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Acepté la mision de exploración en solitario al Planeta Recóndito porque el viaje era una huida elegante del matrimonio al que nunca debí entrar.
Hoy, tras la larga travesía, he llegado a destino donde descubro que los nativos son humanos que, curiosamente, usan unas horribles gafas oscuras en ambientes interiores. Me reciben amablemente y algunos señalan mis gafas. No comprendo lo que dicen porque mi app traductora se está actualizando, pero amo mis RayBan, no pienso regalárselas y, por si las moscas, no me las quito.
Me llevan a una ciudad extrañamente hermosa donde paseo libremente entre gente esbelta que en su mayoría usa gafas de sol. Como algunos no las usan, me quito las mías y veo que esta gente tiene ojos bellísimos que me atraen como imanes.
Más tarde, el sistema traductor empieza a funcionar y oigo la interpretación de lo grabado al llegar: palabras de bienvenida e información sobre usos y costumbres locales. Al oirlas, trago saliva y me coloco rápidamente las RayBan, pero ya es tarde; ahora debo tratar de sonreir a los nativos que me saludan y me dan su enhorabuena por mi próximo matrimonio con trece mujeres. Y cuatro varones.
El abuelo hacía vida tabernera jugándose los cuartos en timbas clandestinas de cartas. Y en ese ir y venir, vaciar frascas y apurar partidas, una infortunada noche perdió capital y hacienda y cuando ya no le quedaba nada, en lugar de retirarse como gallo desplumado, tuvo la osadía de apostarse a la abuela para perderla también. Ciertas cosas, en aquellos tiempos, funcionaban así y a ella le tocaba acatar el resultado de un envite de borrachos. La abuela, sin embargo, se plantó y como lo tratado había sido sin su aquiescencia, retó al estanquero al que debía entregarse a una revancha que, apelando a su más que dudoso sentido de la caballerosidad, no podría negarle. Y como en esto de los naipes el talento puede más que el azar, la abuela se hizo dueña de la mesa y mano tras mano fue recuperando el patrimonio perdido al tiempo que salvaba la dignidad que pretendían arrebatarle. Pero la jugada final se la hizo al abuelo, que tuvo que alistarse como voluntario, muy en contra de su voluntad, para la guerra de Marruecos, advertido de que si allí no caía como un héroe, no se le ocurriera volver.
Su madre luchó cuanto pudo por sacarlo adelante. Algo le hacía temer que aquel hijo duraría lo que dura una canción corta. Era inquieto y frágil, muy distinto a sus hermanos. En el colegio tampoco hacían carrera de él. Siempre que tenía ocasión, se saltaba las clases y huía a la playa para contemplar el vuelo armonioso de las gaviotas sombrías. Cada año, por Navidad, pedía una guitarra a los Magos, pero se hizo con ella en una imprevista partida de póker al cumplir los dieciocho. Y tras guardarse una carta de recuerdo, puso letra y música a sus tormentos y se convirtió en el líder de una banda legendaria. Muy pronto descubrió la euforia, más tarde, los temblores y el insomnio. Traicionada la suerte, aún quiso tocar las estrellas y peregrinó a todo ritmo hasta la frontera del abismo. Luego no supo volver atrás y, una noche sin concierto, mientras esperaba que algún “Ángel de Orión” viniera a rescatarlo, se desplomó a la entrada de un impasible agujero negro. Reclinado sobre su palidez, exhibía la jeringuilla envenenada, los brazos heridos y el rostro apaciguado. Amanecía cuando, boca arriba, un As de Corazones daba sobre su pecho el último latido.
Prometían contactos extremos con extranjeros de todo el mundo. No dudé en instalar la app. Pasados unos días llegaron las gafas y resto de gadgets. Cotilleé el menú y elegí un romántico encuentro con un francés monísimo. Recorríamos a caballo los viñedos y pisábamos abrazados las uvas ya maduras. Entonces contaba los lunares de su espalda allí mismo —sin salir de la tina— y con tanto roce enseguida se caldeaba el ambiente y fermentaba el mosto. Maridamos muy bien y pasábamos las noches tarareando bajo la vía láctea Je t’aime… moi non plus.
Empalagada de tanto amor solicité un nuevo contacto, más salvaje a ser posible, y adjunté la etiqueta #devórame. Enseguida apareció un exótico maorí. Nada más verme me tumbó desnuda sobre la hierba, decoró mi cuerpo con unas rodajitas de kiwi y se puso a gritar, a golpearse brazos, piernas y pecho con las manos y a sacar la lengua, mirándome con los ojos fuera de las órbitas. «¡Qué espanto! ¿Será caníbal?», pensé.
—¡Qué tontería! Es solo un programita —añadí en voz alta.
—¡Qué ilusa! —contestó el programita.
—¡Socorro! ¿Hay alguien ahí fuera? ¡Me ha engullido el hashtag #devórame! —grité.
—¡Bip! Reinicie aplicación. Menú actualizado —concluyó el programita.
Elvira nunca leía el horóscopo porque no creía que el destino estuviera escrito. Quizás por eso hizo caso omiso a las palabras de la pitonisa. Ni siquiera entendía cómo se había dejado arrastrar por Julia hasta aquella abigarrada caseta de la feria.
Lo primero que pensó fue que tantas velas encendidas iban a hacer arder las telas que colgaban de las paredes. Lo segundo, que aquella mujer extranjera les estaba tomando el pelo: no era posible que, en ambas tiradas, hubieran salido la Muerte y el diez de espadas.
Julia salió de allí presa de un ataque de pánico. Elvira intentó calmarla en vano. Pero cuando vio a la pitonisa mirarlas con terror desde la puerta un escalofrío trepó por su espalda.
Después de varios gin-tonics y un par de porros se olvidaron de las cartas y de la improbable predicción. Tanto, que se subieron al coche riéndose de su propia inocencia.
Las encontraron horas después. Dos cuerpos sin vida atrapados dentro del amasijo de hierros en que había quedado convertido el vehículo tras varias vueltas de campana.
La mano de Elvira sujetaba, presa de sus dedos helados, una reina de espadas.
Sabido es que de Zeus me gustaba su vitalidad, su humor y su ridícula costumbre de comer cacahuetes después que hacíamos el amor. Por eso, cuando ordenaba que me embadurnaran los cabellos con aceite y suavizaran mi piel con mieles de azahar, todos pensaban que me acicalaba para recibirle. No era así.
Yo había conocido a un extranjero que vivía en una mísera cabaña en las afueras del Olimpo. Me prendé de él inmediatamente y para poder verle sin levantar sospechas, urdí un plan: usaba las visitas de Zeus para dejar en mi lugar a Petrania, una esclava muy parecida a mí físicamente. Mientras Zeus se regocijaba con Petrania creyendo que era yo, entonces aprovechaba para escabullirme y encontrarme con mi amado.
La historia recoge que yo llegaba a su cabaña bien entrada la noche y salía siempre feliz, justo antes del amanecer.
Nadie supo nunca lo que hacíamos allí. Aun así, historiadores y curiosos insisten en preguntarme, qué tenía de especial ese extranjero, de quien no trascendió ni el nombre, para satisfacer y deleitar a una diosa mucho más que el mismísimo Zeus.
Yo, no les respondo. Sonrío.
La respuesta a ese misterio es algo que solo cabe imaginar.
Viajar a Estambul en primavera…¡no puede haber mejor lugar, ni mejor estación!
Los extranjeros llegan con sus alas en flecha desde todos los países y hablando cualquier idioma pero todos ellos se descalzan y todas ellas se cubren los cabellos dentro de la mezquita. La melodía del “salam aleikum” suena con curiosos y desconocidos acentos.
En ese atardecer de ramadán, los musulmanes extendieron un inmenso mantel blanco y puro en el patio porticado que se convirtió en el único universo. El aroma de la harira, los colores de las frutas y la seducción de los dátiles y la miel, sometían la voluntad humana con hechizos irresistibles.
Lenguas y religiones fluían de un extremo al otro del paño indivisible.
Acabó el festín y satisfechos los estómagos y la curiosidad, los comensales se separaban y salían, poco a poco, de ese espacio mágico con gesto amable de despedida.
Yo miraba la tumba del magnífico sultán mientras rogaba a todas las deidades que despertaran a Suleimán porque ésa sería la mejor foto de mi viaje. Un dios verdadero, que es omnipresente y eterno, infinito y poderoso, también resultó ser caprichoso y me dijo que estaba ocupado en otros asuntos; no especificó.
Estoy atrapado, sin batería ni cobertura de móvil, con un cuaderno, un lápiz y un naipe en el bolsillo.
Hace un tiempo que escribí, en el anverso de los cincuenta y cuatro naipes, una palabra o frase que quizás algún día me serviría de detonante para la creación de una historia. Los naipes los repartí entre los múltiples cajones del bargueño.
Ayer, en busca de las musas, recordé el recurso del viejo bargueño. Abrí al azar un cajoncito; extraje la carta. Tema: «La muerte».
Guiado por la desesperación que me producía la sequía de ideas, anoche decidí conocer de primera garra qué era aquello de la muerte, “esa región ignorada de cuyas fronteras ningún viajero retorna”, que diría Hamlet.
Salté la tapia del destartalado cementerio del pueblo. Esta vez iba solo, sin amigos y no era la Noche de Difuntos. Nadie narraría historias de muertos; no habría risas ni sustos. ¿O sí?
Un deteriorado panteón tenía la puerta entreabierta. Usando la fuerza entré. El podrido dintel cedió y me magulló el hombro, pero lo peor es que el derrumbe me impide salir.
Y llevo dos días a oscuras, sentado en los escalones de la cripta.
Lo demás ya lo imaginan.
Regresaba convertido en otra persona. Hablaba con diferente acento y el cirujano plástico había hecho un concienzudo trabajo. Atrás quedaron los años de huida, siempre en alerta, presto para cambiar de residencia a la mínima sospecha. Ahora el delito había prescrito y él volvía a la ciudad. Se convenció de que sus víctimas lo habrían olvidado y se habrían rehecho del golpe; por otra parte, él tenía unas ganas irresistibles de sentirse en casa, pisar las calles, bajar al colmado y escoger las piezas de su fruta favorita, acudir al bazar de la esquina un domingo por la tarde en busca de una bombilla de repuesto. Cuánto lo echaba de menos. Cruzarse con alguno de los que había estafado y que lo reconociera era improbable, se repetía. El silencio de los parroquianos cuando entraba en el bar y el trato amable pero distante que le dispensaban encajaban con la coartada del extranjero recién llegado que se había construido. Fueron unos meses apacibles. Hasta la mañana en que el coche que conducía se precipitó por un barranco.
Supongo que Babel se parecería a este lugar. Si pudierais escuchar sus sonidos… Es como si decenas de pájaros de especies diferentes cantasen a la vez. Y yo me esfuerzo por practicar. No penséis que no valoro todo lo que os ha costado enviarme aquí. Para aprender otros idiomas, imagino que toco mi flauta travesera e invento partituras con las palabras que voy apresando. Cada vez son más, como mis amigos. Estoy seguro de que nunca pasaré un verano igual. Por eso he agrandado mis pupilas; así guardo sus rostros uno a uno. No quiero olvidarlos.
Después de casi un mes de campamento, ya tengo listo el equipo de escalada. He entrenado a fondo y soy un gran deportista. Sé que lo conseguiré, pero tengo miedo. Algunos compañeros han fracasado en otras ocasiones y me han hablado de las dificultades. Dicen que el mayor peligro no es alcanzar la cima, sino el descenso por la cara opuesta. También me han advertido que la victoria implica una tremenda humillación. Porque, al otro lado de la valla, nadie recordará mi nombre y todos me llamarán MENA.
Vuestro hijo, que os quiere, Abdou.
A juzgar por el sudor de los tres participantes y sus miradas desconfiadas, aquella partida iba muy en serio. La puja empezaba con fuerza:
—Veo tus mil.
—Subo a tres mil.
Nadie se echaba atrás, al contrario. Parecía que todo el mundo había recibido buenas cartas o que jugaba con dinero falso.
—Y dos mil más.
O tal vez jugaban de farol y ya era tarde para rectificar en una escalada peligrosa e insensata en la que más valía llevar una buena jugada o un revólver bajo la mesa. Mordisqueando el puro con cierto nerviosismo, uno que parecía seguro de su juego mostró tres ases y una sonrisa, a lo que respondió el siguiente con cuatro más y un gesto de extrañeza que se hizo general alrededor del tapete cuando el último mostró otros cinco y recogió las ganancias sin que sus adversarios rechistaran, y como ya sabían todos de qué iba esto, se pusieron a hablar del plan urbanístico.
Es domingo por la tarde, llueve y hace frío. El joven llega a la residencia, entra en la sala de visitas y se sienta frente al abuelo. Le saluda mientras saca de su mochila un tapete de fieltro y lo extiende sobre la mesa, también unas fichas de colores y una baraja de póker.
El abuelo está serio, observa como el joven se pasa las cartas de una mano a otra con destreza. Luego como hace un abanico para mostrarle los naipes, lo cierra hábilmente con uno de los pulgares y, por último, monta un mazo. Da unos golpecitos con los dedos en la carta de arriba -mi toque mágico, dice- y se lo acerca al abuelo para que corte.
-No me gustan los naipes extranjeros -refunfuña el abuelo.
-Solo una partida -contesta el joven. Le hace un guiño, empieza a repartir cinco cartas a cada uno y añade-: Ahora te recuerdo el valor de cada jugada.
Antes de que el joven termine la explicación, el abuelo mira sus cartas con disimulo, descubre que tiene cuatro iguales y no puede reprimir la sonrisa.
El joven lo ve y suspira con la satisfacción de quien ha ganado la mejor apuesta.
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