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Me pediste que posara para tu cuadro, necesitabas alguien que transmitiera dulzura, decías. Sabía lo importante que era para ti, de él dependía tu futuro en la Galería. Accedí gustosa y acudí día tras día al estudio dónde las horas transcurrían lentas, muy lentas, y tus ojos posados en mí revelaban todo lo que de ti no sabía.
Conforme pasaba el tiempo fui penetrando en tus pupilas, atravesando mares luminosos dónde cada sensación era diferente a la anterior, conocí más en esos días que en toda mi vida. Nunca hubiera podido imaginar lo que en ese viaje aprendería.
Concentrado en tu obra tu cuerpo resplandecía, tus manos eran mariposas que revoloteaban creando vida, me dijiste cosas que no comprendí, pero en mí crearon la magia de vivirte (vivirme) como jamás sospecharía.
Olvidé mi cuerpo, su existencia, dejé de tener presencia física; sin darme cuenta, no sé cómo ni cuándo, fue en el cuadro donde mi viaje terminó. Tus palabras y el aleteo de tus manos no eran otra cosa que brujería.
El viaje por la vida me enseño que nacemos con los ojos vendados y caminamos a ciegas de la mano de nuestro destino que es quien guía nuestros pasos irremediablemente.
Aquellas palabras que nunca debí pronunciar, los errores que marcaron el curso de mi vida forjando la persona que hoy soy ya no desvelaran mis noches.
Siento que mi paso por este mundo ha sido fugaz y que se me escapo el tiempo buscando la felicidad que no logré encontrar.
¿Para qué tanta lucha, tanto sufrimiento si al final no quedara ni rastro de lo que fuimos?
Al abrir los ojos y no encontrarte no me asaltara de repente la duda de estar vivo.
Aquí se quedara mi casa con todas mis cosas dentro. Allí donde voy no necesitare nada.
Seguramente las fotos juntos que con tanto cariño atesoro terminaran en la basura pues a nadie pueden interesar.
Me voy sin equipaje pero con el corazón cargado de recuerdos. Conmigo morirán también todos aquellos que solo viven en mi memoria y que ya no recuerda nadie.
Como cada noche apago la luz de mi mesita de noche y me sumo en la oscuridad aguardando el final.
Habían emprendido aquel viaje forzoso, el mismo día de año nuevo. Hubieron de tomar hasta cuatro trenes distintos, cruzando varios países. Una vez allí, los horarios de visitas eran muy estrictos: de diez a doce por la mañana, y de cuatro a seis por la tarde. Cuando no estaba con él, su padre permanecía en la pensión leyendo, a resguardo del intenso frío exterior. A él acudían a despertarlo al alba, y durante buena parte del día no cesaban de hacerle pruebas, mientras hablaban entre ellos una lengua extraña.
En el rato que ambos pasaban juntos cada mañana, bajaban caminando hasta el lago, donde algunos patinadores trazaban figuras sobre la superficie helada, y de regreso se dedicaban a chutar castañas en una solitaria plaza. Por la tarde escribían a casa, y jugaban una partida de cartas tras otra. Iban anotando los puntos acumulados hasta que, cuando en un campanario próximo daban las seis, la enfermera hacía su aparición por la puerta. Entonces su padre se levantaba, se despedía de él con un beso y salía precipitadamente de la habitación. Esa última partida de la jornada, que en algún caso hubiera podido decidir el resultado final, quedaba siempre inacabada.
Mi último viaje lo quise hacer con mi hermano, pues él también recibió la misma comunicación que yo. Organizamos, por tanto, la marcha. Él presentó su dimisión como vigilante jurado mientras yo me encargué del papeleo y de escribirle una carta de amor a Paula. Juntos preparamos el equipaje —con muchas dudas sobre aquello que debíamos embalar—, adecentamos la casa para evitar regañinas futuras y nos despedimos de nuestros amigos y familiares vivos por si tardábamos en volver. Como rezaba en el mensaje, partimos de madrugada y entramos por la puerta de atrás del lugar acordado. Allí estaban. Papá no se parecía en nada al que habíamos enterrado y mamá había rejuvenecido como una folclórica. No les preguntamos ni quisieron explicarnos por qué de su petición, pero tanto mi hermano como yo, aceptamos el intercambio. Era nuestra forma de agradecerles que un día nos dieran la vida y con esto empatábamos con ellos. Antes de partir, nos presentaron a sus vecinos y nos advirtieron de que nos portáramos bien en su ausencia. Hoy seis meses después, olemos a muerto y no hemos logrado comunicarnos con ellos, porque según Doña Paca, disfrutan de una nueva luna de miel.
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Imagen del asteroide B612,
captada en el espacio por la nave
del comandante
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Me sorprendieron sus ropas y que no renunciara a sus atuendos a pesar de sentirse distinto. Su turbante azul teñía su rostro con los colores del mar, anudado a su cabeza como una cobra a la rama de un baobab. Era su señal de identidad. Hicimos amistad en el segundo año de facultad, él me confesó ser un tuareg, me enseñó su alfabeto, el tifinagh, y me susurró que a diferencia de nosotros no necesitaba ser alguien, porque él, ya era. Tuareg de ojos azules, ¡el color celeste del mundo!, un personaje singular que me invitó a su país de origen.
Allí, yo era el diferente, mis vaqueros y mi gorra atraían la atención de un pueblo nómada acostumbrado a los rigores más extremos. Muy pronto aprendí que su concepción de vida y la nuestra no eran excluyentes, pero sí muy distantes: nosotros llevamos reloj, pero ellos disponen del tiempo.
Desde aquel viaje tengo una habitación sin ventanas, una alfombra de arena y mil estrellas en el techo. Al tumbarme, oigo mis latidos haciendo eco en el desierto, el tiempo se detiene y me enredo en su turbante sintiéndome libre. Ahora me emociono con cada sorbo de agua.
Después de algunos meses he vuelto de un viaje transoceánico, esperando pronto volver de nuevo a continuar mi vida aquí. En el lugar que estuve aprendí mucho y he regresado acompañado con alguien diferente a los de aquí, pero que espero no lo sea cuando este lugar aprenda de una vez que el mundo no acaba aquí.
Soy un observador, una especie de periodista. Me han enviado aquí para tratar de comprender por qué nos dejan nuestro suelo lleno de trastos inútiles, de hierros retorcidos y de basura. Los hemos observado desde allá, pero no nos determinamos aún a salir de nuestras ciudades subterráneas llenas de luz artificial, de agua en abundancia y de alimento. Sin embargo, ellos tienen lo que nosotros no tenemos: jardines, mares, aire libre y muchas cosas más. Por eso no comprendemos por qué son tan estúpidos como para matarse entre sí en lugar de disfrutar de tanta belleza. Ya tengo decidido el informe para mis jefes.
De momento, y mientras no cambien, no les revelaremos que hay vida en Marte, no sea que nos contaminen.
Aquel viaje me enseñó que ya nadie quería bailar conmigo. Lo recuerdo como si fuese ayer. Entré al vagón y aferrado a uno de tantos hierros fui testigo de la función: tres señores de bien ojeaban periódicos del día; dos escandalosas quinceañeras coqueteaban con un desgarbado pelirrojo, una quejicosa mujer presumía constantemente de sus achaques; la pareja de jóvenes enamorados sonorizaban el lugar; una chica atractiva leía su libro de tapas blancas; los dedos del muchacho trajeado recorrían su corbata impacientemente; un pequeño sector posaba sus ojos sobre la pantalla de un móvil táctil; mientras el resto del pasaje clavaba su mirada en un punto alejado del peligro
En cada parada el convoy se detenía, dando paso a una breve coreografía de movimientos rápidos, simultáneos y certeros, que permitía la entrada en escena de nuevos actores, y la baja eventual de alguno de los citados. Sin embargo yo, luciendo mi octogenaria sabiduría, lejos de la agilidad de otros tiempos, permanecía de pie, parada tras parada, aferrado a una barra vertical, como único chaleco salvavidas entre mares de indiferencia, aprovechando que ésta carecía de cualquier empatía para poder ocupar otro asiento.
Los turistas que se animan a viajar hasta el valle noroccidental del planeta Gliese, no dejan de lamentar el desastre… «Este rincón del universo se parece cada día más a cualquier metrópoli de la tierra. No vale la pena invertir una fortuna si es para ver las mismas cosas que pueden contemplarse en Londres o en París».
Al cabo de su descubrimiento, el hombre, fiel a la divisa que constituye su marca registrada, domeñó, sometió, cruzó lo foráneo con lo autóctono que le llamó la atención y luego destruyó lo demás importándole un pitoche el equilibrio cósmico y el respeto al derecho ajeno.
«Por mí, que estos mandrias del demonio no regresaran jamás», me farfulla una ingeniera ambiental de Saturno que trabaja conmigo en la reconstrucción del valle. Yo no sé qué pensar. Sin la afluencia de turistas el comité interplanetario seguramente suspendería los recursos que sustentan nuestro proyecto y, abur reparación.
«Es preferible que vengan acá a que sigan expandiendo su coto de excursión por todo el universo», le respondo. «Tienes razón, candongo. Entonces, a esconder las especies que vayamos recuperando para evitar que se las lleven de souvenir».
Siempre he sido un alma viajera. De niña visité los bosques de Caperucita, navegué por el Mississippi con Tom Sawyer y exploré el País de Nunca Jamás de la mano de Peter Pan.
Cuando salí de la Universidad ya había coincidido con Casanova en los canales de Venecia, había dado la vuelta al mundo en 80 días con Phileas Fogg e incluso había hecho una excursión a la luna con Cyrano de Bergerac.
Me he topado con gentes de la más diversa condición: hidalgos que creían ser caballeros medievales, como un tal Alonso Quijano, que conocí en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme; hombres enfermos de soledad como el Coronel Aureliano Buendía al que encontré en Macondo y bellas doncellas dispuestas a morir por amor como Julieta Capuleto con la que compartí desesperación en Verona.
He llorado las lágrimas de tristezas ajenas y he sentido en mi piel el respingo de sus primeros besos. He viajado por sus mundos y los he respirado tanto que los he hecho míos, sin salir de mi casa, sin levantarme de mi orejero, compañero de viaje, compañero.
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