Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

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74. Sesenta pares de hierro

El verano pasado me arrolló un tranvía. De no haber sucedido, hoy cumpliría cincuenta años. Pero la máquina expendedora, esa que escupía el futuro, tenía razón. O no. Era la novedad de aquella feria y a mi yo adolescente solo le interesaban los presagios de amor. Metí una moneda en su ranura y el artefacto me devolvió un papel grisáceo con una frase: “Decenas de zapatos te conducirán al amarillo fatídico en tus últimas vacaciones en autocar”. No entendí nada, aunque determiné eliminar el uso de ese transporte y del color.

Después, la vida continuó. Me casé, no tuve hijos, me divorcié. Hasta que me apunté a un prometedor viaje para singles. Un crucero fluvial por el Danubio. Debido a la sequía, el río se había vuelto innavegable. Tuvimos que abandonar la embarcación en Budapest para continuar en autocar. Intenté olvidar la vieja premonición y sosegarme.

Al bajar al muelle, los vi en la orilla. Montones de pares de zapatos en hierro fundido. Entré en pánico y corrí asustada. No escuché el traqueteo. Tampoco el clank-clank de la campana ni el frenazo. Solo sentí contra mi cuerpo el impacto del tranvía amarillo.

17 Responses

  1. Pilar. C

    María, muchas veces es mejor quedarse en la incertidumbre y no saber. Por lo menos tu protagonista pudo disfrutar de una vida más o menos normal sin imaginar su fatídico final. Me ha encantado que lo hayas relacionado tan bien con el monumento «zapatos a la orilla del Danubio», en homenaje a los judíos masacrados al final de la Segunda Guerra Mundial.
    Muy interesante el punto de vista y cómo lo cuentas.
    ¡Felicidades!

    1. María Gil

      Muchas gracias, Pilar. Desde luego, mejor no saber porque tu propia conciencia, o tu inconsciente, te puede conducir a ese futuro prefabricado.

      Un abrazo

  2. Al principio de esta semana tuve la oportunidad de conocer Budapest, el Danubio, los zapatos metálicos en memoria del genocidio a los judíos y los tranvías amarillos. Por fortuna, la premonición no iba conmigo.
    Excelente, como siempre.
    Suerte, María.

    1. María Gil

      Ufff, que miedito me estabas dando. Menos mal que esa premonición tenía otro destinatario. Espero que disfrutaras mucho de tu viaje. Gracias por comentar.

      Un abrazo, Rafa.

  3. ¡Qué historia tan bien hilada!
    El recuerdo al genocidio en Budapest me lo contó mi hija, que estuvo allí de interrail… brutal.
    En cualquier caso, mejor no preguntar por el futuro para no tener ese «y si…» en la cabeza toda la vida.
    Un abrazo,
    Carme.

  4. Ángel Saiz Mora

    Cuando escuchamos o leemos una premonición, siempre queda la incertidumbre, aunque sea breve, de si se cumplirá. Esos zapatos metálicos en Budapest son el recuerdo de un horror que no debería repetirse, pero tampoco tenemos esa certeza, por desgracia.
    Original y bien contado, una certeza en tus letras.
    Un abrazo y suerte, María

  5. Debe pesar mucho llevar encima durante tantos años una premonición de ese calibre, pero tu relato me recuerda las profecías autocumplidas: de no haber hecho caso, seguramente no habría ocurrido nada.
    Buen micro, María, mantiene la tensión hasta el crudo final.
    Abrazote.

    1. María Gil

      Seguro que nada de nada. Solo que se habría tragado un montón de kilómetros en autocar en lugar de hacerlo en barco. Tengo una amiga que siempre iba a un tarotista en El Retiro. Qué miedo me daba. Pasase lo que pasase siempre decía que el futuro sucedía tal y como él le había dicho en las cartas.

      Abrazo grande.

  6. Gema Herráez

    Es la crónica de un accidente anunciada. Se intuye ese final desde la predicción pero no por eso pierde valor la narración. Consigue mantener la expectación y la incertidumbre sobre el final que impacta igualmente .
    Un abrazo

    1. María Gil

      Sí, el final está ahí desde la primera frase. Sorpresa desde luego que no hay jejeje. Ahí está ese tranvía amarillo para llevársela por delante. Muchas gracias por comentar, Gema.

      Un abrazo.

  7. Rosalía Guerrero

    Ejemplo perfecto de la profecía autocumplida: sin profecía no hubiera echado a correr asustada, hubiera mantenido la calma y el tranvía no la hubiera arrollado.
    Del micro, me sumo a los comentarios y añado que me gusta mucho el inicio con su narradora muerta. Atrapa.
    Ah, y me ha encantado escucharte en REC. Qué guay. ¡Nos vemos el finde!
    Un abrazo y suerte.

    1. María Gil

      Sí, nos vemos en Mérida que va a estar genial, seguro. Y en REC, con los nervios, no sé ni lo qué he dicho. Jajajaja. Hasta este finde.
      Un abrazo

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