64. No estoy solo
«Esquiva el golpe mortal de la espada, pero esta logra su pequeña recompensa: la sangre se escapa del cautiverio de la carne. Mas no hay tiempo para atender el dolor; la mar embravecida zarandea el barco, y los fieros piratas, acostumbrados al vaivén del viento, lo acechan. El agua salada zigzaguea por su piel hasta la comisura de sus labios; nada amilana su valor. Siempre se defiende con gallardía, su determinación es inquebrantable y…»
El último golpe es una patada en el costado.
—Hasta la próxima, marica cuatro ojos. —La invitación para un próximo encuentro queda sellada.
Ahora, el grupo de compañeros de colegio se aleja mientras la risa acompaña sus empujones de complicidad.
El niño se adentra en la biblioteca, escudriñando los anaqueles, y presto cabalga sobre los lomos de los libros en busca de otra historia: un escudo que lo proteja y que dé sentido a su dolor.
Los golpes se suceden; su rostro se refugia entre sus manos, cierra los ojos y viaja lejos. Al final, siempre es igual: ante su bravura, siempre huyen.

