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Cuando despertó, el dinosaurio todavía seguía allí. Impasible, inmóvil ante los acontecimientos que le rodeaban, como si durmiera en la certeza de que nada de aquella vida podía mellar su tranquilidad.
Eloy despertó al dolor de cabeza y miró extrañado aquella mole, sin estar muy seguro de quién de los dos había equivocado el lugar donde dormir.
Porque el dinosaurio dormía ¿verdad?… ajeno al niño que le amenazaba con su pala de plástico o a los turistas que le ofrecían monedas como tributo de agradecimiento a la decoración de aquella playa.
Eloy lo miró con desconfianza y vomitó los excesos de la noche anterior sobre la arena.
—Si a ti no te importa todo este bullicio, yo podré soportarlo.
Cerró los ojos y volvió a dormirse. La playa era lo suficientemente grande para los dos.
Cuando despertó ya había terminado el viaje. Dejo sus alas reposando sobre el mostrador y un tal Pedro le entregó la llave de su habitación.
Dejó el frasco de las pastillas vacío en la mesilla. Se tumbó y esperó pacientemente a que hiciesen efecto. El sopor químico le llegó como un sopapo dejándola inconsciente. Un sueño sin sueños, un sueño en blanco satén, indoloro, sin recuerdos. Un despertar repentino le devolvió a su realidad brumosa de boca pastosa y equilibrio precario. A su lado, su marido seguía durmiendo. No era consciente de que él también se hubiese acostado. Fue a la cocina dándose golpes contra los muebles, se frotó los ojos y miró con disgusto que en el fregadero seguían los platos sucios.
Cuando despertó se encontró en la cama de su infancia. Unos cálidos brazos la acunaban y la sostenían como cuando era una niña.
-No pasa nada, mi amor, sólo ha sido una pesadilla.
De nuevo se hallaba en la habitación de su niñez. Su madre, que hacía tantos años ya que había fallecido, estaba junto a ella, calmándola. Se sentía pequeña, ingrávida y cristalina. No entendía nada. ¿Regresión a la infancia?, ¿un sueño en el interior de otro? o ¿sería, tal vez, la muerte?
Se volvió a acurrucar en el regazo materno, aspirando aquel aroma tan querido, sin importarle despejar los enigmas.
Sin duda aquello era el paraíso.
Cuando despertó sintió frío, imágenes oníricas inundaban su mente, le inquietaban.
En un impulso de valentía, intentó levantarse de la cama y comenzar el día. Allí, fija, estaba ella, una mujer tumbada en la nieve; ¿Por qué?, ¿Qué la hizo caer?
De nuevo se acurrucó en su cama. Se giró y miró a su lado, como amor deshojado se desprendía el olor a soledad, y recordó otros momentos cuando el calor llegaba desde allí, podía abrazar su cuerpo y sentir su pecho fuerte, sus brazos prestos que le devolvían el abrazo y la vida cambiaba de color; el sol sustituía a la oscuridad, la brisa llegaba fresca y limpiaba la habitación de cualquier resto de miedo; las sonrisas iluminaban y el mar se vestía del color de sus ojos. Su pecho se ensanchó en un amplio suspiro, sí, no había sido un sueño, él existió.
La mujer del suelo se levantó y la miró con sus ojos vacíos, en la nieve un rastro de sangre revelaba que ya nada volvería a ser realidad. Recordó esta vez la traición, la impotencia, el dolor, él, inerte sobre el blanco manto, y su desesperación. La nieve fría bajo su cuerpo la despertó.
Abrí los ojos. Una mujer con pijama verde entró en la habitación y dejó caer la bandeja que llevaba en la mano. Al instante volvió acompañada de tres hombres con bata blanca que me exploraban con mucha curiosidad. Empecé a recordar… la calle… el semáforo… el autobús que me viene encima… Al rato apareció Tomás, casi no le reconocí, tenía el pelo cano y la sonrisa llena de arrugas, ¡cómo ha podido hacerse viejo en tan poco tiempo!
Ayer volvió con dos mujeres jóvenes, dice que son las niñas, pero no le creo, Clara está aprendiendo a leer y Nuria aún lleva pañales. Sospecho que me quieren volver loca y simulan hablar por teléfono con unos aparatitos pequeños y planos que suenan y se encienden, piensan que no me he dado cuenta de que son de mentira, ¡si no tienen cable!
Hoy han vuelto las jóvenes llamándome mamá y contándome patrañas: que si tiraron el muro de Berlín; que si hay un negro en la Casa Blanca; que si llevo veinticinco años dormida… Cuando despierte de esta pesadilla, correré a abrazar a mis niñas y nos iremos juntas a jugar al parque.
Los seres extraños le persiguen. No quería gritar. La madre tenía el sueño ligero. Delirium debido al consumo de drogas, lo sabía. Luchó todo lo que pudo. No podía recordar cómo había llegado a la casa, pero estaba seguro de que uno de ellos también entró. Se tambaleó. El animal cayó sobre él. El peso en su garganta le asfixió. Recordó el estilete. Los gritos se confundían. Trató de recuperar la lucidez. La sangre goteaba. Cuando se despertó, sólo una cosa podía entender: que mató a su padre.
Se durmió soñando con «él».Cuando se despertó chorreaba amor. Abrió los ojos y vio su presencia pesada y enorme ocupando la cama.Se levantó con sigilo.En silencio pasaría el día, modo fantasma, de puntillas, acomodando el paso al suyo, evitando tropezar para no despertar su ira.Casi envidia a las mujeres que pueden mostrar sus moratones.Sus heridas y cicatrices están escondidas en los recónditos y múltiples repliegues de su alma, detrás de una sonrisa mecánica, limpia máscara de mujer «feliz«.Es una sombra y sólo desea ser invisible a su mirada despectiva, que cuando se posa en ella le recuerda con gozo que nunca, nunca la dejará ir…
En una tumba atada con un cordel a una campana sin badajo, como en una novela de Mary Higgins Clark.
Temblando, pasa el día, añorando la noche porque cierrra los ojos y sueña con»él«.
Cuando despertó apenas podía moverse, maniatado, sin un atisbo de luz, el cuerpo entero en calambres, dentro de un cubículo con olor a astillas, a humedades, a resina amarga.
Se aventuró a estirar los miembros, en vano, a voltearse sin conseguirlo, mientras escuchaba la enloquecida carrera de unos pies que se acercaban, los gritos de “¡papá, papá, mira lo que me dejaron para mi cumple!”, y se imaginó la sonrisa del viejo revolviéndole el cabello a su retoño, y quiso pedir que le sacasen de allí, por dios, que le quitasen al menos el trapo que le ocluía la boca, pero le resultaba imposible.
A continuación sintió un júbilo de papeles rasgados, un forcejeo de tablas y cerraduras, y entonces se hizo la luz, la claridad intrusa, violenta; después palmadas alegres y una voz enojada, clamando: “¿pero cómo se te ocurrió traérselo vivo?”, seguida de titubeos, de excusas, “mujer, así la carne se conserva mejor”.
Y él, entre tanto, jefe de una importante caja de ahorros, lo escuchaba todo con ajena indiferencia, aún sumido en su barbitúrica hipnosis; lejos, por suerte, de discernir los confines entre la realidad y el sueño; entre el cuchillo afilándose y el pitido del despertador.
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