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Marcela baja en la estación del centro y un fino chirimiri humedece su rostro. Lloviendo, la intención de llegar dando un paseo se desvanece; decide esperar un taxi.
Mientras aguarda, las luces de la ciudad le devuelven a la niñez: tío Ernesto vestido de mujer; su abuela ataviada con plumas como una estrella de Burlesque; tía Gilda y sus chicas…, hasta no entrar en la adolescencia no comprendió realmente a qué se dedicaba.
El taxi en el que monta recorre la ciudad hasta estacionar frente a una casa de color rosado. Tiene gracia, pues ella siempre deseó su vida en rosa.
Al situarse frente a la verja cerrada coge aire para llamar. Le abre Ernesto y, al abrazarla, la oprime fuertemente, como si intuyera algo.
La cálida bienvenida dibuja una sonrisa en Marcela. Ernesto recoloca sus pechos de mentira y la invita a entrar. Todo está como siempre, envuelto en colores imposibles; pero ella busca a Gilda, que se encuentra en una esquina del comedor, ajustándose el corpiño. Marcela respira. Medita. Va a pedírselo. Ya son 2084 días en paro. Sí. Allá va. Le tiemblan las piernas… ¿Qué dirá Gilda? ¿Qué pensará?
Y sobre todo, ¿qué se sentirá siendo puta?
Ya ha pasado otro día… Otro día que en nada se diferencia al ayer, ni al mañana… A paso lento nos dirigimos hacia el norte, huyendo de los otros clanes que en sus luchan encarnizadas por el dominio arrasan con todo aquel poblado que se encuentran a su paso.
Han pasado 2084 días desde que el mundo en el que nací murió de forma inesperada. Hace 2084 días en que la humanidad ha retrocedido miles de años para recuperar lo que un día fuimos, para así, poder sobrevivir.
Mi pueblo… Los otros supervivientes, piensan que en las frías tierras del norte encontraremos refugio. Creen que las nuevas tribus que están surgiendo se quedaran en las asoladas ciudades, dejándonos a nosotros los áridos campos. No lo sé. Es todo tan incierto, tan impredecible… Sólo tengo una cosa por cierta; la humanidad, el mundo tal y como lo conocíamos, se extinguió. Ahora un nuevo orden está llegando para quedarse. Espero que nos alejemos lo suficiente para no tener que verlo jamás.
Al hombre le ha dado sed, va a la nevera, la abre, agarra una botella y se sienta a leer el periódico, una noticia llama su atención:
“El ministerio de salud ha determinado que hervir agua, para hacerla apta al consumo, no es un método eficaz, como popularmente se ha creído, es peligroso por las quemaduras que puedan ocurrir en el proceso. También ha dictado una normativa que prohíbe la utilización de la ósmosis inversa, la venta de cloro y de otros artilugios para purificarla”.
Interrumpe por un instante la lectura y mentalmente analiza el escrito: “¡otra pendejada del gobierno y de las corporaciones dueñas de los glaciares!”. Lee en otra página: “Las bolsas de valores alcanzan alzas record motivadas por la contaminación, en el hemisferio norte, del último rio con corriente limpia. Mientras, la organización “Acuífero Guaraní” amenaza con suspender el suministro si las grandes potencias persisten en sus aprestos bélicos para ocupar la región.”
Él, resignado, sabe que esto solo significa nuevos aumentos en el precio del escaso líquido. Bebe de la botella y recuerda, incrédulo, la historia contada por sus padres, decían que: hace muchos años, antes de 2084, el ártico estaba congelado.
-Operaria Casado, es la tercera vez que acude a la cabina de reposo. Vuelva rápidamente a su puesto.
La voz metálica del interfono interrumpe abruptamente mis ensoñaciones, así que trago una píldora para “entusiasmarse por el trabajo”, y regreso a mi tarea.
A la salida de la oficina, pienso acudir a un salón de máquinas de la felicidad para conectarme un rato, cuando mi marido me localiza con el “rastreador” del móvil.
-¿Qué haces en la calle 23, no sabes que hoy es el cumpleaños de mamá?
Rápidamente meto en mi boca la pastilla de “cumplir con las obligaciones” y acudo a la casa de mis suegros.
Allí, más de lo de siempre cuando critico la política del gobierno por subirle el IVA a las substancias químicas: “En nuestros tiempos, teníamos que soportar las frustraciones sin tener que acudir a esas pastillas que ahora usáis para todo y bla, bla, bla…
Voy al baño para, sin que nadie se entere, tragarme la pastilla de “tengamos la fiesta en paz”
Ya en la cama, añado a la leche unas gotas de “sueños felices” y siento como un cálido agradecimiento inflama mi corazón. Amo los laboratorios farmacéuticos.
¡Feliz Año Nuevo, queridos conciudadanos!. A continuación, su Amado y Supremo Presidente, a través de las ondas de Radio Difusión Interestatal Universal, procederá a pronunciar su tradicional discurso de entrada de año:
“¡Felicitaciones, conciudadanos! Por fin hemos alcanzado el año 2084, a pesar de las voces agoreras que, en diferentes ocasiones, pronosticaron el fin del mundo. Hemos superado crisis, guerras y bancarrotas. Hemos tenido que caer y levantarnos nuevamente. Reconstruir ciudades y edificios. Reformar leyes y reglamentos. Derruir y construir barreras y fronteras. Pero todos los escenarios recorridos nos han hecho ver que la verdadera esencia de la Paz Social se encuentra en la Igualdad entre congéneres.
Por eso podemos decir, queridos y apreciados conciudadanos, sin miedo a errar, que por fin, en el año 2084, hemos conseguido la Igualdad. Hoy podemos decir, sin miedo a errar, que \»todos los ciudadanos son iguales, pero algunos ciudadanos son más iguales que otros\». ¡Feliz año nuevo!”
Situado en perfecta posición paralela a la parada del autobús, el largo ciempiés que dibuja una treintena de pares de pequeñas piernas comienza a desplazarse de manera ordenada al acercarse el vehículo escolar. Uno, dos; uno dos… los niños se dejan engullir por las fauces del gigante de metal y se van colocando en su asiento… niño, niño; niña, niña… El autobús despega con sus pequeños pasajeros a bordo y en menos de lo que se tarda en enviar un whatsApp, la nave llega a su destino, un lugar llamado “Museo”. Los niños abren sus focos interrogantes examinando el edificio, tocan el rugoso material de su fachada: “Es piedra”, explica el profesor. Traspasan, asombrados, una puerta de apertura manual. En una sala varios niños se arremolinan ante unos cuadros: “Es como el fondo de escritorio de mi ordenador”, reconoce uno. La última sala está presidida por un atril. “Es un libro”, aclara el guía del museo. “Es como pasar de una pantalla a otra”, añade, moviendo aquel extraño y fino material llamado papel, plagado de letras y números. El guía pregunta por qué se extinguieron: “Porque tiene más de 140 caracteres… y eso está prohibido”, responden al unísono los niños.
Miró su reloj, casi desgastado por la vista, había tardado 9 horas en cruzar el atlántico; cuando llego a tierra firme eran las 12.35 , recorrió el pasillo interminable, contando los pasos, unos 2084, mostró los papelitos que acreditan un sueño, se fue a la correa, sumando las reales y las imaginarias, contaría unas 2084, pero se aseguró que la suya cargara más paroxismo que indumentaria, a la 1: 09, lo vio, con su camisa marrón, con el número 5 en el lado derecho, 2084 segundos en tierra firme habían transcurrido, 2084 segundos, para encontrarse con: 20 lunares repartidos en su espalda, 8 puntos de una antigua cicatriz en su rodilla derecha y 4 cojines en el sofá de aquel salón, que ya esbozaba una mueca.
Cada vez que oía hablar del numero 2084, un sudor frío me recorría la espalda. No era el matón al uso, no, era más bien de complexión pequeña, aunque de extremidades largas y desmadejadas, como añadidas a posteriori a aquel cuerpo enjuto, de rostro ratonil ;pero su mirada acerada y su pasado delictivo ,era más que suficiente para hacernos bajar la vista.
En la penitenciaría se hablaba de sus abusos y en el comedor se contaban anécdotas perversas, para los menos épicas, que mostraban a pie juntillas la catadura moral del individuo.
Un aciago día quiso la casualidad o el destino que nos juntaran en el grupo de talleres. Sentí que me agarraban por el hombro, para descubrir, a aquel personaje de mirada cínica tendiéndome su mano . Mientras manejábamos la canteadora y con una sonrisa siniestra, empezó a hablarme sobre la vida en su barrio (que era el mío ) y de su infancia, para terminar identificándose como “El Rata”, sí, aquél del que nos mofábamos al salir de clase, al que hacíamos toda suerte de perrerías y al que yo personalmente había apodado así.
Sólo era cuestión de tiempo y de eso teníamos de sobra.
Deja caer pesadamente el manoseado volumen de «2084 hechizos» sobre la mesa de la cocina y se levanta una polvareda que le hace estornudar. Se restriega la nariz y con los dedos pringosos empieza a pasar páginas: a ver, a veeer, «Encantamientos», no; «Conjuros de muerte», tampoco; «Sortilegios»… ¡Ah, aquí está! «Filtros de amor». Y con una risotada se entrega a la tarea.
«Un chorretón generoso de sangre de murciélago». Vaya, con la que está cayendo ahí fuera como para salir ahora de casa. Se acerca al cuervo y, mientras le rebana el pescuezo, continúa leyendo: «una pata de conejo machacada». ¡Pero si estarán todos escondidos en sus madrigueras! Y esgrimiendo un hacha sujeta al gato que se relame el hocico lleno de plumas.
Pese a la improvisación, el mejunje va tomando consistencia al fuego, aunque falta una cosa que nunca podrá conseguir.
Tijera en mano recorta tres rizos de su pubis, doncellas no quedan ya. Bueno, nadie se dará cuenta, ¿quién cree en brujerías?
Se atusa las greñas, oculta torpemente la verruga, barre el suelo para comprobar el estado de la escoba: hoy es el día de la entrega en palacio.
Pero aquel rey nunca lograría asegurar el trono.
1885, otoño; montes burgaleses, a 20 leguas del hogar; anochecía. Los padres subían agua del río.
-Simonaaa…, Balbinaaaa…
Y las pequeñas respondían desde el umbral de la rústica cabaña.
-Mamáaa…
No podían ver más allá del fuego de las hogueras encendidas a cada lado del chozo, para ahuyentar a los lobos.
De día la familia trajinaba ramas y palos de encina, que Juan y su esposa Laureana, troceaban.
Luego, había que preparar la carbonera. Un entramado de ramas mantenía enhiesto el “perico”, palo sobre el que se irían apoyando, ordenadamente, las sucesivas capas de “tastes” de encina, gruesos y delgados. Finalmente se quitaba el “perico”, dejando su vacío una chimenea central. Se introducían brasas por ese tubo y se tapaba, apelmazando con tierra, la bóveda externa del montículo. Privada de oxígeno, la cocción de la madera a 400º, comenzaba. Era necesario examinar frecuentemente la pira, tapando agujeros con tierra, so pena de echar a perder todo el trabajo.
Un descuido podía convertir aquel liviano humo blanquecino, en un infierno incontrolable.
Extinguida la hoguera, el carbón se troceaba, ensacaba, y sobre carretas se llevaban al mercado los casi 2.084 kilos, que producía cada montículo.
¡Honor a mis tatarabuelos carboneros, “montaneros ceviqueños”!
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