74. Sesenta pares de hierro
El verano pasado me arrolló un tranvía. De no haber sucedido, hoy cumpliría cincuenta años. Pero la máquina expendedora, esa que escupía el futuro, tenía razón. O no. Era la novedad de aquella feria y a mi yo adolescente solo le interesaban los presagios de amor. Metí una moneda en su ranura y el artefacto me devolvió un papel grisáceo con una frase: “Decenas de zapatos te conducirán al amarillo fatídico en tus últimas vacaciones en autocar”. No entendí nada, aunque determiné eliminar el uso de ese transporte y del color.
Después, la vida continuó. Me casé, no tuve hijos, me divorcié. Hasta que me apunté a un prometedor viaje para singles. Un crucero fluvial por el Danubio. Debido a la sequía, el río se había vuelto innavegable. Tuvimos que abandonar la embarcación en Budapest para continuar en autocar. Intenté olvidar la vieja premonición y sosegarme.
Al bajar al muelle, los vi en la orilla. Montones de pares de zapatos en hierro fundido. Entré en pánico y corrí asustada. No escuché el traqueteo. Tampoco el clank-clank de la campana ni el frenazo. Solo sentí contra mi cuerpo el impacto del tranvía amarillo.


María, muchas veces es mejor quedarse en la incertidumbre y no saber. Por lo menos tu protagonista pudo disfrutar de una vida más o menos normal sin imaginar su fatídico final. Me ha encantado que lo hayas relacionado tan bien con el monumento «zapatos a la orilla del Danubio», en homenaje a los judíos masacrados al final de la Segunda Guerra Mundial.
Muy interesante el punto de vista y cómo lo cuentas.
¡Felicidades!
Muchas gracias, Pilar. Desde luego, mejor no saber porque tu propia conciencia, o tu inconsciente, te puede conducir a ese futuro prefabricado.
Un abrazo
Al principio de esta semana tuve la oportunidad de conocer Budapest, el Danubio, los zapatos metálicos en memoria del genocidio a los judíos y los tranvías amarillos. Por fortuna, la premonición no iba conmigo.
Excelente, como siempre.
Suerte, María.
Ufff, que miedito me estabas dando. Menos mal que esa premonición tenía otro destinatario. Espero que disfrutaras mucho de tu viaje. Gracias por comentar.
Un abrazo, Rafa.
Curioso e interesante relato.Atrapa.
Pues si te ha atrapado, me das una alegría.
Un abrazo Edita
¡Qué historia tan bien hilada!
El recuerdo al genocidio en Budapest me lo contó mi hija, que estuvo allí de interrail… brutal.
En cualquier caso, mejor no preguntar por el futuro para no tener ese «y si…» en la cabeza toda la vida.
Un abrazo,
Carme.
Totalmente de acuerdo contigo, Carme, mejor no preguntar que nuestras cabezas, a veces, nos juegan malas pasadas.
Un abrazo.
Cuando escuchamos o leemos una premonición, siempre queda la incertidumbre, aunque sea breve, de si se cumplirá. Esos zapatos metálicos en Budapest son el recuerdo de un horror que no debería repetirse, pero tampoco tenemos esa certeza, por desgracia.
Original y bien contado, una certeza en tus letras.
Un abrazo y suerte, María
Gracias, Ángel. Eres un encanto con tus comentarios, como siempre. ¿Qué haríamos sin ti?.
Un abrazo para ti.
Debe pesar mucho llevar encima durante tantos años una premonición de ese calibre, pero tu relato me recuerda las profecías autocumplidas: de no haber hecho caso, seguramente no habría ocurrido nada.
Buen micro, María, mantiene la tensión hasta el crudo final.
Abrazote.
Seguro que nada de nada. Solo que se habría tragado un montón de kilómetros en autocar en lugar de hacerlo en barco. Tengo una amiga que siempre iba a un tarotista en El Retiro. Qué miedo me daba. Pasase lo que pasase siempre decía que el futuro sucedía tal y como él le había dicho en las cartas.
Abrazo grande.
Es la crónica de un accidente anunciada. Se intuye ese final desde la predicción pero no por eso pierde valor la narración. Consigue mantener la expectación y la incertidumbre sobre el final que impacta igualmente .
Un abrazo
Sí, el final está ahí desde la primera frase. Sorpresa desde luego que no hay jejeje. Ahí está ese tranvía amarillo para llevársela por delante. Muchas gracias por comentar, Gema.
Un abrazo.
Ejemplo perfecto de la profecía autocumplida: sin profecía no hubiera echado a correr asustada, hubiera mantenido la calma y el tranvía no la hubiera arrollado.
Del micro, me sumo a los comentarios y añado que me gusta mucho el inicio con su narradora muerta. Atrapa.
Ah, y me ha encantado escucharte en REC. Qué guay. ¡Nos vemos el finde!
Un abrazo y suerte.
Sí, nos vemos en Mérida que va a estar genial, seguro. Y en REC, con los nervios, no sé ni lo qué he dicho. Jajajaja. Hasta este finde.
Un abrazo
Hola, María
Muy bien llevado hasta ese final ¿inevitable? Quiero pensar que no lo era, que seguro que valía con mantener la calma.
Enhorabuena