97. Cuentos chinos
Tras un día duro de trabajo solo ansío llegar a casa, descalzarme y quitarme este maldito sujetador; el aro me está matando.
De camino al autobús, un joven me aborda con un panfleto y me ruega que lo coja. Media sonrisa después lo meto en mi bolso. Retomo el camino y esta vez una pareja me ofrece una revista, la aparco junto al panfleto. Apenas unos pasos, una chica con unas octavillas que van a idéntico sitio. Llego al bus de chiripa y tras sentarme en la única plaza libre saco del bolso a los okupas. Apenas leo sus portadas… «Somos Tu Futuro»; «Estamos contigo»; «Con nosotros ganas», hago un maravilloso rulo con tanto pasquín —que tiraré en cuarenta minutos en la primera papelera que encuentre—, y pienso en las extraescolares de Cristina; en la rebelde adolescencia de Jaime y en su costosa cita con el dentista; en la interminable cola para el traumatólogo del mayor; en mi suegra y su incipiente Alzheimer; en la depresión de mi marido por su inminente recorte de trabajo; si habrán sacado a Golfo…
No aguantó más y me desabrocho el despiadado sujetador.


Muy bien transmitida esa sensación de incomodidad y agotamiento reales, en contraposición con las promesas edulcoradas de los panfletos publicitarios. Un puntazo ese aro de sujetador.