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María corría entre los árboles. Ya casi oscurecía y no podía dejar de buscarlo. ¿Cómo era posible que estuviera tan desorientada? ¡Con la de veces que había ido allí a verlo!
Las grúas se ven a varios kilómetros de distancia: una nueva urbanización. Conduzco en la misma dirección cuatro veces al día desde hace ocho años y, por primera vez, siento la necesidad de pisar el terreno. Aparco el coche en una pista forestal al lado del segundo desvío. Empiezo a caminar por el sendero fijándome en las ramas de los árboles y en las piñas caídas en el suelo. Un paso y luego otro me alejan del ruido del tráfico. Por unos momentos, sólo silencio. Luego una rama cruje y se rompe, y a mis oídos llegan a tropel diferentes sonidos que no llegó a identificar. Quizá el canto de un pájaro o el movimiento arrastrado de un reptil. El bosque es poligloto.
7.45 horas. La estación de cercanías de aquella ciudad de impronunciable nombre se atesta de gente que espera la llegada del tren para acudir al trabajo. Era otoño. Adán y Eva tenían un importante examen ese día. 8 horas. Todos suben. La pareja de novios accede al vagón de cola y se sienta junto a la ventanilla. Sacan sus apuntes para repasar. Parte el tren, alcanza su máxima velocidad. Minutos después se hace la oscuridad, el silencio más profundo.
En esas noches de largas vacaciones tíos y abuelos solían contarnos hermosas narraciones o terroríficos aconteceres. Y ocurrió que en uno de esos días nuestra Abuelita Juana María, nos relató con su antiguo vocabulario este interesante cuento…
\»Ustedes saben que en el bosquecillo de álamos, que cada vez crecen más altos y ya no se veía nada donde desde aquí vivía un simpático viejecito llamado Rogelio, que pasaba sus días en soledad, en una casita de troncos.
Madrugaba como el solo, después de higienizarse, peinarse con las manos,tomarse unos sabrosos amarguitos, tirábale algún requecho al cuerpecito, para luego sentarse en un desvencijado sillón de tientos hamacándose lentamente, oteaba el horizonte, gozando el trinar de los pajarillos, que estaban posando en los altos álamos.
¿Abuela, porque era ermitaño? preguntamos a coro.
Pues porque vivía aislado de sus semejantes, solamente de vez en vez bajaba al boliche para aprovisionarse de alimentos, que les duraban un mes o dos.
Antiguamente, con mi viejo íbamos para visitarlo pero ahora ya no podemos, la alameda escondió todito, y solo nos saludamos cuando pasa para el boliche.
¡Así lo dejamos; todos a la cama, que mañana les voy a contar otro!
Como siempre algún familiar o amigo disperso en el suelo Argentino, cuando vuelvan para festejar el Fin de Año, nos relatan interesantes historias de extensos bosques de: alerces, araucarias, arrayanes, cipreses,lengas, pinos, raulíes, que dan la nota mágica en esos desolados paisajes.
El hombre o algún cazador furtivom, suelen disfrutar de esos lugares, muchas veces olvidan apagar los fogones, provocando los famosos incendios forestales.
Y tal es así, estas últimas vacaciones me contaron: \»sabe que hace muchos años, viv{ia un aborigen en esas lejanas tierras y al observar estas anomalías, le decia a su Madre: \»Madrecita cuando yo sea grande cuidaré estos maravillosos Bosques, me haré una modesta casita y vigilaré que nadie se olvide apagar esas lindas y brillantes fogatas, pero tan peligrosas que cobran muchas vidas.
¿Que les parece si me acompañan para lograr mi sueño?, seré el mejor Guardabosques.
Después de mucho tiempo, al fin se han conectado mis sueños: reconociendo la tesonera labor del guardabosque y la valentía de bomberos desinteresados, que protegen los Naturales que nosotros solemos destruir.
¡No olvidemos cuidarla, Madre Tierra nos proporciona bellezas inagotables!
Viajando por esas rutas sureñas, pude apreciar bellezas: enormes montículos petrificados, suelos cubiertos de espartillares, serían como flores del camino que festonean a esos extensos Bosques y planicies patagónicas.
Si, parecen imágenes de un cuento, al ver esa variedad de animalitos que en sus correrías por los caminos, se esconden en esos Bosques impenetrables, matizando el paseo por esas áridas mesetas e ir a guardarse en sus cuevitas.
vimos allí toda clase de animales lugareños; los que mas retuvieron nuestra atención fueron: aquellas regordotas marras patagónicas, comparándolos con nuestras estilizadas y veloces liebres, otros que corrían a guardarse en el tronco caído, grutas o cuevas: como los pinches, emparentadas con nuestros tatu mulitas o los rápidos conejitos apería, cuis o cobayos y alla a la distancia divisamos: una manada de llamas y guanacos que saltaba en las escarpados riscos, para al anochecer volver a su habitad cordillerano, aquí ven{oan como: gráciles cabras, briosos caballos que retozan en los campos.
Mi familia y yo, nos sentimos identificados con esos ejemplares de flora – fauna que vimos allí de verdes, con espartillos fabricamos: canastas, costureros, sombreros, alfombras, etc., y esos maravillosos bosques patagónicos los apreciamos aquí en TV y en bellas fotografías.
No los destrocemos, son el pulmon de la vida
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