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En esta ciudad te encontré para perderte después. Hace frío hoy. La escarcha la han comprado las multinacionales. Se asienta dejando en sus formas mensajes publicitarios en las lunas de los coches que aún no vuelan. Rasco. Tengo la sensación de llevar años arañando cristales helados. Se apoderaron de lo que era nuestro, ¿te acuerdas? Se formaba en la ventana del hotel al que te llevé, que a ti no te gustaba, pero que al final viniste y mirábamos los edificios de enfrente imaginando la vida de aquel hombre calvo que tenía un gato gris, o rellenábamos los ratos en los que no nos besábamos jugando a darnos palmadas. Tú siempre retirabas tarde las manos, que ahora están lejos, pero que vienen y son mías porque no hay un pintor que te pinte mejor que todos los días que son ya sin verte. El tiempo te embellece a diario en mi memoria. No te recuerdo defectos. Y alguno tenías.
Me encanta viajar en tren. Precisamente esta tarde volviendo a casa, he disfrutado de uno de los viajes más hermosos. Ha sido un traqueteo especial, emotivo y diferente. Esta noche te cuento que he viajado a mis relatos y que cada parada era un título nuevo. He vuelto a leer esos textos de no más de 200 palabras inspirados cada uno en un lema y me han parecido tan bellos, originales y tan olvidados en mi memoria. Entonces me he prometido a mí misma que en este nuevo año retomaré el arte de escribir porque no es justo privar del placer de leer al resto del mundo, porque no es responsable desaprovechar el talento, porque no es inteligente abandonar lo que se te da bien. A veces me pregunto por qué lo dejé. Todo induce a pensar que pequé de pereza. Si ustedes me lo permiten queridos entecianos, con esta modestia que me caracteriza, quisiera volver a esta casa y revivir el reto de intentar construir un puente lleno de letras y signos de puntuación que consiga llevarme al centro de sus almas entecianas.
“No te agobies, pimpollo, cualquier cosa es defendible. Mira, esto funciona como la belleza: nunca esperas encontrarla entre lo más sórdido y sin embargo ahí está, solo se trata de ponerse el filtro adecuado. ¿O acaso no existe una elegante plasticidad en la estocada mortal del torero, o en las manos de un trilero cuando danzan armoniosas ante los crédulos ojos de quienes desconocen sus límites? La belleza seduce a quien la busca y yo lo hago entre el hipnótico encanto del fuego. Sus llamas te pueden serenar desde la lumbre de una chimenea o aproximarte al éxtasis cuando sus puntas etéreas bailan a millares sobre los árboles de un bosque…”
Esas palabras perseguían al joven abogado mientras caminaba entre la desolación del monte quemado por su cliente. Se preguntaba cómo enfocar su defensa, o peor, cómo conciliar su conciencia con la necesidad de aceptar el caso. Abrumado por sus pensamientos, a punto estuvo de pisar un pequeño brote que se abría paso con fuerza entre la vegetación calcinada. Sí, la belleza puede aparecer incluso entre la devastación. Quizá su autoestima también pueda renacer algún día al otro lado de la pobreza.
La joven que pide en el metro no habla. Suplica con la mirada y con el gesto de la mano. Su presencia atrae de inmediato la atención de los pasajeros: la larga cabellera rubia coronada por una diadema azul, el vestido celeste que deja a la vista un hombro con una camiseta rosada.
A la mujer que aprieta el bolso le parece demasiado hermosa para ser mendiga. El hombre que interrumpe su lectura, en un acto instintivo, le baja el brazo al compañero de asiento para que no la fotografíe. El estudiante cree haberla visto en un viaje, quizá en Roma, Florencia o París.
Todos han sucumbido a su inexplicable belleza y nadie ha reparado en el bebé. Baja en la siguiente parada y lo estrecha con dulzura. «Vámonos, niño», le dice en arameo.
Cae.
Se deshace.
Se sumerge.
Rasga la calma del gélido océano y se convierte en mar.
Lo observa todo desde la tranquilidad que le proporcionan las paredes de su hogar. La calidez del sofá y del té caliente entre sus manos. El tiempo, como la imagen del televisor, pasa lentamente, sin querer avanzar.
Suena una vieja balada incluida en el final de un memorable último capítulo de la tercera temporada de una serie médica.
LLORA
SE SUMERGE EN SUS RECUERDOS
RECIENTES.
ROMPE LA CORAZA. Y SE TRANSFORMA EN TRISTEZA.
Más allá, una fotografía. Un recuerdo ahora lejano. Un beso. Una imagen en blanco y negro. Una vida que podía haber sido más longeva. Al lado, en una urna biodegradable, sus cenizas. Restos que le reflejan su mirada y una parte de la vida
Vivida.
“Fue hermoso”. Fragmentos de su historia compartida, acompañan sus lágrimas y su voz entrecortada.
Su sonrisa
Sus ojos turquesas,
Enormes y honestos.
Su largo pelo azabache.
Su cuerpo
Frágil
Ella
Su alegría y sinceridad.
Un llanto le hace levantarse, dirigiéndole a su habitación. Una cuna lo observa agitada. En su interior, ella lo reclama, esperando que la arrope entre sus brazos,
una vez más.
Acostumbrado a pasar desapercibido, a hablar y no ser escuchado, incluso se preguntaba si los vocablos salían de sus labios a pesar de estar convencido que los pronunciaba, levantaba la voz ligeramente por si fuese que el tono fuera el adecuado para sus oídos, pero demasiado leve como para llegar a oídos de los demás.
En ocasiones ni se molestaba en hablar, observaba las conversaciones y como mucho intentaba introducir alguna palabra en esos instantes en los que se producía un silencio, pero ni así, “soy invisible…” terminaba por admitir, y desistía
Cristina le señaló con el índice y el ceño fruncido, “llevo rato observando que deseas decir algo, pero no terminas de arrancarte, ¿qué quieres decir?”, su primer gesto fue mirar hacia atrás para cerciorarse que era a él.
Por una vez todos callaron y quedaron atentos, intentó hablar, pero le fallaron las cuerdas vocales, lo único que consiguió fue mover los labios sin que llegase a salir sonido alguno, el grupo intentó retomar su conversación, pero Cristina, enérgica, los mandó callar, “silencio, Juan nos quiere decir algo”
Llegó a romper su silencio, su voz era tan bella y sus palabras tan sabias, que la enamoró
Aquí yace el que suscribe. Un tipo plano, sin aristas, definido en sus contornos a la par que impredecible, belleza efímera ,un fluido en extinción. De mirada turbia, aunque sincero, siempre fiel al transeúnte que resuelve por capricho darle brinco o pisotón. Ladrón de lunas, captor de estrellas, cómplice silencioso de las más tiernas travesuras, agoniza hoy impasible esperando un chaparrón. Sin más armas que el reflejo o una exigua oscilación, se despide, sin chubascos, un humilde servidor…
Sevilla, un caluroso once de agosto de 2018
“Charquito”
Yo era un niño inocente y feliz.
Hasta que una madrugada, sin avisar, la pubertad se hizo verbo y carne dentro de mí.
Y me zambullí de lleno en las procelosas aguas del onanismo compulsivo y atroz, convirtiéndome en un profesional del variopinto mundo de las pajillas.
A qué negarlo; probé todo el catálogo del mercado: pajas a solas, pajas en grupo, a cámara lenta, tipo Black & Decker, pajas confusas, pajas difusas, a mano alzada, con escuadra y cartabón, pajas modernas, pajas vintage, pajas de frente y también a traición…
Pero una tarde, junto al río, descubrí LA BELLEZA con mayúsculas.
Se llamaba Clara, tenía quince años, y yo me enamoré como un perro. Y dejé de darle al manubrio, para centrarme en los suspiros y la poesía.
Días después le declaré mi amor, y sólo el eco de sus carcajadas burlonas me respondió.
Así que me agaché, recogí del suelo los pedazos de mi corazón destrozado y me fui en silencio.
Y pasaron los años, pero nunca la olvidé.
Y hoy, que soy un anciano, debo admitir que pienso en ella a diario.
Y sonrío al recordar que jamás la buscaron en el fondo del pantano.
La belleza del error, la línea recta que se quiebra en una curva. La nota que desconcierta en el pentagrama, como la nariz de Juan, ese mascarón de proa que se me acercó un día enarbolando un soneto de Quevedo en pleno rostro. Me abordó en la parada del bus para preguntar por una calle. Hube de recular. Tomar distancia, evaluar esa cara de belleza intermitente partida por la mitad, calibrar el encaje de sus partes, ubicar en mi mapa mental el lugar deseado para decirle que no, que no sabía dónde quedaba, pero que cerca había un café donde tomar algo. Jamás dimos con la dirección en cuestión, aunque esa misma tarde exploramos territorios personales guiados por dos brújulas apuntando idéntico rumbo. El problema de las brújulas es que, pasado un tiempo, se desnortan. Hoy la suya se orienta opuesta a la mía y yo aprieto la mano de mi hija (nuestra hija), mientras observo la alegría de su semblante al pasar por casualidad por esa misma calle que años atrás desvió mi camino, como la curva que quiebra la línea recta, como la belleza del error.
Mamá, hoy en el colegio me han pedido que deletreara la palabra “belleza”. Enseguida he pensado en ti. Empieza con la “B” de “Bimba”, la perrita que me regalaste en mi cumpleaños. Sigue con la “E” de “Ernesto”, ese bebé que llora todo el día y al que se supone debo cuidar como buen hermano mayor (no sé cómo hacerlo). Después va la “LL” de “llanura”, tan grande y tan verde. Me gusta verla desde la ventana de tu cuarto. Luego viene otra “E” de “espera”, aunque soy un impaciente y tampoco sé bien qué debo esperar ahora. Continúa con la “Z” de “zarpazo”, porque eso fue lo que sentí, mamá, un enorme zarpazo en las entrañas, desgarrador como una gran mordedura. Y al final está la “A” de “añoranza”. No sabes cuánto, ni te lo imaginas.
Nunca pudo explicarse como consiguió entrar en su casa sin que nadie lo viera porque, cuando pensaba en él, lo recordaba bañado por una luz sobrenatural. Además de una belleza que no parecía de este mundo, poseía el don de la persuasión y ella, que no conocía varón, se dejó inundar por un fuego que no ardía, pero que incendió su cuerpo de gozo. Avergonzados de su estado, los padres concertaron su matrimonio con un hombre manso que le doblaba la edad, pero que dio apellido y profesión al hijo que esperaba. Cuentan las crónicas que dos años más tarde, él la visitó en su nuevo hogar. Quería alertarla para que salvaran al niño de la matanza que iba a exterminar a todos los inocentes.
La historia posterior que refiere el destino del hijo olvida la vida de la madre. Solo sabemos que cumplió con abnegación el papel al que estaba destinada. Pero podemos imaginarla al atardecer, sentada a la puerta de su casa con la mirada perdida en el horizonte. En silencio, como si pasara un ángel.
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