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¡De todas nosotras, quien más está disfrutando de este momento taaan esperado es mami!, ¿sabes? ¡Un gustazo verla ilusionada de nuevo después de todos estos años! ¡Venga a probarse vestidos y zapatos, como loca!, ¿sabes? Y dice que quiere peinarse y maquillarse, ¡hasta pestañas postizas y manicura! ¿Te la imaginas? ¡Por fin ha vuelto la mujer presumida y coqueta que siempre había sido!, ¿sabes? De las flores se ha encargado Tita, como en mi boda, ¡qué bonitas quedaron!, ¿te acuerdas?, y Mona ha contratado el cáterin más completo, sin reparar en gastos, ya nos conoces, con todos los que somos, qué menos que se vaya todo el mundo contento y satisfecho en un día tan especial. Es de agradecer, ¿no crees? Y eso sí, mira, para que acaben las cenizas tiradas en cualquier sitio, ¿sabes?, el ataúd más económico, que papá no se merece otra cosa, te lo puedo asegurar.
Ella ya se ha levantado, la oigo trajinar en la cocina; y yo, me quedo unos minutos más en la cama, para soñarla, para recordarla, para traer a mi memoria el modo en que cierra un poco los ojos cuando come chocolate, la explosión de su risa fresca tras un chiste que no se merece tanto, el tacto de sus dedos enredándose en mi pelo o el olor de su colonia flotando en el aire. Después con el corazón henchido y una sonrisa en mi cara, salgo de la cama, voy a su encuentro y veo en sus ojos, como he visto todos los días desde hace ya cuarenta años, que ella también me sigue soñando.
Cuando se acercaba aquella fecha que llevaba tatuada en la piel, en todos los sentidos, se le mezclaban las emociones: nerviosismo, ilusión… Un alegría rara y el mismo cosquilleo de inquietud que nos acompaña a todas horas, en los días previos al encuentro con esa persona a la que nunca podremos olvidar. Como si el mundo adquiriera de pronto un nuevo lustre. Como si fuera posible obrar el milagro.
Cerró los ojos y trató de imaginar su sonrisa al verle llegar con el más precioso ramo de sus flores preferidas. Margaritas de colores que poco a poco se irían marchitando sobre la blanca, muda y fría lápida de mármol.
Allí, tras los muros que lo protegen de críticos y curiosos, se recrea observando el bloque. Imagina la vena en la mano que sostiene la piedra, la honda en el hombro contrario, los músculos en tensión y el cuerpo girado en un ligero contrapposto, con la cabeza mirando a la izquierda y el ceño fruncido. Las pupilas, fijas en su objetivo, tendrán forma de corazón para generar el reflejo en la mirada y dar profundidad. La estatua, ideal de armonía, contemplada desde todos los ángulos, simbolizará la virtud, superioridad y belleza del héroe. Dirá Miguel Ángel de su David: «He visto un ángel en el mármol y lo esculpí hasta liberarlo».
No quería ser recordado como otro hombre que murió de pie, ese pensamiento le aterrorizaba, corría el riesgo de que lo atenazara. Lo enjauló en el fondo de su mente y se reconfortó pensando que era su deber. La adrenalina volaba por todo su cuerpo ante la posibilidad de hacer feliz a tanta gente. A su familiares, amigos, a todo un país. La ilusión de miles de personas se centraban en él. Tenía la oportunidad de pasar a la historia, de ser recordado toda la eternidad, de que su nombre pasara de boca en boca hasta el fin de los tiempos. Podía ser la gloria.
Por contra, era una obligación mayúscula y el inevitable miedo a errar le estrechó las paredes de su corazón. Podía ser el infierno.
Por delante de él pasó toda su vida, como si estuviera a punto de fallecer, pero no, aún estaba vivo, y lo iba a conseguir. Percibió el inquebrantable apoyo de su padre que le había acompañado desde el primer momento, y eso le inundó de confianza.
Miró al cielo buscando aprobación, recuperó la serenidad, corrió los cuatro metros que le separaban de la pelota y la pateó al fondo de las redes.
Estoy tan emocionada…
Aún ignoro que, tras el parto, lloraré.
Porque no lo hace mi bebé.
Tacha los días en el calendario de la pared con indisimulado deleite, recreándose en el trazo del lápiz sobre el papel. Cuando siente que su sonrisa se expande, piensa que quizás pueda hacerlo hasta el infinito, y un gozo cálido y volátil, como un buen vino, le entibia el corazón. Sin vergüenza, casi con lascivia, saborea cada instante de este preludio, de ese sendero que le conduce de manera ineludible a su anhelado destino.
A punto de finalizar la cuenta atrás hacia la dicha absoluta, apaga el ordenador, desenchufa la impresora y sale por la puerta dando saltitos de alegría.
Pero justo en el momento en que sus sandalias pisan al ardiente asfalto urbanita, siente que su felicidad se esfuma entre la polución y el caos del tráfico, dejándole un vacío negro y espeso en el lugar donde late el corazón: ha comenzado la cuenta atrás para el final de las vacaciones.
Encontró la maleta junto al contenedor. Era grande, de las que te obligan a facturar. Tenía varias abolladuras, había perdido una rueda y la cremallera estaba atascada. Tiró del asa y la arrastró hasta el lugar en el que vivía, que era cualquier cosa menos un hogar. Los días siguientes la fue llenando, poco a poco, de ropa abandonada por otros cuerpos, de medicinas caducadas, de productos de higiene exprimidos, de unos prismáticos a los que les faltaba una lente, de una guía de viaje con algunas páginas arrancadas. Se imaginaba contemplando las abrumadoras cortinas de espuma de Iguazú, asomado al abismo del Gran Cañón. A medida que pasaban las semanas, sus ganas de seguir completando la maleta se desbordaron. Estaba convencido de que un día su suerte cambiaría y, con ella, también su destino. Hasta que una noche llegó al lugar en el que vivía, que era cualquier cosa menos un hogar, y su maleta ya no estaba.
Hace días que lo observo. Parece que su comportamiento, tan parecido al mío, habitualmente calmado y melancólico, tiene momentos más animados. Es curioso porque esos, digamos, brotes joviales que le vienen, al principio me daba la impresión de que se producían aleatoriamente, pero ahora estoy seguro de que obedecen a una razón.
Desde mi posición, un piso más alto en el edificio de enfrente, solo, en mi silla de ruedas, junto a mi ventana, lo veo todo. Sucede los lunes, miércoles y viernes, cuando su ama se ausenta. Su extraordinario olfato lo pone en alerta y, aún echado en su cojín, levanta la cabeza y, al momento (se nota en el giro de sus orejas) ya sabe que se acerca y corre hacia el balcón moviendo la cola. Medio minuto después aparece por la esquina de la calle un hombre, siempre el mismo, que lo llama, y el caniche corresponde ladrando al silbido del saludo. Hoy me he enterado que se trata del ex de la dueña del perro.
Pipo, que ignora esos temas de custodias compartidas, se alegra, porque siente que algo bueno está por suceder.
Tenía que decir la verdad. Que había sido yo quien había roto aquella pequeña estatuilla tan hortera que mi madre custodiaba celosamente como recuerdo de mi abuela. Había sido sin querer. Dejé el bolso justo al lado y cuando fui a cogerlo la figura de porcelana se estrelló contra el suelo. Recogí los trozos, los coloqué como pude para disimular y me marché sin decir palabra.
Seguro que mi madre ya se ha dado cuenta. Seguro que sabe que he sido yo pero está esperando mi confesión o al menos eso hacía cuando era pequeña para «darme la oportunidad de decir la verdad» añadía siempre.
Cuando estaba doblando la esquina, justo antes de llegar a su casa, sonó el móvil: era ella.
−Dime mamá –contesté algo temblorosa y avergonzada.
−Hola hija. ¿Te importaría comprar pegamento especial para porcelana? Rompí sin querer la figurita de la abuela y pegué los trozos pero luego cuando la volviste a tirar tú se despegaron…
Nada más colgar me embargó una gran sensación de alivio, y animada por la doble revelación de mi madre, subí las escaleras contenta, tarareando una canción.
No pretendía que fuera azul. Tampoco quería besar ranas o sapos verrugosos. Pero había tantas posibilidades y todas tan apetecibles que, inocente de mí, me dejé llevar casi a ciegas.
Y todo por una palabra. A la que siguió otra y luego otra. Después llegaron muchas más; inundando libretas con historias, que se iban recargando con tachones de mil colores, flechas multidireccionales, notas al pie, tiros al aire y asteriscos auxiliadores.
Iba llegando la hora en que la Casa Madre enviaría mis letras al mundo, escogidas con esmero, habiéndoles dado un sentido común. Entonces me sentí inquieta. Deseaba que ocurriera, quería crear algo especial. Pero sentía que alguna mala víbora se me había cruzado por el camino, llenándolo de charcos, personajes caducados, falsas promesas, lugares comunes y muletillas poco toreras.
Con la emoción no noté las picaduras, pero las cicatrices permanecieron en mí; recordándome que lo importante era escribir mí propia aventura.
Ser testigo de cómo algunas de mis criaturas se unían en una sola, para nacer en una nueva dimensión era un sueño que pedía entrar en la realidad.
Aunque allá fuera, para mi pequeño príncipe, todo pareciera lleno de muros indescifrables.
Hablando conmigo mismo:
─Es una putada. Hacienda se queda con la mitad. Iré al banco a que me asesoren. He oído que puedes compartirlo con la familia; pero hay que declararlo antes de cobrarlo. Con la mitad crearé una fundación para la investigación de los remedios médicos para la neurofibromatosis II. Y eso, ¿Cómo se hace? Tendré que plantear el plan al BBVA o a MAPFRE que son expertos en FUNDACIONES. Luego habrá que encontrar un departamento de investigación que sea responsable y tenga los medios y la gente preparada. Tendremos que controlarlos, claro, que hay mucho fraude también en las fundaciones.
Esto que pienso me pasa todos los sábados. No puedo negar la emoción, aunque también la falta de esperanza que siento. Luego entrego, sin mostrar agitación alguna, el boleto en la oficina y la pantalla digital con sus números verdes responde: 3,95 euros. Y la voz de Isabel, la lotera, desde la otra parte de la ventanilla blindada dice:
─Vaya, esta semana ha habido un poco de suerte. ¿Otros 20 euros a los Euromillones?
—Mis objetivos no los cubriría otra lotería. Ya sabes, los vascos a lo grande.
─¿Con los mismos números, como siempre? ¿Verdad?
─Sí, los mismos, por favor.
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