76 Sin norte
Vuelve a buscarla, como si insistir bastara para hacerla aparecer. Abre el cajón de Lugares, luego el de Objetos. Recorre con el dedo los separadores. No está. De su padre, que aparecía poco por casa, aprendió que el cariño podía caber en un bolsillo, doblado dentro de una cartera. Cuando nació su propia hija, una cartera no le bastó y cambió el bolsillo por archivadores.
Hace un rato lo llamó su hija. Antes de colgar, ella le recordó aquella frase que le decía cuando era niña: «Siempre hay que tener un ancla que nos sujete». Le sonó como si la hubiera dicho otro. Después se hizo un silencio largo.
No sabe dónde ubicar la ausencia del ancla sin que todo lo demás quede mal puesto. Deja el cajón a medio abrir, por si al cerrarlo se desordenara algo más. Se queda inmóvil, perdido, como quien despliega el mapa de una ciudad que no existe.

