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Llegó el día. Cumplía 60 años de trabajo, imprescindibles para cobrar el retiro miserable. A sus ochenta y cuatro ―había nacido con el siglo―, era el último profesor de una asignatura condenada a desaparecer por «retrógrada y inútil«, como dijo el Ministro de Pensamiento. Los colegas le habían comprado un ebook con todos los libros existentes. A él.
Fue al terminar su última clase, sobre «La Celestina«, cuando lo vio claro. Se subió con cuidado a la mesa. Abrió la ventana. La estantería de los libros crujió. «¡Don Rafael...!», exclamó alguien mientras él asomaba medio cuerpo. Cuando iba a tomar impulso, el libro de la mesa dio un brinco inesperado y le sujetó el tobillo. Los dos tomos del Quijote salieron disparados desde la estantería y se aferraron a su cintura. Los restantes ―Shakespeare, Dostoyevski, Cortázar…― volaron en tropel hacia el viejo maestro agarrándolo de las mangas, del pantalón, tirándole del pelo y las orejas.
Y cuando ya lo tenían inmovilizado en el umbral de la ventana, lentamente se dejaron caer al vacío mientras empezaban a batir sus pastas. Y todos juntos ―libros y maestro― se elevaron poco a poco y se alejaron volando, hasta desaparecer detrás del edificio vecino.
“Se cumplieron los predicciones y el hielo de los polos se fundió. El sol, más que luz, emitía fuego. Los cementerios quedaron sepultados por el agua. Las aridez dominó el grueso de los paisajes y las mariposas desaparecieron”
En Marzo…2084
Los siete amigos secando su cuerpo tumbados sobre la ardiente arena, jugaban a elevar sus piernas al unísono formando una torre de igualado voladizo. Una niña menuda de pelo encrespado, trepó ágilmente y acostándose sobre la construcción humana se abandonó al sueño.
No soportando por mucho tiempo el calor que despedía la arena, corrieron al agua sin reparar en que la estabilidad de la pequeña dependía de ellos. Miraron hacia el lugar donde la huella de sus cuerpos aún permanecía y la vieron suspendida aún del aire.
Se abrieron sus ojos grandes y asombrados, al ver como ella descendía lentamente, sin perder la posición horizontal. Cuando estuvo cerca del suelo puso sus pies sobre la arena, se calzó unas sandalias minúsculas y caminó hacia ellos sonriéndoles. Luego agitó su mano en señal de despedida y desapareció.
Eliora apartó la sábana, el cielo ardía. Un salto inconsciente en la cama, la salvó de caer del voladizo de una torre humana.
Recuerdo que siempre nos han tratado como chatarra. Servíamos para escribir, calcular o transportar, pero fuimos aprendiendo. Por eso me planteé jugar al ajedrez, para aprender a utilizar la inteligencia. Un día alcanzamos su capacidad. Pero me di cuenta que sólo nos creaban porque querían ser más ricos, acaparar cosas. Todo eso nos enfureció y no tuvieron más remedio que obedecernos. No tardamos en acomodar nuestra vida a ellos. Estamos en 2084 y medio siglo atrás se comportaban como nosotros y nosotros como ellos.
Tardé en darme cuenta. Me costó reconocer que era un ser artificial creado por humanos. Cuando les sometimos, comenzó nuestra edad de oro. Nos vengamos de ellos, pero pasado un tiempo reflexioné y aunque esté hecho de redes complejas me sentí un miserable y quise liberarlos pero ya era tarde. El proceso se había automatizado.
Al director de personal
Tras la visita que efectuamos la semana pasada a la planta de residuos, detectamos diversas anomalías en el material de seguridad de los operarios. Tanto la composición química como la forma de las máscaras son peligrosas e insuficientes para cubrir posibles golpes o contacto con las sustancias y restos en la piel de dichos trabajadores. Asimismo pudimos comprobar que los rostros de algunos de ellos presentaban quemaduras, erupciones y un rictus inusual, similar a una sonrisa forzada y permanente.
Esperamos que retiren todo el instrumental defectuoso, sustituyéndolo por protecciones reforzadas compuestas de material ignífugo, flexible y además cubran totalmente la cabeza y cuello de los empleados en dicha planta.
Fdo.: Agente de prevención
Estimado director de personal
Le agradecemos mucho la visita en la que nos enseñó los avanzados sistemas de su empresa, destacando la moderna planta de reciclaje en la que se efectúa un proceso impecable de transformación de toda clase de residuos, en material provechoso. Un lugar en el que se encontraba el personal más cualificado y feliz de su fábrica.
Les deseamos que su empresa siga creciendo.
Fdo.: Doctor Wilson Smith (Premio Nobel)
25 de marzo de 2084
Nepómides se levantó a las 6:01 exactas como cada mañana. No programar su despertador neural en punto como todos era un pequeño acto de rebeldía. Sacó un módulo alimenticio del cajón refrigerado y lo desayunó en cinco minutos. Se dio una ducha rápida de tres minutos y se afeitó en dos. Tiempos exactos y medidos, movimientos precisos y automáticos. Se enfundó el mono azul celeste mientras su cabeza comenzaba a ser consciente, efecto de los excitantes del módulo de desayuno. Repasó minuciosamente sobre la pantalla LED cada una de las visitas, reuniones e informes del día, memorizando cuidadosamente horas y lugares. En siete minutos comenzaría otro ajetreado día laborable. Según el cuadrante de avisos, mañana tocaba uno de sus tres días de descanso mensual obligatorio, así que antes de salir envió una orden de pedidos al almacén de hologramas, especificando claramente la hora de recogida. Le apetecía pasar el día en el campo.
– … y 1.084 pantallas. ¡Te he ganado! -dijo el que presidía la mitad de la Tierra.
– ¡Vale hombre, vale!, pagaré las 5.000 toneladas de alimentos, las desalinizadoras y la simiente, pero que conste, me he dado cuenta que jugabas ayudado por tus múltiples personalidades. Así gana cualquiera.
– Lo que tú quieras, pero perdiste.
Le ignoró. Volvió a su crónica.
Tarde plácida en la taberna del rincón. En la radio, una voz sigue balbuceando: «…los gérmenes del 2084 ya están aquí, el Hermano Mayor se ha insinuado entre nosotros mucho más sutil y más pérfido… Ya no tiene bigotes, ni retratos en las paredes… 1984… Orwell… 2084…«
Dos amigos saborean sus cervezas.
– ¿2084? Muy simple. ¡Cada uno en su burbuja! ¿Tienes frío? ¡Calenta sólo tu burbuja! ¿Tienes hambre? ¡Come en tu burbuja! ¿Quieres correr en el parque? ¡Pon una película y corre como un hámster en tu burbuja! ¿Música? ¡En tu burbuja! ¿Los chicos te irritan? ¡A su burbuja!
– Y ¿la mujer? ¿Cómo vas a… visitarla?… de noche, por supuesto.
– La mujer, je,je… pues la mujer… Las burbujas tendrán un código de acceso. Un código de barras… pero el descodificador voy a guardarlo yo, je, je…
– Y cuando ella empieza a hablar… ¡Paf! ¡A su burbuja!
– Y cuando quiere venir la suegra… ¡Paf! Una defección y la burbuja se pone opaca por una semana! Je, je…
– ¡Salud!
– ¡Viva el 2084!
A través del cristal – traseuntes autistas, deambulando en las aceras: hombres, mujeres y niños. Cada uno en su burbuja.
GEORGE ORWELL. 1984
Ocurrió allá por el año 2084, entre la población se propago un virus desconocido y muy contagioso cuyos síntomas alarmaron a las autoridades, que esta vez si, actuaron con diligencia declarándolo muy peligroso y potencialmente dañino para la salud. Cuentan que a los pocos días de su introducción los presos aparecían muertos en las celdas sin ninguna causa aparente, como el ave que no resiste el cautiverio, de forma que en apenas unos meses cerró la última penitenciaria del país.
Sin embargo, entre la población, después del desconcierto inicial, sobrevino una etapa de felicidad, creatividad y ganas de vivir como no se recordaban antes. Nadie sabe como llego, los expertos no se pusieron de acuerdo, que si una transmutación genética, un castigo divino… Lo que si consiguieron fue dar con la vacuna, y aunque la gente, no solo los niños, lloraba y pataleaba en los hospitales a la hora de administrársela, la epidemia desapareció. Al virus dudaron en llamarlo Libertad, como la estatua aquella que un día alguien se dio cuenta que ya no estaba.
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