Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

39. IMPLOSIÓN (Pilar Alejos)

Durante la cena familiar, sin preaviso, se produjo la erupción de reproches. En cuanto nos sentamos a la mesa, una lluvia fina de cenizas se cernió sobre nosotros como preludio de la catástrofe. Con los primeros temblores, se tambalearon los cimientos que nos proporcionaban equilibrio. Al escuchar algunos crujidos a traición, se resquebrajó la fortaleza que nos mantenía unidos. Dolían demasiado esas grietas. Aun así, intenté evitar que por ellas escapara toda aquella ira corrosiva que habíamos ido acumulando durante años. Mis hermanas, al rojo vivo, comenzaron a lanzarse rocas de agravios, que reabrieron sus heridas incandescentes. Intenté tranquilizarlas, que recuperaran la cordura, pero su cólera fue en aumento e hicieron frente común contra mí. Me vi arrastrado por su rabia de lava y ya no pude salir indemne de su odio de fuego.

Tras la catarsis, todos emprendimos la huida con el aliento ácido aún en llamas. Sobre el mantel, quedaron sepultados por el dolor nuestros lazos de sangre.

 

38. DILUYENDO LA IRA

Estaba a punto de estallar, lo notaba.
La agresiva presencia diaria en su casa de verano de su ex, con la excusa de ver a los chicos, le estaba exasperando.
No le molestaba su presencia, pues pretendía que mantuviesen una relación cercana, sino las continuas puyas que él le lanzaba, esos comentarios ácidos contra su familia.
Pero lo que verdaderamente le sacaba de sus casillas, hasta llegar a odiarlo, era cuando le acusaba de abandonar a sus hijos.
Los tres, mayores de edad, preferían salir con su padre al monte y al campo, en vez de a la playa o a la casa de su familia, como ella.
Y la madre, en vacaciones, tras dos años alejada de su madre y hermanas, les dedicaba a ellas sus tardes.
Y eran esos momentos pasados en la playa o en largos paseos, los que él utilizaba como arma arrojadiza para acusarla de abandono.
Entonces notaba como hervía su sangre, como su cuerpo se rebelaba contra aquella acusación injusta, porque durante el resto del año era ella quien los cuidaba, alimentaba y protegía.
Por eso, para no estallar, se marchaba rápido a otra estancia mientras notaba como la ira se iba diluyendo.

36. Mejora

Mi novia María se ponía hecha una furia cada vez que le llevaba la contraria. Tal vez por eso no llegamos al altar. (Esta teoría también la sacó de quicio, pero ya daba igual). En cambio, Marcela desconocía la ira, así como otras emociones intensas. Al sugerirle pasar por el juzgado se limitó a asentir. No esperaba que se pusiera a lanzar cohetes, pero aquello enfrió el asunto; tanto que apenas duramos más. (Aceptó nuestra separación sin mostrar impresión alguna: esperable). Con Susana y su caótica dialéctica, entreverada de alambicadas explicaciones sociológicas, uno nunca sabía a qué atenerse. Probablemente, que yo esquivara la cuestión matrimonial, lo interpretó como fiel reflejo de la sociedad actual. Ahí se quedó, trabajando en su tesis sobre Bourdieu.
María sabía pelear, no se arredraba. Marcela me sobrellevó a base de paciencia, mientras que Susana buscó respuestas donde buenamente pudo. Todas lo intentaron, sin embargo, mi carácter colérico venció toda resistencia. Ahora, por consejo de mi terapeuta, escribo estas líneas. Reconocer el problema es parte de la solución. Francamente, creo estar progresando. Lo malo es lo cara me sale la consulta. Veremos en la próxima cita. ¡Se va a enterar la sicóloga!

34. Bocadillos de Nocilla con sabor a sal (Aurora Rapún Mombiela)

Recorro con nerviosismo el camino que tantas veces me hizo llorar. Desde la distancia que otorgan los años, desdibujo el dolor. Ignoro qué sentiré cuando traspase el umbral, o cuando me siente frente al pasado desde el otro lado. Espero con impaciencia el momento, y con miedo. Ha llegado la hora de que los miles de euros invertidos en terapia, me reporten beneficios.

Mañana impartiré mi primera clase, pero hoy no. Hoy me enfrentaré cara a cara con los padres de mi alumnado. Les explicaré cómo voy a evaluar a sus hijos, cómo el comportamiento y la actitud contarán el 50% de la nota final. Hoy custodiaré bajo llave los moratones, la vergüenza, las lágrimas, la soledad. Mi discurso seguro y estudiado enmascarará la ira y las ganas de devolverles con creces lo que me hicieron sufrir. Me trago el corazón con saliva, compongo mi mejor sonrisa y atravieso la puerta del colegio.

33. Senilidades (Sara Lew)

Desovillo mis recuerdos, pero soy incapaz de seguir el hilo, que se esparce descontrolado sobre la alfombra. Ahora es el gato el que juega con mi primer beso, el que se enreda con los entresijos de mi vida conyugal, el que se afana en deshacer aquellos nudos enquistados de ira que ni el tiempo logró redimir. Entono un quejido imperceptible. Michi, siempre atento, salta enseguida sobre mi regazo y me devuelve las hebras de mi memoria. Las siguientes horas las dedico a ovillar pacientemente aquel embrollo mientras veo la televisión.

32. Los peligros de la somatización

Cuando Candela, recién estrenada la adolescencia, entró envuelta en una nube rosa y flotando un poquito sobre el suelo, todos miramos a padre esperando su reacción.
Empezó por la cabeza. La piel se dilató, desapareciendo nariz, orejas y labios. Pronto continuó el resto del cuerpo. Se hinchó hasta proporciones descomunales, dejándonos casi sin espacio. Por suerte, un pequeño desgarro dejó escapar el aire, aunque no con el suave silbido de olla a fuego lento de cuando se enfada por una fruslería, sino feroz, descontrolado, con la aleatoriedad del globo liberado por un niño. Su cuerpo subía y bajaba con violentos zurriagazos a derecha e izquierda. Madre abrió presurosa la ventana, hasta que padre, en una de sus idas y venidas, acertó a salir por ella, y madre, como quien se libra de una avispa, cerró tras él.
Le observamos sobrevolar el pueblo, al capricho del viento, en dirección al río, hasta engancharse en un álamo de la orilla, batiendo el récord de la espadaña de la iglesia que alcanzó cuando Andrés, en llamas por una ira descontrolada, arrasó la escuela.

31. Por una manzana (Josep Casals)

Culminada la creación del mundo, Dios dedicó el domingo a descansar. Al atardecer, le apeteció acercarse al vergel que cultiva junto al jardín del Edén para comerse la manzana. Era la más grande y bien formada del árbol y la había dejado para que madurara natural y así alcanzara el punto justo de aroma, textura y sabor.

 

Pero la manzana no estaba.

 

¡Malditos! El rostro se le tiñó de morado. Las venas de las sienes parecían ciempiés a punto de reventar. Se lo había advertido, ¡me había fiado de ellos! Los ojos, muy abiertos, eran como mapamundis surcados por ríos y afluentes rojizos.

 

Se dirigió a la oficina del Centro de Creación dando bastonazos a cuanto hallaba a su paso. Encendió el ordenador. ¡Ahora verán! Resoplaba sentado en el borde de la silla; la mano derecha crispada sobre el ratón. Abrió el fichero “Creación” en modo edición y empezó a teclear con furia. Insertó guerras y pandemias, el dinero, la política y las religiones; noches frías, días negros, drogas duras y palabras vacías; accidentes de tráfico y pesadillas, la mala suerte, incendios, violaciones, hambre, inundaciones… Finalmente, empuñó de nuevo el ratón, clicó en “Guardar cambios” y a continuación sobre “Ejecutar”

30. De papel

Ni siquiera estoy seguro de haberlo matado. No recuerdo que hubiera sangre.
Tal vez solo lo haya imaginado…
Porque yo no soy violento, ¿saben?
Es solo que mi vecino me saca de mis casillas.
El tipo es de los que se hacen el simpático. Siempre saluda y aguanta la puerta al salir del ascensor, con esa sonrisa de satisfacción eterna que, inevitablemente, hace que me suba la tensión.
Si lo veo de lejos, procuro esquivarlo pero, a veces, abre la puerta justo cuando estoy en el descansillo y entonces no hay salvación. Es ver su semblante risueño y noto como me acaloro.
Cierro los puños. Aprieto la mandíbula.
El muy imbécil no se da cuenta, pero el reflejo capta la intención de mi mirada, el ceño huraño, la vena que se me va marcando en la sien, cada vez más hinchada, mientras contengo la respiración.
Cuando el ascensor se detiene, me mira y pregunta en tono afable: “¿No os molestaría el ruido anoche? Las paredes son de papel y Paloma es tan apasionada”.
Es entonces cuando le reviento la cabeza contra el espejo y contesto: “No, para nada”.
Aunque seguro que solo lo he imaginado. Igual que las otras veces.

29. MARCHA ATRÁS – EPI

Decía Heráclito que nunca te puedes bañar dos veces en el mismo río o en el mar.
De la arena no comentaba nada, porque al pisar la de la playa de San Juan, los recuerdos me vinieron de inmediato.
Mi pandilla de verano era diversa en edades y en lugares de procedencia. en el 68 vino una vasca de Neguri con ideas liberales, nos hablaba de Europa, del mayo del 68.
Por aquel entonces yo estaba enamorado de una chiquilla de mi edad. No pasábamos de algunos besos en el cine de verano.
La noche de San Juan organizamos una fogata con su sangría en la playa y según pasaban las horas, el alcohol iba haciendo efecto en nosotros.
Nos bañamos desnudos en el mar y al salir nos echamos en la toalla y empezamos, con nuestra poca destreza a hacer el amor y cuando estaba a punto de terminar, la mano de la vasca me retiró bruscamente.
Vi cómo mi simiente se filtró en la arena y el enfado se apoderó de mí y de mi amor.
Por unas parotiditis tardías dejé de ser fértil. Como decía Auster en su libro 4321, mi vida cambió al apartarme esa mano.

28 Ajuste de cuentas (Ezequiel Barranco)

Sentí miedo a pesar de que habían pasado más de treinta años desde salí de casa. Nada había cambiado, la estantería llena de libros cubiertos por una fina capa de polvo, el cuadro de encima de la chimenea —una mala imitación de Olympia de Manet— la mesa y cuatro sillas desvencijadas.

Creía que había borrado el pasado, pero al acercarme al armario azul tras el que nos escondíamos mi madre y yo en las noches de borrachera de mi padrastro, reviví la amenaza y el miedo a sus gritos y golpes.

Entré en la buhardilla oculta tras el armario que nos servía de refugio. Solo había un camastro cubierto con la vieja manta, con la que nos protegíamos del frío. Cogí la pistola que mi madre escondía bajo una baldosa y que nunca llegó a utilizar. Estaba cargada y la vacié con rabia sobre el sofá, el cuadro y el armario, como si quisiera destruir al pasado del que no podía librarme. Guardé la última bala para la foto en los tres, en la que él, abrazándonos a mi madre y a mí, parecía mirarme orgulloso y burlón, pero me quedé inmóvil, petrificado, y no me atreví a disparar.

27 Alma reconcomida (Rafael Loscertales)

Quienes lo observan por la calle Mayor afirman que hoy, de nuevo, va encendido y rechina los dientes mientras masculla palabras que parecen salir de muy adentro.
Los que están en la plaza cuentan que siempre le propina tal puntapié a la papelera del ayuntamiento que la manda hasta la pared de la botica: veinte metros lo menos.
En el casino, olvidan por un momento el dominó para verlo pasar sulfurado y comentan cómo hace aspavientos con la mano que no se aferra a la escopeta.
Los parroquianos del bar aseguran que cuando enfila la calle Nueva tiene la mirada baja y el semblante ennegrecido, tanto que parece más un toro que un ser humano.
Y como todos los 20 de junio desde hace seis años, termina frente a la casa del Venancio, llamándolo a gritos hasta que sale su viuda. Allí mismo él le da el pésame y le dice que siente mucho que su marido se haya ido de este mundo sin haberle podido descerrajar los dos tiros por lo de las lindes.

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