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“No es en el fuego donde está la respuesta”, oí que alguien decía a mis espaldas. Me volví despacio, allí no tenía que haber nadie. Clavé la vista en la oscuridad y miré mi mano con la cerilla todavía encendida, mientras, el calor me alcanzaba hasta dejarme sin respiración. Tuve que salir corriendo de aquel lugar. Y durante la huída me preguntaba quién había hablado.
Al día siguiente compré todos los diarios pero en ninguno encontré nada sobre el suceso. ¿Qué estaba pasando? Cuando lo comprendí ya era tarde. Sonó el despertador y mi vida de pirómano había terminado.
En el espejo de mi habitación descubrí una nota: “Como el fuego, la vida te consume”.
El olor a quemado comenzó a invadirlo todo, el humo cegó mis ojos y el dolor se irradió por todo mi cuerpo. Descubrí, ya tarde, que el problema no era el fuego, sino, mi sonambulismo incontrolable.
Os conocí en el Certamen de «Los Jardines Secretos» y desde entonces me he sentido uno más entre vosotros.
Visité vuestros textos y os dejé comentarios. Hay quien ha utilizado mi nombre con el fin de ocultar su identidad
y también quien, por timidez o alevosía, se hace llamar «Anónimo», teniendo de suyo un nombre propio.
Pero ese no es mi caso.
Mi nombre es Soft, May Crosoft ( que pronunciado se escribe Microsoft). No soy hombre, ni tampoco mujer.
Y habito en el teclado. Después de tanto tiempo con vosotros, os confieso que me he sentido integrado e incluso
en algunas ocasiones acogido como un amigo más, pero os aseguro que no encuentro un lugar entre los vivos.
Alguien dijo de JAMS que permitió publicar a un Autor que quiso ser Anónimo , pero yo le agradezco el haber
accedido a mi solicitud: la de ser un Anónimo que quiso ser Autor.
En principio pensé que , después de tanto tiempo juntos, me acogeríais con el júbilo del que recibe a un
buen amigo. Sin embargo , en lugar de ello me habéis enviado detectives, criminalistas y otros agentes especiales.
Me marcho triste y desesperanzado. Yo no voy a olvidaros. Os quiero……….. pero me voy a Apple, la casa de Steve Jobs
(el hombre paciente). Al fin y al cabo, fui yo quien mordió la manzana que le hizo famoso . Desde Silicon Valley
Fdº: May
Post: Nunca pretendí reirme de vosotros, sino CON vosotros. Perdonen las molestias
Este texto no participa en concurso y es la continuación y cierre del NOV00
Papá se nos murió de repente un domingo, mientras hacía la siesta en la mecedora del salón. De ello hará dos años ya la semana próxima. Siguiendo el deseo que en alguna ocasión había expresado a mamá, lo incineramos: él siempre decía, medio en broma medio en serio, que amaba el fuego y que de no haber sido bombero, habría sido pirómano.
Desde aquel amargo día todos los domingos, nada más levantarse, mamá va a por el pequeño cofre de cristal que guarda en la alacena, vacía su contenido sobre la mesa de raíz de nogal del comedor y se queda contemplando el montículo de livianas partículas grisáceas. Transcurridos unos minutos, valiéndose de una cucharilla repone las cenizas a la urna y se apresura a encerrarse en su habitación, donde se la oye sollozar durante un buen rato.
Soy yo quien debe ocuparse luego de pasar un trapo humedecido por la superficie de la imponente mesa, que formó parte en su día del ajuar de la abuela. Después, lo enjuago a conciencia. Cada vez que hago esa operación, no puedo evitar pensar que un poco de papá se nos cuela por el desagüe de la fregadera.
Se acostó. Ésta noche había dejado atrás el miedo a que la puerta de su habitación se abriera. Se acurrucó y esperó, sabía que tarde o temprano la bestia aparecería.
Al poco tiempo percibió la luz que entraba por la puerta que se abría, el olor a alcohol, el cuerpo enorme que se acostaba junta a ella, las manos que la maltrataban. Cerró los ojos y se dejo llevar por los pensamientos de lo que vendría. Tal como esperaba, la bestia terminó con su acto y se durmió profundamente.
Lentamente se levantó, sin hacer el más mínimo ruido. Se vistió y separó el bolso con ropa y algo de dinero que había preparado temprano. Tomó la lata de querosén que había robado del depósito de su casa y roció rápidamente la cama. Encendió la cerilla y la echó sobre las sábanas húmedas. Se quedó el tiempo suficiente para observar como el fuego carcomía a esa bestia en la que se había convertido su padrastro y que desesperada gritaba por su vida. Después cerró la puerta y echó a correr buscando un destino que la llevara lejos, muy lejos de todas esas pesadillas que había padecido durante tantos años.
Abrasa… Dicen que el tiempo es la mejor cura para los recuerdos dolorosos, pero yo no he conseguido que se mitiguen. Él se encargó de que fuera así. Duele, duele recorrer con mis dedos las señales de su amor, se extienden como raíces por mi cuerpo. Son raíces vivas que se alimentan de mis nervios para que no consiga olvidar.
Hoy le he visto, él a mí no. He conseguido esconderme entre la gente, le he seguido, he seguido sus pasos seguros, chulescos. He seguido a su sonrisa taimada, a sus gestos duros y mientras lo hacía me he ido armando de valor. He sacado del bolso el cuchillo que desde entonces me acompaña y lo he escondido junto a mi pecho. He acelerado mis pasos y mi corazón y he dejado que el odio ciego tomase el control. Él no me esperaba, creo que ni me reconoció. Ahora lo miro, miro su cascarón vacío y su cara de sorpresa mientras una paz inmensa refresca mi alma.
Escribió una y mi veces en un folio en blanco todo lo que ella sentía cuando estaba a su lado y se percató de que todas aquellas palabras estaban vacías y que solo los hechos tenía su significado.
Por eso decidió enumerar las cualidades que ella veía plausibles y descubrió que era un hombre cariñoso, atento, comprensivo, conciliador, buen amante y mejor amigo y compañero, en fin el hombre perfecto a sus ojos, pero había un problema y era que \» ese\» no era su marido.
En realidad a su lado dormía el que era el padre de sus hijos y el que reunía todas las caracteristicas no deseables por ella, pero era su marido.
Por eso antes de acostarse para fundir en el sueño todas aquellas palabras inconvertibles en hechos consumados optó por una decisión mas drástica.
Cogió el papel se fue hacia la chimenea del salón miró atentamente el fuego que lentamente se marchitaba y que al igual que su vida le pedía a gritos algo para revivir y sin dudarlo le arrojó el papel , consiguiendo con este hecho el fin previsto, pero no así la meta deseable.
Blog = dulcinea del atlantico
Entré en su despacho y me dejé caer en la silla como un abrigo vacío. Tenía veinte años, treinta kilos y ninguna voz. El silencio era el contrapeso de mis palabras y su densidad indicaba mi desdicha.
La psicóloga del centro me señaló un enorme arce que el otoño había encendido, parecía un fuego deshaciéndose en escamas. Mira, dijo, los árboles son elásticos y muy delgados cuando son jóvenes para resistir el viento, pero van creciendo y creciendo hasta que su robustez les hace dignos de una vida valiosa.
Y aprendí a leerme en mis escritos, a quitar el tapón de mi garganta, a comer y a hablar, a no pensar en mi exiguo cuerpo sin hambre, en mi estómago sin digestión.
Hoy, quince años después, una chica entra en mi despacho, tan delgada, con el mismo ego que la percha de su abrigo. En ese momento el viento mece al arce rojo y toca mi ventana. Aún escribo al cobijo de su sombra y sus escamas viven entre las hojas de mis cuadernos.
Salió aprisa, pensando que allí al aire libre se celebraba una fiesta.
La música sonaba optimista. Un sol encendido como el fuego, oscureció sus ojos negros. Corrió al ver que alguien lo llamaba, mas, algo no iba bien…
¡No medía las distancias!. Deambulaba de un lado a otro. Sus ojos aún velados, buscaban desesperados una salida. Atisbó a uno de los suyos, corrió hacia él, pero cuando estaba a su lado, un incisivo, lento y doloroso ataque le hizo tambalearse. Notó que sus fuerzas mermaban.
Algo llamó su atención, cuando se acercó, un nuevo impacto lo hizo revolverse. Estaba confuso, no sabía para donde ir, se desplazó hacia delante y percibió otro. Nuevamente alguien levantó su interés, avanzó unos metros y recibió un impacto más, siempre en el mismo sitio.
El clarín sonaba, como su cuerpo, enardecido. Llegaron más… no pararon, hasta el fin.
Todo se tornó turbio, su latir se derramaba, dejando constancia de su sentir.
No entendía porqué yacía en el suelo. Unas horas antes corría por un jardín inmenso.
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