Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

DIC19. EL OLOR DE SU ASESINO, de Inés Zapirain López

La ciudad está repleta de luces de colores. No bebería; pero he decidido volver al pasado, y la Navidad es perfecta.
Camino absorto entre las calles. Recuerdo. Medito cosas extrañas. Especulo si en el más allá existirá alguna bebida espirituosa o algún alucinógeno. ¿No dicen que elegimos a nuestros familiares? Pues estar colocado sería una buena razón para elegir a los míos.
Mi infancia fue caótica: tenía ocho años cuando papá decidió cambiar de sexo, mamá comenzó a prostituirse, y mi hermano enloqueció creyendo ser abducido cada noche. Mi único consuelo era mi hermana; pero murió aquella Nochebuena. Encontraron a Mara con los ojos desorbitados y los labios morados.
La Navidad y sus símbolos comenzaron a asustarme. Dejé de hablar, de comer. Nadie me ayudó. Me marché a los quince, y ahora, tras una década, vuelvo por una razón: Mara.
El destino me arranca de mis pensamientos trayéndome un aroma inconfundible. Reconozco ese olor rancio, el traje rojo, la ceja partida…, es él. Sin mediar palabra arrastro a un hombre disfrazado de Santa Claus hasta el callejón. Entonces, sin testigos, aprieto con fuerza, esperando a que sus labios cambien de color. Sí. Acabo de encontrar un sentido a mi existencia.

DIC18. EL REGALO QUE SIEMPRE ESPERO, de Claudia Elcira Díaz

Otra noche mas,una noche mas.y todavia recuerdo mi primera navidad. Donde el dolor de mi corazon, sigue cobrandose mi tristeza. La mesa siempre en estas ocasiones, la visto de blanco haciendo juego con las servilletas, quiero hacer de esto el simbolo de la paz, en vez de una paloma.Yo todavia espero que aparezcan mis padres,que la guerra nos tuvo que distanciar.Aquella navidad,de niño era esperar las doce, y con mis padres abrir los regalos que papa noel nos traia. Pasaron los años…¡la mesa siempre estara igual!…hasta que parta de este mundo, con la esperanza de volver a verlos.Es el regalo que siempre espero, desde que nos distancio la desgracia. No espero otros regalos, tuve aquellos que me hicieron feliz de verdad.y parece que escucho el crujido de aquellos papeles de regalos, de colores vivos, y los moños que no queria desarmar. y escuchar, la sirena anunciando que llego la navidad, dia que nacio nuestro señor jesucristo. La mesa siempre esta en espera,pero tengo…¡la fe!…que siempre cristo estara en mi puerta, ya que el tambien vivio su propia crucificcion.

DIC17. ¡QUÉ BONITO ERA EL MES DE DICIEMBRE…! de Marcos Santander Llona


Sobre todo su final. Desde principios a los árboles les salían unos frutos como luces, caros, muy caros, frutos para solo ver. Casas, tiendas, escaparates se poblaban de figuritas, bolas y copos de nieve que referenciaban una religión, la VER-DA-DE-RA, my friend. Tristura total.
Yo, en diciembre, también deseaba lo mejor a aquellos a los que deseaba el bien, más o menos como siempre, y lo peor para hipócritas automáticos que se encarrilaban a sabiendas, conscientes, de que después de diciembre estaba el enero de otro diciembre en este puto calendario de la vida. En la resaca de la conmemoración de esa otra religión laica y atea, preparábamos las fauces para deglutir, de manera pomposa, lo que días antes podíamos haber adquirido por la mitad de la mitad de la media vida.
La víspera era la apoteosis, y las bocas lentamente manipuladas iban desgranando dimes y diretes de sordomuda y corta felicidad, y el cura de turno se llevaba a la andorga el trozo de turrón robado de otros muchos hogares en los que iban sonando, a golpe de zambomba y pandereta, los sones de un hambriento villancico para celebrar que estábamos vivos, desde aquella Navidad, de niño. . .

DIC15. AÑORANZA, de Gloria Arcos Lado

Aunque lo intentaba con fuerzas, por mucho que echaba la mirada atrás, no era capaz de  recordar  ninguna Navidad de cuando era niña.
  Sólo podía  recordar que había festejado  esas fiestas con  14 o 15 años.
  Quizás pensaba, se debía a lo precario de su economía familiar. Sólo acudían a su frágil memoria el día de Reyes, que en su hogar era sagrado, pues siempre aparecía algún regalo sobre sus únicos zapatos.
  Hasta que no fue mayor de edad, no fue consciente de lo que tanto le había costado  a su querida madre, su único Rey Mago, hacer realidad las inacabables esperanzas de sus cinco hijos, con tan breves ingresos.
   La mujer hacía verdaderas maravillas, y cuando no tenía con que pagar los regalos, cosía vestiditos para el  único muñeco que poseían, Vicentito.
    Completaba los regalos con canicas, soldaditos de plástico, cuadernos y colores, imprescindibles para el Colegio, a los que añadía algún cuento, envueltos todos ellos en papeles y cintas de colores.
   Sin embargo, sí recordaba que su mayor regalo habían sido unos patines,  con 14 años. Pese a ello añoraba esas lejanas mañanas de Reyes, siempre llenas de sorpresa, aunque nunca se hicieran realidad todas sus expectativas.

DIC14. 1978 a.C. (año Crítico), de Aurora Royo Cañadas

Aquella Navidad, su madre, con el corazón roto, le sacó de la niñez con una noticia que nunca, nunca se les olvidaría. “Los Reyes Magos son pobres, hijo. Han repartido tantos juguetes a los niños que ya no les queda dinero para más. Pero no te preocupes, yo te seguiré haciendo los regalos que los Reyes no pueden traer. Lo que pasa es que mamá también es pobre. No podrá comprar lo que quieras, sino lo que necesites. ¿Lo entiendes, verdad?”

Pues claro que no lo entendía. Era un niño de siete años. No sabía lo que era la paga extra ni la crisis ni el paro. Sólo sabía que a partir de ese día la Reina Maga le iba a llenar los cajones de calcetines, pijamas, camisetas…  Todo lo que pudiese servirle para capear el crudo aire del Cierzo. La Reina Maga tampoco podía pagar la calefacción.

DIC13. LA NOCHE DE LA REINA, de Montaña Campón Pérez

Cada cinco de enero la abuela ritualizaba un piscolabis para los Magos: turrón del duro, tres copitas de jerez, y agua para los camellos. Tan insignes invitados apenas comían un bocado de turrón, apuraban el jerez y derramaban el agua. Fueron infalibles siempre, nos dejaban los regalos pretendidos y a la abuela… un poco piripi.

DIC12. UN CUENTO DE NAVIDAD, de Ginette Gilart

Erase una vez una niña a la que no le gustaba nada, nada la Navidad. No soportaba ver las calles iluminadas, los escaparates de las tiendas llenos de juguetes y tampoco a las niñas de su clase, eufóricas por la llegada de las fiestas que suponían para ellas reuniones familiares y regalos abundantes.
En su casa, la Nochebuena no se distinguía mucho más de las demás noches; un mantel distinto, una cena un poco especial, algún regalito y nada más. Ella disimulaba como podía su decepción, pero por la noche, en su cama, se echaba a llorar y llorar.
Unas Navidades, de sus lágrimas creyó ver saltar una chispa, era un ser minúsculo, tal vez un duendecillo o un hada buena que le susurró:”No llores más, duérmete y sueña, sueña lo que desees y tu sueño se cumplirá»  La niña obedeció y se durmió plácidamente.
Al año siguiente, todo cambió. En esa casa brillaba una estrella. Era la niña, que de tanto soñar, se había rodeado de una luz radiante que repartía sonrisas y buen humor a su alrededor. Había conseguido ablandar y alegrar el corazón de los que allí vivían.

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DIC11. UN REGALO INESPERADO, de Nuria Casado Marco

Todas las Navidades, estrujaba su cerebro, para complacer a sus pequeños el día de Nochebuena, con los pocos medios de que disponía. Sus regalos nunca coincidían con los deseos de ellos, pero lo paliaba con grandes dosis de imaginación, dedicación y amor. Recordaba sus navidades de niña en el pueblo, en las que la escasez de dinero no era obstáculo para la diversión, y por ende, se afanaba en preparar envoltorios de colores, papelitos con mensajes enigmáticos, lacitos imposibles, que enterraban la sorpresa final siempre exigua. Pero aquellas navidades serían distintas, el día 23 de diciembre aquellos hombres les despojarían de su casa. Miró tristemente su hogar, pensando que debía luchar por ellos hasta el final. Aquel día se levantó temprano, y rodeada de sus escasas pertenencias y de sus hijos, se sentó a esperar el fatal desenlace. Cuando oyó voces que cuyo volumen fue creciendo según se acercaban. Se asomó a la ventana, y comprobó emocionada, a una marea humana agolpándose a la entrada de la casa, e impidiendo la entrada a toda persona ajena a la misma.  Tendría que darse prisa para preparar su particular fiesta, aunque el mayor regalo ya se lo habían hecho.

DIC10. MARCADA, de Mayte González-Mozos

  “Te llevaré a visitar bellas ciudades revestidas con luces mejores que ésta”. Y ella, que llegaba tarde a casa, echó a correr. Al día siguiente, él, le propuso viajes a lejanos países donde hay trineos, y la nieve es protagonista. Y mi prima, seguramente, levantaría sus ojos glaucos cargados de timidez.
      Una mala mañana de Navidad él fue a buscarla entre los columpios. La llamó aparte y puso una pulsera en su muñeca izquierda, que ella nunca enseñó. Un atardecer escarlata, en el rincón más apartado del parque, a la vez que se oían villancicos, le dijo: “no hables de esto; a todas les pasa”. Y un buen día después de Reyes, mientras él disimulando esperaba a mi prima frente al colegio, fue detenido.
     Ahora, cada vez que llega la Navidad; y ella que ya es toda una mujer, no quiere saber de calles iluminadas, de regalos, de promesas ni de hombres. Sólo a mí me explicó el porqué.

DIC07. LIMOSNAS DE AMOR, de José Antonio Tejeda Cárdenas

Hoy no viste los harapos con que suele mendigar. Hoy su barba a nadie asusta, todos la quieren tocar. En holgado traje rojo, hoy su cuerpo va a pasear. Un costal muy regordete, a su espalda veo asomar. Son sorpresas, son juguetes. Sueños todos a estrenar. De Santa va hoy el mendigo, que ayer sorteaste al pasar.
Los niños que ayer, cual diablos, se burlaban sin cesar; hoy le buscan, sin agravios, porque abrazos quieren dar.  De un abrazo hasta otro salta, sin apenas reposar. Nadie intuye que el mendigo cobra así su soledad.
– ¡ NAVIDAD ! – grita al gentío, que a su lado ve pasar.
Él está tan convencido, que es feliz hasta en su andar. Bailando sobre su espalda va el pesado costal. Lo que fue ayer limosna, hoy lo llaman: caridad.
Pasarán las fiestas, y los niños… volverán. Esta vez, con mofas nuevas, que todas para él serán. Aquella Navidad de niños buenos, otro año ha de esperar.
De momento, no se angustia. Fiesta aún queda por gastar. Sordo ya está el silencio, de oírle feliz  vocear:

–  ¡NAVIDAD! ¡NAVIDAD!

Para volar sin alas, basta con saber soñar.

DIC06. SE ME CAYERON DEL CAMELLO, de Jesús Alfonso Redondo Lavín

En nuestra pandilla éramos 5. Todos de 1949: José-Ignacio, José-Luis, Juanma, Miguel y yo.
Después de que el General Franco y el Cardenal Primado dejasen entrar en España a Papá Noel por las bases militares de Morón, Rota, Zaragoza y Torrejón, y antes de que saliesen, el “Olentxero” de su aldea  y el “Cagané” de Cataluña, aún, nuestro amigo Miguel creía en la veloz ubicuidad con que los tres Reyes Magos repartían los juguetes a los niños en una sola noche.
Tratábamos de convencerle pero, Miguel, testarudo, erre que erre, no cedía.
Hasta nos atacaba furioso, con la pasión de un templario a infieles sarracenos.
Miguelito, también creía en la cigüeña y eso que en San Ignacio, la barriada de Deusto, donde residíamos, no vimos nunca una, salvo en los dibujos de las fábulas de Esopo.
Tres años antes, en 1956, en nuestra casa de Lezama, en Vizcaya, mi padre no pudo resistir más. Me acompañó al gran armario que había en su dormitorio. Me hizo jurar que no se lo diría a mi madre. Abrió las puertas y me enseñó todos los juguetes que para mi había comprado.
Aquel día Melchor, Gaspar y Baltasar se me cayeron del camello.

DIC04. DEMANDA, de Eva García Martín

Rojo. Blanco. Dorado.
Abrí los ojos, pero vi todo negro.
Campanillas, villancicos…
Mis oídos solo captaban un pitido extraño. ¿Dónde demonios estaba?
Traté de girar la cabeza sin éxito. Mis brazos tampoco respondían. Intenté gritar, pero mi boca estaba llena de… ¿algodón?
“No tengas miedo”, me dije asustado.
El olfato no me fallaba: Olía a beso de papá cuando llegaba tarde a casa y mamá se enfadaba.
Traté de recordar que había pasado aquel día: Los deberes, el muñeco de nieve, la tele, la carta… ¡el centro comercial!
Aliviado, comencé a escuchar un murmullo de voces que se iban transformando en gritos. Y villancicos de fondo: Menos mal, no estaba muerto.
De repente se hizo la luz, se despejó mi boca y  pude moverme. Parpadeé confuso: Blanco… rojo… y la campanilla dorada incrustada en mi frente.
– ¡Que vergüenza! ¡Es indignante!- exclamaba mi madre- ¡Dani, Dani! ¡Hijo! ¿Estás bien?
Empecé a llorar. Mi carta era para los Reyes Magos, pero ella se había empeñado en que se la diera a aquel antipático tipo gordo y tambaleante: Habían hecho falta cuatro duendes verdes para quitármelo de encima.
Sorprendentemente, aquel año, por fin me trajeron todo lo que había pedido…y mucho más.

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