78. Pequeñas victorias
Un día, de niño, imaginé que tenía una bicicleta. Aquella misma tarde, el vecino llamó a la puerta y dejó la de su hijo. Dijo que ya no iba a necesitarla. No entendí por qué mis padres tardaron tanto en dejarme montarla, ni a qué venían los cuchicheos sobre la silla de ruedas del niño de al lado.
Después vino más. Fantaseé con ganar el concurso de dibujo y unas goteras arruinaron la cartulina de un compañero. Imaginé una tormenta para no ir a clase y el sótano donde vivía el conserje amaneció inundado. Hasta que pensé cómo sería si mi madre pasara más tiempo conmigo; volvió a casa con los ojos rojos y su planta de la oficina.
Desde entonces, me enseñaron a no soñar. No seas egoísta, repetían. Mi madre lo compensaba celebrando lo que ella llamaba pequeñas victorias: la habitación ordenada, las buenas notas, la cama bien hecha.
Ahora la miro en la cama, entre la mascarilla, los tubos y el pitido de la máquina. Mi padre me suplica; yo cierro los ojos con fuerza e imagino. Veo la cama vacía, hecha sin una arruga. Y siento que, por fin, hago algo bien.


Me ha gustado mucho tu relato, Lluis. ¡Encierra tantas cosas! Que todo lo que el protagonista imagina o desea se cumpla, siempre a consta de alguna desgracia, tiene su peligro, desde luego. El final es magnífico: un padre que suplica que ahora si, que por favor, sueñe. Un deseo que se cumple haciendo, en este caso, el bien.
Saludos
Un relato que engancha hasta después del final, porque no sé si la madre se cura o se muere.