¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


La mujer que deseaba se le resistía. Se llamaba Roxanne, era romántica y culta. Vivía rodeada de libros. Él estaba desorientado y, siguiendo el consejo de sus amigos, empezó a mandarle cartas con sus anhelos más íntimos. Todos sus intentos quedaron sin respuesta. Aunque los libros no eran lo suyo, buscó en ellos hasta que encontró una historia inspiradora.
Después de darle muchas vueltas, tomo una decisión y acudió a la consulta de cirugía plástica. Al conocer sus motivos, el especialista desaconsejó la intervención. Decepcionado, recorrió numerosas clínicas con idéntico resultado. Cuando ya estaba a punto de rendirse, encontró a un cirujano que accedió a su extraña petición sin preguntar el porqué.
El día que le sacaron el vendaje había una gran expectación en la clínica. Él se miró en el espejo y comprobó satisfecho que ya tenía su gran nariz. Pidió papel, cogió el bolígrafo y empezó a escribir ante los atónitos ojos del equipo. Era la enésima carta de amor para Roxanne. La enfermera accedió a leerla y se sonrojó; después mencionó aquella devastadora palabra: «ortografía».
Dicen que mi locura es la del niño, la del hombre que mira las cosas con la inocencia primera. Lo muestra mi boca, propensa siempre a babear de contento, y lo cuentan mis gestos desmedidos, como de párvulo en el recreo. Nono dice que mis padres me encerraron aquí por eso, porque se me nota mucho que no estoy bien. Para Clara, en cambio, el motivo está en mis ojos, inquisidores a su modo, por su mirar impávido y escrutador. A mí me hace gracia eso de impávido, y me río hasta caerme del asiento cada vez que lo dice. Aunque eso ocurría antes, cuando ella podía hablar.
No pienso en otra cosa mientras oigo los gritos y ladridos de mis perseguidores. Dejo caer un blíster vacío al voltear la colina y sigo corriendo. Tomo aliento al iniciar el descenso. Rebusco en mis bolsillos y suelto un botón dorado. Aún me quedan varias tizas de colores y una concha de nácar; suficiente para alargar el juego un poco más, para llegar hasta la vieja higuera y recibirlos a pedradas bajo su sombra.
Quizá mañana, cuando a mí también me hayan trepanado la sien, Clara pueda mirarme de frente sin avergonzarse.
¿Cuerdo, loco?, ¿dónde está el límite que los separa?, ¿quién puede juzgar si las razones por las que estoy aquí son buenas o malas?, ¿acaso no están peor los que dirigen el planeta?, ¿sabes cuántas veces he pasado a tu lado?, ¿sabes cuántas me has ignorado?, ¿lo sabes?
¿Ya es la hora?, ¿has dejado de grabar a sesión?, ¿puedo acercarme a que te cuente un secreto? ¿Hay mayor locura que la que se comete por amor?
Nos juramos hace mucho tiempo que, llegado el caso, sabríamos estar en nuestro sitio, sin derrumbarnos ante lo irremediable, pero esas eran promesas de enamorados y no palabras meditadas. Llevamos juntos tantos años que apenas recuerdo cuándo nos casamos, éramos tan jóvenes que seguramente estábamos aún solteros. Por entonces, aunque se intuía, la guerra era una idea absurda que no llegaría a enfrentar a nuestras familias. Hoy, tantos años después, estamos ante ese juramento de lealtad, frente a nosotros mismos y nuestros fatuos juramentos.
El alba llega y puedo sentirla aún fresca y oliendo a su jabón de heno. La noche se me pasó como en un parpadeo, y ahora, al amanecer, el primer pelotón entra encabezado por la carcelera, tras la que vienen las condenadas, todas tristes, salvo mi amada, a la que veo sonreír serenamente en el extremo del cañón. Ella, que aún puede sonreír, me indica con la mirada que se siente en paz. Qué menos habríamos podido desear en ese trance.
Con el ojo puesto en su corazón, me despido de ella sin una lágrima, como ella me hizo prometer muchos años antes.
Con la última aplicación creada, visitaron decenas de planetas en modo realidad virtual. Los jovencísimos amantes, convencidos de su amor eterno, diseñaron un astro con la edad y tamaño adecuados para ellos. Allí desgastarían su tiempo terrícola besándose, acariciándose y haciendo el amor en cualquier lugar del firmamento.
En su navegación figurada a través del universo, atravesaron nebulosas y constelaciones. Ella quería un planeta que tuviera hermosos atardeceres y pequeñas estrellas, de esas que pestañean a cada segundo; a él le ilusionaba poseer un par de satélites luminosos dando vueltas y más vueltas.
Tomaron la determinación de ir hasta Washington DC para solicitar ayuda en la Administración Espacial Aeronáutica. Ninguno de sus investigadores científicos recordaba un planeta con esas características.
Nuestros amantes, ya en modo realidad, se desencantaban y sus ojos que habían entrado llenos de “brilli brilli” empezaban a verse angustiados mientras seguían devorando imágenes y más imágenes de planetas. Un viejo ingeniero aeronáutico esperó el momento oportuno para decirles: “Un amor, cuando es verdadero, puede durar toda la vida”; ellos, huyendo de la tragedia, aceptaron y guardaron en el bolsillo de las promesas, la que les hizo ese hombre: “Contactaré con vosotros en unos años. Seguiremos investigando”
Su marido me contrató para que la vigilara. “La dejo demasiado tiempo sola y no me fío”, me dijo. Cuando me mostró su foto deseé fervientemente que aquella Rita Hayworth de mirada peligrosa estuviera dispuesta a ser infiel con un tipo como yo, un triste detective que pretende parecerse a Humphrey Bogart.
A ella no quise engañarla y desde el primer momento puse las cartas sobre la mesa. Su despecho facilitó que nos hiciéramos amantes y tras algún tiempo jugando a dos barajas, comprendimos que su marido estorbaba para nuestros planes de futuro. El arsénico, nuestro cómplice perfecto, suministrado en pequeñas dosis fue ejerciendo su efecto letal. Fatiga, inapetencia, hipertensión… Pero el muy cretino, achacándolo todo a la ansiedad provocada por sus turbios negocios, decidió liquidarlos y dedicarle más tiempo a ella. Para empezar, se marcharon juntos a pasar un par de semanas en el mejor balneario de Hot Springs.
A su regreso a Chicago, hace solo tres días, la encontré exultante, con un brillo distinto en los ojos. Yo, loco de celos, dejo escrito este relato ahora que me siento morir tras beber de esa botella de bourbon que, escondida en la maleta, me trajo como souvenir.
Y si, Tiburcio era buen tipo, un tanto falto de carácter o quizás demasiado tímido. A pesar de sus más de cuatro décadas nunca el amor llamó a su puerta, ya eso no lo preocupaba, solo observaba a las parejas imaginando como sería tener a alguien con quien intimar.
El tiempo solo transcurría en monotonía hasta aquella noche, no supo cómo ni porque pero allí estaba sola y lo miraba, no supo que hacer y permaneció sentado en la mesa de aquel bar, ella se arrimó pidiendo permiso para sentarse, él sin dudarlo accedió.
Era tan blanca, casi etérea, el mohín de su rostro al presentarse lo cautivó, los ojos eran tan claros y su cuerpo una tentación, obnubilado no pudo articular palabras, ella en cambio alabó su cuerpo varonil y aire de hombre de mundo que irradiaba, él solo atinó a agradecer, luego la charla se hizo más fluida cuando caminado bajo la arboleda se fueron conociendo aún más, ella aceptó la invitación de conocer su casa donde el juego sexual se intensificó, la luna cómplice se ocultó tras una nube.
Tiburcio sintió tocar el cielo con las manos, ciento de imágenes eróticas cruzaron por su mente, sería un noche inolvidable, hasta que apareció aquello, sus ojos no podían creer lo que veían, buscó desesperado una salida pero no había por donde huir, su suerte estaba echada.
Recordó que alguien dijo que el amor duele, pero no imaginaba que fuera tanto…
Todavía aturdida, volvió a leer: “Ana, no te pido que me comprendas pero mi amor ya no es para ti. Con el tiempo, que todo lo cura, lograrás perdonarme. Solo quiero que vivas feliz sin mí”. Una nota sobre la mesita de café recién comprada en un anticuario; así terminaban cinco años en pareja.
Soltó la maleta y su cuerpo se desplomó en el sofá chaise longue. Tras ocho horas de vuelo y una quincena de trabajo estresante fuera de casa, esperaba otro recibimiento. Soñaba con otro recibimiento. Olió el papel. Enseguida reconoció el aroma fuerte y sensual de Gonzalo. Además de bergamota, pachuli y almizcle, distinguió un nuevo ingrediente en su perfume; una esencia compuesta por palabras: “Tengamos un hijo. Piénsalo. Contéstame cuando regreses”. Fue lo último que le dijo antes de besarla junto a la puerta.
Se puso en pie, trajo unas tijeras y, de manera minuciosa, fue insertando las puntas en el mensaje. Después, como si compusiera un puzle, ordenó las piezas sobre la madera de haya. “Ana, mi amor, te quiero Con locura. todo mí tiempo es Solo para ti”, leyó satisfecha. Y acto seguido escribió debajo: “Ya lo pensé. Y mi respuesta es sí”.
La explosión ha levantado los árboles de cuajo. Un nubarrón de polvo y tierra lo cubre todo. Caen piedras, trozos metálicos y pájaros muertos sobre mi cuerpo. Deben ser huesos humanos y miembros lo que impacta en el casco. Hundo la cara en el barro de la trinchera y sólo deseo que esos restos no sean de él, que su cuerpo no sufra daños, y sus ojos, donde encontré la parte de cielo que a cada uno le corresponde en esta vida, conserve esa mirada herida de la que me enamoré. Hemos camuflado nuestro amor en todas las batallas, como centinelas siempre en guardia, pero jamás hemos abandonado el combate, ni dimos la espalda al enemigo.
Una voz de mando ordena seguir hacia delante, nos incorporamos, los dos estamos enteros. Con el fusil apuntando a la nada, saltamos las alambradas de púas sin temor a morir, ya vivimos ejecutados cada mañana, como si estuviéramos frente a un pelotón de fusilamiento en cada desayuno, en las duchas, en las literas. El infierno lo tenemos en nuestras propias filas. Quizás, por eso, antes de entrar en el campo de minas, nos miramos y en acto de servicio nos cogemos de la mano.
Un golpe enérgico de orgullo y de despecho tras cerrar la puerta. ¡Blam!
Silencio de nuevo.
Ando unos pasos hacia la ventana que deja pasar la luz tímida de media tarde,
y tú sentada allí, cubriéndote la cara con las manos y sollozando.
Me acerco.
Aparto tus manos y te beso suavemente en los labios.
Cierro los ojos, te siento tan adentro …
Una vez, me dijiste: ¡Qué pena que tengas que verme así!
Y Yo te miré a los ojos, y sonreí, recordando un instante, cuando te levantaste de repente
en mitad de la noche, y te distinguí entre el esplendor de miles de estrellas, las más brillantes del año.
Allí, desnuda, orgullosa y valiente, retando al frío cara a cara.
No era Venus, no, sino Afrodita.
Alcé la mirada y pensé que ciertamente los Dioses no me odiaban, cuando me permitían contemplar algo semejante.
Esa noche, bajo el esplendor de las estrellas, vi lo que tenía que ver.
Tú!
La tormenta ha estallado mientras estábamos en la noria, dándole vueltas en silencio a lo nuestro. Después te has cansado de no verte en los charcos, has propuesto entrar aquí y ahora te escondes tras de mí. Evitas el reflejo del espejo abombado, te ríes del mío; suenas transparente, tan diferente sin clozapina en tus venas, y tiras de mí hacia el cuarto de los mil espejos. Hay cola para entrar. Apoyas tu cabeza en mi hombro. ¿A que ya no estoy loca?, preguntas. Te dieron el alta hace una semana, te tranquilizo, aunque echo de menos cuidar de ti en el patio del Centro y vigilar que las mellizas no se te acerquen. Nos toca, me avisas. Dentro, los espejos me muestran todas mis versiones y todas ellas visten una bata blanca. Mi silueta se repite hasta perderse en el punto de fuga. Tú has debido de quedarte fuera. Estoy intentando encontrarme cuando el chico de la taquilla llega con dos enfermeros. Cada uno de sus reflejos me pide que los acompañe.
Aquel yo asiente. Aquel otro también. Ese otro y yo sacamos la navaja a la vez.
Aún no sé contra quién la voy a usar.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









