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El bosque es mío. Qué magnífico se ve bajo el resplandor de mis llamas. Al principio sólo era una chispa que casualmente saltó de la carretera a un rastrojo reseco de la cuneta. Cerca estuve de desaparecer, pero un soplo de viento hizo avivarme y prender en los hierbajos. Tímidamente ardí sin llama, chamusqué la marchita hierba de la cuneta, pero los pinos estaban detrás de la zanja, muy lejos de mi alcance. Quemada toda la hierba me consumía fatalmente cuando el viento volvió a soplar y divisé una rama de pino caída que cruzaba la zanja hasta su tronco. «Sopla, amigo viento, sopla» deseé, y el viento me llevó hasta la rama cuyas agujas secas prendieron como yesca. La resina hizo que el pino fuera una tea para mi ardor y mis llamas se extendieran rápidamente por todo el bosque que me acogió en su seno como el cauce al río. Ya nada me podría aplacar, qué vanos esfuerzos el de los hombres ¿Todavía no han aprendido que nadie detiene mi ímpetu? El bosque es mío y yo soy suyo, arderemos juntos hasta que nos consumamos. Llega la noche, qué hermoso brilla el bosque en la oscuridad.
Abrí aquella puerta temerosa por si alguien me observaba y me adentré en aquel bosque que tantos misterios guardaba. Instintivamente camine entre los árboles, me envolvían a cada paso, el aroma que percibía me transportaba a un mundo distinto, era un olor dulce, mezcla de todas las especies de flores aromáticas que por allí emergían. El tiempo y el espacio carecían de sentido. Un murmullo melódico envolvía todo, unas bellas melodías de gorgojeos y graznidos alegraban gratamente el ambiente. Frente a mí se divisa el horizonte por el que las espumosas olas del mar juguetean con las rocas envolviéndolas y azotándolas a cada segundo. Mi corazón comienza a acelerarse, bombeando a una velocidad vertiginosa, una suave brisa me acaricia la mejilla y un escalofrío recorre mi cuerpo. Sé que eres tú, tu esencia, siento como me rozas la piel, siento paz, respiro hondo… Ya puedo regresar tranquila a nuestro hogar, aunque sé que tú te fundiste para siempre en este bosque al que cada día regreso para sentir tu presencia, como antes, cuando nos sentábamos al borde del acantilado al ocaso del atardecer, con las manos entrelazadas, hablándonos con la mirada, sintiendo que ese era nuestro momento, sólo nuestro….
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