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En aquel planeta había un jardinero que regaba un campo de flores. El pequeño príncipe contempló las largas filas de rosas de pétalos aterciopelados y delicadas espinas. Parecía un ejército de réplicas de la suya.
—¿Por qué son todas iguales? —preguntó.
—Celebramos los setenta y cinco años de la publicación de El principito. Todos quieren una rosa idéntica a la que su autor creó para ti. Voy a cortarlas y a venderlas. Será un gran negocio.
—Pero cortadas no podrán cuidarlas, se morirán.
—Nadie tiene tiempo de cuidar flores, por eso me las compran. No me entretengas, debo venderlas todas hoy. Mañana no las querrán.
—Entonces, ¿te quedarás sin trabajo?
—No, empezaré de nuevo. Pronto celebraremos los veinticinco años de la muerte de Hergé. Debo tener a punto una partida de lotos azules.
—Yo nunca cambiaría mi rosa por un loto, aunque sea azul —dijo el principito.
—Menos mal que ya no queda gente como tú —contestó el jardinero— ¿Adónde iría a parar mi negocio?
Ictus, infarto cerebral, hemiplejia… Todo aquello le sonaba a chino. Tan solo acertó a entender algo cuando su padre, en un esfuerzo por recomponerse siquiera unos segundos del terrible mazazo, le explico que lo que le ocurría a mamá era que no sentía la mitad de su cuerpo, cómo si se le hubiera quedado dormido.
Durante toda la mañana el niño estuvo dándole vueltas a aquellas palabras. Pidió a los abuelos poder acompañarles esa misma tarde al hospital. Quería ver a su madre lo más pronto posible. Y arropado por unas cálidas manos sobre sus hombros menudos, entró en la habitación. La madre, toda ella de azul entre sábanas blancas, descansaba flanqueada por diferentes aparatos. Con una determinación que sorprendió a los presentes, el pequeño se acercó hasta la orilla de la cama. Tomó con delicadeza el antebrazo inmóvil y con un dedo previamente ensalivado trazó varias cruces como tantas veces ella hiciera con él cuando, de estar mucho tiempo sentado en la misma posición, se le quedaba dormida una pierna.
Soñó que paseaba con Leonor, que tomaba su mano adolescente y se desvanecían con el camino atardecido, el Moncayo al fondo. Pero era Colliure, y hacía frío, y la mano huesuda de su madre le recordó que ya no existían más paseos que los de la muerte.
Los días previos algo ya se presentía. El azul se tornó gris, y el gris se oscureció hasta rozar el negro. Los rumores se cumplieron. El cielo cerraba por falta de clientes y, consecuentemente, resultar imposible su mantenimiento. Y aquella fea tarde de agosto, después de un trueno ensordecedor, se desgajó. Una insondable grieta lo recorría hasta donde la vista alcanzaba, y los livianos difuntos comenzaron a caer en una tétrica lluvia de cuerpos maltrechos que volvían a la vida en pocos minutos. Los vivos abrazaban a sus muertos revividos mientras una extraña sensación, mezcla de emoción, incertidumbre, alegría y desasosiego nos envolvía a todos.
Mi madre y yo buscamos a mi padre durante días. Encontramos a los abuelos, a los bisabuelos y a un antiguo vecino. Pero papá no apareció, y desde entonces no podemos dejar de cuestionarnos muchas cosas.
Nadie se percató del cambio; alrededor de la mesa todos hablaban y gesticulaban con gran algarabía. El color de la cara de Eva pasó de su habitual sonrosado a azul cian hasta que su cabeza se desplomó sobre el plato de sopa. El impacto provocó que todos dirigieran su mirada al origen del terrible golpe, quedando mudos de asombro. El caldo y algunos fideos se esparcieron absorbidos por la trenza de Eva, que había quedado introducida en el plato mientras el resto del líquido se deslizaba gota a gota por el mantel. Los primeros en reaccionar fueron su hermano y su marido, sentados a derecha e izquierda, que levantaron su cara y comenzaron a zarandearla gritando su nombre. La madre lloraba desconsolada y los niños no encontraban dónde esconderse. Entonces, una voz les alertó desde la puerta del comedor:” ¿por qué gritáis?”, preguntó una Eva que regresaba del baño. Se produjo el segundo gran silencio de la noche, precursor del horror reflejado en sus caras al contemplar como la Eva azulada de la mesa se desvanecía y la otra caminaba dos pasos para dar, esta vez, con la cabeza en el suelo.
El color comienza a inundar las puntas de mis cabellos. Dos golpes y unas gotas de agua después, comienzo a actuar. Este es el gran momento del día.
No sé que será hoy. Quizá un mar, o solamente un aburrido cielo. Aveces son miradas desafiantes plasmadas en ese retazo de tela. Se decidió. Sí, ya tomó una decisión. Hoy son las alas de una mariposa.
Delicadamente, pincelada tras pincelada, el azul se desvanece hasta que termina. Siento el vacío en mí. Me sumergen en agua para posteriormente secarme con un trapo viejo. Me tiran junto con los demás.
Solo queda esperar para volver a sentir ese azul.
La Tierra, cuando la ves desde el espacio, parece azul. Pero, cuando estás en ella, es más bien una suerte de fosa marrón y gris.
Con el cielo ocurre algo similar. Desde la Tierra, lo creemos tapizado de un interminable tul celeste —hermoso y brillante— pero, cuando estás allí, a miles de kilómetros de la acera que desgasta tus zapatos, solo es una inabarcable cúpula negra vestida de lentejuelas. Es tan sublime y desconcertante, que cuando ves pasar un trozo de chatarra espacial, los restos de un anticuado satélite ruso rotulado con aquellas CCCP, un cosquilleo de risa burbujea desde el pubis hasta la campanilla. Una risa que solo es el miedo con traje de camuflaje.
Los que viajamos al espacio sufrimos un estrés físico y emocional irreversible. Y, realmente, lo más perturbador es aprender que nada es lo que parece.
No es extraño que enloquezcamos en silencio, hacia adentro, pues, al volver a casa, ya no podemos saber qué es real. Y, en las entrevistas, cuando nos preguntan: «¿Cómo se ve la Tierra desde allá arriba?», tragamos saliva, pensamos unos segundos, y respondemos: «Parece una enorme canica azul».
Y volvemos a casa, a quitarnos la pesada piel de héroe.
Tras despegar el frágil módulo de la superficie marciana, una leve deficiencia técnica les impidió el acoplamiento con mi nave SpaceX-One y les perdí para siempre.
De fondo, el gran planeta rojo. A la izquierda, mis desafortunados compañeros a la deriva. A derecha, un lejano punto azul: mi destino.
El silencio cósmico se rompió con desesperadas preguntas desde Cabo Cañaveral, pero mis respuestas no eran recibidas.
Solo, en el módulo de descenso, y angustiado por el fracaso de la misión, el regreso a la Tierra tendría, al menos, la pírrica satisfacción del primer viaje a Marte con algún superviviente.
Los intentos por hacerme escuchar siguen estériles y, sin ayuda tecnológica, jamás podré regresar a mi añorado planeta azul.
A veces consigo conectar con desconocidas emisoras terrestres, pero nadie me creé cuando explico que les hablo desde el SpaceX-One. Muchos me llaman loco, algunos bromean, otros creen que es un concurso de radio. Todos cortan.
Han pasado muchos días terrestres. Hoy, felizmente, he podido recibir un mensaje desde la NASA indicándome que para poder restablecer la conexión con ellos, debo sustituir la membrana vegetal del emisor de voz. Creo que, a falta de víveres, fue la membrana que ayer me comí.
Día tras día contemplo a lo lejos con nostalgia esas nubes tan suaves, tan blanditas, casi de algodón de azúcar que el sol acaricia con dulzura al amanecer, mientras en el cielo remolonea todavía alguna estrella despistada. Y me siento de pronto tan lejos de casa… Intento no llorar, aunque a veces… Siempre fui algo melodramático, la verdad y una decepción inexplicable asalta algunas veces mis ojos celestes. El caso es que debo cumplir mi misión y por raro que os parezca yo mismo sugerí este destino pero si supierais cuánta maldad e indiferencia surca este ingrato mundo vuestro… ¡Jamás imaginé que tan difícil sería ganar mis alas!
Cuando el autobús no se detiene en tu parada tienes que gritar desde el fondo para que te abran. Mientras todos te miran.
La puerta del tanatorio siempre está llena. Un barullo de personas que fuman después de haber colocado a los niños. Ajustar rápidamente los horarios y salir del compromiso. Como cuando te toca una pipa agría.
Tía María hace unas lentejas buenísimas, pero no supo hacer amigas. Se quedó viuda y está sola. Lleva gafas y dice que no se tiñe más el pelo. También que desde que murió el tío ha salido un agujero en el salón, que desayuna en la cocina para no verlo, pero que oye como piedrecitas que se desprenden en su interior, y le da miedo. Es baja, tiene los ojos saltones y ningún sitio donde ir. Le gusta la línea azul porque recorre toda la ciudad. Se monta solo por hacer algo.
Una vecina del bloque se murió. No tuvo que mirar la agenda. Se vistió y se fue. Ni se saludaban en la escalera. Estuvo toda la tarde en el velatorio. Sin escuchar las rocas. Y no salió fuera ni una sola vez, porque ella no fuma.
Sentado en la azotea del que fue uno de los edificios más altos de la ciudad, mira al horizonte y recuerda cuando, de niño, paseaba con su abuelo por el malecón. Juntos esperaban a su padre que conducía una de esas lanchas para turistas.
Él le contaba, una y otra vez, la historia de su propio abuelo que cruzó el mar en una aventura, peligrosa pero inevitable, dejando atrás otra costa y otra vida.
Al otro lado del charco vivían de lo que pescaban con artes tradicionales, heredadas de generación en generación, hasta que llegó la contaminación y el hambre. Era el principio del fin, pero a nadie parecía importarle.
La herencia familiar siempre navegó en aguas saladas y, ahora, su nieto, lo hace en algún lugar del horizonte a bordo de una embarcación ecologista.
Sentado en la azotea del que fue uno de los edificios más altos de la ciudad, no puede evitar las gotas saladas que ruedan por sus curtidas mejillas mientras las olas más fuertes salpican ya sus pies.
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