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Llegamos al aeropuerto y los pasajeros ya estaban en los departamentos de salida. Nos apresuramos a facturar. Fuimos conscientes de que quedaba poco tiempo para estar con ella.
Se nos agolpaba en el corazón y la garganta, una sensación de angustia; su padre tenía los músculos de la cara tensos. Ella, parecía tranquila pero, no nos miraba, temía “mojar el ojo”.
Nos despedimos justo antes de pasar por la puerta de seguridad, con abrazos más cortos y menos apretados que a la llegada, así no facilitaríamos el paso a las lágrimas, ni al vacío sin fondo del interior del pecho, ni los agolpados latidos en las sienes…
– Llama en cuanto aterrices y cuídate…
– !Qué sí mamáááá!
Salió del pasillo al túnel que lleva a la entrada del avión. Nuestros ojos la perseguían pero, se estrellaron en la esquina del ventanal y se rompieron en llanto…
Esta vez, sabíamos como iba vestida, como llevaba el pelo, como estaba… Partía al norte de Europa, su presente; pero, ¡estaba tan lejos!
Volveremos a esperar otro avión en otro julio, y estaremos ojo avizor para reconocerla, abrazarla y disfrutar de su visita.
Quizás vayamos a verla en septiembre.
Hasta luego hija. ¡Snif!
Fueron muchas horas en coche pero mereció la pena: ese viaje me convirtió en quien ahora soy.
Llegué a casa exhausto. En el ascensor me aflojé la corbata. En la entrada dejé el maletín. En el sofá tiré la americana. En la ducha me limpié la sangre. En mi cama conté el dinero y desde el suelo mandé un mensaje al móvil de mi mujer diciéndole que la quería.
Por primera vez se lo dije de verdad. Por primera vez, ella no leería un mensaje mío.
Cinco años después, Malena regresó a Madrid tras recorrer en el avión diez mil kilómetros. Llegó tan triste como una cereza cuando es separada de su rabito, antes de tiempo, porque le acompañaba una ausencia desde Tokio
Con el ánimo cual pedúnculo marchitado, alquiló un coche en el aeropuerto y condujo por la autovía hacia Extremadura. A mediodía llegó a Cabezuela del Valle. En la habitación del hostal abrió la maleta y sacó alguna ropa y objetos. La pintura de un cerezo en flor decoraba el bello estucado de la urna fúnebre que depositó sobre la mesilla.
Paseando por la calle, entró a la frutería y sus ojos se clavaron en las bandejas llenas de picotas. El amable dependiente le ofreció algunos de esos frutos colorados. Malena probó uno y sintió cómo maduraba su ánimo, mientras saboreaba el gusto fresco y dulce sin empalago de la picota, igual que un beso de Toru, su marido, revivido en ese momento. En su cabeza resonó el poema que le escribió al conocerla:
Comamos fruta madura
cobijados por la sombra
de un cerezo.
Aquella noche volví a abandonar mi cuerpo. No lo hacía por primera vez, ya no me asustaba, simplemente me dejaba ir.
Esperé en el portal, todo permanecía tranquilo, era de madrugada y sólo se veía a algunos jóvenes que volvían a casa.
Pasó mi autobús, lo reconocí sin problemas, me subí, di las buenas noches al conductor y me senté emocionada y nerviosa. No estaba sola. Había más viajeros en el vehículo.
Por fin llegamos a la siguiente parada, las puertas se abrieron y allí esperaba él, de nuevo, con su sombrero de fieltro gris y su gabardina, tal y como yo lo recordaba. Subió al autobús, saludó al conductor y se sentó a mi lado.
No sé durante cuánto tiempo hablamos ni cuánto duró nuestro recorrido, pero poco a poco el autobús se fue quedando sin pasajeros.
Amanecía…
Sólo estábamos los dos cuando el conductor paró y mi abuelo me dijo:
– Es tu parada, los vivos os bajáis aquí.
Y volví a ocupar mi cuerpo.
Me asomo a la galería interior de la finca donde vivo y el patio de vecinos es un gran mapa del mundo. Mis ojos viajan por él. Y estoy en el Tíbet viendo como vuelan los deseos de colores de sus habitantes, las banderas de plegarias, que colgadas de lo más alto se lleva el viento que se purifica entre las cumbres del Himalaya. O las ofrendas coloristas de pequeños templos improvisados en cualquier rincón budista. Y más allá, los barriletes de colorines de Guatemala, los niños que corren y los elevan al cielo de sus antepasados para que no se sientan solos el día de difuntos, su día de fiesta en los cementerios. Enfrente las sábanas, que como velas blancas de embarcaciones hinchadas por la brisa, surcan océanos de piratas y mares de contrabandistas.
Las ropas tendidas de mis vecinos representan sus anhelos por recoger pedazos de sol y cielo de imaginarios viajes, que guardarán celosamente en sus armarios.
Fui sólo un mínimo latido…
Crecí un poquito cada día, primero fue el cerebro, luego desarrollé alguna protuberancia que se transformó en pies, manos, ojitos.
Mis neuronas tomaron el mando dirigiendo a los genes hacia su destino, impresionante el orden y la disciplina.
Aunque a mi nadie me oye, puedo disfrutar las voces y arrumacos de mi madre, sentir las caricias de mi padre, asimilo las alegrías, el placer, el dolor, las penas.
Tropezaré con laberintos emocionales que deberé resolver con astucia e inteligencia, las palabras, amar, odiar, protección, desprecio, triunfo o fracaso cobraran significado
Conoceré estaciones de felicidad, habrá pérdidas importantes, sortearé escollos increíbles y dependerá de mí ser feliz.
Ha pasado el tiempo y debo tomar coraje para empujar con fuerza la puerta de salida para comenzar mi viaje de vida
Estoy decidido… Entraré al mundo con un agudo grito de triunfo.
Descubriré que el silencio muere mañana.
Mayo y sus flores me depararon un encargo: ser jurado, visitar la otra orilla. Y con total humildad y ciertos temores, acepté.
Durante el viaje he leído y releído, me he reído, me he emocionado, he reflexionado… el viento arrollador de tanto buen microrrelato me ha obligado a tener las piernas sujetas a las patas de la silla para no salir volando, he sufrido al tener que elegir unos y dejar otros en el camino, me he sentido culpable por ello, he sentido la soledad del juez, he visto cara a cara mis carencias, he dudado, he aprendido, he analizado como nunca antes, me he exprimido, me he sentido arropado por el resto del jurado y finalmente hemos llegado a un veredicto.
Por todo lo anterior mi balance es positivo, lo aconsejo a todos.
Tan sólo espero la comprensión de los que se sientan defraudados, que me sepan recibir de nuevo en la orilla de partida.
Gracias por saber entenderlo y enhorabuena a todos, finalistas, nominados, participantes y organizadores.
Un saludo indio
Mitakuye oyasin
David Moreno, jurado en la convocatoria del mes de junio
Los relatos elegidos correspondientes a Junio han sido:
Gracias por vuestra generosidad.
Y nada más, llega el momento de disfrutar del viaje, de ese viaje que tanto nos enseñó…
Comenzamos el viaje cogidos de la mano, con las maletas llenas de ventanas abiertas y con horas repletas de minutos pintados de color arcoiris. El camino fluía a nuestros pasos, amplio unas veces, angosto y serpenteante, otras, marcándonos la danza de talón o puntilla, de firmeza o sigilo, vestidos de silencios o tiñendo de risas el aire que nos envolvía.
Al doblar una esquina, un latigazo súbito, traidor y fulminante rompió el tiempo y entintó nuestra marcha de miedo y soledad. Tú resististe, agarrado a mis lágrimas, pero una tarde, te abrigué con promesas de futuro y dejé que habitaras los mares …y continué la marcha.
Este viaje me enseña cada día que he de adaptar el paso a la naturaleza del camino, que a veces he de romper los finísimos tacones valientes y hasta que andar descalza si hace falta, sorteando los charcos y las piedras, que tengo que hacer pausas para mirar el infinito, y alguna vez, he de mirar atrás, para firmar la paz con el pasado y comprobar que allá donde el camino fue proyecto, una mirada cómplice sonríe.
ZZZ…un momento, oigo pasos. Y esta vez, parece que se acercan. Cada vez más y más. Ha abierto el baúl, ¡por fin!Cuánto tiempo hacía que no veía su cara, esos ojos de ilusión, … como la primera vez que me sacó de aquel embalaje de regalo hace ya tantísimos años. Las horas de juego con ella me fueron dejando menos suave, más sucio y con un ojo menos.“Teddy pirata” me llamaba, ¡qué recuerdos! Y después de tantas experiencias vividas, tantos traslados de casa y lo que ha parecido una eternidad en este baúl, ¡al fin vuelvo a verla! Sé que vamos a comenzar otra aventura juntos, sólo que esta vez será con la nueva pequeña de la casa. La vida es un viaje que para alguien como yo puede ser infinito, o por el contrario, fugaz. Y es por ello, por todo lo que este viaje me ha enseñado, que es imprescindible confiar… Ya me ha cogido, me está bajando por las escaleras. Espera, se abre una puerta. ¿Quién tira de mi con tanta insistencia? Es ella. Me espera un gran trabajo por delante. Seré paño de lágrimas, silenciador de risas, jugador incansable, compañero de sueños, amigo… amigo de por vida.
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