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Salió aprisa, pensando que allí al aire libre se celebraba una fiesta.
La música sonaba optimista. Un sol encendido como el fuego, oscureció sus ojos negros. Corrió al ver que alguien lo llamaba, mas, algo no iba bien…
¡No medía las distancias!. Deambulaba de un lado a otro. Sus ojos aún velados, buscaban desesperados una salida. Atisbó a uno de los suyos, corrió hacia él, pero cuando estaba a su lado, un incisivo, lento y doloroso ataque le hizo tambalearse. Notó que sus fuerzas mermaban.
Algo llamó su atención, cuando se acercó, un nuevo impacto lo hizo revolverse. Estaba confuso, no sabía para donde ir, se desplazó hacia delante y percibió otro. Nuevamente alguien levantó su interés, avanzó unos metros y recibió un impacto más, siempre en el mismo sitio.
El clarín sonaba, como su cuerpo, enardecido. Llegaron más… no pararon, hasta el fin.
Todo se tornó turbio, su latir se derramaba, dejando constancia de su sentir.
No entendía porqué yacía en el suelo. Unas horas antes corría por un jardín inmenso.
Olfateó el reguero de nieve con las pupilas dilatadas. Sus dientes, ahora pedernales, se friccionan añadiendo, a la rigidez de la mandíbula, la aridez en la boca.
La piel, que le roza, se funde sobre la suya ardiente hinchando su excitación. Los labios, que con besos le refrescan, inflaman su deseo.
En su mente, un volcán de fuegos artificiales y en su pelvis su verga, una manguera extinta por el abuso de la nieve.
Sortilegios, hechizos, extractos y pócimas, era lo que Kair había aprendido a desarrollar durante los últimos diez años. Las ganas por desentrañar las verdades de la vida, y traspasar el delgado hilo entre lo visible e invisible, le llevó a ser Mago. Urim le enseñó el arte escondido entre las hojas de los enormes libros antiguos, heredados de sus más remotos antepasados. Signos y frases se almacenaban en estantes, carcomidos por el paso del tiempo.
Kair supo hacer encantos para enamorar, romper lazos y unir destinos, hasta que Maiam apareció en su vida. Un impulso incontrolable le deshizo por dentro, creyó volverse loco. Sus entrañas ardieron como el fuego, una fuerza más poderosa que la magia le abrió una nueva visión de la vida. Maiam nunca puso los ojos en su figura. Kair a la espera se deshizo pétalo a pétalo y conjuró el hechizo de la flor, transformándose. ¿Qué mejor forma para estar cerca de ella?, pensó. Un espectacular ramo apareció en la alcoba de Maiam. Ella se alegró al recibirlo, pero mantuvo la incógnita de quién había sido tan galante hombre. Kair entregado quiso sembrar semilla, pétalo y perfume. Florecería cada día, como el fuego en su vida.
Ella te atrapa como el fuego. En su presencia te sientes atraído por su luz y su calidez, a su alrededor la vida pasa en un instante, contando las historias vividas durante el día. Su simple presencia actúa de bálsamo contra las heridas del día a día tanto las físicas como las espirituales, su fuego habita cerca del que nos da fuerzas para vivir, los dos juntos en dosis apropiadas me han traído hasta aquí.
Todos necesitamos la dosis justa de estos dos fuegos para desarrollarnos como personas.
El niño cogió los lápices color naranja, el lápiz largo amarillo y aquél por una punta azul y la otra rojo. Fue con ellos a la esquina, y se tendió en el suelo. La esquina era blanca, a veces la mitad negra, la mitad verde. Era la esquina de la casa y todos los sábados la encalaban. El niño tenía los ojos irritados de tanto blanco, de tanto sol cortando su mirada con filos de cuchillo. Los lápices del niño eran rojo, naranja, amarillo y azul. El niño prendió fuego a la esquina con sus colores. Sus lápices –sobre todo aquel de color amarillo, tan largo- se prendieron de los postigos y las contraventanas, verdes, y todo crujía, brillaba, se trenzaba. Se desmigó sobre su cabeza, en una hermosa lluvia de ceniza, que lo abrasó.
Es su aniversario, quince años juntos. Bailan en el salón mirándose a los ojos, yo les veo desde el pasillo. Fijo la mirada en las llamas de la chimenea. El fuego ilumina el rostro de mama, ¡Qué guapa está! Veo como papá, de reojo, también mira el fuego. Hubiera preferido que él, como siempre, hubiese llegado antes que yo para recoger el correo, yo no hubiera tenido la ocasión de despegar los sellos de las cartas: aquellos sellos que a veces llegaban, pasaban siempre desde las manos de mi padre a mi colección. La chimenea sigue encendida. Crujen agitadas las ascuas, se queman las flores, los bellos paisajes, las imágenes pintadas en esas estampillas. Mi madre ríe, me gusta su risa, quiero que siga riendo. Atizo el fuego, continúa quemando. Miro a mi padre, y ante su sorpresa, le muestro una mirada fría y el último sello que no se salvará de la quema: lo conservo desde hace años, era mi favorito. Si yo hubiera sabido… Lo arrojo al fuego y las llamas se elevan, el sello se abrasa junto a los te quieros postales que no son de mamá. Ella sigue riendo.
Salto desde lo alto del volcán sobrevolando los ríos incandescentes de lava, rozando con mis alas el magma dorado, haciendo rugir al viento. Me poso sobre un árbol de llamas anaranjadas; mis garras hacen que se desprendan algunas chispas de sus ramas. Miro al horizonte y veo que las nubes de plasma candentes se aproximan a buena velocidad. Están cargadas de electricidad; miles de rayos trepan hacia el sol más cercano rodeándolo y haciéndolo descender aún más hacia el planeta. Chorros de hierro fundido emergen de las profundidades regando al bosque de arboles de llamas azules. Se acerca el otoño y pronto perderán sus hojas convirtiéndolas en vapor de azufre. La recolección de la cosecha debe dar comienzo cuando las nubes de plasma consigan arrancar fluido al sol. Después, en pocos días, el planeta entrará en una fase de letargo, convirtiendo el plasma en vapor de lluvia; apagando las cortezas de los arboles; transformando los lagos de lava en rocas. Apenas quedará vegetación en llamas y toda quedará convertida en costra humeante cuyos gases interactuarán con la atmosfera bajando drásticamente la temperatura. Saco la espiral de vidrio fundido y soplo fuertemente mi aliento ardiente. La cosecha debe comenzar.
Escribió un mensaje, tomó el paquete y salió de la casa sin hacer ruido para no despertar a sus padres y hermanos que dormían apaciblemente.
Amín había reflexionado muchas veces sobre aquel trabajo que le habían prometido, había sufrido noches enteras sin dormir y sus ojeras no habían pasado desapercibidas para su madre, pero él las había justificado achacándolas al trabajo duro que realizaba en el puerto: cargar paquetes demasiado pesados para su espalda casi infantil. Pero aquel paquete era especial. No pesaba mucho en sus manos, pero sí en su conciencia ¿Qué sería de su familia?
No lo hacía por la recompensa, sino por lo que, estaba seguro, su obligación. Por su pueblo sojuzgado, por obediencia a su Dios, a sus jefes, a sus fe.
Después de escribir el mensaje para su madre, tomó el paquete, lo abrió, sacó una especie de chaleco lleno de cartuchos, se lo abrochó fuertemente a su escuálido cuerpo, se colocó encima un anorak a pesar del calor del mes de julio, salió de la casa y se dirigió al mercado que empezaba a llenarse de gente con carritos de la compra…
No aprendo, soy humano, tropiezo no una sino mil veces en la misma piedra. He vuelto a comer cuscús picante con setas y otros platos especiados. Siento verdadera debilidad por la comida hindú, es casi una atracción enfermiza.
Por mi garganta desciende un fuego abrasador que me quema las entrañas, que me roe por dentro y me obliga a permanecer en posición fetal o semisentado para calmar mi dolor y mi ansia. Un flujo de demonios variopintos corretea desde mi boca hasta bien entrado el intestino sin pausa aparente.
Llevo días alimentándome de omeprazoles sin notar mejoría alguna. El especialista refiere que paciencia, que Roma no se construyó en un día.
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