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Mil cuentos marcaron mi infancia. Tienes más cuento que Calleja, solía decirme mi madre. ¿Quieres que te cuente el cuento de la pava que nunca se acaba? Este era un gato que tenía los pies de trapo y la cabeza del revés ¿quieres que te lo cuente otra vez? Pobre Mariquilla Sarmiento que fue a lavar y se la llevó el viento. ¿Garbancito dónde estás? En la barriga del buey. El guisante que validaba princesas. El lobo que merendaba abuelas y caperucitas. La mamá cabra que abría barrigas y las llenaba de piedras. Los padres depravados que abandonaban en el bosque a sus hijos. La bruja que engordaba niños con chocolate. El niño de madera. La sirena muda con piernas. Juan y el miedo. El cisne disfrazado de pato. Los deseos del genio. Pero los que más me gustaban eran aquellos que terminaban con esa frase maravillosa \»y fueron felices y comieron perdices\». Eso sí que era un cuento.
Intento escribir un cuento ¿por qué me lo impides? Sabes que no me concentro. Procuro apartarme, no hacerme notar, en cuanto su olor llega, me alejo del lugar. Pero parece que el aire decide conmigo jugar.
Si viene del norte, del sur, del este… Mi posición rectifico para que no me roce, al final giro y giro sin parar. Pendiente de cada uno de sus movimientos paso las horas, los días… ¡qué aburrimiento! Se acerca, se insinúa, me rodea y cuando más descuidada me encuentra, se instala y ocupa hasta el más pequeño hueco de mi espacio.
Me repugnas, le digo mirándole de frente, mis ojos fijos en él; pero su impasividad, su descaro me hacen llorar.
Puros remolinos, el viento gira y gira a mi compás, nada puede evitar que pegado a mí permanezca cuando alguien decide fumar.
No importa en qué posición me ponga, ni cuántos cambios realice, el humo del cigarrillo siempre me persigue. Así nunca batiré mi record.
Cada noche, antes de acostarme, observo lo que escriben las estrellas en el cielo. No hago nada más. Después duermo. Leo más de mil historias, más de un millar de cuentos en ellas y, aunque siempre busco la misma, nunca la encuentro. Por eso cada noche leo algo distinto a lo deseado. Y mira que lo intento y hago caso de lo que me dicen los educadores del centro donde resido pero no la veo, no llego a conocer aquello que esa estrella me tendría que decir. Miro a través de mi ventana y, como decía mi abuela, intento localizar aquella que brilla más, \»la que te mira\». Pero no veo ninguna que lo haga y acabo escogiendo la historia de Orión o del Oso, defraudado por el nuevo fracaso. Pero no dejo de leer y creo que no pararé hasta que me encuentre frente a frente con ella. Entonces sé que seré feliz que habré encontrado aquello que andaba buscando. Lo que no he encontrado hasta ahora: mi propia historia. Mi propio origen.
Cuando en junio sopló el viento,
Actuó cual afinado instrumento
Dejando con su movimiento
Atiza ¡mil!, sí, mil cuentos.
Cada uno es un portento.
Unos dulces, a cientos,
En ellos hay sentimiento
Ninguno truculento, violento
Traen buen cargamento
¡Ojala fuesen medicamento!
En ellos hay tanto talento
Seguid así, no os miento.
Me animáis, me dais aliento
A todos un pensamiento:
Gracias por estos momentos.
Yo hoy estoy contento
Adiós… y mucho viento.
En la corte imperial festejaban la victoria. Los laureles brillaban sobre las frentes de los generales. Una música triunfante de clarines y címbalos acompañaba las danzas de las hetairas.
En el campo, los soldados festejaban también, en torno a los fuegos. No tenían músicas, danzas o coronas de laureles. Solo tenían los cuentos…
Nadie sabía su nombre real. Lo habían apodado Milcuentos. Era un hombrecillo de apariencia insignificante. Era por todas partes y en ningún lugar. Era el amigo de todos, pero cenaba solo. Era cobarde, pero sus cuentos eran llenos de hazañas increíbles. Era feúcho, pero sus aventuras galantes generaban envidia. Era torpe, pero imaginaba cosas de gran ingenio. Era un hazmerreír, pero sus bromas sacaban lágrimas. Era tonto, pero sus tonterías eran astutas. Era el más mentiroso de los mortales, pero sus mentiras rebosaban de verdad. Era loco, pero todos soñaban con sus locuras.
En el cielo, tocó la hora de la decadencia del imperio. Los dioses estaban indecisos: ¿cómo proceder? ¿Sacrificar a alguno de los generales? Otros diez lo reemplazarán. \»Si quiere destruir un imperio, uno tiene que matar primeramente a su cuentacuentos\» dijo el más sabio de los dioses y lanzó su trueno hacia la tierra.
Este cuento ,que hoy te cuento,justamente viene a cuento,por un pedido especial,cuentan que allá lejos y hace tiempo,salía con el número cero al ciber-espacio,una idea, con más de dudas, que certezas,por parte de su creador,un soñador que soñaba y sueña,con pescar los sueños de otros miles de soñadores,que como él,tiran al aire sus palabras encadenadas,como en una melodía,para que naveguen en el espacio,junto con sus más íntimos anhelos,para que muchos encuentren lo que buscan,muchas veces sin hallar,…pasión,ternura,amor,pasatiempo,diversión y sueños,…y,allí entramos en comunión y,aúnque somos seres indivisibles en el cosmos,cuando nos unimos formamos un nuevo mundo, en el universo de las palabras,…y,…así es como nos encontramos hoy,con su creador rondando el número mil y mirando con nostálgia para atrás,pero avanzando firmemente decidido,hacia adelante,llevando en su red de pesca,mis sueños y tus sueños,para dejarlos allí, donde álguien los elija, como interesada companía.
Cada noche, entre las sabanas, yo me hacía el dormido. Mi abuelo conocía el embuste y sólo cuando el entraba en la habitación abría los ojos para escuchar un nuevo cuento que él mismo inventaba. Alrededor de mi cama volaron dragones, lucharon nobles guerreros, me rescataron princesas y navegaron bergantines hacia tierras lejanas. Descubrí la selva, la jungla y los manglares, recorrí el arco iris y viaje por el espacio.
Así fue durante casi tres años, así hasta el cuento novecientos noventa y nueve.
No quise quedarme huérfano de cuento, y pasado el tiempo, ya habiendo cumplido los dieciocho años, yo mismo creé el cuento numero mil.
“Hubo una vez un hombre que viajó a las estrellas, dejando a un niño en herencia una infancia feliz”
Tantas palabras bullendo en el alma, tantas ideas cruzando la mente, el cosquilleo en los dedos cuando toman forma y pujan por salir hilvanadas con tinta o pespunteadas a golpe de tecla…
Crear cuentos, historias o relatos era su modo de decir al mundo lo que sentía, de reivindicar lo que creía justo, de pintar de colores retazos de su gris rutina para convertirla en otro mundo y otra historia; Derramar con ello sangre, lágrimas o veneno acumulado, era su manera de curar el corazón.
Servilletas de papel, hojas, cuadernos, folios, archivos informáticos, se habían ido acumulando desordenadamente con el paso del tiempo: Cuentos largos, cuentos cortos, casi mil cuentos narrando una vida. Aquel primer domingo de Mayo había un paquete primoroso sobre la mesa. Lloró de emoción sin escribir cuando halló en su interior una sencilla carpeta con fichas vacías. Un bonito dibujo infantil adornaba la portada y unas letras de colorines desvelaban una petición y la intención del regalo: “Los cuentos de mamá”
Llevo tres días en este lugar, cinco duchas de agua fría, cuatro electroshock y dos inyecciones del suero de la verdad. Me han puesto una camisa de fuerza una talla menor y los clips de la entrepierna me han pillado un pellejo del escroto y estoy sufriendo en silencio.
Estoy escribiendo con el dedito pequeño del pie derecho que lo tengo liberado, pero me da mucha dentera la pared de yeso blanca, pero necesito contar lo que me ha pasado.
Me encargaron codificar los 1000 cuentos que llevamos escritos, no soporto a Jams, lo tendría que haber hecho él, empecé con el sistema ASCII, el ASCII extendido, los octetos, los enteros que van del 0 al 127, los siete dígitos binarios o digitales (1111111), el octavo dígito de cada octeto (bit), me pasé al Unicode, que es una gran tabla que asigna un código a cada uno de los 50000 símbolos, que abarcan todos los alfabetos europeos, ideogramas chinos, japoneses, coreanos y un millar de símbolos especiales.
Me hice un lío, me bebí una botella de pacharán y empecé a farfullar y al no entenderme, pensaron en una crisis de demencia aguda y yo decía “1.000”.
1000 cuentos para chillarte; 1000 cuentos para levantarme de mal humor; 1000 cuentos para engullir un ansiolítico; 1000 cuentos para llegar siempre tarde a casa y retrasar el momento de enfrentarme a ti; 1000 cuentos para no compartir minutos a tu lado; 1000 cuentos para preferir leer; 1000 moscas que son siempre más importantes que hacerte crecer; 1000 cuentos son los que te cuento… pero tú nunca me dejas.
Invitaron al hombre que acababa de llegar a compartir la hoguera de su poblado haciéndole un hueco entre ellos; uno le alcanzó un poco de pan y queso, otro un cuenco de vino. Todos comían en silencio mirando cómo el fuego se desvanecía en humo. Al acabar, el forastero carraspeó para llamar la atención.
—Yo también quiero ofreceros algo.
Rebuscó en su zurrón hasta sacarlo con delicadeza y lo desenvolvió. Nadie había visto nada igual. Era brillante y mágico. El hombre volvió a aclararse la garganta y se lo regaló a todos.
—Érase una vez…
De pronto las llamas parecieron dar más calor, la noche no esconder amenazas entre sus sombras y la luna, al abrigo de esas palabras hipnóticas, iluminar ahora unos rostros donde se reflejaba la ilusión. Hasta que el hombre no terminó nadie fue capaz de oír otra vez el silencio.
—…y así el príncipe descubrió finalmente su destino. Fin.
El jefe del poblado alzó entonces la voz resumiendo lo que todos se preguntaban.
—Forastero, ¿tienes más de esos en tu zurrón?
—Tengo mil, pero para vosotros puedo inventar los que necesitéis.
El hombre sintió por fin que había llegado a su hogar.
FIN
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