17. La voluntaria
El tiempo en la residencia transcurre tan despacio que me ofrecí a organizar una pequeña biblioteca. Enseguida la llené. Algunos compañeros leían el periódico; otros, novelas que nos regala la gente que viene de visita. Las mañanas se sucedían tranquilas hasta que llegó ella con sus pejigueras: que si la novela era larga, que si aburrida, que si demasiado amarga. Harta de aguantarla, terminé prestándole un libro encuadernado en piel azul y con las páginas en blanco que apareció entre las donaciones. A partir de entonces venía a diario y se sentaba muy derecha, como embebida en la lectura. Viéndola sonreír, derramar alguna lágrima o colocar el marcapáginas antes de devolvérmelo, me ponía cada vez más nerviosa. Pero conste que lo de quemar el libro en la chimenea lo hice por su bien, para que no perdiera del todo la cabeza.
No imaginé que me quedaría sin clientela. Ahora se coloca ufana en el centro del salón, rodeada de residentes que escuchan sus palabras como si las pronunciara el mismísimo Jesucristo. Si les pregunto qué les cuenta, me hablan de unas historias maravillosas que ella asegura haber leído en un libro de tapas azules que había antes en la biblioteca.


A la mayoría se nos abre la imaginación con las buenas lecturas. A tu personaje, sin embargo, y de ahí su peculiaridad, unas páginas en blanco le han bastado para que se les desate la creatividad, eso sí que es imaginación. Los residentes prefieren esas historias que fabrica con una capacidad que igual ella misma acaba de descubrir que tenía, una oralidad que, claramente, ha superado al medio escrito, para desesperación de la bibliotecaria voluntaria.
Un relato original y muy bien contado.
Un abrazo y suerte, Elisa
Gracias, Ángel, no se puede explicar mejor. Un abrazo.
Me encanta este relato porque describes a la perfección lo que es ser un escritor. Crear de la nada y saber transmitir sus creaciones a los demás dejándolos absortos. Nos remite además, como dice Ángel, a esa oralidad, a esos primeros tiempos previos a «La Ilíada», a las historias contadas al amor de la lumbre, a los trovadores, juglares, ciegos que suplían las carencias de una población analfabeta…
Y me ha recordado una lectura que me encantó. Es un libro muy cortito de Hernán Rivera Letelier, «La contadora de películas». Te copio el pasaje, por si no lo conoces.
Un abrazo y enhorabuena.
«Alguna vez leí por ahí, o vi en una película, que cuando los judíos eran trasladados por los alemanes en esos vagones de ganado —con sólo una ranura en la parte alta para que les entrara un poco de aire—, mientras iban cruzando las campiñas olorosas a hierba húmeda, elegían al mejor narrador entre ellos y, haciéndolo trepar sobre sus hombros, lo subían hasta la ranura para que les fuera describiendo el paisaje y contándoles lo que veía al paso del tren.
Yo ahora soy una convencida de que entre ellos debió haber muchos que preferían imaginar esas maravillas contadas por su compañero, a tener el privilegio de mirar ellos mismos por la ranura».
Bueno, Rafa, me dejas sin palabras. ¡Que mi relato te haya llevado a recordar ese texto tan emocionante…! Lectores como Ángel y como tú hacen que siga mereciendo la pena pergeñar historias. Un abrazo agradecido.
Buaaa, Elisa, me ha encantado. Si las historias que leemos no nos gustan, lo mejor es inventarlas. Como nos gusta hacer por estos lares.
No voy a decir que me he sentido identificada, no tengo tanta imaginación como para tener público. Pero bueno, ahora que nadie nos oye te diré que un poco sí: en la parte de leer el libro de tapas azules.
Un abrazo y suerte, aunque no la necesitas.
Pues es estupendo que te sientas identificada con la protagonista en el poquito espacio de doscientas palabras. Pero no me extraña, porque público lector tienes y sabes encandilarlo. Un abrazo.