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Desde lo alto, nuestro pueblo era muy distinto a como se veía desde abajo o desde dentro, heroico, supersticioso, inmutable, temeroso del cambio, pero eso no lo supimos hasta que, retirando un exuberante bodegón, se expuso un polémico cuadro, un lienzo blanco con una línea negra horizontal que lo atravesaba por la mitad, y a ambos lados de la misma, unos puntos del mismo color:
—Es la carretera con las casas, decían unos.
—No, es el río, añadían otros.
—Tal vez es el horizonte, se atrevían a proponer los más osados.
—Este cuadro no tiene vida ni color, que pongan ahí el que estaba antes, dijo una voz que encontró el aplauso inmediato.
El cuadro, olvidado y despreciado, fue malvendido a un turista que, según parece, lo expuso con gran éxito y fortuna por todo el mundo.
En una llanura tan anchurosa y monocroma, para hacerse una idea acertada de la realidad del pueblo, había que tomar altura, y para alcanzar ciertas cotas había que buscar muy lejos algún promontorio, tan lejos que había que marcharse más allá de donde se perdía la raya negra que cruzaba el paisaje.
El viento arrastra una nube de arena de desierto. Apenas se distingue a la humilde pareja que marcha con su caballería y las escasas pertenencias ante la estoica mirada de unas montañas peladas. El árido panorama y un frío in crescendo no presagian el asombroso acontecimiento por venir.
Refugiados en un mísero cobertizo a las afueras del poblado, se resignan a pasar la noche. Ella anuncia que el parto de su hijo es inminente. Él dispone el pesebre de las bestias como cuna y, para atenuar el frío, sitúa en derredor del improvisado lecho al asno y a la escuálida vaca aparecida en el cobertizo. Allí nace el niño al que llaman Jesús.
Ella, aún virgen, se peina entre cortina y cortina. Sus cabellos ahora son de oro y el peine es de plata fina. También surge un río donde, además, los peces beben y beben reiteradamente porque han visto nacer al niño. Una estrella guía a tres monarcas eméritos que, a trote de camello, llegan hasta el cobertizo para ofrecer unos regalos a Jesús. María lava pañales y los tiende en el romero. “Dime niño, ¿de quién eres?”, pregunta el pobre José, mientras los ratones le roen los calzones.
Nunca había entrado allí. Estaba prohibido. Pero después de dos años de férreo adiestramiento, había sido elegida. Al principio, deambuló sin rumbo en busca del lugar indicado, hasta que el murmullo de una cascada y los colores del bosque le mostraron el camino. Atendiendo a consignas aprendidas, ignoró el aullido alargado de los lobos y contempló con fervor la luz temblorosa que se colaba entre las ramas y rompía la oscuridad de aquel monte vedado. Luego, recostada sobre la hojarasca, esperó. Los buitres negros, con sus inmensas alas, se movían inquietos por el hayal, pero su mirada se rendía y sólo notaba el cosquilleo de las moscas sobre sus párpados y permitía que las hormigas de fuego hicieran su trabajo.
En sus reuniones secretas el Ángel Custodio la había animado —con letanías y promesas— a explorar la magia de su cuerpo y la había preparado para el ritual. Él mismo le había otorgado la droga liberadora para enfrentar su nuevo y divino destino.
El suelo vibraba cuando hallaron sus restos esparcidos entre las raíces de los árboles. Muy cerca y aún intactos, permanecían los zapatos de su graduación: La Norma de La Comunidad le exigía entrar descalza en el paraíso.
Al encender la luz de la mesilla, cientos de estrellas se ponían a girar proyectándose en el techo del cuarto de Nina, que se dormía mirándolas mientras su madre le leía un cuento. Solía improvisar, y cada noche inventaba un personaje para que su pequeña fuese un hada, una ninfa o una princesa de ensueño.
La habitación misma recreaba la casita de un duende. Pero un verano las florecillas de la moqueta empezaron a marchitarse y los peluches de la cama —osos, cervatillos, conejos— fueron confinados al fondo del ropero. De los árboles del papel de la pared quedaron solo ramas peladas, parecían esqueletos. La lamparilla dejó de funcionar y el cielo azul celeste se fue cubriendo de nubarrones negros. Hasta el nido de guata y algodón que habían hecho juntas cayó del alféizar de la ventana, desparramándose por el suelo.
La noche de finales de agosto en que Nina regresó a las tantas, descendió de una moto y permaneció largo rato colgada del cuello del conductor, comiéndoselo a besos, las últimas perdices que aún quedaban por allí emprendieron raudas el vuelo.
Como cada jornada, el cálido amanecer naranja hizo visibles las almenas del castillo y el brillo de mármol de sus muros. Un giro repentino mostró la panorámica de torres esculpidas sobre la cordillera nevada, antes del picado vertiginoso hacia el precipicio. Cuando el impacto parecía inminente, la oquedad oculta entre riscos y plantas trepadoras le permitió adentrarse en la caverna que cubría un mar de aguas encrespadas cuyos habitantes, amparados por la arquitectura multicolor de los corales, le rodeaban sin inmutarse. El viaje continuaba, pero otro cambio de rumbo le condujo a través de un cráter hasta la luz cegadora del exterior, en una verticalidad trepidante acompañada de lava incandescente.
Y todo se esfumó. El leve desplazamiento del ratón en la alfombrilla había activado el fondo gris bajo los iconos desordenados de su escritorio, sumiéndolo de nuevo en una monotonía que ya solo atenúa su salvapantallas.
El lobo observa a la chica escondido tras unos zarzales. Viene sola por el camino que cruza el bosque, cuajado de árboles, arbustos, flores y advertencias. Y baila, como si fuese una mariposa de alas azules y blancas pululando entre margaritas. El lobo sale del zarzal y se pone tras el tronco de un árbol de corteza cubierta de musgo y barro en las raíces. Ahí espera a la bailarina.
Escucha una voz familiar y sus patas tiemblan. La voz habla con la chica del vestido blanco y azul. En unos instantes, el ambiente del bosque se llena de olor a sangre fresca y silencio. El lobo cierra los ojos. Al abrirlos ella está ante él, con su capa roja y una guadaña manchada de sangre entre las manos.
—Te la puedes comer, si quieres —dice la chica. Aparta unos matorrales con la guadaña—. ¿Qué pensabas? ¿Qué no me enteraría de su presencia?
Suelta una carcajada y se va tatareando una canción infantil.
El lobo se sienta junto al tronco del árbol. Atardece y las nubes bajan de las montañas.
—No quería comérmela. Solo quería hablar… hablar con alguien que no sea ella. Solo hablar…
Entonces comienza a llover.
Ella siempre tuvo la ilusión de visitar Venecia. Navegar por sus canales disfrutando de la belleza de la ciudad e imaginando sus épocas de esplendor. Apreciar las impresionantes muestras de arte bizantino, gótico y barroco que pespuntan la ciudad. Hoy parece que verá realizados sus sueños. Dispuesta a disfrutar del tan ansiado paseo fluvial, alza la vista ávida de sensaciones. Pero en la orilla no divisa los nobles palacetes ni las majestuosas iglesias esperadas, ni siquiera algún león alado, emblema de la ciudad. Las aguas no pasan bajo puentes de piedra ni son las siempre alegres de Venecia, sino las de una mansa laguna, y la embarcación en nada se parece a las que tantas veces ha visto en imágenes de películas y tarjetas postales. Además, el silente remero ni canta canciones románticas ni viste fajín ni canotier ni pañuelo rojo al cuello. Una mezcla de confusión y curiosidad la anima a preguntarle:
–Disculpe, ¿es esto una góndola y usted gondolero?
–No, señorita. Esta es mi barca y me llamo Caronte.
Le recomendaron que fuese preciso y honesto, que se detuviese en los detalles que volviesen real el espacio, que imaginase a la perfección cada resquicio del escenario donde tendría lugar la acción para que los personajes pudiesen desarrollarse ellos mismos en un ambiente tan rico. Dedicó cinco días y medio a lo primero y tan solo una tarde a dar forma a los protagonistas de su obra. Tiempo después, la crítica sigue encontrando matices exquisitos e insospechados en la creación de su universo, pero el autor se arrepiente con frecuencia de no haber puesto algo más de empeño al concebir a sus pobladores. Es cierto que sus defectos hacen de ellos sujetos sumamente interesantes, pero quizá si los hubiese dotado de un poco más de inteligencia las tramas resultarían algo menos repetitivas. Si al menos pudiesen aprender de sus errores.
En el escenario de la investigación, centenares de folios garabateados, se apilaban sin orden ni concierto. Después de examinarlos minuciosamente, concluyó que había un orden desconcertante. Los textos, sin paginar, adquirían sentido en el transcurso de la lectura. El investigador, impresionado por la excelencia y magnitud de la obra, empleó su tiempo en aquel caso, sin llegar a conclusión alguna.
Por sus facciones, el desaparecido no parecía un hombre cultivado. Sus rasgos primitivos y sus ojos opacos, escondidos tras las gafas, le animaron a volver al escenario. Lápices y cuadernillos atiborrados de palabras le instaron a acomodarse para iniciar de nuevo la lectura. Enfundado en el pijama del sujeto y con las gafas que halló sobre el escritorio, se encontraba en su elemento cuando, de pronto, se vio encaramado al pretil del puente. Al saltar, las gafas volaron en caída libre hacía el asfalto y chocaron estrepitosamente contra el suelo, en el mismo instante en que las que había tomado prestadas, se hacían mil añicos que, como pequeños proyectiles, penetraron en su cuerpo.
Cuando empapado y aterido de frío, el escritor entró en su casa, lo encontró sobre el sofá. La tinta roja fluía inagotable, dibujando palabras sobre su cuerpo.
Siendo todavía un adolescente imberbe, construyó una casa sin ayuda ajena, en secreto, aprovechando momentos de ausencias o siestas familiares. Nadie supo jamás que poseía aquella vivienda individual en plena naturaleza, rodeada de fauna y flora. Siempre que algún problema lo desbordaba, desaparecía unas horas; se refugiaba en su palacete y no volvía hasta superado el desaliento. Al principio, preocupaban estas escapadas; pasados los años, todo el mundo conocía su manía, e incluso lo animaban a irse cuando el decaimiento era evidente.
En una ocasión, las horas de espera se volvieron días; teniendo en cuenta la edad del desaparecido y que no había llevado la medicación ni ropa de abrigo, iniciaron la búsqueda. Los perros adiestrados dieron con su rastro, que los dirigió a un viejo roble en las entrañas profundas del bosque. Una escalera tosca y medio deshecha les hizo levantar la vista. Arriba, la casita de madera, más increíble que real, albergaba un cuerpo rígido.
Investigación y autopsia concluyeron que, dado el deterioro de varios peldaños, seguramente rotos en su último ascenso, el anciano no se había atrevido a bajar.
Al atardecer, bajo un cielo incierto, dibujando siluetas imposibles, la bandada de tordos, como si fueran uno, da un giro inesperado hacia el valle verde, salpicado de puntos rojos. Como rayo certero se lanzan sobre un gran cerezo.
Todos a una, picoteando, picoteando.
Ya se ven los huesos ensangrentados del dulce fruto.
Otra vez cual un solo pájaro, tras el voraz ataque,como abducidos, se lanzan al cielo, dejando al árbol malherido.
Caerán como rubíes rotos sobre el crujir de hojas secas, que en suelo esperan como mortajas, las podridas cerezas.
Soy un desierto, estoy seca, vacía. No puedo hacer crecer vida. Ya ni siquiera tengo lágrimas.
Mis dunas, antes llenas de curvas, han desaparecido. Solo queda una enorme cicatriz, un camino lleno de espinas que nadie recorrerá jamás.
Nadie querrá detenerse a admirar este paisaje yermo, porque ni yo misma soy capaz de hacerlo.
El espejo sigue de cara a la pared desde que regresé a casa. A veces me susurra para que revisite mis antiguos rincones; y recuerde aquellos huecos en los que escondía mis secretos, mis alegrías, mis deseos y temores…
He recorrido muchos paisajes buscando respuestas; unos estaban llenos de rocas, otros eran la nada, el silencio…Y llegué a otro, un final sin salida. O eso parecía, cuando empecé mi caminata por aquel paisaje extraño, de un blanco minimalista, casi marciano. Hasta que pisé un sendero alfombrado con un verde y esperanzador resultado.
Me cuesta, pero voy reconociendo el paisaje que ahora habito. He conseguido darle la vuelta al espejo. Mis lágrimas recorren el camino que ha dejado mi cicatriz. Ya no hay curvas a la vista, aunque si muchos obstáculos. Pero estoy descubriendo otras veredas por las que transitar mi nuevo paisaje.
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