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Él colocó con cierta torpeza el narciso en su ojal, como habían acordado antes de su encuentro, al que se dirigió lentamente. A pesar de la inquietud, consiguió saborear cada instante del camino, con la ilusión dibujada en el rostro.
Ella enlazó su escasa coleta casi albina con una cinta amarilla y también se dirigió a la cita, hecha un manojo de nervios, con pasos cortos e inseguros.
Tras semanas de miradas de soslayo y tímidos roces ya no podían esconderlo más, necesitaban hacer público el amor que se tenían, sin importar la desaprobación de todos por su edad.
Y así, cada uno desde un lado del recinto, sorteó ejércitos cruzados y rayuelas hasta llegar al otro, al fin, en el centro del recreo.
En esta etapa de mi vida que alegre y orgulloso me propongo comenzar, la de mi jubilosa jubilación, he decidido hacer un merecido dispendio.
Un crucero.
Del IMSERSO, eso sí.
Rellené ufano la instancia para pedirlo en la agencia, poniendo cuidado en coger la correcta . Unos cuantos impresos con preguntas chocantes que me llevan a pensar que visitaremos países selváticos con algún que otro simio. Incluían fotos, exóticos, pero en exceso peludos y amarillos.
Nunca fue el amarillo uno de mis colores preferidos. Sin embargo desde que puedo recordar, por un defectillo visual, mi mundo cromático se reduce prácticamente a esa azafranada gama, sin ocasionarme jamás confusión o molestia.
Aunque en mi armario la mayoría de prendas tienen ese tono y también el resto de enseres de mi hogar, nunca vi fundamento para la preocupación. Siempre he sido un hombre práctico y no faltándome prendas o mobiliario, todo solucionado.
En estas importantes y enjundiosas disertaciones me hallaba, cuando sonó el teléfono. Seguro que sería para confirmar mi plaza en el crucero.
— Ha sido usted aceptado como instructor de MSERSO
— Cuánto honor, cuánta dicha. ¡Aceptado e instructor!
— Si por su puesto, Macacos Sociables Establecidos y Recogidos SOlidariamente, le dan la bienvenida.
Venancio paseaba su mirada serena por el sembrado de cebada. Junio, un pueblo de Salamanca; el sempiterno sol abrasador de cada verano invitaba a dejarse purificar por una rubia en el único bar que quedaba, burlando a la despoblación. Él, sin embrago, prefería abandonarse al ondulante mecer de sus espigas -olas de un mar que nunca conoció-, cada atardecer, vigilante cuando el sol volvía a dormir, dejando el rastro de su halo de eternidad. Jamás había leído un verso, pero se sumergía inconscientemente en la poesía que sublima lo cotidiano, desde su sabia y ancestral manera de entender el paso del tiempo.
Le encontraron la noche de San Juan -a él, que recelaba del fuego, furia arrasadora y amenazante-, quemando las naves de un pasado que no conoció, en un viaje sin retorno; perdida su mirada y tal vez el juicio. Cada llama imprimía un eco de tristeza en sus pupilas, pero una vida nueva asomaba por su rostro ajado. Hasta entonces, nadie le había visto llorar. Nunca. Y, callado como siempre, garabateó torpemente su nombre en la primera hoja, casi ocre ya, de aquel cuaderno que siempre –ahora, por fin, lo sabía- le había estado esperando.
Tenía la costumbre de escribirme versos en un post-it y dejarlos sobre el tetrabrik de leche de avena en la nevera. << Si a tu Ozo quieres volver a ver, por las baldosas tendrás que correr>>. No era muy romántico ni sofisticado, pero su particular imaginación, entretenía. Así que deshojé margaritas por él al menos durante 3 veranos, mientras viajábamos literariamente a la luna en abejas peludas y visitábamos platanetariamente los semáforos de todas las encrucijadas en forma de asterisco.
A veces me preguntaba si aquello tenía futuro. Incluso si tenía sentido más allá de mantenerme en un estado de éxtasis perpetuo. Si, cuando consiguiera rascar más allá de esa pelambrera rubia, sólo encontraría un cascarón de huevo roto, con una yemita temblorosa e incapaz de articular una frase con algo de sentido… terrestre. Y que se escondía de manera brillante y artificiosa detrás de aquella suerte de confianza engalanada, con los temblores pintados con girándulas y excesos.
Pero una mañana al abrir la nevera el post-it yacía sobre un limón. Habrá volado al cerrarla, pensé yo mientras leía: <<Tu cuerpo como un trigal, ya no hace al mío vibral>>. Pues sí, había volado.
Cuando me vi obligado a cerrar el negocio de paquetería por la galopante competencia amarilla, me sentí fracasado y prometí que nunca pisaría “un chino”. Entonces no conocía a Suyin y el azar eligió la ocasión.
Una tarde de calor asfixiante entré en el bazar del barrio para comprar hielo y, mientras el arcoíris gravitaba alrededor de los estantes abarrotados, surgieron de la trastienda unos ojos interrogantes y rasgados que me cautivaron al momento. Después, un trozo de felicidad, que anidaba en el pelo lacio de la joven, me hizo señas y, aficionado como soy a las historias irreales, comencé a viajar sin moverme del sitio.
Suyin era muy lista, por eso siempre guardaba silencio, y en su callada compañía llegué lejos y apacigüé mi ira. Junto a ella aprendí a canalizar mis emociones y descubrí la suerte que tuve cuando tuve mala suerte.
Fueron catorce segundos, el tiempo que tardó en entregarme la bolsa de cubitos, pero, al regresar de aquel viaje relámpago, no volví a ser el mismo. Y aunque tropecé de golpe con la realidad y desperté sobre las baldosas desvaídas, me consolé al evocar un alentador proverbio oriental: “Las torres más altas empiezan en el suelo”.
Hoy lo veo todo amarillo. Desde que recibí esa llamada de teléfono, he limpiado mis gafas mil veces y me he frotado los ojos. Pero nada. He ido andando en modo autómata de un sitio a otro hasta llegar a ti.
No es lugar para vernos, he repetido demasiado. A ti, la primera. Que mira que citarnos aquí… Y, después, a muchos de los que han ido llegando. Algunos conocidos y otros cuyos nombres no me dicen nada. Eso sí, a todos los veo teñidos de amarillo.
A ti estas cosas no te pasan. Tú no te olvidas de nadie. Siempre atenta a los detalles, arrimando el hombro, siempre con una sonrisa en los labios y dejando una estela brillante.
Antes no la veía. Hoy la he visto en cada persona que se ha acercado con un abrazo, en cada historia que me han contado, en cada gesto, en cada lágrima.
Alguien ha parafraseado a Nicolás Guillén, “ardió el sol en sus manos, que es mucho decir; y lo repartió, que es mucho decir”. Y yo me he quedado sin palabras, viendo todo amarillo, y sabiendo que, aunque se apague el sol, nos queda su luz.
Escondí su cadáver debajo del sofá. Sí, el de flores del Ikea que compramos hace dos años. Sabía que se estaba muriendo, pero fue esta mañana en el desayuno, cuando ni siquiera me miraste, cuando me di cuenta de que, por fin, su corazón había dejado de latir. Ya pensaremos qué hacer con él; bueno, como siempre, lo pensaré yo sola… Podemos enterrarlo en el jardín debajo del sauce llorón, me parece muy apropiado; claro que si quieres, también podemos dejarlo caer por aquel acantilado en el que me pediste que me casara contigo… Con lo sonrosado que estaba y el buen color que tenía y ahora míralo ahí, tan muerto, amarilleando como las fotos antiguas, como esas hojas secas del otoño que crujen cuando las pisamos. También podemos hacer eso, pisarlo, pisotearlo un poco más… quizás se deshaga y quede hecho polvo, como estoy yo ahora mismo. Qué más da, nada tiene importancia, tal vez no merezca la pena molestarse en hacer nada. Creo que voy a dejarlo ahí, a ver si el olor a podredumbre te levanta del sofá.
“Para toda la vida” me decías…
Aquel alquimista vendió al campesinado su secreto para producir oro.
Trigales y maizales fueron arrancados y convertidos en campos auríferos.
Todos los habitantes murieron por inanición con un resplandor aúreo en la boca.
Juan Rondeño, buhonero, viajaba por los pueblos en su viejo carromato. Una túnica amarilla bordada de dragones era su ropa de trabajo y se hacía llamar Chino Huang. Con su rostro de aceituna maquillado de azafrán y el contorno de los ojos alargados a pincel, ocultaba un pasado bandolero y distorsionando su acento andaluz, pregonaba maravillas traídas, decía, del oriente lejano. Lo mismo un pai pai con frescos aires del Yangtsé, que las doradas hojas del té que devolvía esplendor de juventud o el curioso bisoñé de pelo tan natural que crecía en la cabeza del que lo llevara, cualquier cosa podía salir de su baúl. Y aunque convencido de que cargaba una maldición que le condenaba a la soledad, un buen día encontró su mirada con la de una moza trigueña fascinada por aquel exotismo ambulante y sin dudarlo, le regaló su anillo de falso topacio imperial. Juntos desde entonces, siguieron haciendo camino y a la segunda primavera, la vida les premió con el pequeño Huanguito, un niño especial, de pelo amarillo y rasgados ojitos orientales. Sin duda,para ellos, el niño más bonito de Occidente.
De pronto perdió el compás en la guajira -el alumno más brillante del maestro Montoya acababa de equivocarse-. ¿Y qué? Solo podía fijarse en Lola. En sus brazos estilizados que agitaban el pericón amarillo como si fuera el aleteo de una cigüeña. Pensó en las cañas de después, en el pañuelo de seda que guardaba en la funda de la guitarra y en que la llevaría a un lado del bar para decírselo. Claro que se iba a atrever. ¡Qué se habían creído los colegas del barrio!
Cuando terminó la clase, bajaron todos juntos -las bailaoras y los chicos de Montoya-. La apartó del grupo y le entregó primero su regalo de cumpleaños. Sabía que le iba a gustar. Lo había elegido por el color. Porque el fondo amarillo del pañuelo hacía juego con su abanico.
—Los lirios de Van Gogh— dijo Lola nada más desempaquetarlo.
Él escondió la mirada entre las servilletas de papel que infestaban el suelo. Le dio la espalda y buscó un hueco al otro lado de la barra.
Pegado al cristal de mi ventana curiosea la estancia un frondoso limonero. Con el sol más intenso la inunda de un alegre color amarillo. Sus frutos semejan ojos de algún dios vigía, brillan como si estuviesen barnizados y cada uno de ellos me muestra el reflejo de lo que observan. En los claroscuros del día saltan desde los huecos de las hojas sombras que invaden mi aposento, lo curiosean todo, bailan sobre mi cama y acaban transformándose en formas que me divierte adivinar.
Mamá deja todas las mañanas una jarra llena de agua de limón con unas ramitas de romero. Me siento incapaz de beberlo, ¿cómo voy a beberme el jugo de tan brillantes luceros? Tengo que decirle que si no me trae solamente agua dejaré de beber, habrá bronca, pero no seré el culpable de su oscuridad total.
Hoy a media noche, he visto sentada sobre una rama a una niña blanca como la luna y con cabellos que parecen rayos de luz, es hermosa. Hizo señas para que saliese a jugar; iré, ya estoy harto de entretenerme solo en esta cama.
“Mamá, entre limones te espero, te quiero”, le he dejado escrito en una nota a mamá.
El día que se separaron mis padres yo había amanecido empapado por un sueño erótico donde Kim Basinger y yo follábamos enloquecidos y Kim descubría que era multiorgásmica. Aquella paradoja debió condicionar mi debilidad por las rubias. Se sucedieron entonces novias rubias, amantes rubias y putas rubias. Gordas, flacas, musculosas, pero siempre recubiertas por ese fuego dorado.
Una noche, persiguiendo a una belga, terminé en un tablao flamenco. Una gitana jugueteaba con el aire como un ángel chamuscado. Se movía con furia, con una sensualidad ruda, ajena a convencionalismos físicos.
Muy próxima a mí, contemplaba el espectáculo una mujer oriental. Japonesa, supuse. No me interesó a primera vista, pero aquella mujer aplaudía, sacudía el cabello y zapateaba. Su delgado cuerpo era un junco bajo una tormenta. Los ojos rasgados lloraban, humedeciendo el rostro cetrino.
-¿Cuándo te vas?
-Mañana… ¡Nunca!
-Tú, poco español -sonreí.
-Vamos hotel -respondió.
En el ascensor su lengua buscó la mía y abracé su culo fibroso. Su habitación absorbió nuestra fricción tambaleante, nuestro enroscamiento bicolor, nuestra húmeda premonición gutural. Había una terrible premura en nuestro deseo, cierta furia inesperada. Recuerdo las paredes rojas, las sábanas negras, y nuestro jadear inflamado, como un cálido e imparable sol naciente.
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