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Luego, como el fuego venía, huyó. Antes no pensaba moverse, la línea roja estaba aún lejana, apenas era una cinta anaranjada en el horizonte sin horizontes de la noche. Pero la línea se acercaba, tenaz, silenciosa al principio. Cuando empezó a oír el crepitar de las aliagas antes de convertirse en cenizas y los gritos de los caracoles chamuscados, huyó, ha quedado escrito. Huyó lentamente al principio, corriendo después sobre tojos, piedras y escarabajos, empujado por el calor y el sonido, cada vez más intensos, cada vez más próximos. Y además estaba el olor. Llegó al borde del acantilado, miró. Primero hacia atrás. Luego miró hacia abajo. Vio entre las espumas nocturnas unos peces que reían. Y se quedó quieto, nadie le había enseñado a nadar.
Llamó la atención desde la cuna. Tan pequeñita, tan redondita, con esa blancura en el rostro inmaculado y la pelusilla rosada que le cubría la cabeza. No lloraba apenas. Pasaba la mayor parte del día con los ojos abiertos, redondos y penetrantes. Cuando menos nos dimos cuenta, ya andaba solita. La pelusilla rosada se convirtió en un tapiz de tono pajizo que contrastaba con su palidez.
Crecía sana y fuerte. Una melena de fuego, rizada y salvaje, caía sobre sus hombros. Es cierto que cuando nos miraba sentíamos un ligero escalofrío, pero lo achacamos a la alegría de haberla adoptado. Nos admiraba la facilidad innata para aprender muchas lenguas. Aunque no entendiéramos lo que nos decía, su mirada hablaba por si sola. Un día, nuestros amigos dejaron de venir a nuestra casa. Siempre tenían alguna excusa. Pero tampoco querían que nosotros fuéramos a la suya. Alguien comentó que siempre pasaban cosas raras.
Los padres nunca queremos ver los defectos de nuestros hijos, pero, sí, seguramente es lo que ustedes están imaginando.
Ana y Claudia quisieron coger el Arcoíris como adorno en su fiesta de cumpleaños. Esperaron muy atentas, con paciencia. Una tarde de lluvia y sol corrieron para atraparlo, antes de que los rayos, calientes como el fuego, dejasen de atravesar las gotas de agua.
Una fue hacía un extremo y cogió el rojo, naranja y amarillo. La otra corrió hacia el otro para coger el verde, azul y añil, atándolos fuertes, con dos nudos para que no se escapasen. Estiraron cada una desde su extremo, hasta que reposó en el suelo formando un camino multicolor. Lo enrollaron con mucho cuidado, despacio, para que no se mezclasen los colores,. Antes de que se desplegase lo metieron en la cesta y la cerraron.
El humo hediondo invade mi taller. “¡¿Otro incendio?! Dios mío…”
Aquel perro horrible… ¡Solo él era culpable por mi desgracia! ¡Me habían obligado a pintarlo! ¡Justamente en el primer plano! ¿Por qué? ¡Por los caprichos de la infanta Margarita, que mimaba en exceso a ese chucho antipático, pulgoso y mordaz!
Sus majestades, el rey Felipe y la reina Mariana estaban visitando mi taller, cuando la infanta irrumpió, con sus meninas y enanos, en búsqueda de “Chuchito”. El rey, divertido, me pidió pintar la escena. Chuchito roncaba, malhumorado. Así mismo lo pinté…
Este cuadro me trajo tanto la gloria como la desgracia. La pequeñina me convirtió en su esclavo: tuve que pintar a Chuchito cada día. Mis compañeros pintores me apodaron “Chulásquez, pintor de perros”. Me salvó un improviso incendio que estalló en mi taller, quemando las horrendas pinturas. Chucho mismo sufrió un inexplicable accidente aquel día: comió unas setas venenosas, preparadas para la infanta. El \»héroe\», empajado, fue colocado en mi taller. Me daba mal de ojo mirarle. Ya no podía pintar… Me quedé resignado, pero feliz.
Hasta esta mañana, cuando me despertó una vocecita: “¡Don Diego! ¡Me pintarás a Chuchitooo!.. ¡Vaya, que apenas se nota que está empajado!… “
Corazón palpitante a ritmo frenético, cuerpo vibrante empujado por la fuerza de su intenso bombeo delirante, me ensancho, crezco, me expando, descubro espacios nuevos más allá de mis límites cotidianos. Cabeza llena de imágenes que se fugan escurridizas por puertas y ventanas secretas, mente trastornada. Mi conciencia no haya un espacio de sosiego y serenidad. Oh, estas vestiduras de niebla y frío que me envuelven. Huyo, huyo de mí y como el fuego me elevo, una ráfaga libre, me siento como un travieso globo aerostático dispuesto a emprender un venturoso viaje. Siempre nos queda el poder de ascender. Ascender, distancias, el horizonte se agranda paulatinamente, más y más. Espacios abiertos, infinitos y eternos, abrazadme, ahora todo es posible. Mundos de fantasía, de euforia y alegría donde las flores vuelan y estallan en arco iris multicolores transformándose en exóticos pájaros cantarines. Sí puedo, ahora lo sé, sí quiero, seguiré, avanza
Cansado de mucho andar por montañas y praderas, deja el bardo con su cuerpo hacer, lo que la fatiga quiera. Y al pie de un anciano olivo, de dudosa cabellera, su reposo confiar quiere a una sombra majadera.
Cerrado de ojos al mundo, como si ya no existiera, olvidó el hambre y el frío para solo estar con ella. Tan real la imaginó, que soñada ya no era. Besos a la ausencia dio hasta besarle entera. La noche les sorprendió desnudos en la pradera.
No le hizo el silencio al eco ni el más mínimo reproche, y como el fuego entre vestales ardió el canto a medianoche.
De paso estoy mientras te busco
Entre tanto amanecer
Te he amado aún siendo musa
Como si ya fueses mujer
Hondo se le hacía el eco al llanto de su rabel. Se aleja hacia el horizonte la llama del bardo aquel. Allá en los lindes del mundo, dicen le vieron caer. Se calló el canto del bardo. Falso fue el amanecer.
Me llevaron en volandas con los ojos tapados y noté como se abría una puerta corredera; me pareció la guillotina para una ejecución… Aquel lugar olía a desinfección y a vacío. Me sentaron, retiraron los vendajes e inmovilizaron mi cabeza. Abrí los ojos; volví a cerrarlos rápidamente y entonces, sujetaron mis párpados con un instrumento. Al poco, una luz roja e hiriente como el mismo fuego, llegó hasta mi pupila e hicieron varias descargas que llenaron mi cerebro de presión, miedo y cierta ardentía. Me estudiaban o instalaban algún chip para controlarme. Una orden seca y gutural me hizo respingar; conversaban entre ellos de manera incomprensible. Otra voz, más suave y con un extraño acento, me dijo que pronto saldría de allí. Colocó unas lentes oscuras sobre mis ojos y caminamos por angostos pasillos hasta llegar ante una rampa iluminada por la claridad exterior. A través de la cabina transparente, vi el pequeño bosque del que había sido abducido hacía pocas horas…
– Hola papá, recogí el “prozac” de la farmacia y ya podemos irnos. Ha dicho el oftalmólogo que tu operación de cataratas ha salido bien.
¡Dioses, mi hijo se había compinchado con los invasores extraterrestres, estaba perdido!…

El fuego agita mi corazón provocando un bombeo contínuo hacia el exterior. La sangre recorre los diferentes senderos que cubren mi cuerpo, despertándolos de su letargo. Abro los ojos y observo la nada. El silencio es interrumpido por el latir de mi cuerpo. El fuego de la vida avanza inexpugnable en él. Sonrío y percibo la existencia de mis brazos y sus manos. Muevo y agito mis piernas. Tengo hambre. Necesito saciar esta extraña sensación que me provoca cada día la vida. Respiro. El dolor y las tinieblas me envuelven por igual. Tengo que salir de aquí. Calmar la ansia que arde en mí. Despertar. Golpeo la madera de cedro que me protege. Chirrían los goznes al abrirse mi ataud. Tiembla la tierra. El lobo aúlla al percibir mi presencia. En el cielo, las estrellas muestran luces sobre un mundo dormido y oscuro. Me elevo hacia mis aposentos convertido en niebla. Un rayo me ilumina el rostro. Escucho el rumor del Arges, cruzando el valle. Un engaño la arrastró a sus aguas. Yo mato por ello cada noche. Lágrimas de sangre descienden sobre mi rostro. Saboreo su sabor y vuelo en busca de la muerte y mi redención.
Te elevas entre volutas azuladas, y unos destellos rojizos me permiten ver cómo te retuerces, cómo estiras inútilmente tus manos hacia el borde, sabiendo que ya no puedes alcanzarlo. Eso me duele tanto como a ti.Un cinturón de claveles blancos aprisiona tu cintura contra el pino, otrora vital y desafiante, que ahora yace inerte, bajo tu cuerpo helado.La Muerte ha venido a desintegrar la vida, como un fuego incontrolado, que lo arrasa todo, sin reparar en sueños, amores o poemas.
Sólo queda, palpitando débilmente entre las cenizas, esta tremenda soledad.
«Solo tu asesino sabe cuándo vas a morir«, reflexiono mientras espero que bajes la basura. La luz del portal te llora por la nuca cuando sales. Mecánicamente invades la penumbra, hasta que un escalofrío te araña la espalda y miras alrededor, oliendo una amenaza. Tragas saliva. Aceleras el paso.
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