Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

QUIJOTERÍAS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en QUIJOTERÍAS

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2025 Comenzamos nuestro 15º AÑO de concurso. Este año hemos dejado que sean nuestros participantes los que nos ofrezcan los temas inspiradores, y el tercero serán QUIJOTERÍAS Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE MAYO

Relatos

27. Multiverso

No supimos caber en casa. Horacio el primogénito, se instaló en el reloj de pared fascinado por el sonido armonioso del carillón. Las peques se extraviaron en un día complicado de lluvia y nadie las devolvió al hogar. Mamá, como compraba cada día naranjas, se fue a vivir con el frutero para ahorrarse las idas y venidas. Papá, con sus tentáculos y ventosas, fue haciendo suyos los cuartos que quedaban libres. Yo pronto me acomodé en el hueco de la escalera del bloque. Me apropiaba de los cachivaches que caían de las ventanas de los vecinos y mami me traía manzanas los domingos. Con el tiempo, me acostumbré a leer con poca luz, jugaba solo al ajedrez, escribía poesía, espiaba a los vecinos y poco a poco hice nuevas amistades. Sobre todo, después de atravesar el espejo de la entrada para encontrarme con Alicia.

26. El último paseo

No recuerdo a mi padre más allá de las fotos cuarteadas que mi hermana Sara conserva. Sólo sé de él que fue una sombra obligada a esconderse. Sin embargo, aunque también la perdí pronto, no olvido el rostro sereno de mi madre que, como una luna vigilante, se asomaba a nuestro cuarto antes de irse y tras un cuento corto y un beso largo, nos rogaba que, pasara lo que pasara, no despegásemos los labios. Que iba a dar un paseo, que enseguida volvía… Poco después, se escuchaba la cruel armonía de unos pasos marciales asaltando los peldaños, y dos soldados impasibles y un policía despiadado golpeaban la puerta y se la llevaban a rastras: así todas las noches de todos los días. El miedo me robaba el aire y Sara detenía mi temblor con un abrazo firme. Luego, un silencio amenazante ocupaba la casa hasta el amanecer. Entonces, su canto agridulce apartaba la niebla y volvíamos a verla con el pelo rapado, la mirada agachada y la piel dolorida. Aquellos hombres de intenciones renegridas decían que buscaban a mi padre, pero sabíamos que venían por ella. Por eso, desesperada, se arrojó por el hueco de la escalera.

25. Retrato de familia (Ezequiel Barranco)

Mis padres quisieron tener un recuerdo del día de mi bautizo y encargaron una fotografía en la que estaban sentados ellos conmigo en brazos en el primer peldaño de una escalera y, detrás nuestra, mis hermanos mayores, mis tíos y mis primos, mis abuelos con sus hermanos y hermanas y sus parejas y arriba mi bisabuela otros parientes y algunos amigos de la familia y parientes lejanos.

Desde ese día, cada año, nos reuníamos para repetir la foto siempre en el mismo sitio, y nos juntábamos para comentar —cómo ha crecido, que gorda se ha puesto, que mayor— o, años más tarde, evocar —que lástima, en ese hueco estaba la abuelita, o el tito Luis ¿te acuerdas?—. Y así fueron quedando espacios vacíos y escalones al aire, en la foto y en la memoria— ¿ese quién era?, no recuerdo el nombre del tercero de la izquierda, se parece al abuelo—, y una velada añoranza.

Y así pasó el tiempo, con dudas y olvidos, cada vez con menos recuerdos y con más preguntas, hasta que en la última foto, la de este año, solo estaba junto a mí una nonagenaria anciana que me preguntaba confusa qué dónde era esa escalera.

24. Arrendamientos

Al aprender ese día, en el colegio, lo que era un corpúsculo, ya tenía un nuevo pensamiento. Cómo ni uno solo de luz llegaba a ese espacio bajo la escalera. Por eso nadie podía vernos. Si alguien entraba o se le oía bajar, él paraba los empellones y los jadeos mientras me tapaba la boca.

Luego ascendíamos a destiempo bien separados. Él se quedaba en el primero y yo debía llegar a ese cansino sexto.

Encontré a mi madre cocinando, unas patatas rebuscadas y bledos del campo. Canturreaba contenta. De nuevo el señor Ramírez, en su santa compasión, se había apiadado de nosotras.

23. Escaleras y escaleras

Es de tipo fino,movimentos elegantes y algo de soberbia en su mentón.
Desliza su cuerpo como si flotase, atrayendo las miradas de todos.
Pero yo sé que la Gran Milá solo es una joven que arrastra  la pobreza de su infancia, las palizas de su padre y los sobeteos de manos repugnantes, aunque un día tropezara con Esther, mujer madura de similar pasado, que se empeñó en enseñarle modales y la hizo subir y bajar las escaleras una, mil y un millón de veces sin mirar los peldaños para convertirse en la vedete que es hoy. Milagros sigue volviendo al barrio cada lunes para llevar unos billetes a su madre, eso sí, llega con su coche de lujo, conducido por mí, su chófer. Soy yo quien hace entrega del dinero y descubre lo que en realidad esconden otras escaleras, las que suben al cuartucho de su progenitora, que se muere con la alegria de saber que su hija no morirá igual que ella,aunque jamás la haya vuelto a ver.

22. PASAMANOS (Juan Manuel Pérez Torres)

Su vida es ya como una escalera de caracol dentro de un laberinto -me dijo, hablando de la abuela. Va bajando peldaños lentamente y, en cada paso, el suave giro le va dando la espalda sin saberlo ¿sabes, hija? parecen escalones sutiles, pero son determinantes porque no tienen retorno. Así explicado, lo entendí entonces. Su experiencia como geriatra era reconocida por todos.
Ahora solo lo acompaño, le leo a ratos, miramos fotos, de alguna manera, le hago más cómodo su tiempo.

Y veo cómo cada mañana se despierta sin pretenderlo, cómo sobrevive esperando que sus ojos también olviden.

21. ANGELITA (Paloma Casado)

El barullo de la familia de arriba interrumpe el silencio del piso de Angelita. Al poco de llegar, la mujer fue a presentarse con sus tres hijos y a ella, resignada al protocolario: “buenos días, buenas tardes” apresurados de los vecinos, le pareció un buen detalle a pesar de sus prejuicios: «estas “panchitas” paren como conejas».

-Señora Angelita ¿podría quedarse un ratico con Estela? Es que tengo que hacer unos recados y con este frío…preguntó una mañana “la de arriba” tras llamar a su puerta. Y antes de que pudiese contestar se encontró con la mirada de unos adormilados ojos negros y unos bracitos alzados hacia ella.

Así es como Estela se enseñoreó de su casa y de su vida. A partir de entonces acude a menudo “a donde Lita” para comer galletas y jugar con los cachivaches y aprender sus antiguas canciones de corro.

Hoy, sin que nadie lo sepa, ha acudido al notario para hacer testamento. Con solo poner unas escaleras podrán unir los dos pisos y hacer un dúplex cuando ella falte. Mañana será la madrina en el bautizo de la pequeña. La han llamado Lita como a ella.

20. Orígenes

De noche tengo pesadillas. Mientras desayunan, escucho decir a los más pequeños que la casa cruje de noche, que les da miedo que se les caiga encima. Los mayores le quitan importancia: Solo es la madera de las escaleras.

Pero es cierto. Grito en sueños. En los suyos y en los míos, recordando mis orígenes: De cuándo me talaron, desgarraron mis raíces, se deshicieron de mis ramas, mis hojas y mis nudos. Incluso noté cómo mis anillos se detenían y se encogían.

Todos esos recuerdos duelen, aunque haya pasado el tiempo.

Y es que llevo conviviendo con esta familia más días y noches de los que viví con los míos.

A veces unos primeros pasos tambaleantes, una pisada en zapatillas, o mimos en forma de cosquillas de cera para que siga brillando, me relajan, y casi me hacen olvidar de dónde procedo.

Pero cuando suben y bajan a la carrera, dando pisotones y gritos, la herida se reabre y me desgarro de nuevo.

Es, en esas noches, cuando mi alma de madera deja salir todo ese sufrimiento; contenido en mis quince, perfectamente rematados y alineados, escalones. Dentro de un chalet unifamiliar de dos plantas y parcela privada con piscina.

19. Huella y Contrahuella (A. Barceló)

Le obsesionan las escaleras, él las entiende como herramientas que el destino utiliza para llevar a cabo su función. Incontables son los sucesos de su vida que dan veracidad a esta teoría. En su infancia, por ejemplo, su padre anunciaba sus temibles borracheras tambaleándose de escalón en escalón antes de entrar en casa, hasta que un día, completamente ebrio, se desnucó en uno de los peldaños. En la pubertad, la última vez que subió las escaleras que conducían al despacho del director del instituto, fue expulsado definitivamente del centro, así se libró de la banda de hijos de puta que no dejaban de hacerle la vida imposible. Años después, conoció a la mujer de su vida en las escaleras de una discoteca y, hace poco, la perdió para siempre cuando se cruzó con ella subiendo las que conducían a la habitación del hotel donde se acostaba con su amante.

Hoy, de nuevo su destino le espera en una escalera, concretamente en el descansillo de la de servicio. Allí se encuentra apostado un matón a sueldo del promotor de la timba que acaba de abandonar con las ganancias obtenidas gracias a una increíble escalera de color.

18. Tres escalones

No pude evitar mofarme de la fascinación de mi amigo por las profecías de la enésima pitonisa que visitaba. Pero no debí aceptar su apuesta, ni, sobre todo, subestimar la infinita crueldad de aquella maldita bruja. «Los tres escalones de cualquier escalera guardarán los mismos años que te resten de vida». Ese juramento corrompió mi destino.

Primero fueron mis seres queridos, después, miles de generaciones las que irían desapareciendo mientras confeccionaban inexorablemente la autodestrucción de nuestra especie. No quedó nada entre las ruinas. Nadie, solo yo. Yo, que debería ser polvo y, sin embargo, estoy vivo.

Esos tres escalones… Imposible terminar con ellos. La muerte seguirá ignorándome mientras quede alguna escalera, y la historia humana atestó el planeta de ellas. Ahí siguen, enterradas, preservadas de la erosión. No he parado de buscar. Si encuentro alguna, intento destruirla y continúo buscando, famélico, consumido, desde hace ¿cuánto?, ¿cientos de milenios…? No recuerdo si alguna vez comí o bebí.

No importa que me dejara ciego; sigo mirando al sol, cada vez más ardiente, más rojo, más gigante. Algún día, por fin devorará a la tierra con todas sus malditas escaleras para dejarme a merced del final más inconcebiblemente aterrador: los tres años siguientes.

17. El sentido de la marcha

Aunque casi nadie lo sepa, hay una escalera ideal para cada persona y momento.  Y, aunque nadie lo sepa, me paso el día pisando escalones, buscando el acople perfecto según el sujeto y sentido de la marcha (que casi nunca coincide al subir o bajar). Hay quien ha nacido para el caos de los escalones irregulares o quien detecta unos pocos milímetros de diferencia entre cientos de rigurosos peldaños; quien insiste en usar escaleras mecánicas y se siente un completo idiota porque, en realidad, está predestinado a las de caracol.

Cada día recorro la ciudad tomando notas. Apunto «varón barbilampiño con cojera en pierna izquierda, excelente perfil para escalera ligeramente peraltada» o «escalinata de la Cuesta de los Ciegos, recomendable para parejas en crisis». Y puede ser que esta vocación mía me haya empujado a reformar el tramo de escaleras que baja a mi sótano. Tras dar con el tamaño de huella y material indicados, he conseguido que se adapte inmejorablemente a mi bajar melancólico. Ahora no tengo más remedio que concebir otro tramo a la altura —diferente, aunque perfecto también— para poder subirlo al trote, como a mí me gusta, antes de que se terminen las provisiones aquí abajo.

16. Resignación (Aurora Rapún Mombiela)

Cada vez que voy a casa de mi amiga Inma, me llevo alguna reprimenda. Reunidas en torno a la mesa baja del cuarto de estar, mis amigas esperan a que me siente mientras me quedo plantada como un bonsái. Ya me han llamado varias veces la atención: que si alucino, que si estoy tonta, que si tengo que salir más. Por eso suelo rehusar cuando me invita, pero hasta mi madre insiste en que acepte, que pase página, que hay que ir retomando la vida poco a poco. Todas piensan que sufrí una crisis nerviosa causada por el estrés del trabajo. Así que hago lo de siempre, disimular. Agachar la cabeza y seguir adelante. Ya llegará el día en que ellas también puedan ver esa escalera y el altillo al que conduce. Y la sangre. Pero todavía no, así que me siento y me tomo el poncho, con mi cara de alelada de siempre, mientras mis amigas bromean sobre lo pánfila que puedo llegar a ser algunas veces.

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