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Cuando yo era pequeña y se aproximaba la Navidad, un gran trasiego invadía toda mi casa: había que montar el Belén.
Subíamos al lavadero a por todo lo necesario y lo íbamos depositando en el comedor: tableros, rollos de papel azul para el cielo, de plata para las estrellas, montones de cajas y un enorme saco con corchos. Los abuelos traían del pueblo ramas de olivo, musgo, y algunos madroños.
Mis padres eran los encargados de montarlo y mi trabajo se reducía a ir abriendo las cajas para disfrutar, sorprendida, de su contenido.
Entre montoncitos de paja iban apareciendo: mama cerdita con sus cochinitos, mama pata y sus minúsculos patitos, la vaca con los terneritos, casitas, un puente…
Entre los personajes… algún pastorcillo mutilado.
Y por fin los protagonistas: S. José, la Virgen, y el Niño.
Pero lo que de verdad me fascinaba era la estrella ¡cómo brillaba aquella estrella!
Una vez organizado todo y llegada la Nochebuena, nos reuníamos toda la familia alrededor del Belén a cantar villancicos…
Todos los seres queridos que hacían posible estas vivencias, se esfumaron con el paso del tiempo, pero cada Navidad, prendidos en mis recuerdos, regresan a mi lado.
Hacía un rato largo que me encontraba parado frente al vidrio, analizando minuciosamente los detalles de cada uno. Ni siquiera parpadeaba.
¡Tenía que hallarlo! Sería el mejor juguete que pudiese recibir.
Deseaba arrancarle los brazos, quemarle la cabeza y apuñalarlo como había visto en la tele.
Estudié sus vestimentas y los accesorios, comparé tamaños, expresiones…
Bien pequeño, es hora de hacer tu elección. Sin culpa ni apuro, solo dime cuál es, dijo la voz a mi lado, sacándome del estado catatónico.
Eran todos muy parecidos, pero finalmente lo descubrí.
¡Ése! contesté señalándolo. Ese es el Papá Noel que estaba arrinconando y besando a mamá, y que la obligó a mirarlo enamorada.
Yo hice la denuncia y ella levantó los cargos. Y aún no termino de entender por qué. Por qué lo hizo. Por qué existen tantos Santas. Por qué papá no me acompañó a la comisaría.
Esta tarde dejaremos en libertad a Mariano. Hoy es el día que papá tiene previsto matarlo, le oí anoche cómo se lo contaba a mamá. Sabes que es implacable y lo hará sin piedad si no conseguimos evitarlo.
Mi hermana se aprieta las coletas nerviosa. Sus pequeños ojos azabaches me sonríen en un cómplice centelleo.
– ¿Cuál es el plan?
– Tú sólo vigila que nadie se acerque.
Mariano estaba tranquilo, no era consciente de que su vida pendía de un hilo. Abrí la puerta y tuve incluso que empujarle.
Aquella noche mi abuelo se negó a cenar.
– Si no hay pavo, no hay Navidad, dice con esa voz trémula que le caracteriza.
Aquella navidad… cuando me lo dijo, el silencio lo invadió todo, «todo lo que no fuera el sonido del latir desesperado de mi corazón». ―Estaba muerto―. Mi alma murió en ese mismo instante. «No, no podía ser, se me iba… ¡Dios, se me iba! ¿Qué va a ser de mí ahora?».
Mis pensamientos eran los únicos vivos, (el corazón, como un motor sin alma, seguía latiendo).
Veintiún años… ¡toda una vida por delante! Acabada… ¿Por qué?… ¿Qué mal hizo, para merecer ese precoz final? Las lágrimas me ganaron la batalla y resbalaban silenciosamente, cayendo una tras otra sobre lo único que guardaba de ella, sus letras. Poco a poco estas se fueron diluyendo ahogadas por ellas… Me maldije. No llegaba a comprender el por qué el destino nos llevó a conocernos y sin embargo, ahora… se reía de nosotros.
No digo que yo la mereciera no, ella merecía mucho más, tanto y bueno que, me maldije una vez más. Iba a morir… sola. Sin un beso mío, una mirada, o tan siquiera… una caricia.
La injusticia se volvía a cebar en ella… y conmigo.
Cinco añitos inocentes, feliz e ignorante de la pobreza que campeaba todos los rincones de nuestra casa, .esperaba que el Niño Dios trajese los juguetes pedidos
Portarse bien, que Dios nos anota con lápiz de oro o de carbón y no habrá regalitos.
Mañana de Navidad salir a la vereda a lucir lo recibido, no lo pedido, un muñeco de yeso que a pesar de tantos años sigo detestando
Mi vecinita venia pedaleando feliz un precioso sulky ciclo tirado por un brioso caballito.
Furiosa y a lágrima viva corrí reclamar el porque de aquella diferencia.
Lágrimas amargas en el rostro de mi joven madre, al develarme que los padres compraban los regalos, y papá no tenía trabajo.
Inesperado y doloroso fin de una ilusión.
Hace unas horas que he recibido un mensaje de LOLA SANABRIA, participante de ENTC desde sus comienzos, en el que me solicita retirar todos sus relatos, incluidos los tres que estaban seleccionados en Mayo, Agosto y Octubre; también añade que «desearía que pusieras una nota aclaratoria en la que dijeras que la eliminación de dichos relatos ha sido por decisión mía.»
Aunque ya me aportó sus razones, prefiero dejar el espacio de los comentarios para que ella, si es su deseo, lo exprese en los términos y forma que considere.
Martín perdió un día la ilusión. Sucedió cuando se lavaba la cara después de largo rato sin dejar de llorar. Para cuando quiso darse cuenta, ya se había escurrido por el fregadero. Y mientras sus padres hacían lo imposible por ayudarlo a recuperarla —que si el desatascador de goma, que si un alambre doblado en la punta, que si mejor desenroscar el sifón del lavabo antes de que la ilusión desaparezca completamente por el desagüe—, Martín se miraba altivo y sonriente en el espejo del baño. Se sentía tan mayor al saber la verdad…
La Navidad no llega de puntillas. Aún con las manos frías, entumecida y frágil, vestida de estridencia y miriñaque, se instalaba en mi casa llenando las estancias de luces y cartón.
Olía el aire a serpentinas y los confetis volaban por mi pelo como promesas recién improvisadas.
Entre lágrimas fáciles y sonrisas de niños que se iban de la mesa, se regalaban todos el cariño atrasado , y fuegos en el aire explotaban sonoros junto a uvas de colores. Mientras, en el árbol callado, los regalos dormidos esperaban mi abrazo prendidos de las ramas. A escondidas, recuerdo, yo adelanté el camello. Frente al belén, sé que una voz me dijo: “Antes de irte a la cama besa al niño, chiquilla”. Pero siempre buscaba el estanque y los patos.
Una noche una estrella – la estrella peregrina- me anunció una sorpresa. Y yo sé que la vi. Era blanca y distante. Unos días después se marchó de repente, dejando en mi recuerdo sólo el silencio blanco de la nieve. Yo tenía seis años. La llamé “Navidad”.
Unos zapatos manchados con tres pequeñas gotas de pintura verde cambiaron mi vida. Sucedió aquella Navidad, de niño, cuando los Reyes Magos vinieron por primera vez a nuestro barrio. Mi hermano y yo, que muchas veces jugábamos a ser astronautas o exploradores en África, nunca habíamos soñado con poder hablar con Baltasar, nuestro rey favorito, y ahora que teníamos la oportunidad dependíamos de que alguien nos llevase a la recepción real. Con papá no se podía contar, siempre trabajando, siempre de mal humor; menos mal que a mamá la dejaron salir antes del taller de costura y, aunque casi al final, llegamos a tiempo.
No sé si fue por la emoción o por la tensión de la espera hasta el último minuto, pero me quedé mudo y, para colmo, se me cayeron los caramelos que me había regalado Melchor. Fue al agacharme a recogerlos cuando nació mi vocación de detective. Allí había un misterio que desentrañar: papá era pintor, y Baltasar llevaba sus zapatos.
Esta Nochebuena cenamos con tío Andrés. Puntualmente, a las ocho y media nos reunimos en el portal para subir por las escaleras animando con panderetas y zambombas. Elena es la más joven, tiene dieciocho años. Termina de adornar el pino y enciende las luces, juntos cantamos “Noche de paz”. Tras alguna lagrimilla emocionada del tío, nos sentamos a la mesa, sobre la que desfila el consomé, el asado, marisco y vinos. Engullimos con avidez los alimentos entre risas y los chistes del tío. Dentro, en el salón todo es alegría y calma, fuera está nevando. Ya en los postres, compartiendo turrón y frutas escarchadas, repartimos los regalos y el tío, nos muestra su álbum familiar: fotos de navidades pasadas, cuando vivían sus padres y él era un niño. Los juguetes, las velas, en ellas se perciben la inocencia y los sueños infantiles. El tío se ausenta unos minutos del salón y yo aprovecho para sacar la agenda
– Mañana nos reuniremos en la calle Roble nº 6, se trata de un hombre de ochenta años, al que debemos llamar abuelo Felipe, si le gustamos nos contratará para el día de Reyes.
Aquella Navidad, de niño, calculé que en el 2045 yo tendría cuarenta y siete años. Me veía en el futuro, tan feliz como lo era entonces. Recuerdo a mi madre y mis hermanos adornando el árbol, un pino recién traído del monte por mi padre. Algunos regalos se repartían entonces y otros el día de año nuevo. A mí me tocó la maqueta para armar de un transatlántico, porque siempre decía que de mayor quería ser capitán. Ahora se aproxima el 2045. Ya no hay navidad, muerta como todos mis familiares junto con millones de seres en la gran guerra. Y tampoco nacen más niños.
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