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Con la bajamar, pasea por la orilla recogiendo piedras. Parece escoger las más grandes y redondeadas y las guarda en sendos cubos de plástico, de esos que usan los niños para construir castillos en la arena. Cuando los tiene llenos, se dirige al muro que bordea la playa. Las coloca unas contra otras, formando una rocalla de inspiración gaudiniana entre cuyos huecos ya crecen cactus y otras suculentas que ponen una nota de color.
El primer turista de la temporada observa boquiabierto el particular jardín y, sin pensarlo ni pedir permiso, saca el móvil e inmortaliza la escena. Él se vuelve y le sonríe. Hace un gesto con la mano, invitándole a acercarse. El otro se aproxima, hinca la rodilla para tomar una foto desde otra perspectiva. Es entonces cuando el viejo mira a uno y otro lado, y le golpea con fuerza con una de las piedras. La más grande. Después arrastra el cuerpo hasta ocultarlo en el hueco que había preparado y comienza a cubrirlo con la rocalla. Al fin, introduce un plantón de agave en una grieta y contempla el resultado. Sonríe mientras calcula cuantos esquejes podrá plantar este año.
Examinaba su nueva y última adquisición.
Trazos amarillos,blancos, rojos, negros. desde el cálamo a la unión de las sinuosas puntas de cada pluma, desde las caudales a los dorados plumones de su pecho.
Aquel jilguero alzado orgulloso sobre el palo central de una pequeña jaula, tenia algo especial.
Antonio, ostentaba, más de doscientos pájaros, canarios,jilgueros, petirrojos,ruiseñores, herrerillos, verderones,bienteveo, así como algunos trofeos de belleza y canto de algunos ejemplares.
Años dedicado a esa colección, por momentos efímera, de colores y melodías.
Llevaba confinado casi un mes, a causa del maldito virus que asolaba el mundo.
Senectud,casi octogenario, y solo, solo con sus pájaros. Sintiéndose preso, en su propia casa, en su propia jaula.
La parte humana, aquella que rara vez surge de manera global, broto inconmensurable en la orbe, luchando unida, hasta vencer la pandemia.
Por fin salieron de su confinamiento. Ese día los vecinos de Antonio, miraban atónitos, salir del patio del anciano, una bandada con miles de pinceladas, de todos los espectros del arco iris, sobre el lienzo celeste, invadiéndolo de colores y notas musicales, cual orquesta feliz.
Su colección más preciada, conocería el bien más preciado. La libertad.
El viejo despide a la muchacha. Tumbado en la cama se mira los dedos torcidos de los pies, las rodillas huesudas, los muslos delgados y llenos de pellejos. La polla; aquella polla que tiene a sus espaldas un millón de coitos, que ha satisfecho a tantas mujeres de bandera, descansa ahora flácida; una piltrafa expuesta a la mirada inclemente de cada joven que accede a su alcoba por dinero; incapaces todas de resucitar aquel cadáver. El viejo se levanta a duras penas, se apoya en el andador que espera pegado a la mesilla, se calza sus babuchas de franela y avanza despacio, acompasando sus pies a las ruedas del metálico artilugio que le ayuda a caminar. A cada paso se le mueven los triunfos como piezas que cuelguen de las correas de un trampero. No estaba mal armado el viejo. Se acerca a la pared y observa sus trofeos. Son tantos los marcos que la llenan; pero conserva mejor la memoria que la hombría. Repasa en cada lienzo el nombre de la chica, la fecha, el precio y en donde tuvo lugar el maridaje. Recuerda en cada pliegue la ternura original de aquellas membranas tan bien reconstruidas.
El día anterior, cuando montó en el avión, las últimas palabras de su padre le resonaban en la cabeza: «¡Cronista de viajes! Jamás escuché papanatada mayor. Una fracasada, eso es lo que serás siempre».
Llegó a la residencia después del entierro, durante el que estrechó muchas manos de desconocidos acompañándola en un sentimiento que no conseguía encontrar. La directora, tras hacer notar lo mucho que lamentaba, además de la muerte de su padre, el conocerse en estas circunstancias, le alargó una carpeta de anillas con una foto de su infancia pegada en la portada. Recordaba ese día, su padre corriendo tras ella, sosteniéndola por la parte trasera de la bicicleta, mientras ella gritaba «no me sueltes, no me sueltes».
– La favorita de su padre era la de su viaje a Namibia con el National Geographic. Se la leía a cualquiera que se sentase junto a él en la galería.
Dentro, ordenadas por fecha, la última de cinco años atrás, las postales que envió mientras su madre todavía vivía. Junto a ellas, testigos de los te quiero que él nunca dijo y de los gestos que ella no supo interpretar, los recortes de todas sus crónicas en periódicos y revistas.
Era su cumpleaños, sus amigas le habían preparado una fiesta en casa de Lola, por ser la casa más grande y con jardín. Cumplía 40 años, pero esa fiesta parecía una fiesta infantil, todas sus amigas habían acudido con sus maridos e hijos, niños entre 12 y 2 años. Solo ella iba sola y al verlos a todos pensó que hacia allí.
Fue la fiesta más triste y corta de toda su vida, también la más bulliciosa con niños peleándose y llorando. No le gustaban los niños. Cerró los ojos y pidió un deseo al tiempo que soplaba las velas.
De vuelta a casa observó la luz del kiosco, se acercó para comprar una revista y allí estaba esa piedra, era una colección de minerales y empezó hacerla, después vinieron las colecciones de dedales, de casas de muñecas…Hasta que empezó con libros y revistas de Extraterrestres, quería comunicarse con ellos, se sentía una de ellos, incluso decía que por las noches la visitaban unos hombres planos vestidos de negro que le comunicaban a que habían venido.
Hoy cumple 61 años, y la fiesta es en el jardín del psiquiátrico. No hay niños, solo personas de otro mundo.
LA MANCHA
De pronto, aunque no por esperado, a todos nos sorprendió. Las huellas siniestras crecían como un tsunami y no queríamos ver cómo rompían las olas en nuestra orilla. La distancia nos engañó y extendimos un velo que se mecía bajo la suave brisa de la lejanía.
Pero, la corriente arrastró el lodo extendiéndolo como una gran mancha tóxica y letal. Pasamos del estado de somnolencia al de pesadilla y de esta, al infierno real. Ese fue el inicio de mi afición : coleccionar gestos, miradas, voces, sentimientos y a envolverlos con soplos de esperanza, escondiéndolos tras la sombra de la incredulidad.
Y, desde este lugar, en soledad, en el que no puedo hablar, ni respirar y, mi estado febril me arrastra por senderos oscuros con retorno al olvido,
recopilo la mirada amiga, tierna, sincera…La voz dulce, desesperada, enfadada…El objeto fetiche, el que guardo en la mesita, el que escondo en el armario… El sentimiento sincero, el hipócrita, el ajeno… El gesto de angustia, miedo, de resignación, de rabia… El lugar de paso, el habitual, el del otro… Todo ello, para ahuyentar mis miedos y abrazar el vuelo del animal herido, mientras se abre una grieta en mi moribundo cuerpo.
Los seres arribaron en naves desconocidas al puerto. Dotados de tecnología mortífera, lo sacaron de su casa y fue llevado junto a otras personas raptadas hasta los depósitos de los transportes, Viajaron a través de aquel espacio azul que se llenó de cadáveres flotantes de conocidos y familia que no soportaron la travesía. Solo él llegó vivo a su destino y lo vendieron a un coleccionista de humanos. En un jardín de aclimatación, entre plantas de maíz y cacao, compartía espacio con un enano, una pareja de congoleños, un grupo de turcos y el anacoreta que lo enseñó a rezar en castellano, en busca de resignación, al ser exhibido frente a la aristocracia europea, deseosa de conocer al nuevo espécimen traído desde esa tierra recién descubierta llamada América.
Escuchamos el chirriar de la cerradura y nuestros cuerpos se tensan. Contenemos la respiración. Esperando. Trae una nueva. Tiene los ojos rasgados y parece muy joven. La ha empujado sobre el jergón infecto que hay en la esquina y se ha ido.
Ella gimotea sin cesar. Ninguna se acerca a consolarla. Cuando logra calmarse un poco empieza a hablarnos de su vida. Salía de clases de inglés, sus padres la estarán buscando, nunca llega a casa más tarde de las diez. Se culpa por haberse fiado de él, y vuelve al llanto como quien vuelve al calor de un abrazo.
Sabemos como se siente, en unos días empezará a perder la esperanza, a sentir que sus recuerdos no le pertenecen.
Nosotras respiramos tranquilas, durante las próximas noches nos dejará en paz. Aunque ninguna saca el tema estoy segura de que todas pensamos lo mismo. Dijo que acabaría con nosotras cuando terminase la colección, a ella no le decimos nada, miramos nuestras pieles, nuestros rasgos, solo le faltaba una oriental. Y ya no hay más colchones vacíos.
Tras el cristal de la ventana, miro con tristeza y rabia a mi familia, insertados como tres lepidópteras más de la colección. Mis padres, prácticamente, han cumplido su ciclo de vida, pero mi hermano lo está comenzando y ya jamás batirá sus alas. Una sonrisa se dibuja en el rostro del humano, mi ansia de venganza crece y empiezo a maquinar un plan.
Conozco el lugar donde germina la Nerium Oleander. Me poso sobre ella, abro mis seductoras alas y espero a que pase un macho, uno en especial. Por fin aparece, ciertamente es hermoso, pero aun eclosionado sigue siendo un capullo; todavía siento asco recordando lo que me hizo tiempo atrás en la morera. Me mira un tanto desconcertado, mas viene a mí. Sobre la flor revoloteamos en una danza de sexo, impregnándose nuestros cuerpos de su veneno.
Excitado, me sigue al interior de la casa y, jugueteando, le dirijo hacia el puchero que el hombre acaba de poner al fuego. Aprovechamos las corrientes térmicas para aletear, está confiado. Con un movimiento brusco, rasgo con mis patas sus alas y cae a la burbujeante lava con sabor a potaje.
Satisfecha, me alejo; una venganza se diluye para consumar otra.
Leí no hace mucho un estudio de una prestigiosa universidad alemana que afirmaba que las mujeres lloran cuatro veces más que los hombres así que, a pesar de que no dejaba de llorar, dejé de tratar de consolarla y obviando sus lamentos, realicé una incisión certera en la base ocular. Extraje el globo al completo y lo dispuse en un frasquito de vidrio junto a los de las demás, etiquetando éste como “verde esmeralda”.
Limpié minuciosamente la escena, me miré al espejo, me perfumé y sonreí tratando de buscar esa mueca seductora que tanto les gusta.
Hay estudios que relacionan la psicopatía con el narcisismo. Paparruchas.
Escondido en el armario, el primer frasco que encuentra el policía está lleno de canicas. La mayoría son de esas que llamaban de trébol. No sabe que fueron las favoritas de su colección para salir a la calle a buscar con quien jugar cuando su padre llegaba borracho. Tampoco que las de vidrio blanco, las chinas, las usaba para ganarle “al miope” algún bolón con que el paliar los efectos de los castigos por suspender matemáticas, ni que las agüitas y los ojos de gato proceden de un hurto en casa de sus primos. Quizá, en la investigación abierta sobre los tres cadáveres mutilados que le ha llevado hasta allí, le habría servido conocer que las del petróleo, unas rarísimas que le trajo su madre tras salir del hospital de la capital, eran perfectas para sobornar y librarse de ser el monaguillo de Don Paco y de sus manos exploradoras. Y que de todas se aprovechaba para verles las braguitas a esas mujeres que hoy salen en todos los periódicos, entonces niñas, que comían pipas sentadas en los bancos del parque viéndole perder. En el segundo, lo que flota en el formol, le pone la piel de gallina.
Cuando la abuela cumplió ochenta años, nos confirmó lo que ya sospechábamos desde hacía meses: Estaba perdiendo la memoria. Ella, que había sido una mujer fuerte e independiente, se enfrentaba ahora a un futuro incierto. No le importaba olvidar el nombre de los muebles, pero no soportaba la idea de vagar por la nada, sin ningún recuerdo que la anclase al presente y a su familia.
Antes de apagar las velas, nos repartió unas tarjetas de cartulina, con el encargo de que anotáramos en cada una de ellas un recuerdo, desde los episodios más importantes de nuestras vidas a las anécdotas más pequeñas.
Durante años, en cada visita añadíamos una tarjeta a la caja y le leíamos también otras escritas con su letra redonda y perfecta de maestra de posguerra. Historias mil veces contadas, que le devolvían la sonrisa, aunque ella ya no se reconocía en aquella joven.
Ahora que la abuela ya no está, cada ocho de julio, nosotros seguimos añadiendo una pequeña historia a su colección de recuerdos.
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