¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Tenemos un calendario intenso para los próximos 40 días… Para que vayáis haciendo un hueco en vuestra agenda os adelantamos algunas citas (alguna es aún provisional) que no deberíais perderos…
En unos días… resultados de los relatos del mes de enero
Lunes 4 de febrero… comunicado de relatos repescados de la 2ª edición
Viernes 8 de febrero… comunicado de los 10 relatos mejor valorados en la 2ª edición.
Jueves 14 de febrero… premio mejor relato-homenaje de enero 2013
Sábado 23 de febrero (23F)… en directo, a través de chat, fallo final de la 2ª convocatoria de ENTC.
… y sábado 16 de marzo, en la librería Sancho Panza de Cabezón de la Sal (Cantabria) presentación pública y lectura de la edición “Esta noche te sueño”
No se reconocía en ninguna de aquellas fotos sepia, ni en las de blanco y negro, ni siquiera en las de color. Escrutó ansiosamente todas las caras encerradas en el grueso álbum, buscándose desesperada.
No era aquel bebé con puntillas, no era aquella niña con vestido de organza. No era la colegiala uniformada de gris, ni la joven vendedora de la foto de empresa: no aquella novia radiante, no aquella madre sonriente, ni la mujer madura que aparecía en diversos paisajes y escenarios. Ni siquiera esa abuela que soplaba las velas rodeada de gente con gorritos de papel.
Los años habían volado, pasando de puntillas por su vida, sin dejar rastro de su verdadera imagen.
Con un bufido lanzó al suelo aquella historia ajena y miró el espejo del tocador. Ella seguía allí, dentro, asomada a sus ojos, devolviéndose la mirada.
Buscó papel y lápiz en el escritorio y comenzó a garrapatear febrilmente. Tenía pendiente hacer el único retrato fiel de si misma y de su paso por la vida.
Y no sólo el tiempo jugaba en su contra…
Siempre me había intrigado aquel retrato, que colgaba en la pared del salón de la casa de mis padres. Un sencillo marco dorado delimitaba una pintura al óleo, de grandes proporciones, realizada con una gran perfección y primor por la mano del artista.
Una mujer joven, de extraordinaria belleza, aparecía sentada, envuelta en una atmósfera sombría, mientras que en el fondo del cuadro podía distinguirse un apacible paisaje bucólico. En el rostro de la joven destacaban unos ojos de mirada intensa, que cobraban vida ante todo aquel que se paraba a mirarlos.
Pero lo que más me llamaba la atención de la pintura era la vestimenta de la dama: una toca de color marrón y de apariencia tosca, cubría su larga melena, un corpiño de vellón de lana disimulaba la sensualidad de su cuerpo. En una mano tenía una especie de báculo, en la otra, una preciosa rosa roja que rompía toda aquella sensación de tristeza y sobriedad que emanaba del cuadro. Recostada en su falda, una oveja la miraba con cara sumisa.
Un día me enteré que era la tatarabuela de mi padre y que se llamaba Pastora.
Finalmente aceptó su invitación. Tenía mucha curiosidad por ver su lugar de trabajo. Pero sentía cierto reparo, casi temor.
Veía en sus obras un trazo inquietante, quizá el color, o las formas. El conjunto le hacía encogerse un poco, como si unas manos invisibles salieran del lienzo para atraparla, quedándose a corta distancia de su rostro.
El se comportó con una amabilidad exquisita, la tomó del brazo y le enseñó sus pequeños secretos, sus paletas, sus lienzos apilados en un rincón. Y por último su obra cumbre, maestra, la más genial que nunca pensó pintar.
Antes de retirar el manto de algodón que la cubría, le reveló que se trataba de un retrato. Un retrato muy especial para él, y quizá también para ella.
Aunque no comprendió el alcance de esta revelación, asintió y le murmuró que seguro que le encantaba.
En un gesto rápido el pintor descubrió su obra. Y quedó ella petrificada ante su propia imagen atrapada en el rectángulo del lienzo.
Y esta vez unas manos procedentes del retrato avanzaron hacia su cuello y lo apretaron hasta que sus ojos dejaron de ver su reflejo en la pintura, y su boca quedó para siempre sin aliento.
Su retrato está en mi mente, la belleza de sus calles, de su espíritu, de su gente y de su fiesta.
Es un compendio de sensaciones el que llega con Enero y se escenifica en Febrero. Descubres que la distancia te hace añorar con una fuerza casi inhumana las calles llenas de serpentinas, el sonido característico del pito de caña o una buena agrupación ilegal en las calles de Cádiz trimilenaria.
De Marzo a Octubre pude convivir conmigo mismo con todo el cariño de sus agrupaciones en 2012. Fue a partir de Noviembre cuando necesité sentir la pasión de los viñeros, el sonido del 3×4 acompañado de viejos y nuevos copleros, sentir La Caleta en una copla o escuchar pasodobles conjuntados de voces perfectamente engranadas y embelesadoras.
Me mordí las uñas en Diciembre, temblé recordando temas de Antonio Martín, Martínez Ares o Quiñones entre otros y disfruté con aquellas que considero mis chirigotas y que amenizaron mis momentos más difíciles del año consiguiendo sacar más de una sonrisa y carcajada.
Y fue hace un par de semanas cuando el Carnaval comenzó de nuevo con una odisea de papelillos e ilusiones inundando felizmente de nuevo muchos corazones.
Podía percibir cualquier cosa a través de sus sentidos multiplicada por diez, pero no llegaba a comprender ninguna, como si la esencia de lo que había sido hasta entonces estuviera englobada en un nuevo orden, totalmente desconocido.
Podía saborear, como siempre, pero su paladar encontraba colores en lugar de sabores. El tacto de sus manos, de toda su piel, detectaba tonalidades en vez de texturas.
Los olores que le llegaban se desgranaban en su cerebro en forma de pigmentos y los sonidos se habían transformado en suaves pinceladas de arte que se confundían con sus poros.
Su vista le reveló la verdad y con los ojos de su intuición, ese sentido intangible, descubrió que lo que una vez fue una persona, ahora flotaba convertida en lienzo.
Durante las vacaciones estivales, mi hermano y yo pasábamos un par de días en casa de tía Clara. Nos gustaba su casa y nos gustaba ella. Siempre nos deleitaba con mil historias que nos fascinaban, hasta que ella con una palmada nos devolvía a la realidad.
Las habitaciones, estaban llenas de objetos que la tía había ido acumulando a lo largo de su vida. Pero lo que nunca olvidaremos, era un imponente retrato que presidía el salón, en el que aparecía un apuesto muchacho de mirada triste. Recuerdo que en un par de ocasiones le preguntamos por la identidad del joven, pero comprobamos como se ensombrecía su rostro y aparecía un rictus de dolor en su boca, con lo que rápidamente cambiábamos de tema. Pasaron los años y nos hicimos adultos. Un día recibimos la noticia de la desaparición de Clara, de la que nadie supo darnos pistas, y decidimos presentarnos en su casa. Curiosamente todo estaba como lo recordábamos, pero de repente vi a mi hermano que observaba fijamente el retrato, seguí su mirada y horrorizaba comprobé, como aquel rostro había mudado el semblante, y como detrás de él, una figura desdibujada pero familiar nos sonreía.
Leonardo no tenía suerte con los encargos de retratos. Casi siempre los clientes salían descontentos. No lo podía evitar, por más que quisiera, su mano y su pincel no paraban hasta dibujar seres deformes , totalmente distintos al modelo.
Un día, se acercó al estudio un hombre con un aspecto deplorable, con un rictus extraño en la cara y una enorme joroba a su espalda. En primer lugar Leonardo se negó a retratarlo; el jorobado insistió diciendo que no se asustaría al ver su retrato, además le pagaría muy bien. Leonardo claudicó, pues la necesidad de dinero era imperiosa, sólo acumulaba deudas.
Desde los primero brochazos, iba tomando forma un ser de luz de una belleza sublime.
http://ginettegilart.blogspot.com.es/
“Ya no me extraña”, oí que me dijo mientras tomo mi café y observo la luz que se enciende en el teléfono móvil que he dejado sobre la mesa. “Ya ni siquiera me dedicas una mirada, durante algún tiempo estuve tranquila, yo fui todo tu pensamiento. Tu rostro frente al mío evitaba que me desvaneciera en el oscuro túnel donde se pierden las almas que nadie recuerda”. Su tono de reproche laceraba mi conciencia y poniendo a un lado la taza con la aromática bebida, alcé mi cabeza, posé mi mirada en sus grandes y hermosos ojos, caminé hacia ella y descolgué su retrato. Le estampé un último beso y lo coloqué, junto con los otros, en el cajón donde guardo mis secretos. Leo de nuevo el mensaje en el celular: acepto tu oferta, me voy a vivir contigo.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









