¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Hace unas horas que he recibido un mensaje de LOLA SANABRIA, participante de ENTC desde sus comienzos, en el que me solicita retirar todos sus relatos, incluidos los tres que estaban seleccionados en Mayo, Agosto y Octubre; también añade que «desearía que pusieras una nota aclaratoria en la que dijeras que la eliminación de dichos relatos ha sido por decisión mía.»
Aunque ya me aportó sus razones, prefiero dejar el espacio de los comentarios para que ella, si es su deseo, lo exprese en los términos y forma que considere.
Martín perdió un día la ilusión. Sucedió cuando se lavaba la cara después de largo rato sin dejar de llorar. Para cuando quiso darse cuenta, ya se había escurrido por el fregadero. Y mientras sus padres hacían lo imposible por ayudarlo a recuperarla —que si el desatascador de goma, que si un alambre doblado en la punta, que si mejor desenroscar el sifón del lavabo antes de que la ilusión desaparezca completamente por el desagüe—, Martín se miraba altivo y sonriente en el espejo del baño. Se sentía tan mayor al saber la verdad…
La Navidad no llega de puntillas. Aún con las manos frías, entumecida y frágil, vestida de estridencia y miriñaque, se instalaba en mi casa llenando las estancias de luces y cartón.
Olía el aire a serpentinas y los confetis volaban por mi pelo como promesas recién improvisadas.
Entre lágrimas fáciles y sonrisas de niños que se iban de la mesa, se regalaban todos el cariño atrasado , y fuegos en el aire explotaban sonoros junto a uvas de colores. Mientras, en el árbol callado, los regalos dormidos esperaban mi abrazo prendidos de las ramas. A escondidas, recuerdo, yo adelanté el camello. Frente al belén, sé que una voz me dijo: “Antes de irte a la cama besa al niño, chiquilla”. Pero siempre buscaba el estanque y los patos.
Una noche una estrella – la estrella peregrina- me anunció una sorpresa. Y yo sé que la vi. Era blanca y distante. Unos días después se marchó de repente, dejando en mi recuerdo sólo el silencio blanco de la nieve. Yo tenía seis años. La llamé “Navidad”.
Unos zapatos manchados con tres pequeñas gotas de pintura verde cambiaron mi vida. Sucedió aquella Navidad, de niño, cuando los Reyes Magos vinieron por primera vez a nuestro barrio. Mi hermano y yo, que muchas veces jugábamos a ser astronautas o exploradores en África, nunca habíamos soñado con poder hablar con Baltasar, nuestro rey favorito, y ahora que teníamos la oportunidad dependíamos de que alguien nos llevase a la recepción real. Con papá no se podía contar, siempre trabajando, siempre de mal humor; menos mal que a mamá la dejaron salir antes del taller de costura y, aunque casi al final, llegamos a tiempo.
No sé si fue por la emoción o por la tensión de la espera hasta el último minuto, pero me quedé mudo y, para colmo, se me cayeron los caramelos que me había regalado Melchor. Fue al agacharme a recogerlos cuando nació mi vocación de detective. Allí había un misterio que desentrañar: papá era pintor, y Baltasar llevaba sus zapatos.
Esta Nochebuena cenamos con tío Andrés. Puntualmente, a las ocho y media nos reunimos en el portal para subir por las escaleras animando con panderetas y zambombas. Elena es la más joven, tiene dieciocho años. Termina de adornar el pino y enciende las luces, juntos cantamos “Noche de paz”. Tras alguna lagrimilla emocionada del tío, nos sentamos a la mesa, sobre la que desfila el consomé, el asado, marisco y vinos. Engullimos con avidez los alimentos entre risas y los chistes del tío. Dentro, en el salón todo es alegría y calma, fuera está nevando. Ya en los postres, compartiendo turrón y frutas escarchadas, repartimos los regalos y el tío, nos muestra su álbum familiar: fotos de navidades pasadas, cuando vivían sus padres y él era un niño. Los juguetes, las velas, en ellas se perciben la inocencia y los sueños infantiles. El tío se ausenta unos minutos del salón y yo aprovecho para sacar la agenda
– Mañana nos reuniremos en la calle Roble nº 6, se trata de un hombre de ochenta años, al que debemos llamar abuelo Felipe, si le gustamos nos contratará para el día de Reyes.
Aquella Navidad, de niño, calculé que en el 2045 yo tendría cuarenta y siete años. Me veía en el futuro, tan feliz como lo era entonces. Recuerdo a mi madre y mis hermanos adornando el árbol, un pino recién traído del monte por mi padre. Algunos regalos se repartían entonces y otros el día de año nuevo. A mí me tocó la maqueta para armar de un transatlántico, porque siempre decía que de mayor quería ser capitán. Ahora se aproxima el 2045. Ya no hay navidad, muerta como todos mis familiares junto con millones de seres en la gran guerra. Y tampoco nacen más niños.
Me gustaba observar a los gatos en el tejado. Se reunían cada noche después de la cena para departir placidamente en su idioma gatuno.
Laila la gata más hermosa, lamía sus patitas acicalando su mullido pelaje.
Un día por navidad siendo un niño, me pregunté qué había sido de Laila, aquella hermosa gatita presumida. El abuelo había vomitado la cena y yo había encontrado el collar de la minina en el patio, cerca de la cocina de mamá.
HABÍA SIDO UNA MUY-MUY MALA EPOCA… MI PAPI SÓLO NOS PUDO TRAER, PARA LA CENA DE NOCHEVIEJA, UN PAR DE CANGREJOS DE LOS MANGLARES. MI MAMÁ LOS ASÓ ENTRE HOJAS DE BANANO…¡ESTABAN MUY BUENOS! MI PADRE, CON LAGRIMAS EN LOS OJOS, VOLVIÓ A COGER LA CANOA…ME HUBIERA GUSTADO MUCHO IR CON ÉL, PERO YO ERA MUY PEQUEÑO Y ERA MUY DE NOCHE, MUY DE NOCHE…
HOY, CUARENTA AÑOS DESPUÉS, NO LLEGO A SABER CÓMO MI MAMÁ LO DEJÓ SALIR TAN TARDE.
En 1960 contaba seis años. Mi ilusión era volver a estar con los abuelos. Solo les había visto una vez y era tan pequeño que apenas les recordaba, aunque tenía la necesidad de sus manos cálidas y huesudas y sentirme acurrucado por ellos.
Esa Navidad mis padres me prometieron que los Reyes Magos nos harían un gran regalo. Pasajes en tren directo a Madrid y más tarde, otro hacía los olivos de Jaén.
Preparamos las maletas y ayudaba en lo que podía o más bien entorpecía, pero estábamos tan ilusionados que no importaba lo que hiciera. Conocí a mucha familia, recogí aceituna con todos y pude gozar del cariño de aquellos viejecitos que me dieron tanto.
Cuando terminé mis estudios, volvimos para hacernos cargo de la poquita tierra que se convirtió en nuestro orgullo.
Hoy mientras recuerdo todo esto, de nuevo me dirijo a ese país a ganarme un sueldo. La ventaja es que conozco el idioma y las costumbres, los amigos y parientes que me acompañan lo tienen más crudo.
La fría noche obliga al caminante a buscar refugio entre los establos del lugar, cansado se recuesta plegando sus alas; mecido con el murmullo de bueyes y mulas, sueña con un niño que tiene el Universo en los ojos y los pies en la Tierra. Dios de los mendigos, del pan y el hambre; Hijo de los hombres atormentados, afligidos, perseguidos.
Un niño con cicatrices en la frente y una eterna llaga en el costado.
Despierta sobresaltado, se pone en pie, Egipto le espera.
Aquella navidad, con treinta y dos años, disparé a mi padre por la espalda. Fue en un callejón a trescientos metros de mi antigua casa. Tuve cuidado y planificación. Caso cerrado. Ningún policía se preocupó de un borracho muerto, conocido en el barrio por buscar a algún primo que le pagara unas copas en algún tugurio mugriento. Creí que la venganza me permitiría seguir adelante. Pero nada ha cambiado. Ella sigue muerta.
Aquella navidad, de niño, mi madre me regaló una pistola de juguete. Era plateada, futurista, con luces rojas y sonidos espaciales. Con esa arma disparaba a mi padre cada vez que ella recibía una paliza. El anhelo de que una bala de verdad saliera de aquel trozo de plástico se disipaba cuando él terminaba con mi madre y empezaba conmigo.
Aquella navidad, de niño, le pedí a Papá Noel, en la carta, que me regalara una mascota. Mi viejo me despertó el viernes de víspera bien temprano y me llevó al refugio de animales de mi barrio. Me dijo que allí el gordinflón del Polo Norte me había dejado mi obsequio para que yo lo eligiera. Con mi renguera que enlentecía mis pasos, vagué por los pasillos contemplando los miles de animales solitarios encerrados en las frías jaulas, hasta que me topé con el indicado. Le faltaba la mitad de una oreja, aunque mantenía en alto el extremo restante, una cicatriz le cruzaba el cerrado ojo derecho y una pata trasera brillaba por su ausencia. Lo miré por unos segundos como él hizo conmigo, cada uno sopesaba al otro.
—Este —indiqué, mientras apuntaba con un dedo en alto al castigado espécimen.
—¿Seguro? ¿No quieres uno… perfecto? —me preguntó con una leve vacilación en la voz.
—Este es perfecto para mí —afirmé, mientras pensaba que ya sus amigos no lo elegirían para jugar al fútbol ni lo invitarían a andar en bicicleta.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









