Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

07. Nunca dejes la puerta abierta

Juraría que he visto pasar una sombra de animal en dirección a la escalera. Pero, al salir de la cocina, la criatura aún sigue ahí; acechando en el pasillo. Un perro desconocido, de pelaje encrespado y negro, me observa desde la oscuridad. Ha debido de colarse en casa cuando he salido a tender al jardín. No ladra. No gruñe. Solo parece esperar mis movimientos.

Con el pulso golpeando en mi sien, y el incesante temblor de mis manos, alcanzo el paraguas que cuelga del perchero y me enfrento a él. Un inesperado chasquido activa el dispositivo y, como un fogonazo, mi arma se abre de golpe. Mientras el pánico se apodera de mí, la bestia escapa hacia la puerta. De un empujón, la cierro.

El ruido ha despertado a Miguel.

Lo encuentro temblando sobre el colchón y lo abrazo para calmar su respiración agitada. Ha mojado las sábanas.

Mamá, hay un monstruo bajo mi cama lloriquea.

No hay nadie ahí, cariño contesto mientras siento la sangre congelarse en mis venas.

El perro aúlla en el porche.

Solo deseo que no esté esperando a su amo. 

05. ARNOLD

Cada vez que iba por aquella zona del barrio no podía evitar mirar, hecha un manojo de nervios, a ambos lados de la acera que tenía que recorrer para ir a los recados. No había otro camino y, con demasiada frecuencia, me encontraba con Arnold doblando la esquina.

Aquel tipo era pendenciero, chulo y muy agresivo. Al divisarlo, yo me hacía pequeñita, caminando muy despacio para que no me viera, pero no me servía de nada porque, invariablemente, me detectaba y echaba a correr hacia mí para atacarme de todas las formas posibles.

Entonces yo empezaba a correr también, como pollo sin cabeza, buscando una guarida donde esconderme, pero las aceras de vecinos, con todos los portales cerrados, no me ayudaban nada y, casi siempre, Arnold me daba alcance y…Bueno, otra vez llegaba a casa magullada, sangrando y traumatizada por la experiencia.

No supe lo que era no tener miedo a salir sola a la calle hasta que nos cambiamos de barrio y ahora, que hace ya muchas décadas que dejé atrás la niñez, sonrío al recordar que Arnold era tan solo un pequinés de mierda, un perro-llavero, como decía mi madre partiéndose de la risa.

 

 

 

04 DESAJUSTES (Ángel Saiz Mora)

Varios jóvenes aterrorizados permanecen retenidos por un muchacho lleno de ansiedad, dispuesto a segarles la vida o quitarse la suya, quizá ambas cosas, en ese orden. Acude alguien muy adiestrado en incidentes críticos.
El negociador utiliza la palabra, su mejor arma, junto con la empatía. Un megáfono eleva y distorsiona su voz habitual.
Tras horas angustiosas al fin se traslucen las carencias de socialización del criminal, el resentimiento por no haber sido invitado a esa fiesta. Huérfano de madre, con un padre que apenas le presta atención, confiesa que el revólver lo tenía en casa. Dispara al aire. Sabe utilizarlo.
El agente de élite flaquea, temeroso, carente de su seguridad, fruto de una dedicación profesional absoluta, por la que es admirado.
Se despoja del pasamontañas, chaleco antibalas y arma. Ajeno al protocolo, camina hacia el local. Los demás uniformados no dan crédito. Actúa como un héroe, o un suicida.
La puerta se abre. Los puntos rojos de los fusiles de los tiradores no encuentran blanco, el temerario compañero no lo permite, al interponerse adrede.
Promete dedicarle más tiempo, el que el chico necesita y merece.
Padre e hijo se funden en un abrazo.

03 LAS BUCHONAS

Cuando las ves, notas cómo se te eriza el vello y se te hiela la sangre en las venas, porque son las queridas de la muerte. Provocativas con sus escotes generosos, sus faldas tacañas y sus medias de rejilla juegan a la seducción homicida. Porque si te señalan, no lo dudes amigo, tu cuerpo aparecerá colgado de un puente y tu cabeza en un estercolero. Cubren sus rostros con máscaras -idénticas en sus falsas sonrisas- que esconden las sonrisas auténticas, aún más siniestras.

Les gustaron mis ojos: “Ay, mi hijito, tan verdes…” y tal vez por eso me rodearon en corro hasta que llegaron ellos. Pude distinguir la inicial de mi nombre tatuada en el muslo de la más pendenciera. Éramos casi niños entonces y al poco desapareció del barrio. Tan bonita como para convertirse en capricho de un narco, tan insensata como para corromperse con el poder sucio del dinero. Quizás por ella me dejaron con vida, aunque para qué. Duermo en un galpón junto a otros desgraciados y de día salgo con Mellado, mi perro. Parado en una esquina espero las limosnas que los transeúntes quieran arrojar a un pobre ciego.

02. Anatomía de un calamar

 

Daniela prefiere las sardinas asadas, con sus tripas intactas. Últimamente le apetecen mucho. Pero él ha traído chipirones. Los quiere rellenos.

Trata de evadir la mente mientras los limpia, aunque no puede evitar el temblor de manos al vislumbrar en esos ojos fijos e insensibles la mirada de su padre. Los tentáculos llenos de ventosas parecen sus dedos viscosos, atrapándola, explorando ásperos cada resquicio. Imagina su nariz ganchuda al arrancar los voraces picos de loro. Y esa gelatina blanca que se adhiere a sus dedos la lleva al borde de la náusea.

La arcada incontenible llega cuando, del interior de uno de ellos, sale un pescadito medio devorado, se escurre sobre el montón de entrañas y desaparece para siempre por el desagüe del fregadero. Recuerda otro desagüe, el sabor amargo del bebedizo de ruda y artemisia mezclado con lágrimas, dos pececillos ensangrentados perdidos por las cañerías. Recuerda querer morirse, recuerda querer matarle.

Suenan pasos. Traga saliva. Apura la labor con la receta que usaba su madre, como él exige. Meter ese relleno en los cuerpos es antinatural. Se estremece. Acaricia su vientre. Llora. La cadena del tobillo frustra, una vez más, su intento de alcanzar el veneno de las cucarachas.

 

01 Monstruo

Ojalá sea hoy la noche que vengan a socorrerte; que consuelen todos tus miedos, te abracen y callen tu llanto por fin. Que enciendan luces y pinten tus paredes de colores; que te susurren historias y canciones felices. Y que dejen la puerta abierta de una vez para disolver las sombras frías del muro, para descansar del castigo de tus rabietas insoportables, para desprender mi pellejo negro de debajo de la cama y escapar para siempre de este infierno. Libre.

81 Sirenas

A pesar de los esfuerzos por proteger a nuestra hermana, la gente de la superficie arponeó a Devaki y la sacó al exterior. Allá afuera terminaría dentro de un cubo lleno de restos sanguinolentos. Para cazarnos, utilizaban ondas de sonido con que rastreaban las profundidades de la fuente en busca de las más grandes de nosotras. Según ellos, ocupabamos mucho espacio, alimento y oxígeno en detrimento del desarrollo del hombre. Por su culpa, habían extraído a Elika, a Gandhari, a Devaki. Si el macho continuaba vivo, el resto de nosotras moriría. Rechinamos las encías desdentadas. Nadamos hacia él y giramos en círculos concéntricos hasta enrollarle el cordón alrededor del cuello,. Al tensar la línea, él se puso azul. Luego, cada una regresó a su esquina, de cara contra la placenta, a la espera del paso del ecógrafo y de los gritos de padre y madre cuando vieran las imágenes del tan anhelado varón que flotaba sin vida en el líquido amniótico.

80 “Ni chicha ni limoná”

Voy a tener que reunirme con Pedro urgentemente. Esto no puede seguir así. Se ha vuelto tan tiquismiquis, el tío, que solo deja entrar a los más impecables. Está ya muy mayor y es demasiado exigente. Creo que deberían cambiar de portero y poner a alguien con mejor criterio. Ahora me llegan a mí los rechazados sin ninguna categoría, no son nada aprovechables. Cuando piensas que vienen con el pecado capital de la ira, resulta que se trató de una puta chorrada. Luego se escandalizan al oír hablar de una bacanal con las brujas y todos los demonios de mis dominios infernales. Si no los quieren en el cielo, que se queden en el purgatorio. ¡Que se jodan!

79. Efectos secundarios de un jurado (Fuera de concurso)

Una vez terminada la recepción de los relatos, se repartieron su lectura, ellas los pares, ellos los impares, y se dispusieron a realizar su misión con entusiasmo. En la primera reunión los ánimos no eran los mismos. La temática propuesta les había hecho torcer el gesto más de una vez y tener alguna discusión sin aparente motivo, nada serio. En la segunda, ya se usaron algunas palabras fuera de tono. En su siguiente cambio de impresiones, se gritaron y se soltaron ciertos insultos de dudoso gusto. En el momento supremo de la elección de los mejores textos, después de absorber tanta ira y tanto enfado, se tiraron a la cabeza todo lo que tenían a mano, se dijeron lo que nunca le habían dicho a nadie antes, se mofaron de malas maneras de los comentarios de los demás y llenaron de inquina cualquier mínima opinión. Por primera vez, no hubo ni mencionados ni seleccionados, fue en lo único que estuvieron de acuerdo. «¡Qué se fastidien uno por uno!», sentenciaron al unísono. Después, se enzarzaron en una pelea hasta que los separó la responsable del monstruscopio, que al verlos con esas caras endemoniadas, los tomó como personajes para su próxima prueba.

Con todo cariño, a María, Paloma, Enrique y JAMS, miembros del jurado del enfado y la ira, y a todos los que han desempeñado alguna vez la difícil labor de juez con tanta sabiduría y honestidad, como merece ENTC… y a Mel, por separarlos.

78. Asignatura pendiente

Nunca he llevado bien lo de perder, desde niño cuando me comían una ficha jugando al parchís me levantaba de la mesa y les dejaba plantados al resto de jugadores. En la adolescencia no soportaba que me robaran a la chica que me gustaba en la pista de baile. Esta mañana cuando he llegado al trabajo, donde he dado los mejores años de mi vida, me dicen que van a apostar por dar una oportunidad a los jóvenes. Y quién me la va a dar a mí con más de cincuenta a mis espaldas. Así que loco de ira he arremetido contra los cristales de la empresa hasta que no ha quedado ni uno entero. Aquí estoy sentado en la puerta de casa esperando que llegue la policía por los desperfectos causados, aunque quizás hayan hecho la vista gorda. Después de todo, les sale más barato el cambio de ventanas que mi despido.

77 Aquellos maravillosos años

Sonreías ladeando la cabeza con un cigarrillo mediado en los labios, entornando los ojos como James Dean. ¡Cuántas veces habrás ensayado ese gesto…! Aunque, funcionar, te funcionaba, ¿eh? Todos querían ir de farra contigo, llevarte a la cama. Y tú pagabas rondas y rondas por no llegar solo al final de la noche. O de los días. Mira que no ver que te abandonarían cuando estuvieras sin blanca… ¡¿Qué?! ¿Ya no eres capaz de devolverme esa pose en el espejo? ¡Sonríe ahora, cabrón!

76. Reflexión

Adoquín en mano arrancado  del pavimento apuntando a los antidisturbios, pañuelo a modo de bandolero para protegerse de los gases lacrimógenos.

El volcán de sus labios emanaban abruptos de enfado e ira.

— ¡Fascistas, cabrones..!

El enfrentamiento cuerpo a cuerpo fue inevitable y el ladrillo de su mano impactó sobre un policía nacional. Llegó a ver como el brote de sangre que emanaba de la frente del policía cruzaba la insignia del uniforme.

Las olas irreverentes chocaban sobre su rostro, sentía el frescor del mar y el calor del sol veraniego. Ya no recordaba el frío del invierno pasado ni la humedad de la llovizna en aquella manifestación del pasado invierno.

La imprudencia de la juventud le animó a nadar mar adentro, la corriente hizo el resto. Sin fuerzas, una ola lo engulló, fue lo único que recordó.

Cuando despertó se vio en la arena de la playa rodeado de gente con cara circunspecta y a ese hombre que acababa de arriesgar su vida para salvarlo.

— Tranquilo, ya estás a salvo. —

Con el pánico en sus ojos de haber visto la muerte tan de cerca, miró al hombre que le había salvado la vida, con el uniforme de policía empapado y una reciente y larga cicatriz en su frente.

 

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