Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

63. VERGÜENZA AJENA

—Esto no es lo que habíamos quedado, ¿te estás burlando de mí? —Golpeó la mesa con el puño. Al otro lado de la mesa, la esposa sonrió, salvó las copas a punto de derramarse y se volvió para mirar disimuladamente a una pareja del fondo.

—Pues no sé por qué no te gusta, es preciosa. Mira, si lo prefieres, yo me quedo con la chica y para ti el calvo.

—Íbamos a tomar la decisión de mutuo acuerdo, pero tú has empezado a lanzarle miraditas. Se han dado cuenta. No quiero seguir.

—No seas tonto, cariño, solo tanteaba el terreno. Estoy segura de que aceptarán.

—Conmigo no cuentes —Al levantarse la mesa crujió—. Me largo.

—Por favor —le rogó ella tirándole de la manga para que volviese a sentarse.

—He dicho que no —dijo levantando la voz. Todos los comensales lo escucharon.

—¿Qué coño miráis? —gritó alzando ambas manos.

—Haga el favor —Exigió un camarero y le colocó una mano en la espalda empujándolo levemente—. Está montando un escándalo y aquí…

—¡No me da la gana! —Se revolvió.

Gritos, mesas volcadas y la vajilla propia y ajena haciéndose añicos. La mujer, pidiendo disculpas, hizo mutis por el foro.

62.- Los silencios incómodos

Empieza mamá, visiblemente alterada. Pregunta que qué horas son estas horas para un crío. Bajo la mirada y recuerdo al tonto, y a sus padres, a los que casaron cuando aquel gañán se llevó a la muchacha tonta y la devolvió con una barriga sospechosa.

Se une papá. Apaga la televisión para arrojarme los mismos improperios de siempre. Sigo mudo, sin levantar la cabeza mientras pienso que, en realidad,  no hace falta nacer tonto. Eso, en el pueblo, da igual si la presa reúne ciertos requisitos. Y este cumplía casi todos: esmirriado,  miedoso y con gafas. Al desgraciado le aguardaba un infierno de humillaciones y perrerías.

Ambos continúan gritándome y yo no consigo olvidar esa tarde, cuando lo arrastramos hasta la trasera del taller mecánico para introducirle por el ano la manguera del aire comprimido con la que hinchamos las ruedas. Escapamos corriendo con las primeras convulsiones.

Me mandan a la cama. Sigo sin poder contarles que el dueño del taller, que siempre fue muy cariñoso con nosotros, nos aseguró haberse encargado de todo aquella tarde. Pero que, desde entonces, nos obliga a visitarle cada noche,  cuando cierra. De dos en dos, y en completo silencio.

61. El granjero tranquilo (fuera de concurso)

Espero que me comprenda, sheriff. De sobra sabe que soy una persona pacífica, tolerante en exceso, diría yo, llegando a actuar a veces con exasperante mansedumbre.

Anoche, sin embargo, al ver que esos maleantes me habían quemado el establo y puesto en libertad el ganado, no pude contener la ira y salí en su busca con el solo deseo de soltarla sobre ellos, acrecentando ese sentimiento con cada gemido de mi caballo, al que estuve a punto de reventar, y con el recuerdo de los míos, cuyas necesidades difícilmente podría atender ahora. Los seguí hasta el desfiladero y, una vez allí, aguardé a que estuvieran dormidos. Admito que dispuse entonces de un tiempo que bien podría haber usado para intentar calmarme. Pero la propia ira me hizo rechazar tal posibilidad. Así que llegada la hora, con las ganas aún intactas, salí del escondrijo y los fui degollando uno a uno.

Lo que hice hecho está, sheriff. De no haber podido contar con mi caballo, o si cualquier otra circunstancia hubiese impedido mi pronta reacción, le aseguro que esta conversación jamás habría tenido lugar. Porque me conozco y sé que luego, pasado ese primer momento, en frío no soy nadie.

60. ENGATUSADOS (Belén Mateos)

Magdalena mientras acaricia a su gato teclea en el móvil el número de su prometido. Le regaló el felino por navidades como adelanto a su compromiso de siete vidas con ella, a la eternidad en un maullido.

Silvestri, así decidieron llamarlo, ronroneaba entre sus muslos, junto al escote pronunciado por el calor sofocante de agosto.

Aullaba, gemía, bufaba, en el momento que Álvaro contestaba a su llamada. Ella, apresurada, cortó la línea, él justo pudo percibir la voz atragantada de su enamorada.

Insistió sin respuesta, a los tres tonos puso el grito en el cielo, maldijo el día en que trajo a casa ese Belcebú, golpeó la pared y estampó el móvil contra el suelo.

Al otro lado de la línea Magdalena estaba intentado que vomitara las pelusas de su pelaje; ya más calmada, se dio cuenta del porqué su gato se erizaba cada vez que su dueño abría la puerta vociferando una cerveza bien fría, gruñendo la cena, escupiendo insultos por no tener sus zapatillas al pie de la cama.

Hoy hay leche en el cuenco, ninguna cerveza en la nevera y quizá mañana haga la cena.

Hoy, Magdalena, recorre descalza su casa en enero.

 

59. Invisible (Virtudes Torres)

Las mañanas se hacen eternas. Paseos arriba, paseos abajo. Me cruzo con gente que no repara en mí. Soy invisible a sus ojos. Me irrita su falta de empatía hacia mi persona. Quizás no sea de su estatus social o esté algo anticuado, pero deben reconocer que pertenezco a otra época, que mi juventud ya pasó y que viví un tiempo diferente al que ellos están viviendo.

Lo cierto es que conforme van pasando los minutos, esos que a mí se me hacen eternos, mis pilas se van recargando. Mi energía, al llegar la noche, está al cien por cien y es entonces cuando yo me hago presente. 

Es entonces cuando mi rabia se apodera del entorno, cuando, para fastidiarles, me da por abrir y cerrar puertas y ventanas, por tirar vajillas, por zarandear las lámparas y arañar las paredes.

Como colofón final, guardo lo que más miedo les causa, mis susurros, mis raps, mis gritos.

Y ya estoy imaginando sus caras cuando alguna madrugada se despierten y por un momento me haga visible y vean que les estoy observando mientras duermen.

 

58. CONVIVIR (Nani Canovaca)

Después de esta época de pandemia sin ver a la familia, decidimos pasar el verano todos los hermanos con nuestras familias, en la casa que tanto amor recibimos. Estaríamos en el campo y volveríamos a ser los de siempre.

Con los allegados y los hijos de cada cual, éramos un número importante de personas, aunque en verano todo se puede solucionar e improvisar un lugar de descanso. Con tan buen tiempo y habiendo agua donde remojarnos, no había problema para pasar el día, no obstante se truncó la convivencia cuando hubo que arrimar el hombro. Se repartieron las tareas y todos estuvimos de acuerdo, pero siempre tiene que haber algo que estalle como un volcán enfurecido. El típico cuñado de navidad, sacó sus malas artes y acabó envenenando la armonía. Nunca perdonó que mi hermana no heredara, ya que prefirió estudiar. No lo asumió y una vez más brillo por su furia y mala baba. Esta vez nos enfadó a todos, incluida mi hermana que siempre le disculpó. Lo ha querido mucho, aunque ya por fin lo ha mandado a paseo. Siempre enfadado, renegando y enfurecido por los éxitos que él no consigue. ¡MI hermana no se merece dicho carajote!

57. Papá Vesubio

Para cuando el volcán entró en erupción, ya teníamos la sonrisa de ceniza y tiznada el alma. El estruendo hizo que los tabiques de casa temblaran y el reloj de pared cayera al suelo, grabando la hora en nuestras retinas.
Esta vez su furia nos cogió desprevenidos, y mamá se interpuso para marcar mi camino de huida. Pero una lengua de lava ardiente le alcanzó la piel, dejando una nueva quemadura sobre su rostro.
Y, aunque aquella mañana volvimos a amanecer petrificados, pasó mucho tiempo hasta que el sol nos descubrió acurrucados bajo la cama en nuestra pequeña Pompeya.

56. Soñar el encuentro – Calamanda Nevado-

En realidad no había necesidad de ponerse así. Pero la casa no estaba acondicionada.  Sin sofá, ni sillas. Sin luz eléctrica. Las paredes dibujadas de lagartos. Los techos de  serpientes, pájaros,  flores y hojas  como detalle artístico.  Apareció de pronto con los brazos y  tobillos adornados con plumas, pronunciando mí nombre y alargando las vocales. Llevaba atados alrededor de la cintura diversos objetos artesanales. Me tendió las manos, sonriente, y me atemoricé. No se parecía a lo que había pensado encontrar, ni en sueños.

Se puso a bailar solo,  frente a mí. Cuando cesó, me ofreció una bandeja llena de piedras,  dijo. “Elije una”. Se me puso la carne de gallina a pesar del calor. Me sonaron las tripas y vi todos los guijarros  iguales.  Mira que desee que alguno brillara o pareciera especial. No llevaba bolsillos para guardarlo y me lo metí por el escote.  Entonces ordenó. “Nos vamos” ¿Adonde? Pregunté. A ver el cambio de luna. Eso no sonaba divertido.  Quedé parada mirándolo.  Tienes un peculiar sentido del humor.  Murmuré. Me sentí víctima. Parecía un desconocido. Di gracias por dejar el billete de vuelta del avión, en el hotel.   Vocee en distintas lenguas hasta quedar afónica ¡Idiota, idiota!

55. Encadenados (Alberto Jesús Vargas)

Arturo mañana no trabaja. Él, que quiso ser un gran chef y tener su propio restaurante con estrella Michelín, lleva años en el mismo bar sirviendo bocadillos de calamares y aguantando a un tipo que por ser el dueño se cree con derecho a escupirle diariamente su constante malhumor. Arturo está casado con Marta, una mujer que estudió Interiorismo y terminó atrapada en un piso de cincuenta metros soportando a un marido que huele a fritanga y está acostumbrado a lanzar contra ella su enojo de perdedor. Ambos tienen un hijo, al que llaman Javi, cuyo sueño es pilotar motos lejos de esa guerra que es su casa y aunque se siente hostigado por una madre siempre irritada, se alegra de haber dado con Eladio, un compañero de clase gordito y con gafas con el que puede descargar su rabia empujándole a los charcos y pateándole como a un balón. Así ha conseguido que el pobre Eladio se odie tanto a sí mismo, que haya decidido dejarse caer como una lágrima desde la azotea de su edificio. Por eso Arturo mañana no servirá bocadillos. El bar permanecerá cerrado para que su dueño pueda llorar a Eladio, su hijo menor.

54. Estás jodido

Se acabó ser el monigote de barro con que los jueces juegan a ser Dios.

Inanes seres, insignificantes en casi todas las facetas de la vida, excepto, indignidad, cobardía y complejo de inferioridad más que justificado que los aboca a esa exacerbada sociopatía narcisista. Un solo logro en su vida; dedicarse en cuerpo y sin alma a conseguir un único objetivo, tragando para ello, sin escrúpulos, lo que fuera menester con tal de conseguir el poder, guiados únicamente por el ansia de poder, mucho poder, todo el poder.

Dictar el bien y mal. Aunque, visto así, diríase que cualquiera podría dirimir controversias cotidianas y otras mucho más complejas dadas a diario en la vida. Pero no, se trata de retorcer condiciones y requisitos que deben cumplir las apariencias, argumentos, pruebas y hechos, y hacerlos depender de puntos de vista tan subjetivos e imaginativos que nadie, ni siendo juicioso y habilidoso, los haría encajar por las microscópicas rendijas que esa macabra trama exige.

Hacer pasar dinosaurios por ojos de aguja, hacer caminar personas por el filo de una hoja de afeitar, interpretando la vacilación como delito; así que si no eres capaz de mantener el equilibrio . . .  estás jodido.

52. Problemas de digestión

Todo empezó cuando se tragó las palabras que querían escaparse cuando aquella niña le llamó fea. Se quedaron ahí, dando vueltas en el estómago. Después siguió comiéndose las respuestas que no se atrevía a soltar a todos los que se reían de sus gafas. También los restos de los escupitajos que le caían en el pelo a la hora del patio, a veces con chicles con algo de sabor a fresa y pelo pegado. Se le atravesó especialmente la risa de la profesora cuando le pedía leer en voz alta y las erres se le atascaban en el aparato, y el eco replicado por todos los compañeros le abofeteó las mejillas hasta hacerlas arder. Tragó y tragó, hasta que un día, volando hacia el suelo en plena zancadilla a la salida del colegio, notó un extraño mareo y empezó a vomitar fragmentos de palabras hirientes con miles de aristas, que se expandieron por toda la calle, clavándose en todo el que andaba por allí cerca. Pronto, solo hubo gritos y confusión, mientras ella se sacudía la falda del uniforme y se iba caminando, ligera, preguntándose qué habría de comer.

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