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Nunca olvidaré aquella camiseta, la que me trajo mi hermana de Londres, con la pantera rosa por delante y en la espalda la frase “To know me, is to love me”, fue un verdadero impacto en el pueblo.
Yo siempre había pasado inadvertido en las pandillas de mi edad. Recién llegado al verano en la villa, todas las chicas me saludaban y besaban sonrientes. La simpatía de la pantera y la curiosidad de conocer el significado de esa frase en mi espalda, supuse que eran los motivos de ese cambio.
Esa noche apareció ella, más atractiva y con más pecho que el año anterior.
—Conocerme es amarme, acepto el reto— me dijo mirándome con picardía. Charlamos entre copas y bailes. Para evitar interrupciones de saludos y alejarnos de miradas poco amigables, ella decidió que fuéramos a su casa. Allí desfiló ante mí con su repertorio de ropa interior sexy, de provocativas trasparencias. Quisimos probar toda la noche nuestras torpezas sexuales. De madrugada una voz nos sorprendió desnudos y un puñetazo me noqueó.
Desperté en el hospital y tras su beso, ella me susurró:
—Si no te asustan los mamporros de mi padre, seguiremos el desafío.
En una negligencia del vigilante se lo llevó al pantalón y de allí, un rato más tarde, al ano. Temblaba como una vara verde, pero ese día tenían revuelo por los desprendimientos de alguna de las terrazas y descuidaron el control en la salida de la mina. No se paró como hacía cada tarde delante del puesto de la señora Hamza, que vendía las golosinas. Sabía dónde encontrar a los hombres. Se la iban a quitar de las manos y no harían preguntas por la bola de cristal inquebrantable, rosa como el atardecer de sabana y flamencos en el lago. Llegó de noche a casa, sonreía. El bolsillo abultado. Se acercó al lecho de hierbas secas y le enjugó la frente. Aún le dio tiempo de enseñarle los billetes y sacudirla, de decirle entre lágrimas que se esperara, que ahora ya podrían ir al hospital a Shinyanga.
No era mi imaginación. Había visto nítidamente como primero me sonreía y después me guiñaba. Y no, no era un acto reflejo. Eso una madre lo sabe. Pero las miradas de condescendencia que intercepté me llevaron a no insistir, no merecía la pena. Lo importante era que nuestro bebe estaba bien.
En cada ecografía avisábamos insistentemente para que no nos develaran el sexo. Sorpresa hasta el último momento, repetíamos como un eslogan.
¡Y llegó el gran día! Contemplábamos embobados a aquel pequeño ser que parecía escudriñarnos con recíproca curiosidad. Nos prometimos criarlo lejos de estereotipos. Sin etiquetas.
Fueron muchas las muestras de afecto y los presentes que recibimos. Nos sentíamos dichosos…hasta que constatamos que Sara vestiría de rosa durante los dos primeros años de su vida.
Le excitaba verla vestida de ese color sabiendo que era una virgen. Se imaginaba tocando sus formas de rosa hecha cristal, como una confitura, ocultas bajo la túnica encarnada. Pero debía conformarse con ver su rostro y un ramillete de dedos que apenas sobresalían de la ropa. A pesar de sus intentos por formar parte de su cortejo, solo a las mujeres se les permitía desnudarla y vestirla. Pero el deseo fue tanto que lo llevó a cometer aquel sacrilegio. En medio de la noche, irrumpió en el recinto sagrado donde estaba recostada para la siguiente muda y le levantó el vestido hasta la cintura; en lugar de hallar la pulpa sonrosada de su intimidad, contempló, a la luz de un “culito” de candela, un esqueleto. A los gritos, acudieron el cura y varios feligreses y lo encontraron atrapado entre los alambres del armazón que conformaba la estatua mariana.
A Red la guerra le extirpó la inocencia. También le arrebató un ojo y una mano, acumulando un parche, un muñón y trece cicatrices. La más profunda, la del costado, partió su alma en dos.
Sobrevive de milagro, dicen todos.
Los padres de Bianca fallecieron al derrumbarse un torreón durante la última batalla de la guerra. Ahora es la nueva reina. Ella preferiría que aquel soldado la hubiera dejado entre los escombros, haber muerto con sus padres. Por eso le odia un poco. Sabe que no debería sentir eso, pero lo siente. El chico perdió medio pulmón por ella y ahora, a veces, escupe sangre.
Ha transcurrido algún tiempo.
Cuando Bianca entra al salón Red se ruboriza. Ahora es comandante de la guardia real y un comandante no debería sonrojarse tanto, pero la sangre rebulle en su rostro.
Ella simula no verle.
–Alteza –dice Red cuando Bianca pasa.
Y ella camina erguida, lánguida. Red tose y ella se detiene:
–Comandante.
Se aproxima y, encubriendo el gesto, le acaricia el costado.
Sentada en su trono, suspira y abraza su vientre, imaginando un bebé rosado, mezcla de la bravura de Red y de su propia inocencia, dos viejos mundos reducidos a cenizas.
Se despide de ella besando la parte inferior del teléfono, clavándole el sonido de cada beso en el oído, como si fuera una suave garra.
—Te quiero. Vuelve pronto.
—Yo también te quiero —responde ella, y estampa sus labios rosa en el auricular, como un sello indeleble.
Todavía parece que lleva clavada la garra mientras se envuelve en la toalla del hotel, sale del baño y avanza a tientas por la habitación hasta encontrar la cama. Se acuesta y rodea con sus brazos el interminable cuerpo del hombre que duerme hace rato a su lado. Lo observa unos instantes, ahueca la almohada y piensa que, a estas alturas de la noche, ese hombre ya no le gusta tanto.
Absorta miraba por la ventana. El tema » feel goog » de Nina Simone gateaba desde la planta baja. La música acariciaba las lágrimas rosas de la lámpara, los espejos, el suelo de moqueta. Se respiraba lujo en su habitación con mobiliario estilo Luis XV. Ella, una mujer de mediana edad vestida con ropas caras, adornaba su cuello con un collar a juego con sus pendientes. El bullicio de la planta baja auguraba beneficios. Una de las chicas tocó la puerta. Ella amarró su chaqueta, sacó los ojos del atardecer. Con voz suave recibió al hombre que acompañaba a la chica. El hombre, delgado con unos zapatos panamá, tenía los mismos ojos negros que recordaba, como cuevas habitadas por murciélagos. Susurró su nombre: Gabriel. Un torrente de lágrimas inundó el lupanar… Faltaban las dos últimas páginas. Con un bolígrafo escribí el final. Gabriel cantó la canción de Nino bravo » porque te quiero y hasta el fin te querré». Ella le dijo que desafinaba.
Fin
A Eva, desde pequeña, le aseguraron que la vida era de color de rosa. Creció convencida de ello. Rodeada de caprichos, su voluntad era el único camino y el mundo giraba sobre su propio eje.
La vie en rose se tornó gris el día en que fueron a buscar al despacho a papá para meterlo entre rejas. Quedaba demostrado que sus caprichos de infancia se habían financiado con dinero público, y tuvo que devolver todo lo robado por papi, incluido el ático pintado de rosa que tan mono y acogedor le parecía.
Ese mismo año, la alerta rosa de un Predictor le informó de la llegada de Abel, la gran ilusión de su vida. Débil y enfermizo, tres años más tarde se cansó de luchar contra la rara dolencia que le acompañó en su corta existencia. El padre de la criatura, por no estar, no estuvo ni en el entierro.
El rosa se cruzó por última vez en su senda a los 46, en forma de lazo, tras una cita urgente con el oncólogo. Ese día supo que le quedaba una semana de vida, siendo optimistas.
Su última voluntad fue que nadie llevara rosas a su tumba.
Las palabras de amor, los gestos de complicidad, se convirtieron en ademanes de desprecio y en vocablos lacerantes que hacían sangrar mis heridas. Despedazó mi vida y me abandonó por un cutis terso.
También mi hijo voló lejos aprovechando el viento de la juventud, dejándome dolor y deudas.
La decepción y amargura, como polvo, se posa en todos los rincones de mi devastado hogar. Pero en mi corazón anida una ilusión, tener una hija. Con el miedo agazapado en mi esperanza, recorro las noches, amordazo mis sentimientos y busco sexo furtivo hasta quedar embarazada. Bajo la ducha froto la piel para quitarme el hedor de esos hombres a fermento y soledad.
Con todo mi cariño he preparado un dormitorio en tonos rosa. A los pies de la cama, excitada, abro el sobre con los resultados del análisis, pero el cromosoma Y provoca otra punzada más en mi sueño. Llorando, con el ánimo a punto de tirar la toalla, abro el cajón y dejo el papel junto a otros. Con mano trémula cojo el frasco de pastillas abortivas, no sé cuánto tiempo mi cuerpo podrá aguantar otro fracaso.
Recostado sobre la almohada, un osito rosado me sonríe.
Prometía ser un día de atardeceres rosas en el «finisterrae», pero se convirtió en un episodio surrealista como «Mujeres al borde de un ataque de nervios».
Quería mostrarles a mi hermana Pili y a sus amigas la mejor vista de Finisterre, desde el «Monte do Facho».
Pero nos equivocamos, emprendimos una ruta que sólo podrían culminar tractores y 4×4 y llegamos a un camino cortado, donde era imposible girar.
Con años de carnet y escasa práctica, mi hermana erró la maniobra. El coche quedó encajonado en un precipicio de 240 metros, un monte en pendiente y un metro para maniobrar, lleno de maleza inestable.
Pili, con las chanclas rotas, hacía giros imposibles; nosotras asíamos el auto por las puertas y lo empujábamos por el morro mientras le pedía «bájate, que un coche se puede comprar, pero una hermana no». Cristina, corría monte abajo, mientras gritaba: «un hombre, voy a buscar a un hombre» y Mar, repetía: «¿cómo nos hemos metido aquí?
Logramos girarlo pero una pendiente increíble, llena de piedras y baches, lo
hizo derrapar, aunque una camionera que contemplaba el ocaso, logró darle la vuelta.
Cuando finalmente llegamos al faro, entre risas nerviosas, solo acertamos
a decir: «Hemos sobrevivido».
Sucedió una noche lejana, en la tenue oscuridad de un local juvenil de ayuntamiento. José puso un casete de canciones lentas, se subió a su pedestal de guapo afrancesado y eligió a la más bella, a la más deseada. A la exuberante Rosa. Salieron a la pista de baile, y poco a poco se fueron formando otras parejas a su alrededor. Afuera las farolas de la plaza se encogían de frío, mientras en la sala sonaba Edith Piaf acariciando la cercana penumbra de sus hombros. Quand il me prend dans ses bras / Il me parle tout bas /Je vois la vie en rose— susurraba José en el oído de Rosa. Su mano ya exploraba más allá de la cintura. Apenas segundos más tarde, un estruendo repentino rompió la magia. Por entonces Alejandra y yo tratábamos de recuperar el aliento sin dejar de correr calle abajo. Nos escondimos bajo el puente a las afueras, junto al frescor del río. Apagamos nuestras risas en un primer beso cómplice y nervioso. José dejó de hablarnos. No fue nada personal. Es que nosotros éramos más de Mecano.
Ni siquiera se dio cuenta de cómo pasó de ser un viejo de piel arrugada, al que atendían en una cama de hospital, a sentir cómo su cuerpo, sus huesos, músculos y arterias recuperaban el esplendor de la juventud. Entonces supo que se le había concedido la recompensa del Paraíso, y que allí podría revivir, cuantas veces quisiera y con la misma emoción, cada instante de felicidad experimentado durante su estancia en la Tierra. Pero al mismo tiempo supo también que existía la posibilidad de elegir otro Paraíso, el de poder vivir esa vida que realmente le hubiera gustado tener y que no pudo o no se atrevió a disfrutar. No tuvo ninguna duda al hacer la elección, y ni siquiera se dio cuenta de cómo lloraba al sentir su pequeño cuerpo de piel sonrosada acogido entre los brazos de una matrona.
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