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Hank lleva largo tiempo intentando comunicarse con una de las tres estrellas rojas, la más brillante, esa que parece llamarlo desde el cielo; sin embargo, por más que llora y suplica nadie contesta, nadie viene a buscarlo. Lo abandonaron siendo un niño en un mundo que siempre le ha resultado ajeno y cruel. Creció en la calle, solo, sobreviviendo de las sobras y ocultándose de la vista reprobadora de la gente. Su único asidero a la cordura ha sido la certeza de que allí arriba se hallan los suyos. Esa noche, sentado en el porche de su casa, mira con fruición el firmamento. El palpitar del cosmos se refleja en sus pupilas, que se dilatan y retraen oscilando entre el entusiasmo y la pena. Ya no puede esperar más. A su lado hay una batería de coche de la que emergen varios cables conectados a un colador metálico con el que cubre, como un casco, su cabeza verde y escamosa. Apenas unas lágrimas y volverá con ellos.
La maestra les entregó el libro y la hoja de lectura. «Tienen que leer durante diez minutos. No olviden la firma de un adulto«. Dana respiró el desagrado colectivo, los bufidos como ranas en acrobacia allá, al final del salón. Cuando llegó a su casa, al pie de las tareas, lo hojeó. Iba atascado de palabras, con ilustraciones opacas colgando aquí y allá. Murmuró:
– Quizás, si la maestra nos hubiera ofrecido a cambio un playstation o un wii; pero leer cada semana, obligados, por ¡tres estrellas!
Escribió cualquier cosa y su madre, sin tropezarse en los detalles, le firmó.
Lucas nació con «buena estrella«. Vino al mundo como el hueso de una ciruela escupido con fuerza, directo a las manos de la comadrona. En el instituto, cuando aquel loco disparó sobre sus compañeros de clase, Lucas y su «buena estrella» estaban encerrados en el servicio, fumando el primer cigarrillo prohibido. Hoy debería estar muerto, tirado en el asfalto, pero su «buena estrella» también le ha salvado de esta. Por eso, Lucas se incorpora, busca su zapato izquierdo, se limpia la sangre de la cara y deja el coche empotrado en el quitamiedos.
—Tienes mal aspecto, Lucas.
—El de un zombi.
—¡Eso!…
Ahora, Lucas se siente apagado, fugaz, del montón. Mira al cielo: allí está, la más brillante. ¡Su estrella muerta!
Cuenta la leyenda que hay un ente supremo al cual se le adjudica el diseño de lo que hoy conocemos como universo. Sin saber si tenía otro fin que el de hacer más llevadera su propia identidad, comenzó a regurgitar una mezcla de buenos deseos y malos pensamientos.
Creó mundos perfectos, donde todo era sano, no tuvo en cuenta que para un equilibrio energético, era necesario compensar con la destrucción y el caos, dejando siempre algo abierto para su propia seguridad.
Les dio vida. Pero al poco tiempo, reconoció que se generaba descontrol: elementos inteligentes autónomos reseteaban el sistema, algo con lo que tenía que contar.
Decidió clasificarlos, de manera que a modo de estrellas, les daría vida y luz propia, pero también periodo de caducidad. De tantas que hizo en alguna que otra, quedó de cuestionable calidad.
“-Por veinticinco pesetas: personajes que hayan marcado un momento importante en la historia de la humanidad, por ejemplo: Napoleón…
-Napoleón, Rajoy…”
Hoy, que ya solo le quedan tres estrellas en el escaparate, indeciso y sin ideas, usa el comodín del público.
Sabe que queda la esperanza, la avaricia y el último jinete del apocalipsis aún están por llegar.
Ayer papá fue a buscarme al parque antes de lo habitual. Caminamos en silencio por la alameda desierta. Me sentía mal, tenía los pies helados. Empezaba a atardecer y a ambos lados los árboles alzaban al cielo sus brazos desnudos en muda oración.
Al llegar a casa mamá tenía la cena preparada.
– Chicos – musitó – comed vosotros, yo me siento incapaz.
Se dirigió a la repisa, cogió la caja de costura y se encerró en su habitación dando un portazo.
Quise seguirla pero la mirada de mi padre me disuadió.
Desde mi cuarto oía a mamá llorar y a papá intentando calmarla. Su voz sonaba extrañamente dócil:
– Ruth, tenemos que llevarlas, no hay elección.
Apenas he dormido, no sé qué ocurre, no sé porqué no me cuentan nada, no sé por qué de repente este frío, este temblor en los huesos.
Los tres hemos desayunado poco, antes de salir cogemos los abrigos. Acabo de darme cuenta de que cada uno de nosotros lleva en la solapa un parche con una estrella de David en su interior.
Papá abre la puerta. Sí. Parece que el invierno se ha adelantado aquí, en Düsseldorf.
Tengo que hacerlo, no atino a encontrar alternativa, debo abandonar la casa y encontrar alivio. La merma cotidiana e inevitable ha deshilachado nuestras palabras hasta relegarlas al más feroz de los silencios, azuzando la recreación de una vida en la indigencia emocional más absoluta. Tú me sonríes. Yo te sonrío. Nosotros, no logramos miramos…
Es tanta la carga de lo diario que, el cansancio ha perfilado nuestros rostros en una quimera perpetua y hoy, hoy necesito detenerme y reflexionar sobre mi hambre de vida.
Nuestros caminos han llegado a un callejón ciego, mudo y sordo en el que poder esconder en cada pliegue de nuestros sentimientos lo más auténtico.
Ya no puedo seguir mintiéndome con delicadeza, sangrando lentamente; siento la necesidad de alzar la mirada y carearme con la coherencia más íntima, solicito a mi mediocridad dejar de sentirme como un hotel de tres estrellas: discreto, funcional, accesible y sin demasiadas pretensiones. Codicio autonomía para apasionarme, pretendo recuperar las riendas de mi conciencia y dejarte ir, al tiempo que, quiero irme, hilvanar mis soledades en un vaivén de honestidad. La cuenta de nuestro matrimonio, está saldada
Cada mediodía y desde hacía muchos años, la Señora Mercedes limpiaba el despacho de un reconocido novelista. Con esmero repasaba el polvo de las estanterías, llenas de diminutos cajones donde tenía muy bien clasificadas y ordenadas todas las palabras, pequeños tesoros ya olvidados. Aquella mañana, repasó con mucho cuidado cada rincón de la habitación. Castillo, luna, tres estrellas, caballeros, escudo, espada, trono . Muy nerviosa, cogió cada una de las palabras y se las guardó en el bolsillo de la bata. Era su cumpleaños. Cinco añitos y nunca había tenido un cuento.
Me encanta el riesgo.
Llámadme loco, Acusadme de no tener apego a la vida, de ser un inconsciente. Pero, la sensación de dejarte caer desde arriba del puente atado a un simple cable elástico… esa…esa no la cambio por nada.
¡Menuda descarga de adrenalina!
¡Menudo subidón!
¡Uh, uh, uh, uh ,uuuuuh!
Bueno, si acaso… hasta ayer.
La primera estrella la vi cuando, tras arrojarme al vacío, me percaté de que el novato de la expedición era el que había medido mi cuerda. El muy inútil había puesto tres metros más de lo que debía de acuerdo a mi peso. La vi cuando di con mis dientes contra las piedras del río.
El primer y descontrolado impulso hacia arriba me hizo ver la segunda estrella, cuando, desequilibrado como subía, di con la cabeza en un pilar del puente.
Y cuando la cuerda que me sujetaba friccionó contra una esquina de hormigón y se cortó, dejándome caer desde lo alto, entonces vi la tercera y definitiva estrella.
Ahora, desde mi cama del hospital, escayolado e inmóvil desde hace seis meses, apenas atisbo a ver alguna estrella por la ventana, cuando cae la tarde, antes de que esa insensible enfermera me la cierre.
Martes 21
Este bolígrafo verde que papá me ha traído me gusta. Sigue lloviendo. Los del equipo estarán entrenando en el polideportivo. Me duele un poco la cabeza. Hoy empieza la primavera.
Jueves 23
Ayer tocaba quimio, no pude escribir. Hoy está nublado. Han venido a verme los abuelos, el abuelo cada día está más sordo. Están tristes, lo disimulan contándome batallitas. Les quiero mucho.
Viernes 24
Ya tengo compañero de habitación. He perdido el boli verde, pero la doctora me ha dado el suyo esta mañana. Era pelirrojo. Se llama Andrés. A él no le gusta el fútbol, prefiere el baloncesto. He empezado a leer una novela que tiene por protagonista a una rata que se llama Firmin, es diferente, me gusta.
Lunes 27
El sábado tuve muchas visitas. El domingo, papá y mamá con sus mimos y sus besos. Hoy ha venido un hombre divertido. Dice que su cabeza estuvo hace muchos años tan pelona como la nuestra. Ha sacado del bolsillo de su bata tres botones enormes, amarillos, y los ha colgado del techo a diferentes alturas. Parecen estrellas. Cada día va a traer tres botones amarillos, tres estrellas, para que podamos verlas desde la cama.
AGO54. A LA DERIVA, de Joaquín Valls Arnau
AGO135. CUESTIÓN DE IMAGEN, de Belén Molina Moreno
Enhorabuena a los dos.
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