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Martita sufría tanto por amor que decidió suicidarse de mentiras rodeando su cuello con la lazada de raso azul del vestido de los domingos. Por fortuna no murió del todo, solo le quedó una marca añil en el cuello que enseñaba a todas sus amigas y volvió a su rutina de suspiros y melancolía. Mientras, Miguelito, compartía gominolas y besos torpes con la cursi de Rosita que, aunque presumía de príncipe azul, no fue capaz ni de morirse un poco por él.
La noche ha caído sobre nosotros igual que lo ha hecho al despiste durante el día. Estamos tumbados en el barro como en los brazos de una amante incompetente que no sabe por donde la esperamos.
A mi lado derecho, a “El Sidras”, le sale de la bota el pulgar necrosado del que da buena cuenta una golosa rata sin que él sienta nada mientras se enfrasca en percibir los rasgos de su novia en una foto de la que se sabe cada mínimo detalle.
No tardará en venirle, desde algún lado, un buen golpe al roedor por ese “tú comes, yo también” en el que estamos hermanados.
A mi izquierda está “El Químico”, mi mejor amigo desde que llegamos a este mundo donde nada es lo que parece y el absurdo es la divinidad.
Más que rabia es enfado lo que siento con él. No se puede sacar la cabeza para otear y que te la revienten tontamente.
Parte de sus sesos están todavía en mi chaqueta. Esos mismos en los que seguro está la respuesta a lo que ahora no paro de dar vueltas: ¿Por qué mi madre me mandaba a comprar azulete para blanquear la ropa?
En la casa azul vivían las costureras; así las llamaba nuestra madre. La planta baja aguantaba otros dos pisos y un tejado abuhardillado. A dos manzanas de la nuestra, teníamos que pasar por ella para llegar al colegio de San Millán. Algunas mañanas, sin venir a cuento, rodeábamos por la Avenida, pero tardábamos el doble. A veces había hombres esperando a que les abrieran, o alguna mujer con medias de encaje asomada al umbral, como si quisiera atraer a la clientela. Si preguntábamos sobre quiénes esperaban en la puerta, nos decían que, con seguridad, necesitarían un arreglo. Y si nuestra curiosidad se cernía sobre las chicas de la entrada, jamás obteníamos respuesta. Nos seducía el lustre metálico del azul de Prusia con el que estaba pintada la fachada, el contraste marmóreo de alféizares y dinteles, el misterioso hilo que augurábamos tras las ventanas. Un día, recién cumplidos los catorce, mi padre afirmó que ya era un hombre, y me separó de mis hermanos. Caminamos juntos hasta la casa azul. Él con el traje de las grandes ocasiones, yo con la camisa de los domingos y pantalones cortos, convencido de que había llegado el momento de cambiar de indumentaria.
Dormían en camas separadas desde que el médico se lo recomendó a Manuel. María, en parte, lo agradecía, él siempre tenía calor y ella usaba calcetines. Una mesita de noche hacía de trampolín entre ambos mundos nocturnos. A veces, la providencia se ponía de acuerdo y los hacía coincidir en el momento de apagar la luz y así rozar sus manos. Disculpa, fue sin querer. No te preocupes, yo también tengo sueño. Descansa. Cuando eso sucedía les costaba invocar a Morfeo, aunque vueltos de espalda lo disimularan. A sus mentes venía el mismo recuerdo. Los viajes en tren de Manuel a la mina, María en el andén que lo despedía y él que ansiaba el regreso; momento en el que aún no se habrían tocado que ya se estarían besando. Por aquel entonces la cama era única, pequeña y caliente. Dame la pastilla María… ¿Te encuentras mal? No, la otra, la azul. Ambos descienden a quejidos de las camas y las juntan para, por una noche, ser de nuevo María y Manuel.
Temblaba de miedo pero conseguí firmar la denuncia.
Trastabillé con las muletas hasta llegar al centro de acogida. Me recibió un rostro afable, de ojos claros y serenos. Me invitó a contarle pero las palabras, aturulladas, no se decidían a salir. Por las noches chillaba y durante el día enmudecía. Me aseaba, comía e intentaba dormir. Nada más. Y así pasaron días, creo que semanas.
Una mañana fui a una sala más grande. Había varias mujeres sentadas en círculo. Escuché. Las oía y me estremecía. Conocía sus historias. Un día oí mi voz en la sala. Las palabras fluyeron pausadamente. Mis lágrimas también.
Ellas y yo buscamos las piezas desperdigadas de nuestras historias, tan parecidas y tan distintas. Y nos las contamos. Juntas conseguimos librarnos de la pesada carga de la culpabilidad y nuestras heridas comenzaron a curar.
Mi voz se oía cada vez más y mi risa muy de vez en cuando.
Asistí a clases y aprendí. Comprobé que no era inútil, ni tonta.
Fui a varias entrevistas de trabajo y un día firmé un contrato en prácticas.
Hoy he comprado unas macetas para el alfeizar de la ventana.Tímidamente vuelvo a pensar en azul.
Desconocíamos que aquel planeta era el ojo de su sistema solar, un iris azulado desde el que su civilización nos venía observando. Nos creíamos invisibles, al margen de cualquier percepción, pero ellos nos descubrieron. Aunque toscos y rudimentarios, esos seres son lo bastante inteligentes como para concluir a partir de indicios, como la curvatura del espacio-tiempo de nuestra órbita o el espectro de los elementos que emitimos. No fuimos conscientes de la amenaza hasta que todos los informes nos llevaron a la misma conclusión: está en su naturaleza el expandirse, y lo hacen a costa de arrasar, de aniquilar. Solo es cuestión de tiempo que nos visiten y entonces… ya sabemos qué pasará, nosotros lo hicimos antes; colonizamos este sistema bi-solar después de haber consumido y colapsado los planetas habitables de decenas de sistemas anteriores. Y necesitaremos más recursos, y ellos acabarán necesitándolos también. Debemos evitar que progresen, que se hagan poderosos.
Por suerte, su conocimiento sobre el control de la materia es muy primitivo. Aún no saben que las estrellas son controlables, que es posible manipular la inmensa energía de su Sol y concentrarla en un punto, en un planeta azul que en pocas horas dejará de observarnos.
Los sorprendí a punto de sentarse a cenar. La fuente sobre la mesa estaba llena de perdices. Ella aún tenía ese brillo de estrellitas en la mirada y canturreaba las notas de un vals. Él había dejado la impecable chaqueta azul tirada con desidia sobre el sofá. Ella le sugirió que la colgara en su lugar. Él dijo desconocer cuál era tal sitio. Ella le explicó que su estatus de príncipe había caducado. Y que el azul de su sangre no lo eximía de sus obligaciones. Él, ofendido, hizo un comentario dando a entender que es evidente que un beso no hace princesa a nadie. A lo que ella replicó que el que nace rana, rana se queda. Él masculló un real insulto. Ella hizo añicos su zapato de cristal contra la mesa.
Cerré el libro. Nunca debí seguir leyendo más allá de la palabra Fin.
Se caía el agua de los mapas de la escuela cuando nuestras ganas de aventura borraban las paredes de las que colgaban y se veía el cielo azul. Después, fluían mares y océanos de conocimiento a nuestros pies. La brisa marina inundaba nuestros pulmones de libertad y un oleaje de espuma arrastraba nuestra imaginación mar adentro. Atrás quedaba el aula, con sus voces atrapadas en el reloj de su eco infinito. Nadie las escuchaba. Ya navegábamos a toda vela por nuestra fantasía. Una estela de alegría surcaba nuestro rostro.
Mientras se adormecía nuestra piel de tiza sobre el pupitre, dejábamos de respirar la quietud y el silencio que exigían los libros. El viento derramaba lápices de colores entre las olas y nos irisaba la mirada. En el interior de nuestros cuadernos, atesorábamos suspiros con rumbo al horizonte y alientos de sol al atardecer. Pero, aquella odiosa sirena siempre interrumpía nuestro viaje y nos obligaba a regresar, aunque fuera a regañadientes.
Entonces, nos entristecía ver cómo se desvanecía la luz que teñía la tarde de aguamarina.
Pinto un corazón azul. Azul sonriente, vivo, casi cálido. Azul cielo despejado, mar en calma. Azul protector, hogareño. Azul abrazo, besos, caricias … “¡Basta!”, grita mi hermana Olga. “Di azul celeste, turquesa, marino… ¡Qué más da! ¡No necesito que me escenifiques tu azul maravilloso!”.
Según papá, Olga no es borde, es intelectual, y yo, introvertida. Ser introvertida no es malo, repite papá (cuando es papá). Mamá no dice nada. Mamá está, ¡siempre está!
Aunque soy introvertida, leo en alto. Papá sonríe o llora y Olga protesta. A veces, también escribo y dibujo en alto. El corazón azul no es un dibujo, es el cuento de una escritora polaca, pero Olga no lo sabe. Ella cree que pinto cuando digo que pinto. A mí me gusta engañarla. A papá nunca le engaño. Papá no se deja engañar ni tocar. Papá habla, ríe, grita y, a veces, se mueve como un títere viejo. Mamá y yo le miramos, Olga, no. Mamá tiene la mirada despejada, en calma… Mamá es distinta: nuestro punto y a parte de carne y hueso (más hueso que carne). Mamá es los ojos de Olga, mis piernas y el alma de papá. ¡Mamá es azul!
«LA LISTA DE LA COMPRA»
—Tres kilos de besos frescos para las mañanas; el despertar; los desayunos; los «hasta luego».
—Dos litros de abrazos recientes para las llegadas: «te echaba de menos», «¡qué bien que ya estás en casa!», «¿cenamos y vemos una peli?».
—Cinco sobres de momentos tiernos para relajarse, ver la tele, subir al dormitorio y recuperar a ese gatito triste y azul que ronronea olvidado en el tejado de vuestro recuerdo.
—Cuatro cucuruchos calmados de paciencia para sobrellevar nuestros suspensos, peleas, el piercing de Tamara… y liberar al cielo del acoso constante: «¡qué será de ellas el día de mañana!».
—Cuarto y mitad de cogiditos de la mano para ir a tomar una copa, charlar, retomar los amigos, pasear con el perro.
—Un cubo XXL.
La encontramos pegada al frigorífico. Por la letra sabíamos que la nota era de Celeste, la mediana de nuestras hijas. Después de leerla nos miramos en silencio. Llenamos el cubo con el estrés; las horas extras; los «vengo molida»; «estoy destrozao»; la monotonía; el tedio; las preocupaciones y los malos humos. Lo vaciamos en el contenedor de la basura no reciclable, el de los vertidos tóxicos y peligrosos.
Doña Manuela cobraba la voluntad para completar su pensión. Si además le dabas algún sugus azul, de aquellos que se suponía que sabían a piña, anteponía tu ropa a la montaña de prendas que tuviera para arreglar. El problema era que éramos muchos en el pueblo, eran los más escasos y ella adoraba esos caramelos blandos tanto como aquella vida tranquila que llevaba. Nos afanábamos en conseguirlos. Íbamos a por ellos a pueblos lejanos si era necesario en cuanto nos sobraba un minuto. Mientras, ella escuchaba el canal clásico en la radio con las gafas de media luna en la punta de la nariz, serpenteando la lengua sobre uno de esos caramelos a la vez que hilvanaba y cosía. Los chupaba hasta que quedaban como papel de fumar. Luego los aplastaba con sus encías hasta hacerlos desaparecer. Pero que no se te ocurriera decirle que esos sugus no estaban ricos o no sabían a piña porque, en ese mismo momento, con su sonrisa desdentada y su templado carácter, pondría tu ropa, con suma dulzura y lentos movimientos, debajo del montón que le quedara por repasar.
“Azul”, contestó la pequeña a la pregunta del dependiente. Entraron en la tienda nada más salir de la peluquería, con sus padres y hermano pelones como ella. Los cuatro se pusieron el pañuelo en la cabeza. Elisa sonrió, no sería la única en llevarlo en su reincorporación a la escuela.
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