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Yo no entendía porqué decían y repetían hasta la saciedad que aquel sería el año de las mujeres. Quizás por eso no me sorprendió que aquella navidad, de niño regordinto y desnudito, la figurita del pesebre se hubiera convertido en una minicenicienta tocada por la varita de algún hada invisible.
Mamá me sonrió y papá deshizo aquel belén.
Aquella navidad de aquel año de gracia, todos los ciudadanos atendiendo a la angustiosa llamada de socorro se sintieron magnánimos, generosos, henchidos de gratitud y caridad, y fueron como pastores hacia el portal en filas, en grupos, en tropel, con lo que encontraron en el fondo triste de un bolsillo, ya ajado y hambriento, lo que recortaron de gasolina, lo que les faltaba para el comedor del colegio, lo que no gastarían en viajes a ninguna parte, a ofrendarlo a los pobres Bancos que habían caído en ruina.
Aquella Navidad fue distinta. Aunque siendo un niño tampoco había vivido tantas, los acontecimientos determinaron que esa vez, las cosas fueran muy diferentes.
Ángel se levantó temprano, recordando las palabras de su abuela quien le había enseñado que lo más importante de la festividad no estaba sobre la chimenea, sino en el belén que su madre ponía al lado. El Niñito eran quien nacía y eso bastaba para celebrar.
Como todo crío obediente, Ángel miró atentamente las figuras de madera y para su sorpresa, halló sobre el establo un mensaje: –Fui al hospital, tu hermano pequeño me necesita, al regresar te contaré. Un beso, mamá-. Así Ángel esperó varias horas, mirando la cuna y a quien estaba en ella.
Ya de noche, oyó que la puerta se abría y vio a su madre con los ojos llenos de lágrimas; fue corriendo hacia ella, la abrazó y le dijo que durante todo el tiempo de espera, no había hecho más que pensar en el recién nacido. La madre entristecida, sólo atinó a decirle: -“Tenemos que ser fuertes hijo, el niño que hace poco vino al mundo, volvió con su Padre y en estas Navidades ya está con Él”-.
¡Como llovía! aquella Navidad, …de niño los recuerdos quedan grabados en el alma y , como el fuego, si te quemas, dejan huellas en la piel
Aquella mañana llegó a nuestra casa, el hermano de mi Madre, después de haber pasado la noche en el hotel tres estrellas del pueblo. Para mi, siendo un niño de ocho años, ese ¨tío¨era un perfecto desconocido, según dijo mi Madre, él era un importante hombre de negocios de la gran ciudad y, venía a exigir la venta de nuestra casa, porque era parte de la herencia que le dejaron los abuelos. Se caía como fruta madura que a ese hombre, enfundado en un impecable traje azul marino, el viaje por la vida no le había enseñado nada.
Hallábase este ¨tío¨, discutiendo acaloradamente las cláusulas con el abogado de mi Madre,cuando de repente todo cambió como el viento, el tío cayó, como herido por un rayo, en medio de esa tormenta emocional, un infarto hizo justicia familiar. No hubo flores en su entierro,ni música en esa Navidad,asi, como lo trajo la lluvia, asi la tierra se lo tragó.
Aquel diciembre, cuando tenía yo ocho años, mi padrino nos invitó a cenar a su casa para celebrar la primer posada de la temporada navideña. Como casi siempre, mamá no quiso ir, así que solo fuimos papá y yo. Después de la cena, atraídos por el ruido de los cohetes que los muchachos tronaban en el patio, salimos a ver. También allí había mucho licor y todos se veían muy contentos. Estábamos en medio de esa algarabía cuando, de pronto, papá se desplomó junto a mí y no volvió a levantarse. Yo no sabía lo que era una bala perdida, pero escuché a mi padrino decir que eso había matado a papá.
Luego del funeral, cuando hubimos llegado a casa, mamá se animó a quitarse las gafas oscuras. Me abrazó y con su voz quebrándose me aseguró que todo estaría bien. Los moretones en sus ojos ya casi no se notaban y, según me dijo entre sollozos, las quemaduras de cigarro en mi espalda cicatrizaban bien.
La ciudad está repleta de luces de colores. No bebería; pero he decidido volver al pasado, y la Navidad es perfecta.
Camino absorto entre las calles. Recuerdo. Medito cosas extrañas. Especulo si en el más allá existirá alguna bebida espirituosa o algún alucinógeno. ¿No dicen que elegimos a nuestros familiares? Pues estar colocado sería una buena razón para elegir a los míos.
Mi infancia fue caótica: tenía ocho años cuando papá decidió cambiar de sexo, mamá comenzó a prostituirse, y mi hermano enloqueció creyendo ser abducido cada noche. Mi único consuelo era mi hermana; pero murió aquella Nochebuena. Encontraron a Mara con los ojos desorbitados y los labios morados.
La Navidad y sus símbolos comenzaron a asustarme. Dejé de hablar, de comer. Nadie me ayudó. Me marché a los quince, y ahora, tras una década, vuelvo por una razón: Mara.
El destino me arranca de mis pensamientos trayéndome un aroma inconfundible. Reconozco ese olor rancio, el traje rojo, la ceja partida…, es él. Sin mediar palabra arrastro a un hombre disfrazado de Santa Claus hasta el callejón. Entonces, sin testigos, aprieto con fuerza, esperando a que sus labios cambien de color. Sí. Acabo de encontrar un sentido a mi existencia.
Otra noche mas,una noche mas.y todavia recuerdo mi primera navidad. Donde el dolor de mi corazon, sigue cobrandose mi tristeza. La mesa siempre en estas ocasiones, la visto de blanco haciendo juego con las servilletas, quiero hacer de esto el simbolo de la paz, en vez de una paloma.Yo todavia espero que aparezcan mis padres,que la guerra nos tuvo que distanciar.Aquella navidad,de niño era esperar las doce, y con mis padres abrir los regalos que papa noel nos traia. Pasaron los años…¡la mesa siempre estara igual!…hasta que parta de este mundo, con la esperanza de volver a verlos.Es el regalo que siempre espero, desde que nos distancio la desgracia. No espero otros regalos, tuve aquellos que me hicieron feliz de verdad.y parece que escucho el crujido de aquellos papeles de regalos, de colores vivos, y los moños que no queria desarmar. y escuchar, la sirena anunciando que llego la navidad, dia que nacio nuestro señor jesucristo. La mesa siempre esta en espera,pero tengo…¡la fe!…que siempre cristo estara en mi puerta, ya que el tambien vivio su propia crucificcion.

Sobre todo su final. Desde principios a los árboles les salían unos frutos como luces, caros, muy caros, frutos para solo ver. Casas, tiendas, escaparates se poblaban de figuritas, bolas y copos de nieve que referenciaban una religión, la VER-DA-DE-RA, my friend. Tristura total.
Yo, en diciembre, también deseaba lo mejor a aquellos a los que deseaba el bien, más o menos como siempre, y lo peor para hipócritas automáticos que se encarrilaban a sabiendas, conscientes, de que después de diciembre estaba el enero de otro diciembre en este puto calendario de la vida. En la resaca de la conmemoración de esa otra religión laica y atea, preparábamos las fauces para deglutir, de manera pomposa, lo que días antes podíamos haber adquirido por la mitad de la mitad de la media vida.
La víspera era la apoteosis, y las bocas lentamente manipuladas iban desgranando dimes y diretes de sordomuda y corta felicidad, y el cura de turno se llevaba a la andorga el trozo de turrón robado de otros muchos hogares en los que iban sonando, a golpe de zambomba y pandereta, los sones de un hambriento villancico para celebrar que estábamos vivos, desde aquella Navidad, de niño. . .
Aunque lo intentaba con fuerzas, por mucho que echaba la mirada atrás, no era capaz de recordar ninguna Navidad de cuando era niña.
Sólo podía recordar que había festejado esas fiestas con 14 o 15 años.
Quizás pensaba, se debía a lo precario de su economía familiar. Sólo acudían a su frágil memoria el día de Reyes, que en su hogar era sagrado, pues siempre aparecía algún regalo sobre sus únicos zapatos.
Hasta que no fue mayor de edad, no fue consciente de lo que tanto le había costado a su querida madre, su único Rey Mago, hacer realidad las inacabables esperanzas de sus cinco hijos, con tan breves ingresos.
La mujer hacía verdaderas maravillas, y cuando no tenía con que pagar los regalos, cosía vestiditos para el único muñeco que poseían, Vicentito.
Completaba los regalos con canicas, soldaditos de plástico, cuadernos y colores, imprescindibles para el Colegio, a los que añadía algún cuento, envueltos todos ellos en papeles y cintas de colores.
Sin embargo, sí recordaba que su mayor regalo habían sido unos patines, con 14 años. Pese a ello añoraba esas lejanas mañanas de Reyes, siempre llenas de sorpresa, aunque nunca se hicieran realidad todas sus expectativas.
Aquella Navidad, su madre, con el corazón roto, le sacó de la niñez con una noticia que nunca, nunca se les olvidaría. “Los Reyes Magos son pobres, hijo. Han repartido tantos juguetes a los niños que ya no les queda dinero para más. Pero no te preocupes, yo te seguiré haciendo los regalos que los Reyes no pueden traer. Lo que pasa es que mamá también es pobre. No podrá comprar lo que quieras, sino lo que necesites. ¿Lo entiendes, verdad?”
Pues claro que no lo entendía. Era un niño de siete años. No sabía lo que era la paga extra ni la crisis ni el paro. Sólo sabía que a partir de ese día la Reina Maga le iba a llenar los cajones de calcetines, pijamas, camisetas… Todo lo que pudiese servirle para capear el crudo aire del Cierzo. La Reina Maga tampoco podía pagar la calefacción.
Cada cinco de enero la abuela ritualizaba un piscolabis para los Magos: turrón del duro, tres copitas de jerez, y agua para los camellos. Tan insignes invitados apenas comían un bocado de turrón, apuraban el jerez y derramaban el agua. Fueron infalibles siempre, nos dejaban los regalos pretendidos y a la abuela… un poco piripi.
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