50. ¡QUÉ NERVIOS!
¡Qué nerviosa estoy! El nuevo compañero de contabilidad está a punto de llegar y quiero que me vea radiante de guapa. Es que está muy bueno. ¡Joder, he olvidado alisarme el pelo! Claro, como últimamente me recojo el pelo en una coleta. ¡Hostias! Ya me he vuelto a manchar con el café de la máquina. Calma, es una mancha pequeñita; lo mismo no la ve. ¿Se fijará en mí? Seguro que en la primera que lo hace es en la lagartona de facturas, siempre luciendo, ceñida, su cuerpo de gimnasio. ¡Eso es! Mañana traeré los zapatos de tacón para parecer más esbelta.
¡Qué nervios! Ya ha llegado y avanza por el pasillo. Me siento sobre la mesa con el mismo cruce de piernas que Sofía Loren. El chico llega hasta mi posición y le dedico la mejor de mis sonrisas. Me devuelve un corto y avergonzado saludo mientras hunde los ojos hacia abajo, y yo no sé si está mirando la línea sexual de mis piernas o la carrera que adorna la media.
Es que eso es la incertidumbre: la puñetera manía que tiene el cerebro de iluminar nuestros defectos cotidianos en los momentos menos apropiados.


¡Hola, Javier! ¡Bienvenido! Ya era hora de que pasaras por aquí.
Cuánta razón tiene tu relato, cuando mejor quieres estar te ves todos los defectos. De todas maneras, en un entorno laboral priman otras cosas para ligar, además de la apariencia. Que se relaje, sea natural, y le ayude en su trabajo. Lo demás ya vendrá por si solo.
Un abrazo y suerte.
El humor en un relato siempre da resultado. Como en este caso.
Un abrazo