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Con la última aplicación creada, visitaron decenas de planetas en modo realidad virtual. Los jovencísimos amantes, convencidos de su amor eterno, diseñaron un astro con la edad y tamaño adecuados para ellos. Allí desgastarían su tiempo terrícola besándose, acariciándose y haciendo el amor en cualquier lugar del firmamento.
En su navegación figurada a través del universo, atravesaron nebulosas y constelaciones. Ella quería un planeta que tuviera hermosos atardeceres y pequeñas estrellas, de esas que pestañean a cada segundo; a él le ilusionaba poseer un par de satélites luminosos dando vueltas y más vueltas.
Tomaron la determinación de ir hasta Washington DC para solicitar ayuda en la Administración Espacial Aeronáutica. Ninguno de sus investigadores científicos recordaba un planeta con esas características.
Nuestros amantes, ya en modo realidad, se desencantaban y sus ojos que habían entrado llenos de “brilli brilli” empezaban a verse angustiados mientras seguían devorando imágenes y más imágenes de planetas. Un viejo ingeniero aeronáutico esperó el momento oportuno para decirles: “Un amor, cuando es verdadero, puede durar toda la vida”; ellos, huyendo de la tragedia, aceptaron y guardaron en el bolsillo de las promesas, la que les hizo ese hombre: “Contactaré con vosotros en unos años. Seguiremos investigando”
Su marido me contrató para que la vigilara. “La dejo demasiado tiempo sola y no me fío”, me dijo. Cuando me mostró su foto deseé fervientemente que aquella Rita Hayworth de mirada peligrosa estuviera dispuesta a ser infiel con un tipo como yo, un triste detective que pretende parecerse a Humphrey Bogart.
A ella no quise engañarla y desde el primer momento puse las cartas sobre la mesa. Su despecho facilitó que nos hiciéramos amantes y tras algún tiempo jugando a dos barajas, comprendimos que su marido estorbaba para nuestros planes de futuro. El arsénico, nuestro cómplice perfecto, suministrado en pequeñas dosis fue ejerciendo su efecto letal. Fatiga, inapetencia, hipertensión… Pero el muy cretino, achacándolo todo a la ansiedad provocada por sus turbios negocios, decidió liquidarlos y dedicarle más tiempo a ella. Para empezar, se marcharon juntos a pasar un par de semanas en el mejor balneario de Hot Springs.
A su regreso a Chicago, hace solo tres días, la encontré exultante, con un brillo distinto en los ojos. Yo, loco de celos, dejo escrito este relato ahora que me siento morir tras beber de esa botella de bourbon que, escondida en la maleta, me trajo como souvenir.
Y si, Tiburcio era buen tipo, un tanto falto de carácter o quizás demasiado tímido. A pesar de sus más de cuatro décadas nunca el amor llamó a su puerta, ya eso no lo preocupaba, solo observaba a las parejas imaginando como sería tener a alguien con quien intimar.
El tiempo solo transcurría en monotonía hasta aquella noche, no supo cómo ni porque pero allí estaba sola y lo miraba, no supo que hacer y permaneció sentado en la mesa de aquel bar, ella se arrimó pidiendo permiso para sentarse, él sin dudarlo accedió.
Era tan blanca, casi etérea, el mohín de su rostro al presentarse lo cautivó, los ojos eran tan claros y su cuerpo una tentación, obnubilado no pudo articular palabras, ella en cambio alabó su cuerpo varonil y aire de hombre de mundo que irradiaba, él solo atinó a agradecer, luego la charla se hizo más fluida cuando caminado bajo la arboleda se fueron conociendo aún más, ella aceptó la invitación de conocer su casa donde el juego sexual se intensificó, la luna cómplice se ocultó tras una nube.
Tiburcio sintió tocar el cielo con las manos, ciento de imágenes eróticas cruzaron por su mente, sería un noche inolvidable, hasta que apareció aquello, sus ojos no podían creer lo que veían, buscó desesperado una salida pero no había por donde huir, su suerte estaba echada.
Recordó que alguien dijo que el amor duele, pero no imaginaba que fuera tanto…
Todavía aturdida, volvió a leer: “Ana, no te pido que me comprendas pero mi amor ya no es para ti. Con el tiempo, que todo lo cura, lograrás perdonarme. Solo quiero que vivas feliz sin mí”. Una nota sobre la mesita de café recién comprada en un anticuario; así terminaban cinco años en pareja.
Soltó la maleta y su cuerpo se desplomó en el sofá chaise longue. Tras ocho horas de vuelo y una quincena de trabajo estresante fuera de casa, esperaba otro recibimiento. Soñaba con otro recibimiento. Olió el papel. Enseguida reconoció el aroma fuerte y sensual de Gonzalo. Además de bergamota, pachuli y almizcle, distinguió un nuevo ingrediente en su perfume; una esencia compuesta por palabras: “Tengamos un hijo. Piénsalo. Contéstame cuando regreses”. Fue lo último que le dijo antes de besarla junto a la puerta.
Se puso en pie, trajo unas tijeras y, de manera minuciosa, fue insertando las puntas en el mensaje. Después, como si compusiera un puzle, ordenó las piezas sobre la madera de haya. “Ana, mi amor, te quiero Con locura. todo mí tiempo es Solo para ti”, leyó satisfecha. Y acto seguido escribió debajo: “Ya lo pensé. Y mi respuesta es sí”.
La explosión ha levantado los árboles de cuajo. Un nubarrón de polvo y tierra lo cubre todo. Caen piedras, trozos metálicos y pájaros muertos sobre mi cuerpo. Deben ser huesos humanos y miembros lo que impacta en el casco. Hundo la cara en el barro de la trinchera y sólo deseo que esos restos no sean de él, que su cuerpo no sufra daños, y sus ojos, donde encontré la parte de cielo que a cada uno le corresponde en esta vida, conserve esa mirada herida de la que me enamoré. Hemos camuflado nuestro amor en todas las batallas, como centinelas siempre en guardia, pero jamás hemos abandonado el combate, ni dimos la espalda al enemigo.
Una voz de mando ordena seguir hacia delante, nos incorporamos, los dos estamos enteros. Con el fusil apuntando a la nada, saltamos las alambradas de púas sin temor a morir, ya vivimos ejecutados cada mañana, como si estuviéramos frente a un pelotón de fusilamiento en cada desayuno, en las duchas, en las literas. El infierno lo tenemos en nuestras propias filas. Quizás, por eso, antes de entrar en el campo de minas, nos miramos y en acto de servicio nos cogemos de la mano.
Un golpe enérgico de orgullo y de despecho tras cerrar la puerta. ¡Blam!
Silencio de nuevo.
Ando unos pasos hacia la ventana que deja pasar la luz tímida de media tarde,
y tú sentada allí, cubriéndote la cara con las manos y sollozando.
Me acerco.
Aparto tus manos y te beso suavemente en los labios.
Cierro los ojos, te siento tan adentro …
Una vez, me dijiste: ¡Qué pena que tengas que verme así!
Y Yo te miré a los ojos, y sonreí, recordando un instante, cuando te levantaste de repente
en mitad de la noche, y te distinguí entre el esplendor de miles de estrellas, las más brillantes del año.
Allí, desnuda, orgullosa y valiente, retando al frío cara a cara.
No era Venus, no, sino Afrodita.
Alcé la mirada y pensé que ciertamente los Dioses no me odiaban, cuando me permitían contemplar algo semejante.
Esa noche, bajo el esplendor de las estrellas, vi lo que tenía que ver.
Tú!
La tormenta ha estallado mientras estábamos en la noria, dándole vueltas en silencio a lo nuestro. Después te has cansado de no verte en los charcos, has propuesto entrar aquí y ahora te escondes tras de mí. Evitas el reflejo del espejo abombado, te ríes del mío; suenas transparente, tan diferente sin clozapina en tus venas, y tiras de mí hacia el cuarto de los mil espejos. Hay cola para entrar. Apoyas tu cabeza en mi hombro. ¿A que ya no estoy loca?, preguntas. Te dieron el alta hace una semana, te tranquilizo, aunque echo de menos cuidar de ti en el patio del Centro y vigilar que las mellizas no se te acerquen. Nos toca, me avisas. Dentro, los espejos me muestran todas mis versiones y todas ellas visten una bata blanca. Mi silueta se repite hasta perderse en el punto de fuga. Tú has debido de quedarte fuera. Estoy intentando encontrarme cuando el chico de la taquilla llega con dos enfermeros. Cada uno de sus reflejos me pide que los acompañe.
Aquel yo asiente. Aquel otro también. Ese otro y yo sacamos la navaja a la vez.
Aún no sé contra quién la voy a usar.
Yo no leo mucho, soy más de películas, pero en cuanto salió su libro lo compré. No sabía si se acordaría de mí después de tanto tiempo. Vine también para felicitarlo. Nadie me abrió. Como no iba a volverme sin que me firmara mi ejemplar, entré en un bar cercano por hacer tiempo.
Llevaba un buen rato en el local, adormecido por las cervezas y la cháchara del televisor, cuando los oí hablar de ella. Había triunfado de adolescente y luego su estrella se apagó, decían. Es una descomunal actriz que en su espléndida madurez borda cada uno de sus papeles, les iba a replicar. La conversación tomó otros derroteros, aunque al final acabamos brindando los tres en su honor.
Más tarde recompuse mi figura como pude y retomé mi objetivo. Ahora la puerta estaba abierta. Dentro se veía todo revuelto. Antes de reaccionar llegaron ustedes. El libro debí de dejarlo olvidado en el bar. La acuarela que sostenía en mis manos la había descolgado de la pared para observarla con detalle. Parece un original muy valioso, ¿verdad?
¿A usted le gusta Maribel, agente?
Pedía la luna como requisito indispensable, pero admitía que cada amante atendiera el capricho conforme a sus medios. Catalina arrebataba corduras con su costado de plata bruñida y ese halo frío que incita al abrazo. Al tiempo hacía gala, generosa, de su propia locura de amor y de querer ser astro reina. Fue así que la consideraron alunada, peligrosa, y vinieron a atraparla en una noche sin claro. Calló de repente Beethoven. Se colaron en la oscuridad como profanadores en el templo de una diosa. Rebuscaron aquí y allá. Al abrir la nevera hallaron la Vía Láctea que el pastor había cuajado en queso de nata y que, una y mil veces, menguaba y crecía según las fases lunares. El boticario no había dudado en recetarle una pastilla blanca y efervescente para que pensara en él cuando la encontrara en su mesilla de noche. Y el globo azulino que un farero había robado para ella denegó su luz para ocultarla, pero la mujer ya había enlazado con un cordel el cuerno de Selene que Van Gogh le había dedicado en una noche estrellada y salía entre las rendijas de la persiana para sacarla a pasear como si fuera un perrito.
Sé que la genética no fue muy generosa conmigo, pero tú jamás me prestaste la menor atención. Todo empeoró aún más después del incendio. Me quedé calva y las vendas que cubrían mi cuerpo causaban pavor en el vecindario. “¡La momia!”, gritaban. “¡La momia!” Resignada, me encerré en casa. Mi único consuelo era poder disfrutar del jardín, pero tu recuerdo volvía una y otra vez. Necesitaba salir del agujero en el que estaba sumida. Decirte cuánto te amaba.
Me pinté a lo gótico, combinaba muy bien con mi tez blanquecina, me puse una peluca pelirroja con la raya a un lado y suaves ondas, en plan femme fatale, y me enfundé toda de negro en un jersey de cuello vuelto, pantalones hasta los tobillos y un foulard con crucifijos impresos en blanco. Ni rastro de las vendas. Decidida, me fui a la disco y cuando te vi atusándote en los baños, atravesé la pared, me detuve junto a ti y, sin dejar de mirar tu cara de espanto en el espejo, al ver un gusano saliendo de mi nariz, te susurré al oído: “Cariño. Te he deseado toda mi vida. Ven conmigo, amor mío”. Fue fulminante, te rompí el corazón.
Era un día como tantos otros, te despedí en la puerta y te alejaste escaleras abajo dejando resbalar por los peldaños un “Hasta la noche, reina”. No hubo un después, solo sirenas y ambulancias, que si el camión se te echó encima, que si era mortal de necesidad… No nos dio tiempo a nada, ni siquiera a tener hijos, no encontrabas el momento para ser padre. Solo me queda esta lápida con tu nombre y los ratitos que vengo a hablar contigo y traerte ramilletes de lavanda, tu planta favorita. Tu ausencia me está haciendo perder la cabeza, porque me parece encontrar ramos que no he puesto yo, incluso estoy segura de haber visto una nota que decía “Te amaré eternamente. Tu princesa”. Estoy convencida de que ha sido el viento que la desplazó desde otra tumba. Lo que no consigo explicar es la foto que he encontrado esta mañana donde estás tú con una mujer y un niño en brazos y debajo se lee “Te echo de menos papá”.
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