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Cuando amaneciendo María abrió la ventana, todo le pareció bello: los árboles, el cielo, hasta los techos de las casas vecinas, que en efecto lo eran. En este barrio de “gente bien”, cómo no.
Recordó que hacía muy poco, nada le parecía lindo. ¿Y cómo pues? Las noticias sobre desvíos de fondos, jueces vendidos, masacres de los militares, desapariciones forzadas, gobernantes siempre corruptos, cómplices del crimen organizado y el narcotráfico, gente viviendo en atroz miseria, le retorcían el hígado y el alma, sin que pudiese evitarlo.
¡Cómo ha cambiado la vida! pensó María, mientras miraba pasar a domésticas, jardineros, choferes, por la banqueta. -Hasta caminan distinto- observó. -El futuro ahora les sonríe. Lo principal: sus servicios de salud gratuitos están garantizados, y la educación. Ya no habrá de que: mi amor, ya no puedes ir a la escuela porque no hay para el pasaje, los libros, ni las cuotas. Hay becas para todos. Hasta para los viejitos. ¡Qué tranquilidad!
¿Y… la delincuencia? Sigue desenfrenada, suspiró. Pero no, sin cómplices allá arriba… ya no le queda mucho, recordó contenta, caminando hacia su cama.
Rosario en mano, María se hincó a orar. -Diosito gracias, los liberales ateos, ateos, pero por fin triunfaron.
Puede que en algún momento. En esos momentos de espejo y cámara, entonces tan secretos. Por aquel entonces, no había redes sociales y la belleza de un encuentro se guardaba en la retina y en la memoria. Nadie iba por la calle con una cámara ni con un localizador en el bolso. Bien pensado, si en alguna charla de sobremesa a algún iluminado se le hubiese ocurrido anticipar tal futuro sería el hazmerreír de la fiesta. Pero, retomando el hilo del tema, puede que en algún momento, casi siempre a escondidas (íntimo instante enfocado a un sentimiento vano, quizás buscando el juego del coqueteo) se recrease en aplicar la sombra con cuidado sobre los párpados, el colorete o el perfil a los labios entreabiertos. Solo un momento. Por lo demás, le molestaba ese prejuicio tan grande que volvía las cabezas locas. Odiaba los piropos. El escrutinio gratuito, la devoción por lo visible, lo perecedero. Por eso, la cara de la Gioconda es la más ambigua de todas las caras esbozadas en lienzos. Porque ella misma se lo había pedido a Leonardo como condición: No pintes lo que ven todos. Pinta el halo de mi rostro.
Era la primera vez que salía de San Vicente del Monte. Arrancaban los noventa y pensaba con la osadía de los dieciocho que ya era mayor. Mientras esperaba para embarcar la vi. Era una chica con el pelo recogido y apariencia frágil, que me miraba mientras ojeaba una revista. Se acercó con un paso elástico que parecía no necesitar del suelo. Con una sonrisa que podía derribar gobiernos me dijo, torturando las erres, que era rusa y que hacía ballet clásico. Su belleza cuestionaba principios y sometía voluntades; por ella habría asaltado el Palacio de Invierno y abrazado cualquier causa, aunque fuera justa. Le hablé de Tolstoi y de Pushkin; ella a mi de Tchaikosky y Stravinsky. Con un candor de Madonna de Chagall me dijo que su vuelo salía en diez minutos y me dio un beso eslavo que detuvo el tiempo en el aeropuerto y mantuvo a los aviones inmóviles en el aire unos segundos. Una voz despiadada anunció mi vuelo por megafonía y rompió el hechizo. Aturdido, la vi perderse entre la gente arrastrando su maleta. Lo que no supe, ni sabré nunca, fue su nombre.
Da, por fin, la última pincelada y se aleja del lienzo para admirarlo. Le encanta. Esta vez sí ha elegido la modelo y la postura perfectas. Aunque agotado, después de tantas horas trabajando intensamente, la excitación no lo abandona, y eso que intenta reprimirla. Ya habrá tiempo para disfrutar de su obra o hacer locuras; ahora urge deshacerse del cuerpo antes de que amanezca.
La belleza es la disposición armónica de la materia en el espacio y en el tiempo, por eso allí reinaba la fealdad: pacientes moribundos, acompañantes ruidosos, máquinas atronadoras, dietas sin grasa y médicos despiadados. Sin embargo, presidiéndolo todo, resplandecía un retrato femenino cuya inescrutable mirada parecía alumbrar aquel mundo cansado. Llegué a pensar que desde la pared estaba mirándome con descaro, pero no era más que un sutil gesto de incitación, y decidí ponerme en pie y, con un leve escorzo, dejarle ver que no llevaba nada bajo la bata. Entonces noté que me seguía con la mirada sin enrojecer pese a que la sorprendí clavándome los ojos en las nalgas al descubierto. Por su parte, ella respiraba profundamente hinchando su firme busto y marcando un apetecible canal que se sumergía por debajo del vestido. Ambos sonreímos con complicidad y nos dimos cita en un claro del bosque, al fondo del camino que serpenteaba a sus espaldas. El resto queda difuminado.
No sé cómo ocurrió, pero al despertar me vi rodeado de máquinas ruidosas. Era otra habitación distinta y en lugar del cuadro había una atractiva enfermera que, en voz baja, me preguntaba si quería vomitar.
En esta ciudad te encontré para perderte después. Hace frío hoy. La escarcha la han comprado las multinacionales. Se asienta dejando en sus formas mensajes publicitarios en las lunas de los coches que aún no vuelan. Rasco. Tengo la sensación de llevar años arañando cristales helados. Se apoderaron de lo que era nuestro, ¿te acuerdas? Se formaba en la ventana del hotel al que te llevé, que a ti no te gustaba, pero que al final viniste y mirábamos los edificios de enfrente imaginando la vida de aquel hombre calvo que tenía un gato gris, o rellenábamos los ratos en los que no nos besábamos jugando a darnos palmadas. Tú siempre retirabas tarde las manos, que ahora están lejos, pero que vienen y son mías porque no hay un pintor que te pinte mejor que todos los días que son ya sin verte. El tiempo te embellece a diario en mi memoria. No te recuerdo defectos. Y alguno tenías.
Me encanta viajar en tren. Precisamente esta tarde volviendo a casa, he disfrutado de uno de los viajes más hermosos. Ha sido un traqueteo especial, emotivo y diferente. Esta noche te cuento que he viajado a mis relatos y que cada parada era un título nuevo. He vuelto a leer esos textos de no más de 200 palabras inspirados cada uno en un lema y me han parecido tan bellos, originales y tan olvidados en mi memoria. Entonces me he prometido a mí misma que en este nuevo año retomaré el arte de escribir porque no es justo privar del placer de leer al resto del mundo, porque no es responsable desaprovechar el talento, porque no es inteligente abandonar lo que se te da bien. A veces me pregunto por qué lo dejé. Todo induce a pensar que pequé de pereza. Si ustedes me lo permiten queridos entecianos, con esta modestia que me caracteriza, quisiera volver a esta casa y revivir el reto de intentar construir un puente lleno de letras y signos de puntuación que consiga llevarme al centro de sus almas entecianas.
“No te agobies, pimpollo, cualquier cosa es defendible. Mira, esto funciona como la belleza: nunca esperas encontrarla entre lo más sórdido y sin embargo ahí está, solo se trata de ponerse el filtro adecuado. ¿O acaso no existe una elegante plasticidad en la estocada mortal del torero, o en las manos de un trilero cuando danzan armoniosas ante los crédulos ojos de quienes desconocen sus límites? La belleza seduce a quien la busca y yo lo hago entre el hipnótico encanto del fuego. Sus llamas te pueden serenar desde la lumbre de una chimenea o aproximarte al éxtasis cuando sus puntas etéreas bailan a millares sobre los árboles de un bosque…”
Esas palabras perseguían al joven abogado mientras caminaba entre la desolación del monte quemado por su cliente. Se preguntaba cómo enfocar su defensa, o peor, cómo conciliar su conciencia con la necesidad de aceptar el caso. Abrumado por sus pensamientos, a punto estuvo de pisar un pequeño brote que se abría paso con fuerza entre la vegetación calcinada. Sí, la belleza puede aparecer incluso entre la devastación. Quizá su autoestima también pueda renacer algún día al otro lado de la pobreza.
La joven que pide en el metro no habla. Suplica con la mirada y con el gesto de la mano. Su presencia atrae de inmediato la atención de los pasajeros: la larga cabellera rubia coronada por una diadema azul, el vestido celeste que deja a la vista un hombro con una camiseta rosada.
A la mujer que aprieta el bolso le parece demasiado hermosa para ser mendiga. El hombre que interrumpe su lectura, en un acto instintivo, le baja el brazo al compañero de asiento para que no la fotografíe. El estudiante cree haberla visto en un viaje, quizá en Roma, Florencia o París.
Todos han sucumbido a su inexplicable belleza y nadie ha reparado en el bebé. Baja en la siguiente parada y lo estrecha con dulzura. «Vámonos, niño», le dice en arameo.
Cae.
Se deshace.
Se sumerge.
Rasga la calma del gélido océano y se convierte en mar.
Lo observa todo desde la tranquilidad que le proporcionan las paredes de su hogar. La calidez del sofá y del té caliente entre sus manos. El tiempo, como la imagen del televisor, pasa lentamente, sin querer avanzar.
Suena una vieja balada incluida en el final de un memorable último capítulo de la tercera temporada de una serie médica.
LLORA
SE SUMERGE EN SUS RECUERDOS
RECIENTES.
ROMPE LA CORAZA. Y SE TRANSFORMA EN TRISTEZA.
Más allá, una fotografía. Un recuerdo ahora lejano. Un beso. Una imagen en blanco y negro. Una vida que podía haber sido más longeva. Al lado, en una urna biodegradable, sus cenizas. Restos que le reflejan su mirada y una parte de la vida
Vivida.
“Fue hermoso”. Fragmentos de su historia compartida, acompañan sus lágrimas y su voz entrecortada.
Su sonrisa
Sus ojos turquesas,
Enormes y honestos.
Su largo pelo azabache.
Su cuerpo
Frágil
Ella
Su alegría y sinceridad.
Un llanto le hace levantarse, dirigiéndole a su habitación. Una cuna lo observa agitada. En su interior, ella lo reclama, esperando que la arrope entre sus brazos,
una vez más.
Acostumbrado a pasar desapercibido, a hablar y no ser escuchado, incluso se preguntaba si los vocablos salían de sus labios a pesar de estar convencido que los pronunciaba, levantaba la voz ligeramente por si fuese que el tono fuera el adecuado para sus oídos, pero demasiado leve como para llegar a oídos de los demás.
En ocasiones ni se molestaba en hablar, observaba las conversaciones y como mucho intentaba introducir alguna palabra en esos instantes en los que se producía un silencio, pero ni así, “soy invisible…” terminaba por admitir, y desistía
Cristina le señaló con el índice y el ceño fruncido, “llevo rato observando que deseas decir algo, pero no terminas de arrancarte, ¿qué quieres decir?”, su primer gesto fue mirar hacia atrás para cerciorarse que era a él.
Por una vez todos callaron y quedaron atentos, intentó hablar, pero le fallaron las cuerdas vocales, lo único que consiguió fue mover los labios sin que llegase a salir sonido alguno, el grupo intentó retomar su conversación, pero Cristina, enérgica, los mandó callar, “silencio, Juan nos quiere decir algo”
Llegó a romper su silencio, su voz era tan bella y sus palabras tan sabias, que la enamoró
Aquí yace el que suscribe. Un tipo plano, sin aristas, definido en sus contornos a la par que impredecible, belleza efímera ,un fluido en extinción. De mirada turbia, aunque sincero, siempre fiel al transeúnte que resuelve por capricho darle brinco o pisotón. Ladrón de lunas, captor de estrellas, cómplice silencioso de las más tiernas travesuras, agoniza hoy impasible esperando un chaparrón. Sin más armas que el reflejo o una exigua oscilación, se despide, sin chubascos, un humilde servidor…
Sevilla, un caluroso once de agosto de 2018
“Charquito”
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