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Diez años puede ser un tiempo infinito, sin origen ni término, o tal vez, fugaz y ligero como un parpadeo. En su rostro, sin embargo, se han trazado con precisión nuevas líneas y ángulos hasta casi desdibujar su fiereza.
En cada uno de estos últimos quince días, tras subir las escaleras y mirar por la ventana, la niebla, que aún empapa mis zapatos, se disipa, desaparece, y la dura superficie del terreno reverdece por la humedad.
Ya ha superado la operación y cuando coma bien le darán el alta y volverá a la residencia. Dice la doctora que muestra inicios de demencia pero yo no noto ningún cambio; su dura mirada azul, su puño derecho cerrado y mi adicción a los somníferos.
Después de tres rosas el deseo azul. En la cuna lo abrigaron con lana color cielo tricotada por la matriarca, hembra de hembras de hijas y hermanas.
Se uniformó en el colegio con babi de cuadritos azulinos. Conoció en la bola del mundo, los mares y océanos. Fue marinero ante el altar de olor a cera quemada y sabor a pan ácimo, alcanzando el grado de almirante en La Armada.
A sus hermanas, Rosa, Rosaura y Rosalía, legaron la legitima en el testamento.
Azul y Marino, al fin, celebraron su boda en el yate heredado. Pétalos de rosas cayeron sobre sus cabezas deslizándose en el añil de las aguas.
(NO PARTICIPA EN CONCURSO)
Mi hermano Nando dice que tiene un trozo de mar escondido en un libro y no lo puede abrir porque se derramaría toda el agua. Es un mentiroso. Todo lo hace por darle en las narices a Luisito que desde que su padre se dedica al estraperlo nos mira por encima del hombro. Antes compartíamos en el descansillo de la escalera la fruta pasada que nos regalaba el frutero de abajo, pero ahora él merienda pan con aceite y nosotros seguimos con las peras podridas. Ayer nos dijo que se van a un piso exterior y con puerta de servicio y que si accedo a ser su novia tal vez su padre pueda conseguir un trabajo al mío, dice que lo piense bien, que no va a tener más oportunidades porque nadie le va a perdonar que haya luchado en el bando equivocado. Hoy han empezado la mudanza y Nando ha sacado al descansillo una caja llena de cielos despejados y dice que cuando la abre, todo se llena de luz, pero a Luisito solo le interesa convertirse en mi príncipe azul y yo odio las coronas. Anoche madre lloraba porque no podemos pagar el alquiler este mes.
No, no lances mis cenizas al mar, déjalas mejor en cualquier cuneta de cualquier camino. Luego entierra el impermeable azul, el lazo y el collar de luces —a juego todo— que tanto te gustaba ponerme, para que en la muerte por lo menos pueda vivir como un perro.
Ahí se hallaba ella que, por aplazar lo inevitable, mecía los pendientes en sus dedos ante la extrañada mirada de él. ¿Sabes que una joya de esta misma piedra, labrada por el orfebre egipcio a quien un faraón se la encargó, viajó por un sinfín de lugares cautivando a todos sus portadores? Lo leí en una novela –remachó complacida.
Ahora regresaban a él aquella imagen y también las palabras, aunque desnudas de ficción. El fulgor azul de esos colgantes había aparecido en la habitación con el sigilo de un tigre al acecho cuyo zarpazo es inminente. Como un autómata recorrió la ciudad portuaria, paseó por los bares de moda, captó a su presa. Esta vez no habría literatura de por medio. Solo anhelaba que, al emerger del revuelto océano, una calma plateada lo devolviera a la orilla exhausto pero sin memoria.
Los azulejos de las paredes de la piscina se están despegando otra vez. Desde debajo del agua, se hacen más patentes esos detalles. El nivel de cloro, sin embargo, está perfectamente equilibrado. Ni huele, ni molesta al abrir los ojos. Qué tranquiliad se siente cuando el cuerpo se relaja y comienza a flotar y los oídos sumergidos solo transmiten el sonido de la propia respiración.
Casi se arrepiente de haberse lanzado con ese peso atado al tobillo. Casi siente la tentación de soltarlo y emerger a la realidad de nuevo. Casi.
De la tinta de mi bolígrafo se han escapado doscientas palabras que veo palpitar con sus letras azules sobre el folio en blanco. Quieren agruparse en frases que les resulten cómodas y me miran tratando de proponerme a mí el reto, así que ahora estoy concentrado en ordenarlas de una manera creativa.
Utilizo las agudas aquí, con rigor además de sensatez, para tratar de resaltar el final de cualquier oración. Las palabras llanas son menos complicadas: muchas caben en un pequeño hueco abierto por los dos puntos que he colocado, casi en el centro del relato, antes de que empezase a escribirlas. Y, por último, la esdrújulas me parecen tan simpáticas que las manejo sin escrúpulos, utilizándolas para introducir palíndromos sosos y fáciles de reconocer, sinónimos académicos (véase «proparoxítonas») o la típica metáfora que describe el acento en sus sílabas como un disparo lanzado por la voz de los lectores.
Al llegar al último párrafo releo lo escrito y pienso que me ha quedado un relato juguetón, sencillo y algo irónico, pero como tenía que usar aún este adverbio y también este otro, al final me van a faltar palabras y tendrá que publicarse así, tal cual está, sin título.
Arturo apenas hablaba, quizá un quejido al día, quizá un breve parpadeo cada tres horas.
El cuco de su reloj marcaba los tiempos en los que debía estar despierto y en los que tenía que abrir la boca para ingerir la papilla, cucharada a cucharada, o para absorber la medicina por esa pajita que le decían que era fuerza de Hércules, ambrosia de dioses.
Con sus gafas, de tono marino, miraba tras la ventana la lluvia azul, esas gotas de intensa vida, esa de la que él carecía entre las sábanas. Su imaginación era puro movimiento, un no parar entre la tela de su pijama y las cortinas descorridas, cada día, por su madre.
El lunes le compraron una pecera, deseando que la ingravidez de su interior le ayudara a superar su inmovilidad. El martes alimentaron a los peces y a Arturo. El miércoles limpiaron los posos de desecho a ambos. El jueves adquirieron unas plantas para alegrar el ambiente de uno y otro. El viernes comprobaron que el agua del acuario no era ni dulce ni salobre, igual que el vaso de la mesilla de Arturo.
El domingo ya no hubo más ecosistema que el de la subsistencia perdida
Arrastrando el corazón por la pasarela, subí al barco con destino diferente al de todos los otros pasajeros, o eso creía yo. Me equivocaba. Lo supe más tarde, cuando vi a la chica treparse a la borda. Sin pensarlo, corrí hacia ella, la atrapé y la sostuve entre mis brazos. Era joven, quizás bella, y sentí la necesidad de saber qué la había llevado a esa decisión. Se lo pregunté.
Un estremecimiento de hombros y un llanto silencioso abrieron el camino a su historia, que tanto se parecía a la mía. Ambos habíamos llegado allí tras la traición de un par de ojos azules y aunque los traidores fueran distintos, la pregunta que nos planteábamos era la misma: ¿tenía sentido la vida después del azul?
Nos sentamos a discutirlo de forma extensa y descarnada, mientras nos mirábamos a los ojos rebuscando entre ruinas algún improbable retazo de ilusión.
Un atardecer rojizo introdujo en nosotros la duda. La noche, mezquina, nos negó luna y estrellas y solo nos echó su viejo manto encubridor. Huérfanos de magia, nos levantamos y caminamos sin prisa guiados por la llovizna salada que golpeaba nuestros rostros.
Todo me dice ven, mi amor, pero yo solo puedo pensar en ese vestido azul. En nuestro dormitorio las sábanas revueltas imploran compostura. Me llaman a gritos las pelusas de la alfombra del salón. Las tazas del desayuno de nuestros hijos en el fregadero, y las manchas del zumo de naranja que alguno de los tres derramó en el suelo, me chistan desde la cocina. Y yo no consigo salir del vestido azul. Se escuchan, aunque algo amortiguadas porque tengo la puerta cerrada, las voces del espejo del baño, salpicado de lunares de jabón, y del lavabo, por las incrustaciones de pasta de dientes que ninguno aclaráis. Y no quiero olvidarme de la montaña de camisas, alguna azul, pantalones, y faldas, que me guiña un ojo junto a la plancha. Hasta el canario pía por su alpiste. Soy incapaz de escucharles, cariño. Ahora porque pienso en ti. Aunque sé que no tardaré mucho en sentir los arañazos que el vestido azul, el que llevaba la chica con la que te besabas en el garaje cuando he salido a tirar la bolsa, maldita bolsa azul de la basura, volverá a hacerme en cuanto empiece a olvidarte.
En este pueblo ventoso doña Moñitos escribía cartas ávidas de libertad. Una tarde, el viento sopló fuerte y las palabras se disolvieron quedando de ellas unos caracteres ilegibles de bordes erizados. Un mulatito, musiquero él, con paciencia de cirujano, a punta de timbal, rescató las palabras convirtiéndolas en melodías.
Doña Moñitos cambió la libertad por el amor.
Un viento huracanado, de esos que por acá llamamos tumbamuertos, elevó las cartas, los amores y las melodías hasta las garras azules de una estrella analfabeta.
Doña Moñitos y el mulatico se mosquearon por los abusos estelares. Nada pudieron hacer, los negros, tienen negada la visa a los barrios celestiales.
El día que nació Jaime el paritorio se quedó en silencio de repente. Mi mujer aún seguía recuperándose del esfuerzo y la matrona me hizo señas para que me acercara a verlo. La pediatra lo limpió, lo auscultó, lo revisó de arriba a abajo y, cuando estuvo completamente segura, nos dio el diagnóstico: «Es azul». En la maternidad, los otros padres presumían de sus hijos. La mayoría blanquitos, algunos un poco amarillos, un par de negros. Ninguno como el nuestro.
Volvimos a casa convencidos de que habíamos hecho algo mal. Quizá desearlo a orillas del océano o concebirlo en una noche de luna nueva. Las visitas llegaban con flores para la madre y regalos para el bebé, pero en cuanto lo veían buscaban una excusa y se marchaban meneando la cabeza. Los primeros meses vivimos angustiados por miedo a que su rareza nos lo arrebatara sin avisar.
Tres años después sigue creciendo, sano y feliz. Hoy ha empezado el colegio. Al salir me ha preguntado por una palabra que no conocía. Se la he explicado y luego hemos visto los dibujitos animados. Se ha reído, aunque los dos sabemos que no va a ser fácil.
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