Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
días
1
6
horas
1
4
minutos
5
9
Segundos
1
5
Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

68 Mientras espero que llegue el amanecer

La primera vez que nos besamos llovía. Veníamos de un entierro y la farola de nuestra calle se había fundido. La oscuridad y el dolor siempre han atraído a los besos.
Luego nos incendiamos, nos fundimos y quedamos tan amalgamados que nos creímos inseparables.
Por eso, el divorcio produjo daños irreparables y quedaron en nuestros cuerpos oquedades con la forma del otro.
Fue una intervención larga; duró varios años. Durante ese tiempo, la lampara del quirófano hizo sudar litros a docenas de cirujanos de quince nacionalidades diferentes.
-Lo importante era conservar ambas vidas -dijo uno de ellos, un cardiólogo francés-, aunque hayáis perdido ciertos tejidos y funciones.
Por eso, desde entonces, tiemblo cuando veo amanecer. Y lloro en el cine, incluso con las comedias. La luz de las farolas proyecta mi sombra troquelada, huidiza, y la luna llena me produce unas jaquecas insoportables.
Suelo evitarlos, aunque, a veces, cuando la añoro demasiado y tengo ganas de llorar, voy al cine, a sentir la sacudida de la pantalla en mis ojos. Intento que haya luna llena y que mi cabeza estalle y termino pasando la noche en la playa, buscando aterirme de frío, morir temblando, mientras espero que llegue el amanecer. (más…)

67. Distopía de sombras (Alberto Jesús Vargas)

Desde que se hizo la luz en el origen de los tiempos, las sombras, surgidas simultáneamente, siempre fueron obedientes y se limitaban a imitar toda la quietud o el movimiento que el objeto o sujeto al que estaban inseparablemente asociadas mostraba. Y así fue durante millones de años, sin que a nadie se le ocurriera cuestionar el que parecía un principio básico del orden universal. Sin embargo, no se sabe muy bien en qué momento, un grupo insignificante de sombras, reunidas a esas horas en las que la ausencia de luz las dejaba fuera de juego, comenzaron a conspirar y a difundir entre ellas su mensaje subversivo. El discurso que incitaba a tomar conciencia de su poder caló y en poco tiempo hubo un alzamiento de sombras que se rebelaron contra sus dueños, a los que desprevenidos ante el fulminante ataque, consiguieron doblegar. Hoy, las sombras dominan el mundo y somos todos, tanto los objetos materiales como los seres vivos y tangibles, los sometidos a su oscura dictadura.

66. VIDA (Nieves Torres)

La luz que entra a través de la persiana ilumina tímidamente la escena. Ella duerme destapada, el pelo revuelto sobre la almohada. A su lado, la cuna de madera clara con el bebé dormido. Él los mira embobado desde la puerta con las llaves en la mano. Mira el reloj, ya es tarde. Desde la habitación se escucha el sonido de la puerta al cerrarse y unos segundos después el eco de las dos vueltas de llave queda flotando en el aire de la habitación.

Ella se levanta sin hacer ruido. Mira al bebé. Su piel sonrosada brilla con el reflejo del sol, que inunda de vida la habitación. Coge su diario y arranca la hoja en la que ha escrito la palabra ¡SOCORRO! Hoy, por fin, la hará volar hasta el patio de luces con dos renglones llenos de palabras que pesan más que el miedo.

65 Extrañezas repentinas (Blanca Oteiza)

Te echamos de menos, aunque no sé quién de los dos te añora más. Cada vez que salimos al parque Sol te busca por cada rincón y yo en mis brazos vacíos. Por las noches nos acurrucamos bajo la manta en el sofá que se nos queda grande. A veces siento el impulso de llamarte, pero cuando recuerdo la cara de tu nueva compañía, se me quitan las ganas de nuevo. Otras veces deseo encontrarme contigo por la calle, aunque ya no sea yo, quien te coja de la mano.
Esta tarde hemos cambiado el paseo habitual por un nuevo barrio sofisticado a las afueras de la ciudad. Mientras Sol olisquea entretenido, observo desde la lejanía la luz de la ventana de tu nueva vida.

64. El niño interior

Consternado, sentado a los pies de la cama, miraba a su alrededor pensando dónde se habría escondido esta vez.
Había buscado en la biblioteca, entre los cuentos de los hermanos Grimm que tanto le gustaban antaño. También en el joyero, por si había decidido entretenerse enlazando cuentas de colores. Entonces se acordó del estrecho hueco entre la chimenea y la leñera, desde cuya penumbra se puede atisbar, sin ser visto, la vida en el salón.
Efectivamente, ahí, hecha un ovillo, estaba su sombra. Le sacudió un poco la ceniza, para adecentarla, y la estiró de los extremos. Como siempre que se le escapaba, había encogido a sus dimensiones de niño, igual que una goma recuperando las medidas de menor tensión. Después la pegó al velcro de los calcetines, el que Wendy, su esposa, había añadido a todos sus pares, cansada de coserle la sombra cada dos por tres. Entonces cacareó su victoria, aunque en bajito, para que nadie le oyese.
Por fin, disimulando con cuidado que flotaba unos milímetros por encima del suelo, entró en la cocina a darle los buenos días a Wendy.

63. Oscura noche

La lámpara alumbra apenas. Elije un vaso largo y un cubito. Abre la ventana. Fuma uno de esos cigarros que guarda hace meses y pita cuando necesita aliviar la pena. Y el dolor.

Siente el frío de la pared sobre su abdomen. Adentro la luz amarilla y suave, afuera la de la luna llena, su única testigo. Pita. Bebe. Necesita sentir que ese trago amargo la quema por dentro y que el humo del mentolado sale de su nariz como para liberarla de tanta mierda que, a veces, no la deja respirar. Al menos una menta entre tanta mierda.

Son las tres. Hace diez minutos llegó de trabajar como un robot. En cuatro horas sonará el despertador para estampar su huella en la oficina. Lloraría si su cuerpo cediera, pero ni eso puede. Otro trago amargo. Pita. Se libera del humo pero no de la mierda, la de su vida pobre, miserable, moribunda, huérfana. Y con la luna, entre la brisa caliente y húmeda en ese presente de aire distinto, persiste. Con su silencio y el deseo de que la noche la trague. O un sueño profundo.

Pita. Se rinde.

Apaga la luz.

62. EL APAGÓN (Belén Sáenz)

Prefiero pensar que fue uno de tus chillidos de soprano lo que hizo estallar la bombilla, porque me niego a creer en señales divinas y en el destino. A la lluvia de cristales que nos roció las cabezas siguió un chispazo en el cajetín de los plomos y, después, la intermitencia moribunda de las cifras del reloj del microondas. Se declaró una oscuridad, apenas aliviada por la luna sucia filtrada por los visillos de la cocina, que extinguió las brasas furibundas de nuestra pelea. Sabía de tus terrores de infancia: la luz del pasillo siempre encendida, el negro cuarto de las escobas. Me rogaste que no te dejara sola, que no fuera a buscar velas. Te rogué que te sentaras a mi lado en el suelo y palpé la encimera en busca de las cerillas. Estuve jugueteando con la cajita sin decidirme a encender una. Tenía miedo de no encontrar el punto de luz que me enamoró desde el fondo de tu pupila y que llevaba meses atenuándose. Fue entonces cuando te propuse que viviéramos en la penumbra, que nos dejáramos convertir en sombras, para así no tener que reconocer que lo nuestro se estaba apagando.

61. Interiores (Patricia Collazo)

La luz del foco me da en los ojos. No duele, estoy anestesiado. Pero la boca abierta, el líquido acumulándose, y la cara de la asistente pegada a la mía, me incomodan.

Me centro en la luz. Cuento los agujeros de la ventilación del techo. Pienso en María. En su dedo en el interruptor antes de salir por última vez.

La asistente ríe las bromas del dentista y a mí me dan ganas de reír también, pero no puedo. Hacen buen equipo. Se nota la complicidad entre ellos.

Me voy relajando. Tanto, que me da igual que el odontólogo introduzca el brazo entero en mi boca. Luego la cabeza, otro brazo, el abdomen y las piernas.

De vez en cuando saca una mano para pedir algún instrumento. Su voz resuena como en una caverna. “Entra, se ha complicado” grita. La asistente mete la bandeja del instrumental, para después introducirse ella.

Miro el foco. Los escucho bromear en mi interior. Ahora todo son murmullos. “Sí, está oscuro, pero aquí no, cariño”, dice la voz cavernosa de él. Luego, la risita de ella, los instrumentos rodando descontrolados por toda la cavidad y una explosión de sabores en la lengua.

60. Tintarella di luna (Marcos Santander)

Tintineaba algo desenfocada la luz en la superficie de aquellos canales. Nunca antes habíamos podido disfrutar de tantas manifestaciones diferentes de esa energía en rango visible que llamamos luz. A lo largo de la eslora de la barca, en la dirección popa a proa, tu piel brillaba con la luz más blanca que jamás cuerpo humano había desprendido. Era del tipo de la que refleja cada cierto tiempo esa luna que llamamos roja, pero que todo el mundo reconoce como uno de los infinitos tipos de blanco. El rojo, en realidad, no estaba en la luz sino en la pasión, que ahora también yo, irradiábamos en aquella tranquila y sensual noche. Descendí sobre aquella tu maravilla de piel salpicada de regalos, y te abriste a mí explotando ambos en la más brillante de las supernovas que jamás el firmamento había tenido. Fue a partir de aquel momento que Venecia adquirió ese brillo sobrenatural que desde entonces tiene.

59. Fantasmas contra el alba (Marta Navarro)

Amanece. La cenicienta luz del alba quiebra poco a poco la negrura de la noche y una sombra de sonrisa rompe un instante la mueca de sus labios. La esperanza combate a muerte contra el miedo, una lágrima tirita en sus pestañas y un redoble de tambor resuena atronador entre su pecho. Debe ser valiente, lo sabe, pero está tan asustada…

Agarra con fuerza la mano de su padre y pregunta de nuevo:

⸺¿Seguro que llegaremos pronto, papá?

⸺Claro, cariño −traga el hombre el desconsuelo anudado a su garganta y le guiña un ojo− muy pronto, ya lo verás.

Una madre acuna con dulzura a su bebé. Las siluetas de diez hombres aterrados se recortan a la tenue luz de la mañana. El borde del bote de goma cabecea entre las olas y a punto está de zozobrar. Aún no hay tierra a la vista.

58. La sombra de un destello (Juana María Igarreta)

Cuando terminó de recortar las últimas estrellas, Clara cerró la puerta de la escuela y salió. El camino hasta su casa estaba salpicado de desvencijadas farolas, cuyos tímidos haces de luz apenas lograban restar oscuridad a la noche.
Clara andaba presurosa, intentando centrar sus pensamientos en las tareas a realizar en clase para ultimar el festival de Navidad. Desde que llegó de la ciudad, una sensación de desasosiego se había adueñado de ella. Le estaba costando habituarse al clima adverso del lugar y al carácter sombrío y distante de aquellas gentes. Hasta las miradas de los niños, que no alcanzaban la veintena, adolecían de ese brillo que imprime la alegría cuando preside la infancia.
La casa cedida a la maestra estaba en el ejido del pueblo. Cuando la alcanzó, un destello inesperado iluminó la puerta y su mano en el momento justo que introducía la llave en la cerradura. Se volvió todo lo rápida que le permitió el miedo, pero sus ojos inmensamente abiertos tan solo percibieron la noche cerrada.
Al día siguiente, Elea, la alumna más joven de la clase, sorprendió a la docente diciéndole: “Clara, ¿tú también te irás sin despedirte?”.

57. Oscuridad (Javier Puchades)

Me despierto con el estallido de un trueno. Me incorporo en la cama. Por más que busco, no encuentro mis zapatillas. Me levanto descalza. Cuento mis pasos. Tropiezo. Algo me sentó mal anoche. Debieron de ser las copas que tomé en ese bar donde conocí a aquel chico.

Me apoyo en la cama. Vuelvo a acostarme. Noto la sábana empapada por algo viscoso. ¡Qué asco! Sigo palpando. ¡Dios mío! ¿Qué es esto? Toco a mi lado un cuerpo frío. ¿Quién es? ¿Dónde estoy?

Me giro en busca de mi bastón. ¡No está! Entonces, escucho una llave, una puerta, unos pasos que se acercan y unas voces que dicen: «Ahora vamos a acabar con ella. No hace falta que te tapes la cara ni que apagues la luz».

 

Nuestras publicaciones