajo siete llaves. Allí, entre cachivaches infantiles, herrumbres de la memoria y los agusanados pedazos de tu cadáver desmembrado, la tengo tapada bajo una sábana. Para guardarla del polvo.

http://elalmadifusa.blogspot.com

FEB96. REFLEJO PERMANENTE, de Sara Lew

Los pequeños golpecitos se sucedían una y otra vez. Con cada sutil pinchazo podía sentir la tinta surcando su piel, tatuando ese rostro extraño sobre el suyo. Se despertó en el suelo del baño. Su cara estaba tan ensangrentada y rota como el espejo que la había dibujado.

RELATO FUERA DE CONCURSO POR SER LA AUTORA PARTE DEL JURADO DE ESTE MES

FEB94. LAS CARAS DE LA ESPERANZA, de Víctor J. Menargues Ramón

Después de tanto tiempo ausente, en agosto decidí irme unos días al pueblo: ¿Tendría allí alguien noticias de Gustavo? Una tarde, en la plaza, un hombre mayor, que parecía conocernos a los dos, me dijo que Gustavo ejerció en Madrid; que se jubiló hace quince años: los mismos que lleva veraneando en el pueblo ―añadió―; que permanece soltero porque ―afirmó―, desde que se marchó a estudiar medicina, mantiene viva la esperanza de encontrarme y decirme lo que tantas veces le impidió su timidez durante el último curso de instituto: Que está enamorado de mí. Aseguró saber que todavía se le acelera el pulso al contemplar un retrato mío que guarda en la cartera. Yo le conté que también trabajé en Madrid, y que, como Gustavo, sigo soltera porque él era el chico que me gustaba, y continúo albergando la  esperanza de encontrarlo algún día.
Al despedirnos, de sus labios asomó el silencio y, de sus ojos, dos lágrimas. Fui yéndome despacio, pensativa: ¡Era casi tan tímido como Gustavo! Y casi tan alto. ¿Será…? ―dudé―. Caminando, contemplé el retrato que llevo siempre en el bolso: No, Gustavo ―hablaba sola―: Ese hombre tendrá unos ochenta años, y nosotros todavía somos jóvenes.

FEB93. DE AMOR Y LUNA, de Inés Zapirain López

Mis noches de amor con  Abigail animaban mis pinceles cada amanecer. Esos crepúsculos de sexo vibrante desataban al genio que llevo dentro y, de mis dedos brotaban los más bellos paisajes. Su esencia era mi musa, la suavidad de su piel me inspiraba.
El cuerpo de Abi rozaba la perfección, por eso, la noticia de su enfermedad la hundió en el pozo más profundo. Perdió su luz. Yo no dormía buscando una solución, y, una noche de luna llena pensé en pintarle un retrato; un lienzo que la mostrara siempre bella, un dibujo de lo que sería si no estuviera enferma. Cuando aquella mañana Abigail se miró en aquel cuadro, no volvió a usar espejos, el lienzo fue su cristal azogado. Poco después sucedió lo inesperado: su salud comenzó a mejorar, sus ojos brillaban, comenzó a sonreír. Yo en cambio envejecía: mis manos ya no tenían fuerza, mi cabello, mi piel, eran las de un anciano. Mientras Abi resplandecía, yo, tristemente, perecía.

Debería romper el retrato que absorbe mi vida; pero nunca lo hago, siempre desisto …
Hoy, cansado, he resuelto abandonarme hasta morir, aunque Abi ya no me mire como a ese hombre al que besa, quiero entregarle mi vida.

FEB92. MEJOR DESPIERTA, de Eneritz Angulo

Despertó. La respiración agitada. El cuerpo sudoroso. En su memoria, a modo de retrato picassiano, aún grabada aquella imagen, tan lasciva como amenazante. Sobre fondo negro, lo que parecía un rostro en el que solo podían distinguirse unos labios gruesos y entreabiertos, de los que desafiante, salía una lengua de fuego de un rosa intenso.

Se estremeció al comprobar que aún sentía en su cuerpo la huella de las sensaciones que aquella ensoñación había evocado; el aliento de dos bocas entreabiertas buscándose con avidez. La carnosidad de aquellos labios entre los dientes. Las lenguas entrelazadas en una encarnizada danza tribal como preludio de un minucioso recorrido, que comenzando en la comisura de los labios, recorría lentamente su cuerpo, sin prisa pero sin pausa. Un camino húmedo, salpicado de besos y suaves mordiscos, se detenía susurrante en el cuello y jugueteaba entre sus pechos hasta llegar a la cavidad de su vientre. Y al compás de armoniosas contorsiones y gemidos… el dulzor de su sexo.

Un trago de agua la devolvió a la realidad. Otra vez lunes. Sin encender la luz comprobó en su móvil que aún había tiempo. Deslizó su mano bajo las sábanas y sonriendo susurró – ¿Cariño, estas despierto.

FEB91. EL RETRATO, de Luz Leira Rivas

Mañana se clausura la exposición itinerante y aún no sabe por qué lleva semanas casi atado al banquito, inmóvil, mirando el cuadro. La composición es simple: un rostro femenino que parece escudriñarlo, una ventana, el paisaje urbano que resulta familiar. Pero cada día percibe nuevos detalles. Hoy atisba dentro de la cabina telefónica la figura borrosa de un hombre alto. De repente recuerda esa plaza de Vancouver, y llevado de un súbito impulso, sale del museo, toma dos buses, y alcanza el auricular al quinto repiqueteo. La voz es dulce: «Estás muy lejos, cariño, acércate…». Regresa y obediente se aproxima al retrato, pudiendo advertir ahora, en las pupilas de la mujer, el reflejo escorzado de la habitación donde se encuentra. Un armario macizo y dos sillones rojos le permiten reconocer la pensión y no puede evitar acudir de nuevo. No le sorprende ya encontrarla allí, de cuerpo entero, aunque sí descubrir que estaba pintando. También verse
a sí mismo en el lienzo, inmóvil, observando, sentado en el escabel del museo.
– Disculpa las prisas -dice ella-, pero hoy mismo debía terminarlo. Y gracias por haberte acercado al cuadro, cielo: tanta distancia me impedía apreciar el color exacto de tus ojos.

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