Sesenta pares de hierro
El verano pasado me arrolló un tranvía. De no haber sucedido, hoy cumpliría cincuenta años. Pero la máquina expendedora, esa que escupía el futuro, tenía razón. O no. Era la novedad de aquella feria y a mi yo adolescente solo le interesaban los presagios de amor. Metí una moneda en su ranura y el artefacto me devolvió un papel grisáceo con una frase: “Decenas de zapatos te conducirán al amarillo fatídico en tus últimas vacaciones en autocar”. No entendí nada, aunque determiné eliminar el uso de ese transporte y del color.
Después, la vida continuó. Me casé, no tuve hijos, me divorcié. Hasta que me apunté a un prometedor viaje para singles. Un crucero fluvial por el Danubio. Debido a la sequía, el río se había vuelto innavegable. Tuvimos que abandonar la embarcación en Budapest para continuar en autocar. Intenté olvidar la vieja premonición y sosegarme.
Al bajar al muelle, los vi en la orilla. Montones de pares de zapatos en hierro fundido. Entré en pánico y corrí asustada. No escuché el traqueteo. Tampoco el clank-clank de la campana ni el frenazo. Solo sentí contra mi cuerpo el impacto del tranvía amarillo.


María, muchas veces es mejor quedarse en la incertidumbre y no saber. Por lo menos tu protagonista pudo disfrutar de una vida más o menos normal sin imaginar su fatídico final. Me ha encantado que lo hayas relacionado tan bien con el monumento «zapatos a la orilla del Danubio», en homenaje a los judíos masacrados al final de la Segunda Guerra Mundial.
Muy interesante el punto de vista y cómo lo cuentas.
¡Felicidades!
Al principio de esta semana tuve la oportunidad de conocer Budapest, el Danubio, los zapatos metálicos en memoria del genocidio a los judíos y los tranvías amarillos. Por fortuna, la premonición no iba conmigo.
Excelente, como siempre.
Suerte, María.
Curioso e interesante relato.Atrapa.