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Cuando le preguntaban al abuelo qué había sido en la vida, una lucecita se encendía en sus apagados ojos y una sonrisa torcía los pliegues de la piel que rodeaban su boca: “viajero” -contestaba-, y su voz se convertía otra vez en un rugido; venciendo la languidez de su actual tono, comenzaba a narrarte su vida.
Empezaba su viaje con las vivencias de su niñez y adolescencia. Te hacía saborear las escasas golosinas que deleitó y oler la leña que ardía en la cocina económica, y saborear las patatas con carne que comía al menos tres veces por semana: “muchas patatas y poca carne” –repetía, muy serio.
Continuaba su viaje paseando por las pasiones de su juventud y ahí se quedaba: prendido del recuerdo de la abuela. Se olvidaba de que estabas a su lado y se emocionaba mirando un punto indefinido que estaba más allá de la pared que tenía enfrente: “el paisaje de su cuerpo, ha sido la parte más hermosa del viaje”. Gruesas lágrimas brotaban de sus ojos empapando los amarillentos algodones de sus recuerdos.
Hay un desierto por delante. Una línea apenas ondulada. A lo lejos, espejismos líquidos.
Voy.
Morral en bandolera, sandalias franciscanas, raído pantalón, hilachas, camisa a cuadros que alguna vez fue colorinche y un viejo sombrero que aún sirve para engañar al sol.
El paso es lento. ¿Lento? No, no creo que sea lento, más bien un deslizarse sereno sin pensar en el siguiente paso. Eso es: todo el placer en cada paso, único, sin antes ni después, clavado en el polvo y sin embargo en movimiento.
Veo algo al borde del camino. Parece un niño. Parece estar sentado. Sí, eso es. Dos caballetes sostienen una tabla y sobre ella, algunas frutas que al parecer el niño ofrece al caminante. Frutas del desierto. Bajo un cobertizo improvisado, el niño y este instante.
—Zumo fresquito…— dice en voz muy baja y acerca con sus brazos un cuenco que rebalsa. Me lanzo sobre el cuenco y un denso líquido chorrea entre mis dientes.
Se adormece la sed entre mis labios, mientras el niño me señala un camino apenas vislumbrado que se pierde entre los matorrales.
Voy.
Y me sonrío.
Hay una mano atenta que despeja el sendero inundado de espinas.
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Sofía se siente perdida en esta vía muerta donde todo es polvo y soledad. Ya no escucha el traqueteo del tren que ha abandonado, ni distingue el rastro de humo de su chimenea diluido en un cielo de nubes grises.
Se ha apeado casi en marcha, con el cuerpo arrugado y el alma seca. Contempla los caminos de hierro por los que ha deambulado toda su vida de vagón en vagón, soñando con un destino.
A lo lejos presiente la llegada del siguiente convoy. Respira hondo, se gira y con la cabeza bien alta, da el primer paso hacia un futuro incierto. La visión del nuevo horizonte le inquieta, pero confía en que en el desierto no encontrará más espejismos.
-¿Duele? – preguntó mientras levantaba la venda que cubría mi brazo.
-No, mentí.
Mentí porque dolía, pero dolían más otras heridas, las que no sangran, las que quedan grabadas detrás de las pupilas.
En el viaje de vuelta, entre el sueño, el cansancio y la inconsciencia, mi mente se dejaba invadir por el salto de imágenes, que se iban sucediendo sin tregua ni piedad, empeñándose en que la guerra viajara conmigo.
-¿Seguro que no duele?- insistió, mirándome a los ojos
– No es una herida demasiado profunda, es soportable.
– Estas de vuelta, vivo y con mil vivencias para contar en la vejez- sonrió el médico y yo supe que no sabía (o no quería) leer detrás de las miradas
– Sólo un aprendizaje -compartí- Los muertos no son sólo los cadáveres.
Tenemos que viajar, menos mal que la ruta me la conozco al pie de la letra, todos los años el mismo paseo , el camino pedregoso y montañoso, que año tras año tengo que cruzar acompañado por los míos, atravesando ríos, largos trayectos y distancias interminables
Sino lo hacemos quizás muramos de hambre, las bajas temperaturas de esta época del año, nos mata de frío. Tenemos que dirigirnos al sur donde el verano nos espera, allí dispondremos también de alimentos.
Pero el largo viaje deja a muchos de nosotros por el camino, sin que podamos llegar al destino que nos salvaría la vida, durante algún tiempo. Hasta que algún depredador con las mismas intenciones que nosotros, sobrevivir, nos quite la vida para siempre.
Soy Roy, el Ñú mas viejo de la manada, moribundo y famélico, sin aliento, cansado y asustado. Quizás yo, sea uno de los que no pueden terminar su viaje.
El tren ralentizó su marcha con un chirriante sonido, al tiempo que lanzaba un escalofriante y agudo silbido. De repente, sin previo aviso, se apeó en aquella maldita estación.
Nunca nos lo habíamos planteado, pero a veces su alma de artista dibujaba vuelos de libertad, ni siquiera nos dio tiempo de despedirnos. Se llevó colmado de sentimientos y vivencias el equipaje de todo lo que había sido su vida.
El tren, inexorable y veloz, prosiguió su recorrido llevándome consigo.
Intento rehacer mi vida, pero cada día añoro su presencia e intento atrapar nuestros días para que no se disuelvan en el transcurso del tiempo.
El viaje me enseñó que es posible seguir adelante: evocando los instantes felices y manteniendo vivo el recuerdo de nuestro amor.
Mi viaje duró cuarenta días. Pero no fui a ninguna parte. Permanecí inmóvil, en una cama de hospital, atravesada por sondas y tubos conectados a máquinas. Con los ojos cerrados y la conciencia dormida.
Sin embargo, cuando desperté recordé haber estado muy lejos de allí, asomándome a un abismo, y al borde del espacio y las estrellas donde dicen que vive Dios.
También estuve muy adentro de un océano helado, y de mis propias profundidades, mis tripas, mis pulmones, mi corazón…
Fue un viaje a la oscuridad, al miedo y al dolor del que volví con la absoluta certeza de que La Vida me ofrecía algo y me obligaba a algo. Me daba la oportunidad de cumplir mi deseo más antiguo y oculto; y me recriminaba por no haberlo hecho antes, pues sólo atendiendo a ese deseo mi vida adquiriría su auténtico sentido, el que hace que la vida de uno merezca la pena de verdad.
Aquel deseo que yo llevaba traicionando toda mi vida era el deseo de escribir.
Salí del hospital y desde entonces escribo.
Y, aunque arrastro una pequeña minusvalía, juro que soy feliz y que me alegro muchísimo de haber estado a punto de morirme.
El viaje me enseñó el camino equivocado. Me dejaron crecer, y en un crucero, confundido perdí la transparencia al adquirir lo opuesto de los valores reales. La riqueza verdadera no requiere de bancos para guardarla, de mí depende que las horas felices en la vida no tengan límite en el conteo… el amor verdadero se escribe en la página del que lo vive. Hay muchos senderos que no son sinónimo de crecimiento y no aclaran que todo sueño puede ser real, si es que estás dispuesto a pelear con coraje para obtener la juventud eterna. Mintieron al predicarme que la plataforma del despegue estaba en la credibilidad que me otorgaran. Desgasté el tiempo sin creer en nadie, sin percatarme de que la calidez humana no se da en una mente educada, sino en el corazón del que aprende a amar al amor con el amor mismo. Un beso sin miedo no necesita de poesía; queda escrita en los labios de quien lo recibe; no hay peligro de desgarre cuando los rasguños del amor en caricias se convierten.
El final del viaje nos enseña que ser feliz no es buscar, sino sentir al responsable; sólo así llega la libertad del pensamiento.
Hacia un rato que se había ido el cura…
No sentía ningún dolor, solo la molestia de este ruido continuo de fragua…
Le habría gustado saber de quien era esta mano tan fresca que se posaba sobre su frente:
“conociendo mi suerte con las mujeres, ¡ya veras como es la de una monja!… Además ¿quien quisiera un casi vagabundo?… que le habían enseñado sus múltiples viajes?… pues… ¡pues principalmente que siempre vuelves a casa!…”
Hizo un esfuerzo para recordar:
“India… mal virus… repatriación… oí al medico asegurar que era mi fin… ¡y hasta que no tenia yo consciencia! Valiente estúpido…”
No tenía miedo, estaba expectante, ni creyente ni ateo sentía curiosidad:
“¿que le esperaba después del viaje de la vida?”…
Intento mover los dedos sobre la sabana… una mano vino a su encuentro… consiguió entrelazar sus dedos…
Una voz se exclamo: “este hombre tiene consciencia!”…
Otra docta: “un reflejo igual que los bebes”…
Sentía una gran paz… por fin había parado el soplete tan molesto de la fragua…
Algo chafado: “ni desfile de mi vida, ni túnel, ni luz, ni espera de seres queridos…”
Vuelo lento y aterciopelado de su consciencia tal mariposa nocturna…
Paz… ¿La NADA su nueva casa?
«Tienes que ir tras ella, Ángel”, me decía.
Tras tanto buscar, el frío sur me encendió el fuego que creía extinguido. Pies llagados, cruzando ríos, surcando montañas y contemplando mares, llegué hasta ella, toda silencio, toda misterio, tras un día de viaje y más mil kilómetros.
El silbido del viento sonó entonces como reverberación de un vacío infinito, el de mi alma, confundida con aquella estepa seca y amarillenta.
La abracé hasta llorar. La besé sin refreno. La escuché con pena: “Así no podemos estar”.
Rogué por más tiempo. Imploré por otro beso. Le dije una y otra vez que no podría… “Son sólo palabras, Gustavo”, sentenció, antes de dejarme, mirándome profunda, con sus ojos verdes y su pequeña boca.
El viaje me enseñó que las distancias no existen, pero transforman.
Entonces, volví al inicio, cuando era el verbo, porque apenas me queda uno para decir que sin ella, muero.
Llegamos al aeropuerto y los pasajeros ya estaban en los departamentos de salida. Nos apresuramos a facturar. Fuimos conscientes de que quedaba poco tiempo para estar con ella.
Se nos agolpaba en el corazón y la garganta, una sensación de angustia; su padre tenía los músculos de la cara tensos. Ella, parecía tranquila pero, no nos miraba, temía “mojar el ojo”.
Nos despedimos justo antes de pasar por la puerta de seguridad, con abrazos más cortos y menos apretados que a la llegada, así no facilitaríamos el paso a las lágrimas, ni al vacío sin fondo del interior del pecho, ni los agolpados latidos en las sienes…
– Llama en cuanto aterrices y cuídate…
– !Qué sí mamáááá!
Salió del pasillo al túnel que lleva a la entrada del avión. Nuestros ojos la perseguían pero, se estrellaron en la esquina del ventanal y se rompieron en llanto…
Esta vez, sabíamos como iba vestida, como llevaba el pelo, como estaba… Partía al norte de Europa, su presente; pero, ¡estaba tan lejos!
Volveremos a esperar otro avión en otro julio, y estaremos ojo avizor para reconocerla, abrazarla y disfrutar de su visita.
Quizás vayamos a verla en septiembre.
Hasta luego hija. ¡Snif!
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