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Cuando despertó, los rayos de luz se empezaban a colar tímidamente entre las rendijas de la persiana, olía a silencio. Me acerqué a su cuarto, le ví sentado en la cama con el pelo revuelto restregándose los ojos soñoliento, poner los pies sobre el suelo, apenas mide un par de palmos.
Avanza por el pasillo en busca de los restos de la Navidad que ya se ha escapado por la ventana arrastrada con prisas por el calendario.
De puntillas sobre la gran mesa del salón, apoya las manos intentando alcanzar alguna figurita del belén que ha quedado rezagada, una oveja sin patas, una cabeza desmembrada, un camello abandonado, el musgo seco que deshace entre sus dedos y tira al suelo.
la ilusión ha ido desapareciendo de su rostro, busca el árbol, solo halla el esqueleto, sin adornos, sin luces que yacen en una caja abandonada en una esquina del salón.
– Mamá ya no hay nada!!- me grita con los ojos abiertos como platos,mirándome fijamente. – ¿Volverán?
– Si, volverán cada año, mientras tú quieras con ilusión que exista la Navidad.
Cuando despertó, notó que había habido un nuevo amanecer, pero vio, así mismo, que el rojo había tornasolado a un sucio, entre violeta y marrón, como las pesadillas———-Cuando despertó, todo, por lo demás, seguía invariablemente igual. Había estupidez en los famélicos ejércitos de las lujosas avenidas, los cangrejos de las chisteras seguían retrocediendo y el amor continuaba necesitando de muletas y mamporrerías———-Cuando despertó, las hormigas se habían tumbado a la bartola y las cigarras cantaban, con melodías elegíacas, salmos que anunciaban el fin de los mundos conocidos———-Cuando despertó, las mujeres llamaban a todos los hombres de tú a tú y se escondían de la luz, impregnadas de un nuevo y solícito paradigma———-Cuando despertó se dio cuenta que era la quingentésima vez que lo hacía, y todo seguía igual, todo estaba construido de las mismas partículas difusas———-Por eso, cuando despertó, cerró los ojos, ladeó la cabeza y se volvió a dormir———-Cuando despertó, volvió a dormirse para siempre.
Papá se mesa las barbas intentando hacer desaparecer las canas. Mamá se maquilla frente al espejo poniendo caras ridículas. Aquí nadie quiere hacerse mayor, pero a mí me obligan a comerme las acelgas y las espinacas, porque así, dice mi madre, he de hacerme un hombre. Lo mejor es el abuelo, a ese ya todo le da igual. Hoy cumple años, tiene una gran colección de ellos, por eso dice que uno más no le importa. Le hemos regalado una bufanda, unos guantes y una radio nueva. La radio imagino que es para que no se encuentre sólo. Cuando el día se acabe, el dinosaurio, dice mi padre, volverá a su sitio. Son las ocho, el abuelo se ha quedado triste mirándonos por la ventana del asilo. No pienso comer más verduras.
Cuando despertó, estaba como nuevo. No notaba molestia alguna, ni siquiera unas mínimas agujetas o un leve dolor de cabeza, nada. En la penumbra buscó manchas en su piel, pero no encontró ninguna, salvo unas cuantas cicatrices limpias que no le incomodaban en absoluto. Se sentía más joven, incluso olía bien. A pesar de encontrarse solo, se pudo incorporar fácilmente. La recuperación había sido milagrosa y las piernas le sostenían con fuerza. Todo indicaba que la operación había resultado perfecta.
Recordó fugazmente los detalles de los últimos días, las palabras que había pronunciado, el esfuerzo final… En ese preciso instante, de pronto, lo comprendió todo. Todo cobró sentido. Por fin se habían acabado las dudas. Se hallaba seguro, pleno, probablemente feliz.
Despuntaba el alba cuando salió de aquel oscuro lugar. Hacía tres días que no veía a nadie y quería reunirse con su madre y los suyos, decirles que estaba bien. Además, tenía hambre. A la primera persona que encontró fue a María Magdalena.
Le aseguró que allí la encontraría. La biblioteca era una cordillera interminable de tomos olvidados e historias huérfanas, todos los libros que alguna vez se hayan escrito y, por prodigioso que pueda sonar, los que están por escribir. Ojeó escéptica al principio, pero como suele suceder, se sumergió hasta casi quedar sin aliento en pasiones y desdichas, teorías agnósticas y místicas leyendas. Después de leer y releer todos y cada uno de los libros, seguía sin encontrarla. Furiosa e indignada volvió con el falso oráculo. Lo encontró absorto en la lectura de un volumen que le era desconocido. -Debe ser ése – pensó. Se dirigió con paso firme hacia él y le exigió ver el libro. – Sí, aquí se encuentra lo que andas buscando. Te lo entregaré gustoso, pero quiero algo a cambio. Quiero que me entregues al ser que crece en tu interior- le dijo señalando su incipiente vientre. Horrorizada contempló como el sabio transmutaba en un ser diabólico.
Intentó correr, pero el terror la tenía presa. En el último instante se despertó. Torpemente se dirigió al baño, frente al espejo se preguntó si realmente había perdido la esperanza. Acarició su vientre y dijo, jamás.
Ausencio se detuvo un instante y murmuró a su perro. Hablaba solo. El viento había enmudecido y la tarde, perezosa, quería a toda costa desembarazarse de la luz. “Viento seco”, anunció a su vecino, que como un rayo pasó sin mirarle. Tropezaron. Tras el encuentro, el bastón cayó sobre la acera dejando al anciano a merced de sus fuerzas. De regreso a casa, en el buzón encontró varias cartas. En uno de los nichos asomaba un gran sobre y optó por extraerlo de la punta. Se lo daría mañana. “Tal vez quiera charlar del incidente o aceptar un café”. Al menos hablaría con alguien.
Al día siguiente, cuando despertó, no iba a olvidar lo único que de especial debía hacer sin falta: subiría a entregarlo. Con dificultad, subió las escaleras, golpeó la aldaba y esperó. “No están. Vamos, Laika!.” Y la carta decía : “….ha sido usted seleccionado para ocupar el puesto de trabajo. La entrevista tendrá lugar mañana a las 08:30 h. De no ser así…»
A lo lejos se oyeron las doce en las campanas y él se alejó esperando ver aparecer por la avenida al que, a buen seguro, sería un nuevo amigo.
Siempre le gustó el sonido de la lluvia en las ventanas. No por pereza ¡en absoluto! El golpeteo en el vidrio pulsaba en él un resorte para la acción. Salir al exterior para comerse el mundo. Cuando despertó tuvo la misma sensación de otras veces, pero no salió del lecho: ella seguía allí, a su lado.
Cuando despertó, las palabras seguían ordenadas, conformando una extraña frase de siete palabras y una coma espacial. Las volvió a leer con los ojos pegados y le daba la sensación que no era una simple frase que ese “todavía”, le daba la temporalidad del texto finiquitado y acabado. No se lo podía creer, pero tenía claro que había realizado el cuento más corto de la historia. Aún incrédulo por su descubrimiento, decidió irse a dormir. Ya se levantaría al día siguiente para saber que aquel escrito no era el resultado de un sueño. Ni siquiera el afán literario de un pequeño duende.
Al despertar, fue en busca del manuscrito abandonado la noche anterior en su escritorio. Lo volvió a leer y sonrió. Efectivamente, el dinosaurio seguía todavía allí, cuando despertó.
-¡Por allí resopla!-gritó el marinero acodado a mi lado en la chalupa.
Brincábamos sobre olas enormes, en pos del animal más bello que vieran mis ojos. El arponero preparó la saeta y los músculos del brazo se le tensaron como cuerdas de violín.
Cuando el monstruo cabalgó sobre la siguiente cresta de espuma, dejando al descubierto su costado, el cazador lanzó la muerte desde lejos.
El acero templado penetró en su carne como mantequilla, hundiéndose hasta el mango.
Yo baldeaba la soga del arpón para que no se quemase, mientras ésta volaba arrastrada por el cetáceo.
-Sigue así, pequeña Jane-gritó el timonel animándome. Era la primera mujer enrolada en un ballenero y deseaba hacer carrera en la mar.
La ballena viró en redondo súbitamente, abalanzándose contra el bote. Su resoplido se hizo intenso, ensordecedor. Lo último que pude ver fue la mole gris que nos sepultaba bajo las olas para siempre. Sentí toneladas de presión sobre mi pecho.
Entonces fue cuando desperté sobresaltada, bajo el peso de mi marido, que resoplaba roncando con un auténtico ballenato.
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