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Reconforta ver que en tu sepelio el luto impregna tejidos y sentimientos, las lágrimas de dolor son un bálsamo para tu ego. Siempre he sido un bonachón, esposo y padre entregado.
Con más atención observo a mi hermano sumergirse en el escote de mi mujer, que le devuelve una prometedora sonrisa. Mis amigos, cabizbajos, parece que rumian su dolor, pero en realidad están ocupados mandándose mensajes por WhatsApp.
Pablo
¿Quedamos mañana para jugar al póker? ♠♣♥♦
Antonio
Perfecto 👏
Quique
Ok, pero ahora que ha palmado el pardillo, ¿a quién vamos a desplumar? 😂
¡¡Cabrones!!
Observo a mi hijo, siempre le ha costado exteriorizar sus sentimientos. También él teclea el maldito móvil.
Cariño, por fin podré salir del armario sin temor al facha homófobo de mi padre. Te echo de menos. ♥
He pasado por sus vidas y no me han visto, ahora sí soy consciente de mi muerte. En un rincón acaricio a mi perro, que me mira fijamente y lanza una dentellada al aire.
Desolado me adentro hacia la luz que insistentemente me llama. Pero freno mi avance, una espesa niebla de venganza nubla mi rumbo, la ira ennegrece mi espíritu, aún tengo asuntos que ajustar en este infame mundo.
Aquí se instalaron de repente. Fue un despertar y seguir inmerso en la pesadilla real. Humos a todas horas. Ruidos de descargas de mercancías, camiones, furgonetas y motos de repartidores. Con las ventanas abiertas era imposible descansar, adiós a las siestas. Llegaron los nervios desquiciados y los atracones de ansiolíticos.
Nos reunimos con el concejal, tachado de corrupto, que aseguró que cumplían la legislación. Nos manifestamos. Yo siempre he sido de luchar por los cauces legales. Todas las movilizaciones en balde, estábamos desesperados. Pensé en vender mi casa, pero en esas semanas había perdido la mitad de su valor.
Entonces mi vecino, que era segurata, harto de la angustia interminable decidió actuar a su manera. Tenía muchos contactos. Movió sus hilos. En los medios primero las ratas y poco después las cucarachas campando entre la comida, dejaron su imagen por los suelos. Sumado a la grabación del concejal aceptando soborno dieron la puntilla a las cocinas fantasmas.
Por fin, él vuelve a dormir tras sus guardias de noche y yo vuelvo a babear en mis siestas. La tranquilidad habitual del barrio ha regresado por las bravas.
Mientras tú duermes no muy lejos, después de una jornada exigente, yo aún no he conseguido desprenderme de los olores de la ciudad. Cada vez son más persistentes, como si penetraran por todos partes con la intención de quedarse. Llevo ya un buen rato parado, a oscuras, y sin embargo noto un zumbido que no presagia nada bueno.
Mientras desaparece, me conforto como cada noche pensando en nuestra relación. Haberme hecho tu compañero de viaje dio sentido a mi existencia. Contigo he disfrutado desde el principio, me arrancaste la mejor versión. Tú más que nadie. Hemos consumido cientos de kilómetros, compartiendo situaciones únicas. Y te agradezco, aunque a veces no me expresara bien, la comprensión. Siempre he admirado de ti la cautela y el aplomo con que afrontas los reveses. Me quedo con todo ese rodaje.
El otro día te oí hablar del otro. Palabras elogiosas que anunciaban un idilio. Ahora sé que se acerca la separación, el adiós, e intento prepararme para afrontar la despedida. Dijiste que es lo mejor para ambos, que mi tiempo ya pasó. ¿Ya pasó? Intuyo que llevas razón, lo que no impide que grite que hoy te odio más que ayer.
Aunque el detective le había advertido antes de mostrarle la confirmación de sus sospechas, percibió rotundamente que una llamada interior ascendía desde sus vísceras hasta el rostro, que enrojeció según apretaba cada vez mas sus mandibulas y sus manos, aferradas a las fotografías, crispadas hasta doblar el grueso papel satinado. Pudo escuchar su propia voz, lejana y enronquecida hasta resultar irreconocible. Si estuviera aquí…¡La mataría!
Entonces será mejor que no le diga que pase, comentó el investigador con tono profesional. Levantó la mirada hacia el ventanal y una lágrima sofocó el incendio.
«No…Si, que entre y acabemos».
Jamás he sentido la vida más serena que embarcado en una canoa. Mi familia vivió aquí desde siempre; la Ciénaga era nuestro corazón y los peces la sangre que nos daba la vida. Cuando vinieron los forasteros, fue como si dejara de latir. Plantaron su jungla de hormigón y cemento, levantaron un dique y nos quedamos sin peces. «Si muere la Ciénaga, morimos todos», repetía mi padre. Por eso, una noche de luna llena, hartos de aguantar el hambre, afilamos los cuchillos en la piedra y salimos a buscarlos, aun sabiendo que ellos nos esperaban con escopetas. Sonaron balas, hundimos las hojas en sus carnes y el agua quedó cubierta de difuntos. No me arrepiento, no éramos mala gente.
Eso ocurrió hace unos veinte años. Desde entonces, cada luna llena vengo aquí, donde yo sé que están, aunque nadie los pueda ver. Miro sus restos podridos, como los peces que mataron. Les escupo y les maldigo. Me acuerdo de la bala que se incrustó en mi pecho. Luego vuelvo a la penumbra que inunda los manglares, entre los fantasmas de los que fuimos y dejamos de ser cuando la Ciénaga murió.
La mujer tomó el mando y marcó el 202 en el teletexto. No pudo evitar una mueca de abatimiento al descubrir que el equipo de su marido había vuelto a perder. Una vez más, éste subiría del bar mascullando su ira, le obsequiaría con algún improperio con aroma a cerveza y se marcharía a la cama sin probar la cena. Contempló por un instante al niño. Cada día se parecía más a su padre. Enfundando en el chándal de fútbol y absorto en la pantalla del móvil, éste descargaba su frustración por la derrota tecleando frenético en el twitter. Posó la mano en su abultado vientre y se juró que las cosas iban a cambiar. Luego tecleó el 203 y decidió que la próxima camiseta sería la del conjunto que encabezaba la clasificación.
De repente esta noche ha cambiado por completo la armonía.
El clong melódico del chuzo contra las aceras pautado cada diez segundos, cada cuatro pasos, para conducir a buen puerto el sueño fugaz de los vecinos, para tranquilizar los escarceos de los amantes, para azuzar la sombra sigilosa de los gatos.
El tintineo acompasado de las llaves como esquilas que llaman al rebaño y enumeran cada oveja hasta llevar a los insomnes a orillas del letargo; como el salmo de los monjes que reclaman el silencio monacal después de las completas; como el aliento sincopado del orgasmo, que se queda enredado en el tul de las cortinas.
De repente la balada que dibuja en el cielo las estrellas se transforma en el Rock you like a hurricane de los Scorpions, el llavero en campanas que tocan a rebato, la madera que acaricia el pavimento en un arma sublevada contra un cuerpo: un quebrar de carnes, un crujir de huesos, un lamento que penetra en los oídos dormidos de las casas, que despierta a la ciudad.
Cien pares de ojos preguntándose desde sus ventanas por qué ha llegado a golpear así a un hombre, otro al que siempre conocieron por sereno.
Habíamos quedado en el mismo café de Comillas donde nos conocimos. Raquel fue mi primera novia, llevábamos veinte años sin vernos. El dueño nos regaló una canción de Aute que nos trasladó a los noventa como un condensador de fluzo. Salvo nuestras tallas, nada había cambiado. Bajo la severa mirada del Ángel Caído, nos besamos y acabamos en su casa. Puso un disco de música tibetana y empezó a acariciarme el pecho, mientras me daba besos ligeros como copos de nieve que se deshacian al tocar la piel. A los quince minutos empecé a pensar que me venía el seguro del coche, y que para comer iba a preparar calabacín rebozado. Aquello era la madre de todos los preliminares. Debió notar mi impaciencia y me reprochó mi falocentrismo. Las fuerzas me abandonaron y nos vestimos rumiando antiguos rencores . En la puerta me dijo, visiblemente irritada, que de un tío tan leído como yo esperaba una sexualidad más sofisticada, y que el sexo conmigo era como montar un mueble de Ikea.
– Siempre nos quedará Comillas – balbuceé encajando el golpe.
Aquel episodio marcó el final mi juventud, pero las desventuras de un hombre maduro dan para otro relato.
Bajo la mortecina luz de la enfermería del asilo, el masajista no dudó al reconocer aquel lunar sobre la nuca del anciano. Fueron demasiados años evocando, en medio de sus noches insomnes, esa calva desdibujada en el sucio espejo de la sacristía postrada ante él. Crispando sus manos, cierra los ojos.
Entraron de noche, derribando la puerta de una patada y arrasando el silencio con los ladridos de los perros y las carreras de los soldados.
Primero encontraron a mi hermana, aguantando a duras penas el llanto tras el forro del armario. Después sacaron a rastras a mis padres, escondidos bajo el colchón de su cama, y poco después dieron conmigo.
Mientras nos arrinconaban en el salón pude verle. Hans estaba junto a la puerta, mirándome impasible. Corrí hacia él y le imploré perdón cogiéndole de la mano. Nos conocíamos desde que éramos niños, y siempre habíamos sido muy amigos. Nunca quise hacerle daño, pero cuando rechacé su proposición de matrimonio se enfadó y no volví a verle más, hasta esa noche.
Su bofetada me dejó sin sentido, y cuando desperté estaba presa en uno de los calabozos de las S.S.
Allí me daban de comer lo justo para mantenerme con vida, y cada noche, Hans derramaba sobre mí, en pequeñas porciones, todo el odio acumulado durante años, maldiciendo el haberse dejado robar el corazón por un ser inferior a su raza.
Al compás de su bastón al caminar llegó al lugar convenido para el encuentro. No podía creer su suerte. Era guapísima y tenía una sonrisa cautivadora. Convencido de que sería la definitiva, la última de una interminable lista, decidió besarla allí mismo, pero con la emoción cayó fulminado, víctima de un infarto. Ella permaneció junto a él, esperanzada, hasta que por fin consiguieron reanimarle con un desfibrilador. Entonces dio media vuelta y, entre maldiciones y exabruptos, se perdió en las sombras de la ciudad. Esa noche fueron muchos los desdichados que añadió a su interminable lista, al toparse con el chirriar de su guadaña al caminar.
“Los pasos se perdieron en la noche silenciosamente, tercamente, subrepticiamente…” ¡Para! ¡Para! ¿Podrías dejar de sugerirme adverbios terminados en mente? ¿Acaso no sabes que eso es lo primero que le chirría a cualquier editor, a cualquier jurado, a cualquier lector con cierto criterio?¡No me lo tomaré tranquilamente! ¡No! Dime de quién son los pasos que se pierden. No quiero saber cómo sino de quién, tal vez por qué, pero no cómo. ¿Vale? No, no me estoy portando injustamente, ni exageradamente, ni siquiera violentamente. Pero puedo hacerlo. ¡Te lo aseguro fehacientemente! ¡Que no te lo diré ni mansamente, ni pepinillamente! ¿Sabes qué te digo? ¡Que te puedes coger vacaciones de aquí al siglo próximo! ¡Es más! ¡Estás despedida! ¡Sí! ¡Trumpmente!
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