77. Tarde de juegos
La pareja rival inaugura el contador. «¡Vaya!»
Segunda bola. Edu se confunde con el movimiento de muñeca y marca gol en propia puerta. «Perdona», susurra. «Nada, ¡seguimos!», la respuesta.
Otra bola. Se concentra en el partido. Bueno, lo intenta. No lo consigue. Se imagina que son pequeños, como las figuras del futbolín, así se podrían esconder en cualquier parte.
Con el cuarto tanto en contra, sigue fantaseando. Se fija en dos jugadores de la línea central. Ve como se sueltan de la barra y, a la carrera, se cuelan bajo la portería cogidos de la mano. Esquivan al portero, más preocupado por evitar un gol que por los desertores, y pasan a la base del futbolín. Al principio oyen de fondo los gritos de sus compañeros de equipo, reclamando que vuelvan a sus posiciones; luego nada más escuchan el latido desatado que los gobierna. Mientras se quitan camiseta y pantalón corto, llega otro gol. Ponen la ropa en el hueco para que los balones no les molesten. Ese rato es solo para ellos.
Acabada la partida, irá con sus amigos a la bolera donde imaginará que, tanto él como Santi, son bolos rodando juntos por la pista tras un pleno.


Me gusta esta relación “prohibida” de los muñecos de madera del futbolín. Sobre todo porque representan a una época repleta de tabúes y prohibiciones divinas.
Sí, puede ser una época de tabúes, o también un momento inicial de atracción donde el protagonista no sabe si Santi lo mirará con esos mismos ojos…
Momentos difíciles donde la imaginación puede avanzar más rápido que la realidad.
Muchas gracias por tu comentario, Rosa.
Un abrazo,
Carme.
La imaginación utiliza lo que tiene a mano para salir de la realidad o crear otra mejor.
Cuando la habilidad no acompaña y el éxito no llega, siempre queda la fantasía para suplir carencias imaginando realidades paralelas, a medida y mucho más gozosas, no movidas por la rivalidad.
Un abrazo y suerte, Carme
Cierto, Edita.
La imaginación siempre la tenemos ahí, ya es cosa de cada uno cuánto la ejercita y por qué derroteros le lleva.
Muchas gracias por tu comentario.
Un abrazo,
Carme.
Creo que la habilidad de Edu se ve alterada por la proximidad de Santi, que le desvía la atención hacia otro lado. Le es fácil ponerse a pensar qué le gustaría hacer con él, en vez de jugar al futbolín.
Muchas gracias, Ángel, por tu comentario.
Un abrazo de vuelta, Carme.
Carme, qué historia más chula, ese Edu imaginando que él y Santi son muñecos de futbolín o bolos… Si es que cuando te enamoras no dejas de ver al ser amado por todos lados.
Un abrazo y suerte.
Me alegro de que te parezca chula la historia. Al enamorado lo ves en todos lados y, si él no corresponde, o si los demás no lo saben, la cosa se complica…
Gracias por comentar, Rosalía!
Un beset,
Carme.
Una bonita historía que puede ser un homenaje en esta semana que se ha celebrado el orgullo gay. Y me ha encantado esa imagen de los dos futbolistas desenganchandose del futbolín para salir corriendo a materializar su amor.
Un abrazo
Pues es verdad que coincide esta celebración. Y es que, o bien no les dejan quererse, o vete a saber si Santi todavía no sabe de esa atracción que siente Edu.
Muchas gracias, Gema, por pararte a comentar.
Un abrazo de vuelta,
Carme.