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Entre las ramas de los frondosos árboles, se escondía el secreto más sagrado de aquel bosque milenario.
Nunca antes se reveló a un ser humano, nunca antes se tuvo la oportunidad de disfrutar de aquella maravillosa visión.
Las fuerzas naturales más ocultas se nos mostraban desnudas, desposeídas de sus habituales disfraces.
Era y yo estábamos absortas saboreando todo aquello que el bosque nos quería ofrecer; ella a través de su olfato canino todavía percibía sensaciones más intensas que yo, pero yo…, yo era capaz de comprender el significado real de todo aquello.
Jamás regresaríamos a nuestra realidad, no después de aquello, imposible pensar ni por un momento que nos dejarían marchar.
Tan solo nos quedaba la satisfacción de conocer al fin, el por qué, el verdadero sentido de lo que allí ocurría y la tranquila sensación de saber, que al menos allí, todo seguía estando en su sitio.
Solo un mensaje, escrito con carbón en una fina corteza de árbol lograría traspasar aquellos límites frondosos:
«Ama el bosque, y recibirás millones de gracias».
Martina buscaba una respuesta a su vacío en el Bosque Gris. Mientras paseaba se topó con una diminuta dama que volaba entre las flores. Era el hada más bonita de todo el bosque, aunque ella no lo sabía.
Martina no pudo evitar seguirla. El hada se escabullía entre el bosque a la vez que lo pintaba de color. El rastro de su cabello desprendía ilusión, eso hacía que Martina siempre la encontrase y se impregnase de su magia. Tal era la felicidad que derrochaba, que Martina quiso capturar el hada para guardarla en un frasco y, así, mantener esa sensación tan fantástica eternamente. Lo que Martina no sabía era que, como las flores, las hadas también se marchitan.
Finalmente, Martina capturó el hada. Ella le suplicó piedad y libertad, pero Martina, embriagada por la pasión que le hacía sentir, no la escuchó. En el frasco, el hada se iba volviendo gris, y Martina con ella. Pero un día, por fin Martina se dio cuenta que los momentos mágicos son como las hadas, simplemente tienes que vivirlos, porque si se capturan para siempre dejan de ser extraordinarios. Y así encontró la respuesta a su vacío.
Parecen estar vivos ,con su melena empujada por el viento ,ese aroma a hierba fresca impregnada en el ambiente !!!!! ese sauce lloron que te esta mirando, el castaño no lo ves,el eucalipto que tu madre cogia las hojas para curar tu catarro, te hablan no lo escuchas, susurran, sientate en la hierba fresca y deja que te invada ese sentimiento mmmmmmmmmmm y ahora lo escuchas ,ves como tratan de decirte, q seas feliz q se ha parado el tiempo, q este es tu momento de reflexion ,de disfrutar de ellos ,de observar de llorar y de reir , ves todo lo q te han contado, Pues ahora mirales, hablales, cuentales todo lo q te entristece, lo que te hace feliz, compartelo con ellos ,guardan muchos secretos, suyos, tuyos, mios de todos y observan trajedias , besos , enfados ,reconciliaciones todo ello en silencio, son muy sabios solo tienes q escuchar sentir y sabras todo lo que ellos saben , sentiras todo lo que ellos sienten, gozaras de su sabiduria susssssssssss escuchas ellos te hablan, te cuentan solamente tienes sentirlos poner tu corazon ellos se ocupan del resto.
Que de recuerdos aquella casa al final del camino.
Los árboles bailaban al son de la música que ellos mismos emitian con su amiga la brisa. Hasta las hojas al caer acompañaban tan bella melodía.
Laika, la perra de mis abuelos nos salía al encuentro brincando y meneando la cola, esperando la tan querida caricia. Nos acompañaba hasta la puerta donde nuestro abuelo ya nos esperaba para darnos un achuchón.
Antes de entrar se podía oler a sol, que desprendían las sábanas tendidas. Al menos a mi me lo parecía.
La abuela, nos llenaba de besos, besos aspirados porque no se había puesto los dientes, nos sonreímos.
A continuación sacaba la lata de las galletas, eran las mismas que había en casa, pero aquellas sabían mejor.
Me sentaba junto a la ventada para disfrutar del calor, del silencio,…a veces añoro esos momentos cuando estando en la cuidad recuerdo todo aquello y más ahora, que ya mis abuelos ya no están.
Dejó de sentir las lamidas del viento. Siempre tenía la sensación de haber corrido casi toda su vida. Yendo y viniendo con prisa, soñando y cansándose para quedarse más insomne y ardiendo de espera. Lo que buscaba era cambiante, difícil definirlo. Continuamente se sentía incompleto.
Hasta que entró al bosquecillo.
Solía pasar por la zona pero nunca lo había visto. Pensando cómo era posible que estuviera en su horizonte, decidió entrar. Tropel de olores y sonidos lo rodearon y elevó la vista hacia los fragmentos de luz que jugueteaban entre las ramas. Tantos árboles hermosos abrazados. Tantos. Aquel era su lugar, y una fresca comodidad lo fue arrullando.
Se sentía un poderoso ilusionista con la naturaleza en sus manos para un gran acto. La confianza hizo que su mente abandonara las presiones, hasta que intuyó la necesidad del cambio. Instante fugaz. Tuvo un poco de vértigo pero nunca se dio cuenta de que su vida anterior cesaba de interferir.
Ya era uno más.
En las ramas más altas del nuevo árbol, el viento juega a las escondidas mientras compone una canción de cuna, irresistible.
Siempre hay por ahí un corredor insomne.
Aquella tarde estaba triste. Me di una ducha, cogí un folio y un bolígrafo. Dibujé una cara, después un cuerpo, y todo se transformó en una niña con dos coletas, ojos grandes, tez clara y pelo rizado. A su lado, hice una lista de miedos y comencé a escribir:
“Tengo miedo a no callarme a tiempo, a no decir nada cuando merece la pena decirlo, a quedarme sola, a estar rodeada de gente, a las cosas que me dan miedo. También miedo a lo desconocido, a perder lo que tengo, a no conocer lo que no tengo, a que te marches, a cambiar, a que cambies, a que me cambies.
Miedo a no ser lo que yo espero de mi, a perderme, a conocerme más, a la infidelidad, a la infelicidad; y, sobre todo, mucho miedo a no encontrarte nunca, niña de ojos grandes”.
Volví mis ojos a la niña que había dibujado, y pregunté en voz alta:
– Y tú, bonita ¿A qué tienes miedo?
De repente, como en un cuento, de la boca de la niña salieron unas palabras que se escribieron sobre el papel:
– Yo tengo miedo a que tu miedo te impida ser tú misma.
¿Por qué nací es este lugar tan sombrío y húmedo? Pensaba la margarita mirando hacia arriba. Aquellas plantas tan inmensas que crecían a su alrededor no le dejaban ver un rayo de sol, ella siempre achacaba su malestar a la falta de luz. Luego miraba hacia abajo y veía el arroyuelo de agua helada que fluía a través del bosque pasando a su lado, al cual sólo le tenía simpatía en los días de verano de mucho calor y cuando coquetamente se veía reflejada en él. ¿Por qué nací tan vulgar? Pensaba la margarita cuando echaba un vistazo alrededor y veía otras flores iguales a ella. Nunca me gustó ser blanca y menos con este botón amarillo en el centro, al menos podía haber sido rosada y más alta como otras de mi especie. ¿Por qué ser símbolo de inspiración de amores? Pensaba la margarita aterrorizada cuando alguna pareja de enamorados paseaba por el bosque se fijaba en una de sus compañeras y la arrancaba deshojándola mientras canturreaban el típico si, no, si. no….. y acongojada la pobre pensaba ¿Ay de mí cuando me tocará decidir el amor a mí?.
Llovía hasta debajo del agua. Había dejado el cenicero en la balaustrada de madera y la humedad se había zampado la ceniza. Salí al bosque a por leña con una bolsa de basura por la cabeza. Parecía el hombre del saco mojado. Los conejos se escondían entre la leña. Me miraban asustados mientras seleccionaba los mejores troncos del montón. Imaginé invitarlos a tomar café y a calentarse junto a la chimenea. El pensamiento se desvaneció al caerme uno de los trocos sobre el pie. Trate de cubrir la leña con el mismo plástico que cubría mi cabeza. Fue imposible. Tuve que escurrir la leña antes de meterla en la chimenea.
Me puse ropa seca y pasé la tarde agarrado a una taza de chocolate caliente. En la radio, Frank Sinatra cantaba White Christmas. Yo silbaba la melodía mientras esperaba los huéspedes para ese fin de semana.
Estaba todo preparado.
Llegaron en torno a las cinco de la tarde, cargados como burras. Les expliqué todo muy rápido y me marché.
De camino al coche eché una mirada por la ventana de la casa y de sus sonrisas pude intuir que deseaban que llegara este fin de semana desde hacía mucho tiempo.
El hombre esperó a que la luna de Enero estuviera llena. Dejó su cama y se abrigó bien, saliendo del albergue rural en donde llevaba dos días preparándose. Ya tenía elegida la encina y fue hacia ella. Primero la abrazó, apretando su rostro contra la fría corteza; luego de alcanzada lo que él entendió como armonía mental, se volvió y mirando hacia la luz lunar, bien abiertos los ojos, se agarró al chaparro ajustando espalda y piernas a su superficie… La luna brillaba, él se hermanaba con la tierra y la noche, hasta que logró la paz, quieto, hermanado con el todo.
Me da un vuelco el corazón cuando me doy cuenta de que estoy perdida. A ambos lados del sendero se yerguen árboles altos, troncos de tonalidades sombrías y denso follaje cubriendo el cielo.
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